Hace un año…

reconocía por un segundo que en nuestros cerebros tiene lugar una ingente cantidad de procesamiento inconsciente de la información sensorial. Muy probablemente, el filtrado de esta información implicó importantes ventajas evolutivas en el pasado, pero quizás hoy nos vuelva particularmente vulnerables a múltiples condicionamientos. El engaño al que nos somete nuestro propio cerebro, eliminando de la conciencia el desfase existente entre la percepción del estímulo y nuestro reconocimiento del mismo, resulta fundamental para nuestra supervivencia como especie. Sin embargo, toda esa actividad cerebral que escapa a la conciencia podría jugar un papel importante en la intuición y, a través de ella, en la capacidad creativa del individuo, lo cual incluye su influencia en el proceso de descubrimiento científico. Todo esto tiene profundas implicaciones en nuestra concepción del libre albedrío y supondrá para más de uno un trago difícil de digerir. Hasta tres días tardé en permitirme el siguiente, y en un intento de adquirir la inmortalidad del guerrero resultó ser de cerveza. Beodamente me explayé en la fama inmortal del espartano, guerrero por antonomasia. Por fin, tal día como el de hoy, destacaba lo que me pareció un disparate de disparos dirigidos al cielo y dedicados a extinguir la enfermedad de Gaia herida de muerte: Homo sapiens pensando por un segundo, pleno de vida, y extinguiendo a su paso la enfermedad y todo lo demás.

Los pueblos y el tiempo

ETA asesina de nuevo. Los liberadores del pueblo vasco, subyugado por el pueblo español, han actuado de la mejor manera que saben. De nuevo, los patriotas han acabado con la vida de un hombre en nombre de la entelequia superior, y de paso afirman la violencia como medio para alcanzar tan nobles ideales. Sin duda, debe tratarse de héroes en este mundo del revés que fabulosamente describió Galeano. Aunque el asesinato sirve en este caso a la causa nacionalista, es evidente que el nacionalismo no está necesariamente ligado a la violencia. Sin embargo, creo que el nacionalista se alimenta de la oposición exterior, constituye su reflejo, y si no existiera la inventaría. De no haber nacionalistas al otro lado, en el lado oscuro, el nacionalismo se diluiría en el tiempo como un azucarillo en el café. Se alimenta también del pasado, de la historia, de una tradición que llega a tergiversar en su idolatría. Así, quisiera aislar a los oponentes, nacionalistas vascos y españoles porque los unos alimentan a los otros y, entremedias, nos duele a todos los demás. Insisto, si lo pienso no observo otra cosa que el absurdo, así que no debe ser cosa de pensar. España, o para el que todavía sea víctima de pringosos prejuicios digamos el Estado español, alberga una rica diversidad cultural. La cultura es parte fundamental de los pueblos y contribuye a definir una cierta identidad, pues hay una cultura gallega, que forma parte de una cultura occidental, que es expresión de la cultura humana. Los pueblos tienen derecho a escoger su destino, tienen derecho a la autodeterminación. Toda persona de bien admitiría esto. Pero la cultura no tiene fronteras, es un valor de las personas. No importa donde se haya nacido, la cultura es algo que se adquiere. El mestizaje es parte de la geografía cultural actual, al igual que el imperialismo, es cierto. Hace semanas, discutía con un amigo sobre esto y me recordaba la historia de violencia que suele estar detrás de la génesis nacional, pero tenía la impresión de que no comprendía que precisamente por todo eso la ideología nacionalista resulta conservadora. La identidad no se halla en el pasado, en la tradición, como piensa el nacionalista. En el pasado está la mezcla y la influencia, luego ahí no puede haber otra identidad que no sea ficticia, dogmática. La verdadera identidad de un pueblo está en su futuro. En los compromisos que adoptemos como colectivo, en la sociedad que decidamos construir. Una alternativa integradora es la mejor salvaguarda de la diversidad y no el nacionalismo que en su endogamia cultural sólo puede ser homogenizador. Podemos mirar al pasado o mirar al futuro optando por vivir en el Estado que la historia arrimó a esta vera, pero construirlo libremente, en paz, descentralizado (o centralizado en el individuo, en lo que es común a todas las culturas), así respetuoso con la diversidad cultural, y abierto al mundo.

Utopía jazz

Si no recuerdo mal, hace años leí en una biografía de Alexander von Humboldt que el explorador detestaba la música. Aquello me extrañó sobremanera, pues nunca pensé que hubiera alguien realmente capaz de odiarla en general, al menos sin ser víctima de raros condicionamientos de tipo psicológico. Por ejemplo, siempre me incomodó escuchar a mi madre cantar, ya que sentía que cantaba cuando no era feliz. Por otro lado, no canta como los ángeles, precisamente. A decir verdad, ustedes también se sentirían incómodos si la escuchasen. En lugar de oído, puede decirse que heredé de esta extraordinaria mujer su oreja musical. Mi habilidad matemática, que es más bien deprimente, resulta fantástica cuando se la compara con mi capacidad para reproducir una melodía. Sin embargo, aprecio la belleza en la música y llega a transformar mi interior como la creación artística más delicada. Aquella ineptitud unida a tanta posibilidad emotiva contribuyen a explicar mi particular admiración por el músico. En relación con esto, permítanme evocar aquí una travesura que me atormenta desde que tengo memoria. Se trata de la imagen del cuerpo desnudo de la mujer confundiéndose con el sinuoso violonchelo mientras interpreta a Vivaldi. ¡Qué puede haber tan admirable! De entre todos los géneros además del femenino tengo debilidad por el jazz, quizás porque la rigidez matemática se sacrifica en favor de la libertad creativa como en ningún otro. Como es sabido, la improvisación es fundamental en la composición de jazz, pero si resulta hermosa es porque cada integrante de la orquesta se expresa de acuerdo con la sensibilidad de los demás. Terry Eagleton hizo uso de esta metáfora para referirse a una aspiración utópica, un tipo de comunidad que ofrezca sentido a la vida de los participantes de manera recíproca. Como en el jazz, pienso que la expresión de la propia belleza logra ser plena cuando tiene lugar en relación con la de los demás, pues es en el encuentro, en la amistad, donde alcanza a realizarse. Es esa parte de uno mismo que realizan los demás lo que constituye el amor. Lo que significa la expresión de la belleza es la realización de la persona en armonía con la verdad, por inagotable que resulte. El término persona proviene del griego prosopon, que quiere decir máscara, pero la belleza está detrás de las máscaras. La belleza está en tu soledad, cuando nadie te mira. Se halla en tu frágil desnudez, con o sin violonchelo, y es que, en cierto modo, observar tu rostro, descubrir tu nombre, hoy está más cerca de deshacer que de construir. Jankélévitch se refiere al pecado de prosopolepsia como el error de priorizar cualquiera de las máscaras humanas, o todas ellas en su conjunto, en lugar de reconocer lo verdaderamente humano. Con la expresión sincera de la propia singularidad entiendo el rescatar del olvido al niño que una vez se fue, para luego permitirle madurar al margen de artificios e hipocresías, sin otro alimento que lo que resulta específicamente humano. Poner en el centro de su vida valores que antepongan la dignidad humana sobre cualquier otra cosa. Se da la paradoja de que compartir estos mismos valores, una misma partitura, constituye el mejor antídoto contra la masificación, la clonación, la replicación, la borreguización…

Materialismo espiritual

Póngase entre paréntesis la cuestión de Dios o cualquier otra respuesta, quizás demasiado humana, dirigida a disipar la certeza del final. Tal y como haría el agnóstico, supongo, pero al que podría llamársele ateo con tapujos, digo yo, pues ningún ateo puede saber que Dios no existe. Todo lo más que puede el ateo, por mucho ruido que arme, es creer que no existe y tratar luego de vivir de acuerdo con esa creencia. El hombre es víctima de un imperativo metafísico ineludible en libertad, gritar la pregunta cuya respuesta no puede ser comprendida, por lo que el ateo manifiesta en realidad una creencia, tal y como hace el creyente, la creencia de que Dios no existe. Estos días pasados los vientos han acabado con la vida de decenas de miles de personas en Myanmar, gentes que ya vivían miserablemente gracias a otro régimen dictatorial. La razón parece exclamar a los mismos cuatro vientos que el Dios que imaginamos no existe más que como una sublimación de nuestros deseos. Ojalá Dios exista, pero si así no es, no todo estaría perdido. El ateo no es necesariamente un nihilista, pues bien puede hallar el sentido en el hombre y reconocer el valor de su espíritu. ¿Espíritu? Te dirá que a la vista de este mundo no puede creer en la existencia de un Dios que nos ame, que todo lo pueda, y que al mismo tiempo no se equivoque. Pero todavía logra creer en el hombre tropezando varias veces en la misma piedra mientras sea capaz de creer en si mismo. El espíritu al que me refiero nace de una tarea personal de acuerdo con valores que se centran en el respeto a la dignidad humana. El espíritu representa así el resultado más noble de nuestra evolución cultural. Nace con la realización sincera de la propia singularidad. Me desagradan esas actitudes posmodernistas que basándose en la diversidad cultural declaran la verdad relativa. ¿Por qué ha de ser la cultura entendida como una prisión? Muy al contrario, la siento como el espacio en el que la libertad es posible. La materia podría subyacer en el espíritu y, sin embargo, éste permanecer libre y no reducirse a aquella aprisionada en sus mecanismos. La física y la química son parte de mí y tan determinadas como en los confines del Universo, pero lo que soy no se reduce a ellas. En mi soledad nada observo tan evidente. Fabrican la ciudad de bajos fondos y cimientos de piedra y otras sustancias, interpretan una melodía de cuerdas subatómicas, expresan un programa concupiscente, una infinidad de sinapsis entretejidas… Lo mismo que tú y el otro, y tristemente piensan que hacer algo al respecto es disfrazarse. Sin embargo, no es de lo que estoy hecho lo que soy. La ciudad mira al cielo, y la luz cayendo sobre los más altos edificios me revela mi rostro verdadero. Como las nubes no son H2O en estado gaseoso o la misma materia que una vez arañó las rojas laderas de Marte, sino bellas formas en movimiento, irrepetibles.

Las 100 mejores novelas

Recientemente, la conocida revista Time publicó una lista de las 100 mejores novelas publicadas desde 1923. La mayoría de ellas se han editado en español. Por supuesto, a más de uno le escandalizán ciertas ausencias, pues prácticamente se limita a la novela escrita en lengua inglesa, pero si puede decirse que todas las citadas son grandes novelas, entonces el resultado podrá ser útil a más de uno:

Las aventuras de Augie March de Saul Bellow, Eds. De bolsillo; Herzog de S. Bellow, Eds. De bolsillo; Hijos de la media noche de Salman Rushdie, Alfaguara; Todos los hombres del rey de Robert P. Warren, Anagrama; Pastoral americana de Philip Roth, Suma de letras; El lamento de Portnoy de P. Roth, Alfaguara; Una tragedia americana de Theodore Dreiser. Luis de Caralt; Rebelión en la granja de George Orwell, Destino; 1984 de G. Orwell, Destino; Cita en Samarra de John O´Hara, Plaza y Janés; ¿Estas ahí Dios? Soy yo, Margaret de Judy Blume, Simon & Schuster; El dependiente de Bernard Malamud, Seix Barral; En nadar-dos-pájaros de Flann O´Brien, Edhasa; Expiación de Ian McEwan, Anagrama; Beloved de Toni Morrison, Plaza y Janés; Adiós a Berlin de Christopher Isherwood, Argos Vergara; Luz de Agosto de William Faulkner, Alfaguara; El sonido y la furia de W. Faulkner, Bruguera; El león, la bruja y el armario de C. S. Lewis, Destino; Lolita de Vladimir Nabokov, Anagrama; Pálido fuego de V. Nabokov, Bruguera; El señor de las moscas de William Golding, Alianza; El señor de los anillos de John R. R. Tolkien, Minotauro; Amor de Henry Green, Seix Barral; Dinero: carta de un suicida de Martin Amis, Anagrama; El cinéfilo de Walter Percy, Alfaguara; La señora Dalloway de Virginia Woolf, Cátedra; Al faro de V. Woolf, Planeta; Almuerzo desnudo de William J. Burroughs, Librerías Yenny; El sueño eterno de Raymond Chandler, Plaza y Janés; El asesino ciego de Margaret Atwood, Urano; Meridiano de sangre de Cormac McCarthy, Debate; Retorno a Brideshead de Evelyn Waugh, Tusquets; Un puñado de polvo de E. Waugh, Espasa Calpe; El puente de San Luis Rey de Thornton Wilder, Edhasa; Llámalo sueño de Henry Roth, Alfaguara; Trampa 22 de Joseph Heller, RBA; El guardián entre el centeno de J. D. Salinger, Alianza; La naranja mecánica de Anthony Burgess, Minotauro; Las confesiones de Nat Turner de William Styron, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes; Las correcciones de Jonathan Franzen, Seix Barral; La subasta del lote 49 de Thomas Pynchon, Tusquets; El arco iris de gravedad de T. Pynchon, Tusquets; Una danza para la música del tiempo de Anthony Powell, Anagrama; La plaga de la langosta de Nathanael West, Seix Barral; Hijo nativo de Richard Wright, Versal; Neuromante de William Gibson, Minotauro; Nunca me abandones de Kazuo Ishiguro, Anagrama; Alguien voló sobre el nido del cuco de Ken Kesey, Círculo de lectores; El pájaro pintado de Jerzy Kosisnki, Círculo de lectores; Pasaje a la India de E. M. Forster, Alianza; Según venga el juego de Joan Didion, Emecé; Posesión de A. S. Byatt, Anagrama; El poder y la gloria de Graham Greene, Seix Barral; Corre, conejo de John Updike, Tusquets; Una muerte en la familia de James Agee, Plaza y Janés; La muerte llama al arzobispo de Willa Cather, Cátedra; La muerte del corazón de Elizabeth Bowen, Javier Vergara; Liberación de James Dickey, Destino; En la cárcel de Falconer de John Cheever, Mundo actual de ediciones; La mujer del teniente francés de John Fowles, Anagrama; El cuaderno dorado de Doris M. Lessing, Noguer; Ve y dilo en la montaña de James Baldwin, Lumen; Lo que el viento se llevó de Margaret Mitchell, Suma de Letras; Las uvas de la ira de John Steinbeck, Alianza; El gran Gatsby de F. Scott Fitzgerald, Eds. De Bolsillo; El corazón es un cazador solitario de Carson McCullers, Seix Barral; Ragtime de E. L. Doctorow, Muchnik; Los reconocimientos de William Gaddis, Alfaguara; Cosecha roja de Dashiell Hammett, Alianza; Vía revolucionaria de Richard Yates; El cielo protector de Paul Bowles, Seix Barral; Matadero cinco o la cruzada de los niños de Kurt Vonnegut, Anagrama; Snow Crash de Neal Stephenson, Gigamesh; El periodista deportivo de Richard Ford, Anagrama; También sale el sol de Ernest Hemingway, Ediciones y libros; Sus ojos miraban a Dios de Zora N. Hurston, Círculo de Lectores; Las cosas se deshacen de Chinua Achebe, Instituto Cubano del Libro, Arte y Literatura; Matar un ruiseñor de Harper Lee, Ediciones B; Una casa para el señor Biswas de V. S. Naipaul, Debate; Yo, Claudio de Robert Graves, Alianza; La broma infinita de David F. Wallace, Mondadori; El hombre invisible de Ralph Ellison, Lumen; Trópico de Cáncer de Henry Miller, Edhasa; UBIK de Philip K. Dick, La factoría de ideas; Bajo la Red de Iris Murdoch, Espasa Calpe; Ruido de fondo de Don DeLillo, Planeta; Dientes blancos de Zadie Smith, Planeta; Ancho Mar de los Sargazos de Jean Rhys, Anagrama; El espía que surgió del frío de John Le Carre, Eds. De bolsillo; El cielo protector de Paul Bowles, MDS; En el camino de Jack Kerouac, Anagrama.

Hace un año…

Puse mi atención en un pueblo de perros, insistiendo sobre todo en las muchas veces en que exigimos de manera tan injusta, precisamente a quienes afirmamos amar. Que antes de decir cualquier cosa merece la pena evaluar el impacto que nuestras palabras tendrán sobre los demás, de ahí cierta crítica de la franqueza. Por ejemplo, con palabras mayores como es decir “te quiero”, pocas veces hay una manifestación gratuita de amor, sino que aun inconscientemente sirve de medio para conseguir algo. Es entonces un amor manoseado que nace de la propia miseria. Quiero decir, que la expresión muchas veces aflora con espontaneidad cuando nos sentimos inseguros ante un momento de dicha. Y entonces se trata de expulsar nuestro temor a perderla, a perder el objeto de nuestra felicidad, asiéndolo con graves palabras. Este amor que encadena no es amor al otro, sino puro egoísmo. Porque el amor sólo puede ser liberador, sólo quien aprende a renunciar a su pareja puede estar en disposición de amarla verdaderamente. De alguna manera, cada vez que decimos “te quiero” debería ir acompañado de su contrapartida antiposesiva, “te quiero libre”, por ejemplo, porque lo relevante no es lo que cada uno tenga, sino lo que se es. Y porque la quiero, quiero que ella sea. Pero lo común es observar en los amantes un decir “te quiero” cuando son conscientes de que la necesitan. Cuando perciben en su interior un vacío que sienten que sólo puede ser ocupado por la pareja correspondiente. La expresión de amor surge así del déficit personal y en lugar de compartir algo positivo se la hace partícipe de algo negativo, y responsable también. Sin embargo, la expresión de amor es positiva cuando es silenciosa, cuando son los hechos los que integran el mensaje. Primero es el amor y luego el descubrir que ella es parte de uno. Te quiero porque te necesito y te necesito porque te quiero son cosas distintas. En la medida en que ambos confíen en su amor, el uno en el otro, en que se mantengan fieles a él, las dos palabras no serán tan importantes. Las palabras no serán tan importantes. Decantarán como en una sopa de letras hasta adquirir la transparencia necesaria para convertir lo que parecía un amor ciego en un amor clarividente. Hace un año presentaba además las causas de un fracaso como otro reflejo de una actitud en el mundo centrada en el ser, en lugar de en el tener.

Viajar al futuro, otra vez

En teoría, existen al menos dos maneras de viajar al futuro. Quizás la percepción subjetiva del paso del tiempo esté relacionada con la alteración de la duración de nuestros procesos bioquímicos, de tal manera que su ralentización inducida en grado extremo, podría llevarnos al futuro sin ser conscientes de ello. Este viaje particular es el que se pretende con la crionización. Por otro lado, la Teoría de la relatividad especial afirma que el tiempo está ligado al movimiento, cosa que se suele ejemplificar con la paradoja de los gemelos. Que relojes de sistemas de referencia que se mueven a distinta velocidad registran diferentes intervalos de tiempo entre dos sucesos que ocurran en el mismo momento. Así, se ha demostrado experimentalmente que la velocidad permite viajar en el tiempo haciendo que transcurra más lentamente. Esto ha sido posible gracias al uso de relojes atómicos. Dado que la estructura atómica es universal, el segundo puede definirse con exactitud como “la duración de 9.192.631.770 períodos de la radiación correspondiente a la transición entre los dos niveles hiperfinos del estado fundamental del átomo de cesio”. Mediante relojes marcando estos segundos pudo comprobarse que viajando en un avión a 920 Km/h durante ocho horas se acumula un desfase temporal respecto al sistema de referencia inercial de 10 nanosegundos. Quiere esto decir que, de haber sido capaz de dormir en los aviones, la chica que me esperaba en el aeropuerto de Portland, Oregon, me habría visto algo más joven. Experimentos en aceleradores de partículas demostraron que el ritmo de desintegración de ciertas partículas subatómicas disminuye drásticamente a medida que su velocidad se aproxima a la de la luz. También se sabe que algunos rayos cósmicos atraviesan la galaxia en sólo unos minutos cuando, desde el punto de vista de la tierra, parece que emplean decenas de miles de años. A decir verdad, en el sistema de referencia de un fotón la distancia y el tiempo debe reducirse a nada, su movimiento resultaría tan instantáneo como el ColaCao Turbo. Análogamente, se ha demostrado la predicción einsteniana según la cual la gravedad también retarda el paso del tiempo. Por ejemplo, los soldados que permanecen en un submarino nuclear a 300 metros de profundidad durante seis meses regresan al nivel del mar 500 nanosegundos más jóvenes. Los relojes del vecino del quinto avanzan más rápido que los del friki del sótano, que parece no madurar nunca, simplemente porque se encuentran más alejados del centro del campo gravitatorio de la Tierra. Aunque todos estos desfases temporales son pequeños, lo cierto es que tuvieron que tenerse en cuenta en la elaboración del sistema GPS o los errores acumulados llegarían a ser del orden de kilómetros. Semejante precisión en la cuantificación temporal resulta esencial en otras aplicaciones tecnológicas, tales como el cobro exquisito del gasto en telefonía móvil y el correcto funcionamiento de Internet.

La fe del escéptico

El escéptico afirma que no podemos inferir de nuestras observaciones ninguna razón en favor de lo no observado, ya que nuestra presunción acerca de la fiabilidad de la experiencia no se puede justificar porque todas nuestras posibles justificaciones asumirán precisamente aquello que se trata de demostrar, esto es, que la experiencia es fiable. Para el escéptico no es posible el conocimiento. Que estemos en lo cierto no significa que sepamos algo, pues nuestras creencias deberán estar suficientemente justificadas, cosa que para el escéptico es imposible. Por ejemplo, supongamos que según mi experiencia previa afirmo que hoy habrá un terremoto, pero tal cosa no sucede; y que, basándome en los mismos principios, al día siguiente hago idéntica predicción, “eppur si muove“. En opinión del escéptico no puedo afirmar que cuando se produjo el movimiento sísmico sabía lo que iba a ocurrir, pues los conocimientos que apliqué fueron los mismos que me llevaron al error en el día anterior. El escéptico afirma que el conocimiento no es posible porque para saber algo es preciso estar seguro, pero, en su opinión, no podemos estar seguros de nada. Uno podría reprocharle que su razonamiento no deja de ser paradójico, ya que si tiene razón entonces está equivocado. Es decir, si no es posible el conocimiento, no puede saber que no es posible el conocimiento. Pero el escéptico no observará amenaza alguna en crítica semejante, pues no tendría más que añadir que tal vez estés en lo cierto o tal vez no, pero que ambos somos incapaces de saberlo. Gilbert Ryle sugirió que cuando el escéptico afirma nuestra ignorancia está reconociendo que sí sabemos en algún momento, pues la misma idea de error carece de sentido si no existe la posibilidad de corrección. Sin embargo, parece evidente que la afirmación de la posibilidad de error no implica necesariamente que podamos saber algunas cosas. Es decir, que exista la verdad como alternativa al error no conlleva que lleguemos a alcanzarla. Una de las respuestas al escepticismo más interesantes es la que proporcionó el genio de Wittgenstein. Sugirió que el escéptico se equivoca cuando duda del mundo aparente, ya que no sólo es incapaz de saber sino que tampoco puede dudar. Por ejemplo, ante la pregunta ¿cómo se yo que lo que estoy viendo es realmente un árbol?, la duda carecería de sentido para Wittgenstein porque la afirmación que se pone en duda, “esto es un árbol” no significa que se conozca lo que se tiene delante, sino que lo que se tiene delante significa la palabra “árbol”. En mi opinión, el lenguaje constituye un entramado imperfecto que hacemos descansar sobre el mundo, en cuya existencia en último término no podemos sino confiar. Así mismo, confiamos que las apariencias sirven en nuestra indagación de la verdad. En otras palabras, se da la paradoja de que en la base de nuestro conocimiento se encuentra la misma incertidumbre. Luego, tales presupuestos metafísicos debieran motivar cierta humildad intelectual, pues nuestra aproximación a la verdad muy probablemente no pueda llegar a ser más que asintótica. Y así que el final del camino se halle en el principio. Descartes puso a Dios en la base del conocimiento, como garantía de la razón. Pienso que nada podría ejemplificar mejor la incertidumbre, pues nada con sentido puede decirse de Dios. Como ya supo Moisés de primera mano, Su nombre es desconocido.

Al número Pi

Un poema de Wislawa Szmborska titulado “El número Pi”:

El admirable número Pi
tres coma uno cuatro uno.
Las cifras que siguen son también preliminares
cinco nueve dos porque jamás acaba.
No puede abarcarlo seis cinco tres cinco la mirada,
ocho nueve ni el cálculo
siete nueve ni la imaginación,
ni siquiera tres dos tres ocho un chiste, es decir, una comparación
cuatro seis con cualquier otra cosa
dos seis cuatro tres de este mundo.
La serpiente más larga de la tierra suma equis metros y se acaba.
Y lo mismo las serpientes míticas aunque tardan más.
El séquito de dígitos del número Pi
llega al final de la página y no se detiene,
sigue, recorre la mesa, el aire,
una pared, una hoja, un nido de pájaros, las nubes, hasta llegar
directo al cielo,
perderse en la insondable hinchazón del cielo.
¡Qué breve la cola de un cometa, cual la de un ratón!
¡Qué endeble el rayo de un astro si se curva en la insignificancia
del espacio!
Mientras aquí dos tres quince trescientos diecinueve
mi número de teléfono la talla de tu camisa
el año mil novecientos sesenta y tres sexto piso
el número de habitantes sesenta y cinco céntimos
dos pulgadas de cintura una charada y un mensaje cifrado
que dice vuela mi ruiseñor y canta
y también se ruega guardar silencio,
y se extinguirán cielo y tierra,
pero el número Pi no, jamás,
seguirá su camino con su nada despreciable cinco
con su en absoluto vulgar ocho
con su ni por asomo postrero siete
empujando ¡ay!, empujando a durar
a la perezosa eternidad.

A la divina proporción

Un poema de Rafael Alberti dedicado a la proporción áurea:

A ti, maravillosa disciplina,
media, extrema razón de la hermosura
que claramente acata la clausura
viva en la malla de tu ley divina.
A ti, cárcel feliz de la retina,
áurea sección, celeste cuadratura,
misteriosa fontana de mesura
que el Universo armónico origina.
A ti, mar de los sueños angulares,
flor de las cinco formas regulares,
dodecaedro azul, arco sonoro.
Luces por alas un compás ardiente.
Tu canto es una esfera transparente.
A ti, divina proporción de oro.

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