Contrastes unidos

Los Estados unidos de América es un país de profundas diferencias. En ciertos aspectos es terrible, maravilloso en otros. La visión que tenemos en Europa de aquel país está claramente sesgada en favor de esta faceta oscura, que se ha ganado a pulso con una política internacional cruel, profundamente egoísta y al servicio de un capitalismo exacerbado, un monstruo tan voraz como insaciable que gusta de absorber la libertad allí donde se encuentre. La cacareada democracia no es sino la dictadura del dólar. Sólo hay que haber vivido allí un par de años para sentir el tremendo empuje al consumo que causa la decadente transformación del espíritu, la cosificación de la persona; para sentir la tierra cubierta de cemento, el alma de ceniza, la mirada de tristeza, el corazón aprisionado con el dogma y el miedo materializando armas modernas en las mismas manos que labran la tierra… Hace falta respirar aire puro para escapar de esa fría corriente y, paradójicamente, eso es algo que en pocos sitios se logra como en ese país. Es una tierra extraordinariamente interesante, no sólo por sus espacios naturales, muchos de ellos todavía vírgenes, a pesar de quienes afirman reconocerlos, sino, especialmente, por su diversidad. Sí, por su gente también. Es como una naranja pelada inmersa en un cubo de auténtica libertad. El líquido va empapando la fruta poco a poco, estando el centro casi seco. Las costas brillan de intelectualidad, auténtico amor por el país y no sólo esa manipulación patriótica que pretende asfixiarte por todas las esquinas. No, sincera autocrítica, pensamiento honesto y transparente, noble ingenuidad. La costa del Pacífico, por ejemplo, es extraordinariamente diversa en sus gentes y ha sido muy permeable a otras culturas, particularmente orientales. Casi somos incapaces de imaginar desde este país nuestro, apretado por una vigorosa tradición católica, la pureza detrás de los vientos que azotan a una tierra tan joven. Es un jardín exuberante, una selva tropical, un bullir incesante, un auténtico tesoro. En el norte de California puse mi mano sobre un árbol milenario rodeado de otros muchos. Por un instante me saludó ese ser sabio como antes hizo incontables veces con otros granos de polen bailando confusos con el aire. Me acogió en arrugas profundas que sirven de puerta a otros universos y me suplicó respeto por todos nosotros.

Impacto profundo

Alguien dijo que aproximadamente todas las especies se han extinguido. Detrás de esta afirmación hay razón y absurdo, conocimiento sobre extinciones en masa, y un poco de ese sonrojo que debería acompañar a todo estadístico. Nadie sabe con certeza el número de especies que hay en la Tierra. Teniendo en cuenta varias estimaciones rigurosas, el intervalo de confianza es tan amplio que no inspira mucha confianza. La cifra favorita coincide con el número de añoradas pesetas que ha soltar un polluelo de 30 años, recién salido del huevo, para ocupar una casilla con vistas a muchas casillas más: entorno a los 30 millones. A nadie sorprenderá que no incluya en mi catecismo particular el cálculo que los científicos hacen del número de especies que han existido en la historia de este planeta, pero lo mejor que tenemos son 30.000 millones. Lo que nos lleva al principio: casi el 100% de ellas se han extinguido. Las extinciones en masa se concentran con una periodicidad de unos 26 millones de años a lo largo de los últimos 225. Al menos una de estas devastaciones biológicas, ocurrida hace 65 millones de años, se debió al impacto de un enorme pedrusco caído del cielo. Dicen que cayó en la península de Yucatán, México. El cráter está enterrado bajo piedra caliza, pero al menos tiene 180 kilómetros de ancho y correspondería a un objeto con un diámetro de 10 a 20 kilómetros. Solo hay que levantar la mirada en una noche de luna llena para darse cuenta de que este tipo de fenómenos no fueron raros. Según una hipótesis muy controvertida, el Sol tiene una compañera llamada Némesis en una órbita muy excéntrica que perturbaría la nube de Oort, una formación de miles de millones de cometas allende Plutón, con lo que arrojaría multitud de regalitos a los planetas interiores, entre los que se encuentra la Tierra. La hipótesis explicaría el patrón observado, de tal manera que la siguiente perturbación no ocurriría hasta dentro de unos 13 millones de años. Sin embargo, no os preocupéis aquellos pesimistas amantes del espectáculo que no esperáis vivir tanto. Hace unos años dos asteroides pasaron tan cerca de nosotros como lo está esa luna que ves al pasear y que tiene más cráteres que acné un adolescente. A penas tenían 300 metros de diámetro, poco más que esa china que un día me dio en el parabrisas (una con tanto sobrepeso como mala leche). Pero todavía nos puede tocar el gordo. Quirón, por ejemplo, tiene 180 kilómetros de diámetro y no acaba de decidirse a seguir un camino como Dios manda. Un objeto con la mitad de ese tamaño cayó sobre la Luna hace millones de años y dejó una huella, todavía visible, del tamaño de las Islas Británicas. En mi opinión, semejante impacto solo es comparable al causado por ciertos desodorantes.