Las causas de este fracaso

Un amigo, que sabe mucho de Internet, así como de otras sofisticaciones tecnológicas para las que no puedo sino reconocerme inepto, acaba de enviarme un mensaje electrónico en el que leo tres consejos blogueros que caen de cajón, además de varios sitios populares. Inmediatamente me he dado cuenta de que Luciérnagas sólo pueden fracasar a los ojos de quienes miden el éxito o el fracaso en términos de eficacia, utilidad o rentabilidad, entendida esta última como número de lectores. Me ha parecido interesante explicarles por qué. Estoy de acuerdo en que lo más importante en estos casos es permanecer fiel a uno mismo, ya que la experiencia sólo tiene sentido si disfrutas con ella. Así lo veo yo, lo cual no quiere decir que su única razón de ser sea la satisfacción de la propia vanidad. Sin embargo, siendo yo mismo no puedo escribir posts cortos, con un lenguaje fresco, cercano, y, como dice el mensaje, apto para todos. Supongo que es defecto del animal la tendencia a escribir pesadas parrafadas en un lenguaje enmohecido, casi críptico, y comprendo que su lectura pueda llegar a ser desesperante. Es importante enlazar y enlazar, dice también el consejo de mi amigo, mas lo único que enlazo y enlazo, de unas temporadas a otras, es la gripe. Lo reconozco. Tal vez, tímidamente, me vaya “soltando”, pero es poco probable, dado mi carácter perezoso e incorregiblemente pesimista. Con todo, y a pesar del fracaso, estos insectos luminiscentes son parte de mí. Lo son sus brillos, pero también el tacto desagradable de sus patitas. Si no fuera así, nada de esto tendría sentido. Así pues, la causa de este fracaso soy yo, pues me empecino en la decisión de que cualquier cifra estará lejos de significar su triunfo, o, lo que es lo mismo, la causa de este éxito eres tú, seas quien seas.

Canes viles

Creíamos que estábamos en nuestro derecho. Qué grave injusticia se cometía con nosotros porque habíamos sacrificado tanto, tan grande era nuestro amor. Dadas las circunstancias, resultaba terriblemente irrespetuoso el no ser adecuadamente correspondido. Dogville es el nombre de un pueblo universal. Es también un análisis psicológico pesimista, mas certero y transparente como lo son sus muros, a pesar de su agresiva ironía. Revela con brutalidad miserias que son vulgares y cotidianas en las relaciones interpersonales. Casi no somos conscientes de cuantas veces exigimos al otro cuando afirmamos acogerle con un abrazo, cómo nos aprovechamos de su fragilidad y lo manipulamos. Casi no percibimos la fuerza con la que le sujetamos cuando le decimos “te quiero”, cómo pesa el lastre con el que le hacemos vagar por las inmediaciones. Esta dañina ignorancia es realmente dramática. Dogville no fue lo suficientemente valiente como para enfrentar su propia mezquindad, la misma que lo consumió. Con el hipócrita intuimos que las gentes de este pueblo de perros tienen un problema con recibir. Lo que permanece oscuro a su entendimiento es que tal déficit a menudo viene acompañado de un problema con dar. De manera furtiva les fue dado el regalo que haría del pueblo un lugar libre de pobreza. Aquel que, orgullosos, no supieron aceptar. (***)

Comentario romoniano de la película “Dogville” de Lars von Trier, previamente publicado en Filmaffinity

Esto me recuerda a algo

A veces uno tiene la impresión de participar en el show de Truman, de estar inmerso en el eterno retorno de Nietzsche, o siente con absoluta certidumbre las palabras del Eclesiatés recordándonos que nada hay nuevo bajo el sol. Parece que a las máquinas creadoras de Matrix se le han agotado las ideas, pues esta película ya la he visto; que Calderón de la Barca estaba en lo cierto, mas el sueño se me antoja recurrente; y que mis últimas palabras serían deja vù, si supiera francés. El otro día pensé en Mircea Eliade, que, dicho sea de paso, escribió un libro que lleva por título “El mito del eterno retorno”, mientras leía sentado en un banco de un parque cercano a mi casa. Segundos después de abandonarme tan caprichoso pensamiento, se me cruzó un chiquillo que correteaba divertido por el campo. Lucía una camiseta amarilla con la leyenda Élide a la espalda. Días después comentaba esta casualidad a un amigo que me explicaba que así se llama una tienda de ropa deportiva sita en la ciudad en la que vivo. Mi espontáneo recuerdo del célebre historiador de las religiones fue, sin embargo, completamente injustificado, pues estaba leyendo una serie de premoniciones realizadas por Jules Verne en su novela “De la Tierra a la Luna”, escrita en 1865. En ella se narra el envío de un cohete a ese plateado pedrusco, causa de profundos aullidos, excesos capilares, y de muy mala hostia en algunos de nuestros vecinos. La nave, que se llama Columbiad, sale proyectada desde una localidad próxima a Cabo Cañaveral. Casualmente, el módulo del Apolo XI en el que viajaron los hombres que por vez primera pisaron la Luna se llamaba Columbia. A pesar de la proximidad entre la a y la d en un teclado qwerty, la existencia de una errata constituye una explicación poco plausible. Por consiguiente, no podemos sino acordar que Jules Verne cometió un fallo imperdonable. No obstante, el Columbiad tenía casi las mismas dimensiones que el Apolo VIII. A pesar de sus anticuadas medidas, viajó a una velocidad tan sólo ligeramente más rápido que el Apolo XI. Ambas naves emplearon unas 100 horas en alcanzar la Luna. Finalmente, la nave imaginada por Verne terminó cayendo en el Océano Pacífico, concretamente en un punto cuyas coordenadas se encuentran a tan sólo cuatro kilómetros del lugar donde amerizó el Apolo VIII. Las dos naves fueron rescatadas por la Marina Estadounidense. Nostradamus parece un aficionado al lado de este escritor francés cuyas obras anticiparon además el submarino, el helicóptero, el tanque, los satélites artificiales, los rascacielos, el cine sonoro, y el lanzallamas. Es cierto que metió la pata con “El viaje al centro de la Tierra”, pero no dejan de ser asombrosas lo que parecen verdaderas profecías. A quien no perdonamos es a Henry Levin, que a penas hizo sudar a James Mason. Un último apunte para terminar, no relacionado con Jules Verne, pero sí con la llegada del hombre a la luna en 1969 y la clarividencia en la literatura de ciencia-ficción. En 1954 el escritor Lester del Rey escribió una novela corta, que lleva por título “Misión a la Luna” y donde se dice lo siguiente: “La primera nave espacial aterrizó en la Luna y el comandante Armstrong salió de ella…” La nave se llamaba Apolón, ¿otra errata?

Hacer gusanadas

Con el fin de completar su ciclo de vida, muchos parásitos utilizan varias especies que les sirven de hospedadores. La transmisión parasitaria frecuentemente ocurre a través de la alimentación de animales infectados. De entre las estrategias que han evolucionado por selección natural y que conllevan un incremento de las posibilidades de transmisión, destaca la manipulación del comportamiento de los hospedadores por parte del parásito. Uno de los casos mejor conocidos es el del gusano Dicrocoelium, cuyo hospedador definitivo son pequeños rumiantes. Los huevos de este helminto salen con las heces del mamífero y son comidos por caracoles. Los parásitos se acumulan en una zona determinada del molusco causándole una irritación que estimula la liberación de bolas de mucus que contienen hasta 500 larvas parasitarias cada una. Todo un manjar. Al menos así es para las hormigas. Cuando una hormiga se come una de estas golosinas, las larvas se enquistan en su interior. Sin embargo, es habitual que una o dos de ellas escojan una zona específica del sistema nervioso. Esto hace que la hormiga se comporte como una histérica, pues es incapaz de abrir sus mandíbulas cuando la temperatura disminuye. En consecuencia, muchas de ellas pasan la noche hincándole el diente a una brizna de hierba, y no se relajarán hasta que el sol ilumine al día siguiente. Da la casualidad que por la mañanita temprano, los rumiantes idóneos para este gusano gustan de pastar. El resultado es que se hinchan a comer hierba enriquecida en estas tan excéntricas como infectadas hormigas. Lo cierto es que hay muchos otros ejemplos de manipulación por parte de parásitos. Existen casos de peces que se ven obligados a nadar más cerca de la superficie, simplemente por que llevan un parásito dentro. Precisamente, aquel que completará su desarrollo en el pájaro que sobrevuela la laguna y que pesca sobre todo a los incautos que no nadan profundamente. Otros parásitos provocan que su hospedador se sienta atraído por la luz, lo que lo hace más visible para los depredadores. Algunos causan un desarrollo anormal de determinadas estructuras en el hospedador volviéndolos particularmente conspicuos. En otros casos el parásito convierte al hospedador en un imprudente. El protozoo Eimeria vermiformis incrementa los niveles de opioides endógenos en el ratón, y de esta manera disminuye su ansiedad y aumenta su sociabilidad. Esto es exactamente lo que le viene bien al parásito, que se transmite a través de las heces de ratón a ratón. Análogamente, se cree que otro protozoo, Toxoplasma gondii, altera la personalidad en humanos. En otras palabras, la próxima vez que se te acerque alguien en actitud excesivamente amistosa, te sugiero que le preguntes si tiene diarrea. Otra idea genial: si te enloquece la carne de cerdo, quisieras disculpar tu glotonería durante una velada en la que consumidor y consumido parecen confundirse, y la cuestión del libre albedrío no te quita el sueño, tal vez pudieras responsabilizar de tu conducta a la tenia del cerdo, ya que también puedes servirle de hospedador definitivo.

Sherlock Holmes investiga a Houdini

Si tuviese que escoger a alguien para contarle cómo mi cuerpo astral me abandonó mientras dormía y disfrutó de gratas experiencias sensuales con ciertos fantasmas de voluptuoso ectoplasma en el Triángulo de las Bermudas, sin duda alguna ese alguien sería sir Arthur Conan Doyle. Resulta un hecho intrigante que el padre de dos redomados racionalistas como Sherlock Holmes y el Dr. Watson, era un espiritista con una credulidad casi ilimitada. El Dr. Doyle llegó a escribir un libro en defensa de la existencia de las hadas, en el que reproducía ciertas fotografías que mostraban a unas diminutas Julia Roberts de preciosas alas zumbando en las proximidades de un bosque inglés. Por las cercanías había además un David el gnomo tocando la flauta, que sentía la tentación de saltar sobre el regazo de una de las dos hermanas que habían sacado la fotografía. El señor Doyle sostenía con vehemencia la veracidad de experiencias de comunicación con los muertos, su propia mujer era médium, aun después de que algunos participantes hubieran reconocido que se trataba de un fraude. Tal fue el caso de una de las hermanas Fox, que contactaba con el más allá haciendo crujir los huesos del dedo gordo de uno de sus pies. Su amigo, el ilusionista Ehrich Weis, más conocido como Harry Houdini, se cansaba de contestar a las afirmaciones de Doyle respecto a su supuesta capacidad de materialización del cuerpo. El hombre tenía que ir diciendo que carecía de facultades paranormales porque el célebre escritor insistía una y otra vez que él nunca reconocería lo evidente. Lo cierto es que lo de Houdini era un talento extraordinario. Un cerrajero de Birmingham empleó cinco años de duro trabajo en construir unas robustas esposas que Houdini abrió en un abrir y cerrar de ojos. Maniatado y encadenado se arrojaba de los puentes de las ciudades que visitaba para terminar resurgiendo del río. Esposas, camisas de fuerza, calderas de hierro, voló sobre un avión, e incluso fue sepultado vivo, pero nada se le resistía. En sus últimos años encontraba divertido el desenmascarar a médiums y espiritistas de todo el mundo que hacían uso de burdos trucos. En 1926 un estudiante le retó a soportar un puñetazo en el estómago, pero recibió el golpe antes de que pudiera contraer los músculos. Este fantástico escapista de notable fortaleza desarrolló al día siguiente una grave peritonitis que le condujo a una muerte de la que no pudo escapar. Mientras que Arthur Conan Doyle fue un magnífico escritor cuya obra destilaba admiración por la ciencia y la razón, pero que eran repudiadas por la persona, Harry Houdini fue un ilusionista extraordinario cuya obra mostraba verdadera magia, pero que el artista explicó siempre mediante la razón.

Un rostro con miles de verrugas

Todos los niños sufren de preguntitis. Aunque inicialmente se desarrolla como un proceso inflamatorio, cada vez un mayor número de especialistas hablan de preguntoma prolífico en metástasis. Con la edad se van administrando los medicamentos necesarios para calmar los tres síntomas de toda inflamación que se precie: calor, dolor y rubor. Los adultos bien tratados se vuelven fríos ante la maravilla, insensibles a las grandes preguntas, y padecen de palidez de espíritu. Como efectos secundarios aparecen leves signos sin importancia, tales como el olvido de la poesía y el embobamiento por lo estúpido. Únicamente si te pasas con la medicación caes en una borreguitis comatosa, generalmente acompañada de la pérdida de babilla por la comisura izquierda. Para tratar los casos graves aconsejan televisión en abundancia y vida dulce. Aún no había empezado a esconder bajo la almohada las pastillas que me daban, cuando, una noche, agoté la paciencia de mi padre al insistir en averiguar cuántas estrellas había en el cielo. La evasiva que recibí despertó mi lado solidario y en aquel preciso instante, comencé a contarlas para los dos. Ahora pienso que mi padre estuvo más preocupado por mi tozudez que divertido por mi ingenuidad, por lo que tuvo a bien decirme algo horrible. Me contó que si persistía en mi acción, por cada estrella diferente que contabilizase me saldría una verruga. En aquel momento, sus palabras me parecieron incuestionables, dado que venían con toda seriedad de la fuente más fiable que conocía. Comprendí inmediatamente por qué nadie había contado las estrellas del cielo antes y, agradecido, centré mi atención en los bichos del suelo. Lo cierto es que a simple vista, en una noche despejada puedes llegar a contar unas 5.000 estrellas (Es fácil comprobar lo inexacta que puede llegar a ser esta medición rotulando tus propias verrugas y comparando las marcas con el valor observado). Uno de los primeros catálogos de estrellas conocidos data de 1420 y no recogía más de 1.018. Esta cifra fue aumentando progresivamente, pero hasta el siglo XVIII sólo 47.000 estrellas habían sido catalogadas. Hoy en día este número asciende a algo más de 15 millones repartidas en un total de 3,6 millones de galaxias. Sin embargo, se calcula que hay unos 100.000 millones de galaxias cada una con unos 10.000 millones de estrellas. La estrella más brillante del firmamento se encuentra a 8,8 años luz de nuestro sistema solar. Se trata de Sirio, en la constelación del can mayor. La estrella más cercana es una enana roja ridícula, que prácticamente no se percibe a simple vista. La llamaron Proxima Centauri y la tenemos a 4,2 años luz. El Sol es una estrella de tamaño medio que está a 8 minutos luz de distancia y que vive aproximadamente unos 10.000 millones de años. En realidad, el rostro nocturno tiene múltiples edades, cada centímetro de su piel retrata un sin fin de instantáneas obtenidas a lo largo de 13.700 millones de años desde el origen de Universo. Con todo, después de observar semejante mosaico temporal no podemos sino reconocer, parafraseando al Sr. Domínguez, que la verruga es bella.

Jack in the box

El efecto que una película cualquiera ejerce sobre un individuo cualquiera, por supuesto está en función de como sean película e individuo, pero también de lo que se haya puesto en el medio. Y no me refiero a esa mesita baja que nos tienta a elevar los pies y nos invita a una cifosis, sino a las circunstancias que entonces pulularon como tercos fantasmas alrededor, y contaminaron allí, precisamente entre las orejas del tipo en cuestión. ¿Cómo podría de otra forma explicar que me haya entretenido una historia tan absurda como “The jacket” de John Maybury? En una amnesia profunda reconocí un momento de lucidez cuando me vi distraído y cerca de decir basta, mas fue entonces cuando perdí el sentido y me encontré en el futuro visionando hasta el copyright de sin-sentido semejante. Recuerdo con cariño a una mujer, de admirable sensibilidad e inteligencia, cuyas mejillas se encendieron cuando la sorprendí tras un enorme cubo de pequeñas palomas volando con “Los Angeles de Charlie”. Recuerdo su expresión y el regalo de su sonrisa. Sugiero que estas infidelidades son saludables, que apartemos prejuicios y que levantemos las piernas en nuestro pecado. (**)

Modificado por romo para luciérnagas

Escalofrío

Circulando por autopista hacia la ciudad de Portland en el estado de Oregon disminuí la velocidad obligado por el tráfico. Desvié la mirada hacia el coche que tenía a la izquierda, uno de esos larguísimos de los 70. Habría asegurado que el pequeño orificio que tenía la puerta del conductor fue causado por una bala. Levanté la vista hacia el conductor esperando encontrar un rostro temible mirándome con hostilidad, pero al volante estaba Miss Dasy, una anciana de pelo rizado de color gris y aspecto afable, que no parecía percatarse de mi sorpresa. Más adelante observé una camioneta con un rifle monstruoso claramente visible en la ventanilla. Entonces lo recordé. La legislación de Oregon permite disponer de armas de fuego, llevarlas permanentemente contigo y transportarlas también. Uno puede llevar armas en el coche, pero entonces debes exhibirlas, como en el viejo Oeste, de otra forma faltas a la ley. Es incluso posible la acumulación de armas de fuego. Por ejemplo, en el estado de Virginia, donde se ha producido la tragedia de Blacksburg, uno puede comprar un fusil de asalto al mes. Si lo haces cada 15 días faltas a la ley. Recuerdo que mis primeras visitas a una librería de la pequeña ciudad de Corvallis, de nuevo en Oregon, siempre iban acompañadas de cierta agitación interior al observar la ingente cantidad de revistas de armamento de todo tipo, incluso hay revistas populares especializadas en bazookas y otras armas anti-tanque, justo delante de las butacas en las que la gente se sentaba para leer de manera relajada tomándose un café. A veces nos acompañaba un pequeño grupo de música clásica de tal forma que apreciabas aquel paisaje con una sensibilidad especial. Una vez en Portland, cogí una especie de tren que me llevaría al centro. En un momento dado entraron en el vagón tres policías fuertemente armados. Dos situados en los extremos dispuestos a desenfundar si fuese necesario, el tercero, la mujer de aspecto cabreado, se dedicó a pedirnos los tickets. El chico en frente de mí no llevaba el suyo. La mujer le pidió el carnet de conducir (en ese país lo precisas, aunque no sepas conducir y necesites ir en tren a todas partes) y contactó por radio con algunos compañeros para averiguar si el joven tenía antecedentes penales. Finalmente, aquellos policías aterrorizados se llevaron al chico, que faltó a la ley porque no sacó el ticket en la estación, que costaba casi un dólar, aunque podría haber llevado pistola. Tengo una amiga que una vez participó en un programa de intercambio de estudiantes americanos con Japón. Su “hermano japonés”, como ella le llamaba, viajó a New Orleans al año siguiente. En una ocasión este adolescente salió por la noche con unos amigos, pero a la vuelta se confundió de casa. Vivía en una zona residencial donde todas las casas parecen iguales. Era tarde y se confundió. Podía haberle ocurrido a cualquiera. Trató de abrir con su llave la vivienda del vecino, que en ese momento salió portando una escopeta y lo mató.

Declaración de intenciones

Saco a colación una intervención puntual en un interesante diálogo con zentolos (ahora me doy cuenta de que fue más bien el monólogo de un chiflado, pero bueno, lo dejo estar). Tengo la convicción de que algo así no se repetirá, pero en aquel momento surgió con espontaneidad, y no sin cierta clarividencia, lo que me parece toda una declaración de intenciones de las luciérnagas, y es que se produjo tiempo antes de su alumbramiento. Por ese motivo lo recupero aquí. Esencialmente, hallarás en estas líneas el leitmotiv de la verdosa virtualidad de la que has escogido rodearte por breves instantes, por lo que entiendo es honrado rescatarlo con toda la virulencia con que entonces surgió. Por otro lado, este ejercicio me permitirá regresar al corazón de los Lampiridae cuando corra el riesgo de olvidarlo. Con el permiso de los zentolos que abrieron la caja, así fue cómo ocurrió, mas albergo la esperanza de que la pasión que quiere transmitir el lenguaje no se confunda con el dogmatismo que combate:

Hay mezquindad en los científicos que anteponen su vanidad o el beneficio material, a la responsabilidad que tienen con el resto de la sociedad de comunicar sus hallazgos y, lo que es más importante, la fascinación por las preguntas. Como daño colateral, el nicho abierto fue rápidamente ocupado por parásitos que pretenden absorber la savia de la curiosidad humana, pero que en su lugar se hinchan con líquido cefalorraquídeo. No agotan la curiosidad sino el pensar. Permitíos aplastad esos obesos pulgones turgentes de pus. Quebrad esas patas de artrópodo que se atreven a manipularos y que brotan tan rápidamente como se debilita vuestro espíritu crítico. La masa, ebria de ignorancia, clama justicia y los despreciables lo aprovechan erigiéndose sobre ella al tiempo que ofrecen las cabezas de inocentes. Desde un rincón de la plaza, testigo del sacrificio, gritaré con toda mi fuerza que somos ignorantes, eso es lo que somos, pero que ansiamos la verdad. Iniciad el caminar hacia delante sin otro afán que el comprender la belleza del arco iris. Valientes caminando por una senda misteriosa, sin apenas certidumbres, eso es lo que somos. ¿No lo veis? Nos libera la misma tensión que nos vuelve infelices, pues al huir de la hipnótica mirada de invertebrados que escupen las cadenas que nos afligen vemos el rostro de la inmensidad y ella el nuestro. Sostened esa mirada a pesar del vértigo del abismo. Entonces bastará un segundo para sentir peligros escalofriantes que parecen acechar en una noche de luna nueva. No os importe, manteneos firmes, pues sois mucho más grandes que esos áfidos ordeñados por hormigas. Frágiles, cansados y desnudos, pero libres, observamos desde las cunetas en las que nos refugiamos ojos refulgentes en la oscuridad, que imaginamos malignos, pero que podrían no ser más que insectos brillando sobre satén negro. Sustituir nuestros axones con largas falacias surgidas del fango es lo que nos ofrecen desde el cadalso. ¿Será nuestra libertad el precio de la felicidad? Os digo que, aunque fuese el último de los niños, gritaría a los cuatro vientos mi ignorancia, y a estos reclamaría mi tiempo para averiguar por qué brillan las luciérnagas.

Tierra de abundancia

La transformación del mundo es una empresa titánica no tanto por su magnitud, por el conjunto de cosas que han de hacerse o resultan útiles, como por la valentía que exige enfrentar la cotidianidad con las personas en el centro de la vida. Ese cebador necesario prende difícilmente en nuestras sociedades, presas de la falta de confianza y de la angustia, más propia del arrojado a un mundo extraño, que pretende ser acallada con la acumulación, con el ensalzamiento de la cosa. Pero de consumidores pasamos así a ser consumidos. Por supuesto, la utopía merece la pena ser vivida, pero pasa por una transformación personal realmente valiente donde el miedo sea acallado por la confianza. La tarea tiene lugar en cada uno, esa es la dimensión verdaderamente importante, pues movilizados por el miedo no encontraremos más que su justificación a nuestro alrededor. El mundo es entonces visto a través de las gafas para visión térmica del militar. Veríamos con los ojos de la víctima. Todo encajaría a la perfección con nuestros temores. Le ocurre esto al veterano de guerra o a todo un país con un potencial humano descomunal. Ambos están sufriendo por el maltrato. Por eso, lo que es realmente difícil es escuchar las voces de los que se fueron y ahogar con ellas los gritos de venganza de los que quedan. Porque aquellas son ahora valientes en su sueño y las nuestras hablan todavía por la oscura boca del miedo. (***)

Comentario romoniano de la película de Wim Wenders adaptado para luciérnagas

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