Lo uno y lo otro

Son muchas las dicotomías aparentemente irreconciliables: objetivo-subjetivo (pero el idealismo), mente-materia (pero una visión materialista de la conciencia), bueno-malo (pero cuidado con el relativismo), tesis-antítesis (pero más tarde la síntesis)…, etc. Entre ellas, una de mis favoritas es razón-sentimientos (pero la persona). Y es que cada uno de nosotros representa el compromiso entre dos fuerzas antagónicas, lo apolíneo y lo dionisíaco (Nietzsche), el espíritu de geometría y el de fineza (Pascal), late en nosotros un corazón puñetero que atiende a razones que la propia razón desconoce (otra vez Pascal, aunque Cesárea Évora), y no hay ciencia objetiva sin la creatividad que nace de la subjetividad, del prejuicio (pero se afirma que el prejuicio recomendable es la ausencia de prejuicios; Gadamer). ¿Qué sentido tiene la ley si no está inspirada por la Justicia?¿y cómo puede haber una Justicia razonable si no se establece a la luz de los sentimientos? Empapelamos habitaciones con papel de barroco estampado, pero el pegamento que lo mantiene en su sitio y rellena esos espacios a los que no logramos llegar no puede ser sino nuestra sensibilidad (que no sentimentalismo). La sensibilidad no es algo a superar, como una herencia animal, en favor de la cacareada racionalidad, sino que ambos se encuentran en el centro de nuestra humanidad. Olvidar esto significa renunciar a lo mejor de nosotros. Somos mucho más que máquinas, como nuestro cerebro es algo más que materia gris. Hay color en nosotros que potencialmente se refleja alrededor (y os lo dice un enfermo demasiado joven de pesimismo escéptico agudo, crónico y terminal, aag!).

Yin-yang evolutivo

Creo recordar que un famoso antropólogo afirmaba como una característica inherentemente humana nuestra tendencia a establecer dilemas, dicotomías, tales como lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo…etc. Es evidente que el afán clasificador es una actividad básica en nuestra manera de entender el mundo y que el proceder mediante claves dicotómicas se presenta como algo muy natural en nosotros. Uno puede especular con un origen selectivo para algo así. Quiero decir, que fácilmente podemos imaginarnos la categorización como una adaptación más a los muchos desafíos planteados por el entorno. Sin embargo, rasgos que claramente suponen una ventaja para el organismo no tienen por qué haber surgido por selección natural, sino que pueden constituir un subproducto de la selección de un rasgo diferente, pero que, finalmente, ha resultado útil para la supervivencia del individuo. Por otro lado, un rasgo particular puede funcionar de una manera muy diferente (y muy conveniente) a la función para la que antaño fue seleccionado. La selección trabaja así, aprovecha lo que tiene a su disposición en un momento dado y esto puede estar muy lejos de la solución ideal. Por ejemplo, las plumas de las aves probablemente surgieron como un mecanismo disipador del calor. Me pregunto si la conciencia es un efecto secundario resultado de la consecución de un alto nivel de complejidad estructural. Una anomalía, una propiedad emergente imprevista que apareció como consecuencia de la interacción compleja de elementos dedicados originalmente a otras funciones. No lo sé, es un tema difícil que se presta fácilmente a la especulación más alambicada. Pienso que la conciencia no puede ser el resultado directo de la selección natural porque conduce al ser humano a la interrogación por el sentido (el origen) y esto es causa de angustia existencial. Resulta paradójico que la atomización de la realidad, tal vez impuesta por nuestra forma de pensamiento e ilustrada por el lenguaje, haya pasado a ser cuestionada como una forma más de superación de la angustia. Así es en la tradición filosófica oriental donde la dicotomización y, al mismo tiempo, la interacción dinámica entre contrarios se lleva al extremo (Taoísmo). Las religiones del Libro, por poner un ejemplo diametralmente opuesto, encuentran en Dios el origen (el sentido) aglutinador de lo real. En este último caso se habla de un Dios personal, pero realmente se extiende mucho más allá de los límites definidos por la persona (la idea de Dios es, sin embargo, demasiado antropocéntrica para el Budismo). Lo que quizás fue una vez crítico para sobrevivir en la cotidianidad, nos la hace ahora difícilmente sorportable y da lugar a nuevos descubrimientos o construcciones (interesante dilema) dedicados a soportar el dolor de la ausencia bajo los pies. En cualquier caso, lo que una vez nos mantuvo firmes al suelo sirve ahora para levantar el vuelo. Cada conciencia individual pretende ser un cosmos en miniatura dedicado a que el Universo tome conciencia de sí mismo.