Decía el poeta que la amistad es el arte del encuentro, la colisión de dos mundos que participan en un diálogo esencial. Cuando tiene lugar, decimos que se establece una comunicación verdadera, que se manifiesta como un crecimiento interior. Un movimiento interno que nos permite reconocernos como algo vivo, pero cuya naturaleza contradictoria nos desconcierta. Resulta un fenómeno contradictorio porque la actuación del otro en nosotros sirve para afirmar nuestra propia identidad. Esta paradójica emancipación surge precisamente de un conocimiento esencial de uno mismo, que fue posible gracias a la intervención ajena, mas confiada y sincera. Emancipación que servirá para una nueva comunión, esta vez liberadora. Un encuentro así solo es posible con total apertura. En cierto modo, supone un lanzarse al vacío, pues se producen pasos firmes sin justificación por sendas inexploradas, al tiempo que se apartan miedos sin otra fuerza que la propia determinación. La imagen que uno proyecta de sí mismo se desvanece cuando hay una entrega sincera, pues entonces no hay imagen sino ser, no hay sombra sino afirmación del ser y con ello de la vida. En un diálogo esencial ambas partes se construyen mutuamente. En la interacción descubrimos no tanto al otro como a uno mismo en un proceso que, lejos de hacernos vulnerables, nos vuelve sabios. Del diálogo así entendido emerge un conocimiento profundo de las cosas y, por consiguiente, es potencialmente transformador. Sospecho que muchos de los males que aquejan a nuestras sociedades nacen en último término de una comunicación deficiente. Un vacío que acrecienta el sentimiento de aislamiento personal, de fragmentación y, en cierto sentido, de enfermedad. Deficiencia que explica la percepción del otro como objeto y entonces, tal vez, usable. Un uso que consume a la propia persona, pues queda cosificada y apta para el consumo justamente cuando reserva al otro la consideración de cosa-para-mí. Como cosa se descubrirá perdida y ausente poco antes de recibir al olvido. Es aquel un conocimiento que desvela la pobreza de semejante visión del mundo fundamentada en lo útil, lo instrumental, el beneficio…. Conocimiento que primero afirma nuestra identidad para inmediatamente revelar nuestra conexión con todos y cada uno. La objetivación consumidora puede superarse mediante la amistad porque en ella protagonizamos un encuentro con el desconocido que quizás no conoceremos jamás.
Azar, necesidad y 21 gramos
Junio 5, 2007 a 10:26 am (07. El séptimo arte)
De la trilogía realizada por el tándem González Iñárritu-Arriaga, “21 gramos” es mi favorita. Poco después de verla, recuerdo haber leído en uno de los encantadores relatos de C. S. Lewis las palabras de aquel magnífico y enigmático león “a cada uno le cuento su historia”. En 21 gramos nos cuentan parte de la historia completa, es decir, parte de la historia de historias, porque no hay historia de espaldas a las demás. Por supuesto, se da la paradoja de que a pesar de su crudo realismo se trata de un experimento tan inteligible como irreal, ya que con sólo un puñado de vidas consigue de manera impactante hacernos reflexionar sobre la posibilidad de compaginar el libre albedrío, y con ello nuestra responsabilidad moral, con algún tipo de equilibrio ineludible. En mi opinión, la película reflexiona sobre este misterio tan antiguo como el hombre. Lo hace de una manera honesta, interrogándose por el sentido del sufrimiento humano y con ello por el propio sentido de la vida. Es una película dura porque nos enfrenta con la enfermedad, con el dolor de la pérdida de aquellos a los que amamos, pero también con la valoración que hacemos de la vida propia, con nuestra imperfección y con el perdón. Se trata de un drama profundo, bien interpretado, aunque francamente demoledor. (***)
Modificado de una romoniada anterior

