Hechos y teorías son diferentes. La ciencia trata de explicar la naturaleza, que explora interrogándola mediante el experimento, que generalmente la descompone en partes analizables en detalle para después proceder a su reconstrucción. El experimento se plantea de acuerdo con la pregunta, que surge de la teoría, de un modelo que había sido apuntalado por datos empíricos previos. Si el experimento confirma el modelo, la explicación queda enriquecida. En caso contrario se pone sobre la mesa un nuevo problema soluble, que motivará la revisión de la teoría o, quizás, del experimento. En palabras de Medawar, la ciencia es entonces el arte de lo soluble, quedando fuera todo lo que no es empíricamente abordable, lo que no se puede asociar a una experiencia objetiva reproducible, lo que no es problemático-general. Pero teoría y hechos son a menudo confundidos. Por ejemplo, la teoría de la evolución, entendida como la idea de que toda la vida sobre el planeta está filogenéticamente interconectada, no es una teoría, sino un hecho. No se trata de un modelo que explique la diversidad biológica, sino de un descubrimiento. Análogamente, que la Tierra no es plana no es una teoría. Forma parte de la teoría un cuerpo de conocimientos referidos a los mecanismos a través de los cuales la evolución tiene lugar, como son la selección natural o la deriva genética. Sin embargo, una vez aceptados los presupuestos metafísicos de objetividad e inteligibilidad racional, los hechos son indiscutibles. El descubrimiento científico se hace posible porque creemos que la realidad es algorítmicamente compresible y así racionalmente comprensible. De acuerdo con prejuicios científicos se hacen observaciones que arrojan datos, luego construimos una formulación lógica que compacte esa información, seguidamente la utilizamos en el establecimiento de predicciones que serán o no confirmadas con la nueva recogida de datos. Sin embargo, los modelos nunca serán perfectos, esto es, nunca reflejarán con total exactitud la realidad. El conocimiento científico es asintótico de tal manera que, parafraseando a Popper, se trata de hallar aquello de lo que el investigador puede sacar ventaja aún a sabiendas de que, probablemente, está prescindiendo de mucho. Es el arte de encontrar esa compactación informativa, la mejor, por eficaz, simplificación. Por ejemplo, los átomos no están constituidos por núcleos con quarks, sino que este modelo explica mejor los datos experimentales que uno que sugiera la ausencia de estructura interna. Pero mañana quarks y electrones podrían explicarse por diferentes pautas de vibración de cuerdas en espacios multidimensionales, y pasado mañana podrían estar constituidos por luciérnagas cagando luz. Luego, ¿dónde está la realidad? Parte de ella se pierde en el proceso de descubrimiento científico, y otra parte permanecerá por siempre incognoscible. Hay quien reclama que se de la importancia que merece a todo eso que se ha desperdiciado por el camino, pero eso es otra historia.

