El universo en el que vivimos guarda una serie de características físicas extraordinariamente precisas para permitir nuestra presencia en él. Si varias constantes físicas, aparentemente arbitrarias, hubiesen sido siquiera infinitesimalmente diferentes, no habríamos estado aquí para contarlo. El catolicismo se siente cómodo no sólo con el Big Bang sino también con el Principio Antrópico, la idea de que el universo es como es para permitir nuestra existencia y, por ende, su conocimiento. Así, Dios estaría en el mismo origen de universo. Los físicos especulan con una alternativa, esto es, la existencia de un multiverso. Aquella desconcertante propiedad tendría sentido si en realidad existiese una infinidad de universos físicamente posibles, aunque completamente estériles. Obviamente, nosotros sólo habitaríamos aquel permisivo con nuestra presencia, lo cual nos parecería un hecho extraordinario, en la medida en que lo considerásemos el único universo existente. Muchos físicos opinan que el universo surgió de una fluctuación cuántica del vacío. Parece que fue posible evitar su casi inmediata extinción gracias a un proceso conocido como inflación, fenómeno sorprendentemente efímero, pues duró 10-35 segundos, que se alimentó de la energía liberada con la emancipación de la fuerza de la gravedad y de la interacción fuerte, y llegó a doblar el tamaño del universo unas 100 veces. A partir de aquí, la física actual es capaz de describir con cierto detalle la evolución posterior gracias a una combinación de teoría y resultados experimentales obtenidos en aceleradores de partículas. Los científicos creen que este tipo de fluctuaciones podrían estar ocurriendo en otros lugares de nuestro propio universo, y algunos opinan que singularidades semejantes tienen lugar en el seno de los agujeros negros. No obstante, las explosiones correspondientes no se producirían hacia nuestro universo, sino que generarían su propio conjunto de dimensiones, así como su espacio-tiempo particular. Esto implica la existencia de un multiverso eterno en el que existe un número infinito de universos burbuja interconectados entre sí. Algunos teólogos ven en estas ideas una amenaza al misterio del origen de todo y se refieren a ellas despectivamente como especulaciones absurdas. Sin duda, este inverso de la explicación divina no son más que especulaciones, pero lo que realmente lo distingue de la “hipótesis de Dios” es que es matemáticamente expresable. Los físicos confían en que el Gran Colisionador de Hadrones, ubicado en Ginebra, permita alcanzar las energías que tuvieron lugar tan sólo 10-15 segundos después del Big Bang. Quizás un día la tecnología sea suficiente para reproducir las condiciones en el tiempo Planck (10-45 segundos, dado que el tiempo está cuantizado no tiene sentido remontarse más allá). Ese día se reproducirá el origen del universo, planteándose la cuestión de si el universo que habitamos se encuentra en el “interior de una probeta”. Entonces encontraremos factible que hubiera sido creado por una inteligencia alienígena y nos preguntaremos por su creador. Tal vez ese día los teólogos abracen esta suerte de anverso de la “hipótesis de Dios” sin preocuparse de su naturaleza especulativa.

