Varios equipos científicos están investigando sistemas de prótesis externas controlados directamente a través de implantes cerebrales. La idea es lograr que personas que sufren una parálisis generalizada puedan un día ejercer el control de miembros artificiales sin otra ayuda que la del propio pensamiento. Para ello, se han diseñado electrodos capaces de registrar señales cerebrales que puedan ser inmediatamente traducidas como movimientos que llevará a cabo la prótesis. En Junio de 2002 la revista Science publicó sobre este asunto un interesante trabajo dirigido por Andrew Schwartz. Se implantaron pequeños electrodos en el cerebro de chimpancés que fueron motivados mediante recompensas, a participar en un juego de ordenador. El juego consistía en mover objetos como pelotas en un espacio virtual de tres dimensiones. Los electrodos registraban las principales señales cerebrales involucradas en el movimiento de los brazos. Estas señales eran finamente ajustadas por el ordenador con el movimiento de los objetos en el juego, de tal manera que cuando los primates movían los brazos desplazaban las pelotas en la pantalla. Al cabo del tiempo, los animales se dieron cuenta de que podían jugar sin necesidad de mover los miembros, es decir, solamente teniendo la intención de moverlos, pues con ello transmitían las señales precisas al ordenador. En una segunda fase de la investigación, los ingenieros fabricaron un brazo robot que los chimpancés lograron manejar de manera análoga, a través de instrucciones neuronales recogidas por los implantes cerebrales e interpretadas con el software adecuado. Con cierta frecuencia he confirmado que la realidad supera a la ficción, así que no me extrañaría descubrir que estos primeros estudios servirán en el futuro, si no lo han hecho ya, para justificar la financiación de proyectos de investigación militar dedicados a la destrucción de seres humanos. Como he leído en un artículo firmado por Mariano Sigman y publicado en Le Monde diplomatique, quizás un día seamos testigos de ejércitos de cyborgs controlados por chimpancés sentados en sus jaulas de cara a varios monitores de televisión y a los que atiborran con zumos y frutas cada vez que destrozan a un enemigo. Qué mejor soldado que una máquina blindada y fuertemente armada, dirigida por un cerebro ignorante de las consecuencias reales de su juego, supervisados, no obstante, por la criatura moral por excelencia, por seres humanos sensibles que se enamoran en la habitación de al lado.

