Sabiduría como vacuidad

Romo: tu debes de ser Agua, ¿verdad? Dicen que eres muy sabia. ¿Sabes? yo también soy un tipo listo, se un montón de cosas…he leído decenas de libros y presumo de una memoria excelente. Hasta las malas lenguas, especialmente ellas, admiran mi habilidad para el discernimiento, mis dotes con el análisis, mi irónica agudeza, de ahí mi nombre… Agua: y observo que tampoco careces de humildad. Romo: bueno, para ser humilde, he de admitir que tanto saber no me hace feliz, pero siempre he pensado que en un mundo como este sólo puede ser feliz quien no piensa mucho. Y es que a medida que creo saber más cosas veo con mayor claridad lo poco que se realmente, y esto me entristece. Agua: resulta curioso que el almacenar tantas cosas clarifique tu interior en lugar de enturbiarlo. Romo: Sí, porque he descubierto que aquel que cree que todo lo sabe ignora lo más importante, que es su propia ignorancia, pues, paradójicamente, es este un conocimiento al que se llega después de acumular una multitud. Sin embargo, si sabes muchas cosas deberías estar más cerca de la verdad, luego tal ignorancia tendría que ser reveladora, ¿no crees? ¿Por qué será la verdad tan escurridiza? Agua: tal vez la sabiduría consista en un no-saber. Romo: no te entiendo. Por favor, explícate. Agua: tu crees que cuanto más sabes más cerca estás de la verdad, pero, al mismo tiempo, eres más consciente de lo poco que sabes. Romo: Así es. Agua: tu vas al encuentro de la verdad, pero se te escurre entre los dedos dejando el vacío tras de sí. Romo: supongo que puedes decirlo así. Agua: Eso ocurre porque la verdad no se busca, sino que es ella quien sale al encuentro. Todo lo que puedes hacer por ti mismo es prepararte para acogerla, pero esto no resulta fácil porque demanda pureza de corazón. La verdad no se conoce, sino que se ama. Romo: creo que entiendo lo que quieres decir. Me estás diciendo que la verdad es algo que se vive, algo que hay que experimentar, luego si tengo muchas experiencias de un determinado tipo, digamos verdaderas, estaré más cerca de la verdad. Agua: observo que con tanta inteligencia no has comprendido nada de lo que te he dicho.

“Dedos fríos” Hardin

Era como llamaban al pistolero que había terminado con la vida de cuarenta y cuatro. Eso hacían dos víctimas más que años tendrá al morir. Sus estudios de teología y leyes, realizados durante diecisiete años de buen comportamiento a la sombra, le sirvieron para conseguir el indulto. “Nunca he matado a un hombre que fuera honrado”, había dicho en su defensa. Se decía que estaba reformado, aunque John se negaba a creerlo. Su primera víctima fue un negro enorme con el que había tenido una discusión, pues el de Texas jamás le consideraría otra cosa que un esclavo. Le salió al camino poco después, y agarró las riendas del caballo que montaba aquel pálido delgaducho de quince años y mirada áspera como la lengua de un gato. No hubo lugar para la pelea. El chico sacó el revólver y reventó a tiros al gigante, orgulloso de su joven libertad. Así inició su senda de muerte “dedos fríos” Hardin. Fue hecho prisionero un año después, pero compró la pistola que ocultaba un huésped del lugar y, fingiéndose enfermo, escapó matando a sus carceleros. Le persiguieron tres soldados a caballo, pero la ráfaga de viento giró en redondo y disparó, y disparó… y los tres jinetes cayeron de sus monturas con el vientre más pesado. La frialdad y ligereza con que daba pasaporte le hicieron pronto famoso. Mantener su mirada de ojos castaños era desafiar a la muerte. El tiempo se detenía en cada encuentro mortal. Poco antes de que la muerte deshiciese el nudo recién formado, no movería un músculo en un ejercicio depredador que parecía interminable. De súbito, con su brazo izquierdo rompía la estatua en mil pedazos. Lo sacudía con extraordinaria violencia en el aire detenido. Entonces era cuando más temblaban los testigos, era el momento del chasquido letal de aquel látigo que era su Colt levantando olor a pólvora. Ni siquiera el Sheriff de Abilane, el rapidísimo y certero Wild Bill Hickock, le había dado caza después de asesinar, a través de la pared, a uno de sus respetables ciudadanos roncando demasiado. Pero aquellos tiempos habían pasado, quizás habría una posibilidad. El hombre vulgar que ahora caminaba inseguro hacia el bar estaba decidido a hacer historia. Nadie cambia en realidad. Eso pensaba John porque siempre fue un cobarde, aunque no siempre lo supo. Sin embargo, tenía cuentas que ajustar con aquella alimaña convertida. Sabía que la leyenda jugaba a los dados en el salón de “Las Cumbres”. Allí se dirigía con la frente brillante y el rostro lucido de blanco. Apestaba. Lo primero que John Selman vio cuando entró, poco después de que sus ojos se acostumbrasen a la penumbra, fue la espalda del abogado. Con una diestra húmeda por el sudor y la esperanza de no ver aquellos ojos implacables dirigirse hacia a él, apretó el gatillo. Así murió John Wesley “dedos fríos” Hardin.

Pequeño elogio del mito

Existe el riesgo de atribuir a una teoría científica un mensaje moral. Afirmo que tal mensaje estará necesariamente contaminado por los prejuicios del científico y que sólo puede ser falso, en la medida en que se presente como objetivo. Con frecuencia, la intención es noble, siendo el científico el primer engañado al pretender hallar en el extraordinario poder explicativo de la ciencia el refugio que necesita para otorgar un sentido a la vida. Pero, en mi opinión, será el mito, y no la ciencia, quien pueda contribuir sustancialmente a ese sentido, dos dimensiones del saber humano estrechamente relacionadas. Los mitos compartidos influyen en la ciencia, canalizándola, esto es, contribuyen a diagnosticar los problemas solubles de los que se ocupará finalmente. Además, participan, ya sea de manera tácita o conscientemente en la construcción de las teorías científicas. No obstante, esto no significa que la validez de una teoría científica venga dada por los valores que comparta una sociedad. Aunque ambos ofrecen explicaciones, sólo la teoría se somete al implacable juicio de la naturaleza en la medida en que ofrece oportunidades de refutarla empíricamente. Digamos que el componente subjetivo de la teoría está supeditado a la razón y al servicio del pretendido conocimiento objetivo de lo real. Es evidente que existe un progreso científico que, sin embargo, no es a pesar del mito sino en relación con él. La existencia de un progreso moral análogo me parece algo mucho más controvertido. Aunque mitos y teorías son construcciones humanas, observar la limitación de contenido moral en la teoría es fundamental para entender la fuerza real de la ciencia, ya que al reconocer esta limitación uno identifica la mayor parte de su componente relativo. La ciencia nos dice cómo funciona el mundo al proporcionar una explicación a la experiencia reproducible y cuantificable, que es el medio a través del cual el científico interroga a la realidad. La ciencia revela lo que es posible y con ello nos ofrece un conocimiento cada vez más cercano a la verdad. Pero necesitamos de otras fuentes de conocimiento que nos permitan establecer y justificar valores deseables, y así, quizás, poder acotar la verdad desde flancos que parecían inalcanzables. Y es que, mientras se pregunte científicamente, la realidad permanecerá muda respecto al sentido. Debido a que es a través del mito que descubrimos los valores que servirán con posterioridad para orientar a la ciencia, ésta no se volverá contra nosotros en la medida en que respete su función radical. Nuestras acciones necesitan de la guía de ambos, del mito para conocer lo que es bueno realizar y de la ciencia para saber si puede realizarse. Una ciencia que tenga en el punto de mira al mito, dejará al hombre mortalmente herido después del disparo. En su intención de liberarlo de prejuicios, podría quedar esclavizado con nuevas cadenas, quizás dobles y helicoidales, que le aprisionarían en “un mundo feliz”.

La muerte nada más

La muerte es lo inimaginable por excelencia. No obstante, me pregunto si puede decirse que es algo malo, aun asumiendo que sólo es lo que aparenta, un final. Si no nos angustiamos por el abismo que nos precedió, ¿por qué íbamos a temer el que nos quedará por delante? La respuesta parece obvia: la diferencia fundamental estriba en que la muerte arrebata la vida y si ésta es considerada como algo bueno en sí misma, incluso por encima de las circunstancias tan variables que definen toda vida, entonces, la muerte debe ser algo malo. Pero ¿tiene algún sentido afirmar que la muerte es algo malo porque es nada? Se teme a la muerte porque conlleva la pérdida de lo deseable y la vida es deseo en buena medida porque se teme a la muerte. Como ha dicho el filósofo Fernando Savater, quien teme a la nada lo desea todo. Y donde hay deseo hay sufrimiento, y donde hay sufrimiento se pretende imaginar la muerte, porque la muerte es ausencia del deseo. Así, Faulkner afirmaba la vida cuando decía que “entre el dolor y la nada escojo el dolor”. Vida y muerte constituyen una extraña mezcolanza, como la que protagonizan esos líquidos inmiscibles en un mismo recipiente mantenidos en continuo movimiento. Son la extraña pareja danzando sin parar, incansables. Cuando se define a la una, queda definida la otra, y nuestros razonamientos al respecto se tornan circulares. Debido a esta interrelación podría pensarse que eliminando el deseo se vence a la muerte, pero supongo que con ello también se vence a la vida. Tal vez podríamos poner nuestra voluntad en la consecución de un equilibrio que permita celebrar la vida sin la angustia manifestada con la acumulación, ¿será esto posible?. De la muerte sólo sabemos que llegará y que con ella perderemos todo lo que podríamos conseguir, pero con ella se termina no sólo lo deseable, sino también, como hemos dicho, el mismo deseo. Esto quiere decir que no tenemos más motivo para temer a la muerte que el hecho de privarnos de seguir teniendo. Aceptando esto, de la misma forma que no podemos señalar a nadie que es desgraciado por no haber nacido, tampoco tiene mucho sentido el afirmar que quien acaba de morir es desgraciado. Por consiguiente, si lográsemos desplazar del centro de nuestras vidas el afán por tener, ¿podríamos vencer a la muerte una segunda vez? Si perdiésemos la identificación de nuestro ser con las cosas que poseemos y ansiamos, y adquiriésemos una manera de ser no determinada por el efímero objeto, una que fuese más verdadera, en el sentido de más acorde con nuestra propia naturaleza, ¿podría la muerte igualmente sernos presentada como una manera diferente de ser? Desde luego es absurdo referirse a la muerte como una manera de ser.

La talla normal

Tomábamos unas cervezas y me contó cómo bromeaba con su orgullosa mujer burlándose de su altura. La mujer es de talla menuda, pero ¡menudo carácter! En alguna ocasión he sido testigo de ello, pues puedo presumir de la amistad de este matrimonio. ¿Sabes que por muy poco serías considerada prácticamente una enana en ciertas sociedades? Aparentemente, esta provocación, basada en hechos reales, la enrabietaba lo suficiente como para divertir a su compañero. Ella mide aproximadamente 152 centímetros, mientras que la consideración de talla anormalmente baja a la que se refería su marido estaba definida por la frontera del metro y medio. ¿Pero qué significa que alguien tiene una estatura fuera de lo normal? La normalidad se pretende definir de manera objetiva, sin prejuicios, sobre una base estadística, es decir, lo anormal sería lo que es poco frecuente. Generalmente, se considera anormal toda desviación de la media superior a dos desviaciones estándar. Esto significa que si asumimos que la talla sigue una distribución de frecuencias binomial, aproximadamente un 5% de la misma definiría los valores anormales. Dicho de otro modo, aproximadamente el 95% de las medidas en una muestra representativa de la población caerán dentro de los valores correspondientes al doble de la desviación estándar de la media y serán considerados normales. Así pues, hay dos referencias fundamentales a la hora de establecer lo normal desde un punto de vista estadístico, por un lado, se asume que la población sigue la distribución que dibuja la famosa campana de Gauss; por otro, se define arbitrariamente la normalidad en función de su alejamiento del valor promedio, un valor que, evidentemente, puede cambiar. Gracias a la tecnología del DNA recombinante hoy en día se puede producir a gran escala la hormona del crecimiento. Con anterioridad se extraía de cerebros humanos, por lo que era muy escasa y sólo se utilizaba para tratar casos de niños cuyo crecimiento era extraordinariamente lento. Pero con la posibilidad de producir grandes cantidades de la hormona se abrieron nuevas perspectivas de negocio para las compañías farmacéuticas. ¿Por qué limitar el mercado a unos pocos casos definidos por una tasa de mutación tan pequeña? Así que presionaron a los gobiernos para que se inventaran una nueva enfermedad, el ser bajo. La sociedad en general resultó ser muy receptiva a la “anormalidad” que suponía no alcanzar la media, una media que estaba cambiando a marchas forzadas con la comercialización generalizada de la hormona. Me parece de justicia reconocer a las grandes compañías farmacéuticas su noble esfuerzo por hacernos crecer en sociedad.

El experimento de Milgram

Stanley Migram se proponía estudiar cómo las personas reaccionaban ante la autoridad, para lo cual estableció una comparación con macacos a los que torturaba sometiéndolos a electrochoques. Quería averiguar si los humanos serían capaces de administrar la tortura a otros humanos, simplemente por respeto a una autoridad que se lo exigía. La respuesta era obvia. Sólo había que dirigir la mirada a los ejércitos, el gran experimento etológico. Sin embargo, observo interesante el comportamiento que tuvieron los monos frente a la crueldad humana. En uno de los experimentos, un macaco fue adiestrado para tirar de una palanca para obtener su alimento diario. Una vez aprendida la tarea, se decidió que cada vez que el mono tirase de la palanca se le aplicaría un electrochoque a otro macaco, que tenía en la celda de enfrente y al cual podía ver perfectamente. Esto implicaba que cada vez que el mono se alimentase vería los gestos de dolor en su vecino. El resultado fue que el animal empezó a dejar de comer durante días. Llegó a estar famélico, por no ser testigo o, tal vez, por no sentir que era causa del dolor del otro mono. Su abstinencia era especialmente acusada si el macaco que estaba siendo torturado era un antiguo compañero de jaula. No obstante, la aparente capacidad de empatía de los monos se manifestaba incluso si el animal de la celda contigua, al que se sometía a descargas eléctricas, pertenecía a otra especie, por ejemplo, si era un conejo. La abstinencia también era mayor en los monos que habían sufrido electrochoques alguna vez. Milgram realizó los mismos experimentos con humanos, si bien aquel individuo que en apariencia sufría los electrochoques, era un actor. Los resultados que obtuvo fueron totalmente diferentes a los observados en macacos. Las personas no dudaban en accionar la palanca cuando les era ordenado por un “médico”, vestido con una digna bata blanca, o “se veían obligados” por las circunstancias, a pesar de los evidentes gestos de dolor del que actuaba. Los científicos pudieron postular que el comportamiento de los macacos no era sinceramente altruista o una verdadera empatía, sino el propio interés. Quizás la visión del dolor les causaba aversión o quizás les preocupaban las represalias que podían ejercer los monos que eran torturados, una vez que intercambiasen los papeles. Sea como fuere, manifestaron una piedad que no tuvieron los humanos, así como una emocionalidad que sirvió de guía a sus acciones. En mi opinión, la comparativa con los humanos fue innecesaria, pues habría bastado con una mirada a lo que los propios investigadores estaban haciendo.

Planet terror

Violenta, exagerada, absurda, inteligente, sangrienta. Repugnante, brutal, ridícula, vulgar, hilarante. Tal vez la mejor película de Robert Rodríguez, es el bodrio por excelencia. Un homenaje al Zine prohibido durante la adolescencia, un vómito tragado, un grano explosionado, la ametralladora entre las tetas de un puñado de paletas. Ruedas reventando sacos de sangre, zombies turgentes devorando vientres, y siempre con hambre. Es un asco elemental, un atasco intestinal, una apología de la bazofia. La gamberra risotada del que amaba la escoria que emocionaba. Ten esto en mente o dejarás prematuramente la sala de la baba. (**)

No es un sueño profundo

El análisis de la actividad eléctrica del cerebro de pacientes en estado vegetativo confirma que duermen y se despiertan. Cuando están despiertos suelen abrir los ojos y los mueven de manera errática. Además, respiran por sí mismos. En algunos casos excepcionales pueden llegar a fijar la mirada en un objeto, brevemente, y reaccionar a un sonido. Pueden llegar a sonreír o llorar, incluso apretarte la mano por un instante. A veces, parecen saber cuando se les habla o se les toca. Los médicos afirman, sin embargo, que estos movimientos son reflejos, que no sienten ni piensan, que la consciencia está suprimida. No obstante, reconocen que el grado de consciencia es variable, por lo que establecen una diferencia básica entre el estado de consciencia mínima, caracterizado por la voluntariedad ocasional de alguno de esos movimientos, si bien el paciente todavía es incapaz de comunicación; y el vegetativo, del que puede derivar y que decimos que únicamente manifiesta movimientos reflejos. Existen casos de pacientes que han salido de un estado de consciencia mínima en el que habían permanecido durante años y han recuperado el habla, por ejemplo. Se sabe que los cerebros de individuos en este estado responden a estímulos auditivos, y varios experimentos han confirmado que los pacientes responden de manera diferencial a lo que se les cuenta. Esto podría indicar la existencia de cierto procesamiento lingüístico, una conclusión de momento muy controvertida. Resulta interesante para mí que el consumo energético total del cerebro, medido como consumo de glucosa mediante tomografía por emisión de positrones, no es indicativa de la existencia o ausencia de consciencia. Dicho de otro modo, no siempre permite distinguir a un individuo sano de otro en estado vegetativo. La afirmación de los médicos de que estos pacientes carecen de consciencia radica en su incapacidad de comunicación, pero, en realidad, no podemos saber si el paciente es consciente de algo o no, por ejemplo, de sí mismo. Los signos de consciencia podrían ser imperfectos o estar mal definidos.

Fuentes hasta los 100

Muchos de los posts publicados hasta la fecha por Luciérnagas se beneficiaron de la lectura de escritos de numerosos autores. Con este post, que es el número 100, quiero reconocer mi deuda con ellos:

Mark A. Andrews, Isaac Asimov, Francisco J. Ayala, John D. Barrow, John Bohannon, David Bohm, Martin Buber, Albert O. Bush, Fritjiof Capra, Juan A. Cebrián, Jean Chevalier, John Cohen, Phillippe Collomb, André Compte-Sponville, Will Cuppy, Pablo da Silveira, Paul Davies, Jared Diamond, Federico di Trocchio, Gregorio Doval, Gerald Edelman, John A. Endler, Gerald Esch, Marcus W. Feldman, Jacqueline Fernández, Martin Gardner, Alain Gheerbrant, Jane Goodall, Witold Gombrowicz, Stephen J. Gould, Walter Gratzer, Brian Green, John Gribbin, Dean Hamer, Nancy Hathaway, Hans Küng, Richard Leakey, Roger Lewin, Richard Lewontin, Antonio Machado, Brian Magee, Jennie March, Lynn Margulis, Robert Matthews, Indro Montanelli, Janice Moore, Ignacio Morgado, Oliver Morton, Mick O´Hare, Fernando Pessoa, Massimo Polidoro, Karl Popper, John L. Reynolds, Francisco J. Rubia, Carl Sagan, Dorion Sagan, Craig Sams, Richard Seed, Mario Sigman, Erik Stokstad, Giulio Tononi, Chris Turney, y Nigel Warburton.

El beso del asesino

Una de las primeras películas del maestro Kubrick, “El beso del asesino”, resulta inquietante, mas no lo es tanto por la historia, más bien simplona, ni siquiera por cómo está contada. Aquí no hay giros inesperados o sorpresas que le dejan a uno boquiabierto, pero las bocas se me antojan importantes. La chica de la película tiene un gesto en su expresión que me desconcierta desde el primer momento. Parece incapaz de evitarlo y uno no llega a saber si es que forma parte de la interpretación o no, porque es general y se presenta reflejo, como causado para aliviar la tensión de una presencia próxima. Es sospechosamente atractiva y no quiero confiar en ella porque siento que me obliga a confiar, que no se trata de una elección libre y personal, pues muestra una fuente de confusión. El esbozo de sonrisa, la insinuación de un pensamiento oculto de goce personal, que aparece en toda situación cómplice, por dramática que sea, es tan ambiguo como la actitud finalmente desvelada por esta superviviente. En mi opinión, el beso del asesino es inquietante por todo lo que no cuenta. (***)

Modificado de un comentario romoniano previamente publicado en Filmaffinity

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