Los 10 mejores directores de cine

Estoy calculando, y digo bien, mi propia lista, que tendrá todos los defectos de cualquier lista, pero que, por razones que explicaré en su momento, aspira a ser tan sólo un poquito menos caprichosa que las demás. Mientras tanto, te muestro a continuación tres listados de los 10 mejores directores de la historia del cine elaborados por diferentes publicaciones.

La revista Empire, se hace eco de los mejores según la Academia de cine de Nueva York: 1. Steven Spielberg, 2. Alfred Hitchcock, 3. Martin Scorsese, 4. Stanley Kubrick, 5. Ridley Scott, 6. Akira Kurosawa, 7. Peter Jackson, 8. Quentin Tarantino, 9. Orson Welles, 10. Woody Allen.

El periódico británico The Guardian publica el resultado de una extensa encuesta al respecto: 1. David Lynch, 2. Martin Scorsese, 3. Joel Coen, 4. Steven Soderbergh, 5. Terrence Malick, 6. Abbas Kiarostami, 7. Errol Morris, 8. Hayao Miyazaki, 9. David Cronenberg, 10. Terence Davies.

La revista Total Film publica sus maestros en el siguiente orden: 1. Alfred Hitchcock, 2. Martin Scorsese, 3. Steven Spielberg, 4. Howard Hawks, 5. Francis Ford Coppola, 6. Orson Welles, 7. Ingmar Bergman, 8. Stanley Kubrick, 9. Peter Jackson, 10. David Fincher.

Es destacable que sólo Scorsese está presente en las tres selecciones, aunque no es el mejor en ninguna de ellas. En mi opinión, la presencia de directores como Jackson, Cronenberg, Soderbergh o Fincher resulta insólita. No deja de ser un misterio la del también actor de TV Terence Davies, así como la presencia del director de excelentes documentales Errol Morris y del de no menos excelentes películas de dibujos animados Hayao Miyazaki. Pero, como suele ocurrir en estos casos, lo más destacable son las ausencias. En los tres listados hay un sesgo evidente hacia directores de cine americano contemporáneos ¿dónde están clásicos como Ford, Lubitsch, Visconti, Fellini, Buñuel, Mizoguchi, Fritz Lang…? La próxima vez que me refiera a este asunto vendré con mi propia lista bajo el brazo para que seas tú, y no yo, quien se lleve las manos a la cabeza.

Flora fantástica

Chesterton se refiere a un árbol que una vez devoró a los pájaros que en él anidaban y que, llegada la primavera, dio plumas en lugar de hojas. Debido a que muy pocos llegaron a ver a esta rara especie, no me consta que haya sido convenientemente descrita y, por consiguiente, le fuera asignado un taxón dentro de la jerarquía linneana. Con todo, propongo nombrarla como Aviphagus chestertoni, en honor del genial escritor, su verdadero descubridor. El polipodio chino, Polypodium borametz, es más común. Suele tener cuatro raíces que elevan la planta del suelo dándole un aspecto cuadrúpedo. Se han conocido ejemplares de cinco raíces, aunque todos ellos se caracterizan por tener un aspecto de cordero dorado, debido a la pelusilla que lo cubre, similar al agutí de muchos mamíferos. El ojo inexperto podría llegar a confundirlo con el vellocino de oro. Es sabido que los lobos devoran la planta, en particular el líquido sanguinolento que guarda en su interior. No es el polipodio una planta fácil de cultivar, pues manifiesta una acusada alelopatía en relación con fenómenos de competencia ecológica, como el eucalipto o el tojo, por ejemplo, así impidiendo la germinación de otras especies a su alrededor. Entre las más célebres del imaginario colectivo, sin duda se encuentra la mandrágora, que grita cuando es arrancada. El botánico aficionado podrá reconocer fácilmente el marcado dimorfismo sexual de esta especie de forma humana, ya que, tal y como había destacado Plinio, la planta macho es blanca y la hembra negra. El estudioso Discórides observa, sin embargo, que, si bien la raíz es negra, la flor es como la leche, sugiriendo la sinonimia entre la hierba de Circe, presente en la Odisea, y la mandrágora. No obstante, el agricultor aficionado deberá tomar precauciones, pues si el polipodio sólo atraía a los lobos, el grito de la mandrágora, dice Shakespeare, puede enloquecer a quienes lo escuchan. Además, son numerosos los testimonios independientes que se refieren a los muchos riesgos que conlleva el extraerla. En opinión de Plinio, la protección sólo es posible realizando tres círculos con la espada a su alrededor, mientras se mira al poniente. En cambio, Flavio Josefo sugiere utilizar a un perro a sabiendas de que morirá. En cualquier caso, una vez que se posea, no deben de cesar las precauciones, pues el olor de las hojas puede hacer enmudecer y el extracto es un poderoso laxante. Esto significa que, si un nuevo espacio fuera encontrado, quien muere por la mandrágora podría llegar a presentarse callado y cagado.

Impresiones bergenianas

“Estos sí que saben”, repetía cada vez que observaba la eficiencia a su alrededor. Su exageración resultaba cómica, sin duda producto de cierta euforia que le había causado su viaje a Noruega. Se encontraba en Bergen, lugar de partida de grandes barcos con destino a los célebres fiordos. Viajó por motivos de trabajo, asistiendo a conferencias durante el primer día, algunas de las cuales extremadamente aburridas; y contribuyendo a la redacción de un informe científico que asesoraría a la Comisión Europea, durante el segundo. No entraré en detalles, pero todo aquello que ahora suena rimbombante le quedaba grande. Sólo después de las seis de la tarde, cuando no dejaba de llover y el día se desangraba poco a poco, podía sentir que era dueño de su vida, una vez más. Entonces compartía impresiones con su amigo, disfrutaba de gentes cuyos cabellos habían robado toda la luminosidad del cielo, y escrutaba sus rostros para celebrar la diferencia en su corazón. No muy tarde, la penumbra dejaba paso a una oscuridad brillante como el sudor en la frente, y nos refugiábamos del rocío en breves aleros. En ocasiones, el cielo se abandonaba a sus emociones con grandes lágrimas desplomándose sobre un mar inesperadamente limpio. Las calles adoquinadas eran frecuentadas por tantas bicicletas que saludaban a las casas de colores. A través de las ventanas vislumbraba las paredes siempre blancas, sólo interrumpidas por algún que otro cuadro, reproducían la luz. En el vientre de un pájaro perezoso levantamos el vuelo, atravesamos las nubes y fuimos acomodados en el azul. Siempre la gallina fue primero, pues esta historia llega a su fin cuando el ave puso el huevo.

Ateísmo razonable

Con cierta frecuencia se acusa injustamente al ateo de dogmático. Sin embargo, su rechazo a una serie de creencias religiosas, incluida la misma existencia de Dios, pudo ser el resultado de una decisión personal razonada. También el ateo puede ser sensible al misterio, en el sentido de que es consciente de que la ciencia no lo explica todo y de que, muy probablemente, no puede explicarlo todo. De acuerdo con Hamlet, “hay más cosas en el cielo y en la tierra de las que sueña tu filosofía, Horacio” pero eso no significa que Dios sea una de ellas. Una vez leí de un autor cuyo nombre no recuerdo, aunque supongo que podría ser Richard Dawkins o, tal vez, Steven Pinker, que respondía en nombre de los científicos a la afirmación de Shakespeare con algo como esto: “sí, pero estamos trabajando en ello”. En mi opinión, esta es una afirmación con un claro aire cientificista, dogmático, pero que no se debe identificar con la actitud general del ateo. Así, reconocer el misterio debido a la existencia de limitaciones insuperables de carácter epistemológico, no es lo mismo que admitir que un Dios personal radica en dicho ámbito, no reducible a la experiencia científica o a la expresión matemática. En este sentido, el misterio no pertenece al creyente. Digamos que el misterio es la pregunta y Dios es la respuesta que se dan los creyentes, no así el ateo, aunque también se sienta interpelado de manera similar. Supongo que el agnóstico deja entre paréntesis la respuesta por hallarla fuera de sus capacidades, mas el ateo puede observar que Dios probablemente no exista, precisamente porque resulta tan deseable. Entonces, pone su voluntad en la creencia de que, en cierto modo, se trata de una invención humana que pretende dar respuesta a su más íntimo anhelo. No obstante, semejante ateísmo no puede dejar de reconocer que el mero hecho de que la idea de Dios satisfaga necesidades vitales para mucha gente, no significa necesariamente que Dios no exista. Es muy conocida la respuesta que se dice que proporcionó Laplace a Napoleón cuando éste le preguntó qué lugar ocupaba Dios en su detallada explicación newtoniana del cielo: “no precisé de dicha hipótesis”. Pienso que todo lo más que puede afirmar el ateo razonable es que la existencia de Dios es una hipótesis que no necesita, otra cosa será determinar si algo así puede ser considerado como una refutación de la misma. Por supuesto, la respuesta del creyente se encontraría en la gracia y, por consiguiente, en el dogma de fe.

Numerología corporal

Una población bacteriana puede llegar a duplicar su número en tan sólo diez minutos. Esto significa que si partimos de un único progenitor, en menos de dos horas se habrán convertido en más de mil, pero es que a las seis horas las contaríamos por miles de millones y serían trillones al cabo del día. Con semejante capacidad reproductiva no sorprende que cada uno de nosotros aloje en su vientre unos 6.000 miles de millones de bacterias. Lo que resulta increíble es que si apilásemos en monedas, una encima de otra, a todas las bacterias que cada uno de los habitantes de la Tierra contiene en su tubo digestivo, la columna resultante tendría una altura de 100.000 años luz. Si añadimos el resto de bacterias, la columna pesaría tanto como todos los demás organismos juntos. Todos los elefantes, todas las ballenas, todas las sequoias, incluidas algunas tan grandes como la derrumbada por una tormenta en 1905 en Norteamérica, un arbolito que pesaba 3.688 toneladas. En fin, la columna de bacterias digestivas pesaría tanto como el resto de seres vivos amontonados en la báscula descomunal. En realidad, el cuerpo humano contiene más células propias que bacterias digestivas. En total son unos 100.000 miles de millones de células, lo cual son muchas más que el número de estrellas que contiene la Vía Láctea. De ellas, aproximadamente 100.000 millones son neuronas emitiendo impulsos nerviosos a una velocidad de 400 Km/h, que circulan por alrededor de 1.000.000.000.000 de conexiones independientes, haciendo posible comeduras de coco como esta. Exceptuando algunos tipos celulares que carecen de ADN, tales como los eritrocitos, que se producen a un ritmo de 140.000 por minuto, cada célula contiene una hebra de ADN de 175 cm extraordinariamente compactada. Es decir, el ADN de una sola de tus células tiene una longitud superior a la altura de muchas personas que conoces. Esto significa que si pudiésemos estirar todo el ADN de una única persona la hebra tendría 175.000.000.000 de kilómetros, distancia más que suficiente para alcanzar Plutón, hacerle un bonito nudo, y regresar a la tierra con el otro extremo. Teniendo en cuenta que en un año la luz recorre 9.460.000.000.000 kilómetros, aquella columna bacteriana tendría una altura no muy diferente de la longitud total del ADN, una vez desplegado, de todas las células de todos los cuerpos humanos que habitan la tierra. Esta distancia es aproximadamente igual al diámetro de nuestra galaxia.

Actualizado de acuerdo con el comentario de Millamigos

Infinito y definido

La singularidad individual es innegable, aunque no se puede comprender sin relación con el resto de la naturaleza, una relación potencialmente enigmática. Incluso cuando nos referimos a una experiencia, digamos de ruptura de límites, de indefinición, de comunión…, es evidente que hay un sujeto que la vive, que es transformado por ella y que, finalmente, la expresa. Incluso la mera expresión supone un ejercicio adicional de desvelamiento interior. Se da la paradoja de que la experiencia de indefinición contribuye a definir al sujeto que la vive. Mi padre era escultor. Dado que durante mucho tiempo tuvo el taller en nuestra casa, puede decirse que crecí bajo su banco de trabajo, fascinado con pequeños coleópteros que horadaban la vieja estructura, con el pelo siempre lleno de astillas, el temor a las gubias afiladas, y un aroma a madera que todavía retengo. Recuerdo las caras difuminadas de las estatuas que habían pasado por el torno, se parecían a rostros reflejados en un espejo cubierto de vaho, siluetas de fantasmas que se preguntaban por las ideas de mi padre. Eran los recién llegados. Entonces atacaba la madera, aprisionada por instrumentos de tortura, con gestos que me parecían violentos y sorprendentemente precisos. Pretendía imponer un pensamiento, pero pronto me di cuenta de que los rostros de los recién llegados ya estaban allí antes de ir a buscarlos. No había una definición previa de la figura sino que la forma emergía durante un diálogo entre el hacedor y el objeto. La persona puede creer que es el personaje que interpreta a modo de imitación, no voy a negar esto, es común. Puede llegar a asumir como esencial una pose previamente estudiada, superficial, vanidosa, pero se trata de una condición empobrecida de la persona en la medida en que nace del miedo a la libertad. Es cierto que la persona es un actor, pues realiza actos. Incluso el no optar se le presenta como una opción de entre las posibles. Digamos que vive un imperativo ético del que no puede escapar. Pero es un actor con un interior sincero, aunque no siempre evidente, ni siquiera para él mismo, y que se desvela con timidez, a veces dramáticamente, a través de sus anhelos, de sus actos, de sus valores, de sus experiencias y de su reflexión de las mismas. Hay un interior sincero y a la vez libertad, porque es un rostro misterioso que se define a lo largo de la vida en un diálogo interminable con los demás. En realidad, esculpimos la estatua interior en un diálogo con todo lo demás, somos la madera en manos del cielo y de la tierra.

¿Cuántos llevas?, corazón

Un corazón late hasta mil quinientos millones de veces a lo largo de la vida. No importa a quien pertenezca, si es un corazón enamorado o fue hecho pedazos en el pasado por un infiel cirujano. Ni siquiera importa la especie, mientras sólo nos refiramos a ese tipo de gusano, porque el corazón de un bicho peludo cualquiera latirá aproximadamente el mismo número de veces. Es cierto que el de un ratón baila a un ritmo más acelerado que el del ser humano, gigante o enano, incluso sumergido en el momento álgido del amor, donde a los desbocados les pierden las bocas y funden y confunden no sólo corazones. Y es que no hay pasión humana que desate los quinientos latidos por minuto que sufre Pérez cada vez que intenta apoderarse del lácteo incisivo del más atento desdentado. La bomba diminuta del roedor late tan rápido porque su tasa metabólica es elevada. El animal tiene un pequeño volumen en relación con su superficie, de ahí que pierda calor rápidamente. Esto hace que deba obtener energía con celeridad atiborrándose de queso Emmental, o se verá abocado al más natural de los destinos, el más desordenado, el menos interesante, la muerte. Se equivocan quienes afirman la frialdad o la ausencia de vida de los espacios exquisitamente ordenados, impersonales. Sabiondos semejantes tendrían que haber visto mi habitación, exponente magnífico del estado de máxima entropía, si bien no huele a muerto, todavía. Tan rápido golpea el corazón murino que pronto abandonará el ring entre aplausos, ya que un metabolismo más acelerado supone una vida más breve. El elefante, que apenas altera su ritmo cardíaco de veintiocho latidos por minuto a la vista del generoso trasero de su pareja, que come con parsimonia y la burocracia se la trae floja, administra desde su paraíso fiscal sus mil quinientos millones de crédito sin perder los nervios, y encuentra absurdo el inquietarse por un queso repleto de nada.

Metáfora matemática

Aquiles concedió a la tortuga cierta ventaja, así que jamás la alcanzaría porque la reducción de la distancia habría de producirse hasta el infinito. Con semejante demostración racional pretendía Zenón dar ejemplo de la imposibilidad del movimiento, ya que para ir de A hasta B es preciso recorrer primero la mitad de la distancia, y antes de la mitad hay que llegar a un cuarto de la misma, y para recorrer un cuarto había antes que recorrer un octavo, y así nos referimos a distancias infinitamente pequeñas, pero, al fin y al cabo, distancias. El movimiento era para el de Elea una ilusión, y no fue hasta veintiún siglos después que se comprendió que una cantidad infinita de términos más pequeños puede sumar una cantidad finita. Pero, ¿y si la distancia fuese irregular, aparentemente caótica? A Lewis Richardson le preocupaba medir la costa de Inglaterra con la mayor precisión posible, pero a medida que reducía la escala geográfica se daba cuenta de que en realidad no podía medir aquello, que cualquier cifra que ofreciese no era más que una burda aproximación. En cierto modo, una idealización, pues el contorno real parecía infinitamente irregular. La costa de Inglaterra se mostraba infinita, lo que no fue óbice para dar rienda suelta a su conocido afán imperialista. En mi opinión, la costa de Inglaterra es tan compleja como pueda llegar a serlo cualquier inglés. Se trata de un fractal. Si observamos con atención una sección cualquiera de la misma, comprobaremos que tiene siempre la misma proporción de salientes que la totalidad. Su irregularidad es infinita, por lo que resulta absurdo el análisis, entendido como la fragmentación y observación detallada de las piezas. En este sentido, la naturaleza contiene una complejidad insondable. Análogamente, cualquier inglés se me antoja infinitamente complejo. Como no hay muros que contengan la libertad, no habría cifra ni categoría psicológica a la que pudiera ser reducido, ni microscopio capaz de aprehender su complejidad. Sin embargo, cualquier inglés podría constituir el reflejo a pequeña escala de la totalidad, un microcosmos contenido, una expresión del fractal universal. La suma de los términos infinitos de Lewis sería el propio Lewis y la explicación a por qué un inglés es uno completamente diferente a cualquier otro seguiría siendo un misterio.

El bisturí y yo

En la obra de Shinya Tsukamoto, “Tetsuo”, dos amantes tranformados parcialmente en metal alternan la mutilación con la cópula. La transformación de sus cuerpos no altera ni un ápice el sadismo originario que caracteriza a ambas identidades. Un filósofo afirmó haber visto alejarse un barco en el horizonte. La nave precisó de infinitas reparaciones durante su agitado periplo, de tal manera que, a su regreso, el griego se preguntaba si el barco que ahora arribaba era realmente el mismo que había partido. También la materia del cuerpo se encuentra sometida a un reciclaje continuo, inmersa en un obligado dinamismo que sirve a la vida combatiendo a una muerte termodinámica ineluctable. También los átomos de un cuerpo humano entran y abandonan la nave en infinitas sustituciones a lo largo del viaje que es la vida. Cada uno de nosotros protagonizamos un proceso de constante mutación y así será mientras no llegue el momento de atravesar el claro al final del camino. Con todo, nos reconocemos. Aparentemente, el yo mantiene su coherencia a través de la memoria y a pesar de la vorágine material, porque con la mutilación no se extirpa el recuerdo de las experiencias pasadas, como el haber perdido los ojos, el bazo o un riñón. Aparentemente, el yo descansa en el cerebro como un tímido homúnculo escondido en pliegues oscuros. El cerebro constituye el sustrato material del que brotará, pero ¿dónde hunde sus raíces el engendro? Incluso si el bisturí se aplicase a ese, todavía enigmático, órgano grisáceo de superficie irregular, la identidad personal quedaría salvaguardada en muchos casos. Por ejemplo, es sabido que la extirpación del hemisferio no dominante, generalmente el derecho, causará hemiplejia y hemianopia (ceguera del lado izquierdo), pero el individuo será consciente de su propio yo. A decir verdad, la memoria es intermitente, pues el yo se recupera (¿se inventa?) con cada despertar. Una explicación puramente materialista de la conciencia sostiene que la singularidad personal radica en la singularidad cerebral y, si bien es cierto que no hay dos cerebros idénticos, la explicación no convence debido a una simple razón estadística. Por otro lado, es evidente que hay un sujeto que vive experiencias, pero la sensación de un yo único se tiene desde la más tierna infancia, por lo que el conjunto de experiencias pasadas, integradas mediante la memoria, no parece ser la explicación fundamental al yo. Muchos lo tienen claro a pesar de los problemas: los materialistas se empecinan en reducir la vivencia de la singularidad a una disposición de la materia permanentemente variable, dicen que lo que no son experiencias está codificado en nuestros genes; los budistas resuelven el misterio alegando el carácter ilusorio del yo; los cristianos le atribuyen un origen divino, una pequeña llama de la misma luz que otorga el sentido. ¿Es que nadie se da cuenta de que el confuso soy yo?