¿Cuántos llevas?, corazón

Un corazón late hasta mil quinientos millones de veces a lo largo de la vida. No importa a quien pertenezca, si es un corazón enamorado o fue hecho pedazos en el pasado por un infiel cirujano. Ni siquiera importa la especie, mientras sólo nos refiramos a ese tipo de gusano, porque el corazón de un bicho peludo cualquiera latirá aproximadamente el mismo número de veces. Es cierto que el de un ratón baila a un ritmo más acelerado que el del ser humano, gigante o enano, incluso sumergido en el momento álgido del amor, donde a los desbocados les pierden las bocas y funden y confunden no sólo corazones. Y es que no hay pasión humana que desate los quinientos latidos por minuto que sufre Pérez cada vez que intenta apoderarse del lácteo incisivo del más atento desdentado. La bomba diminuta del roedor late tan rápido porque su tasa metabólica es elevada. El animal tiene un pequeño volumen en relación con su superficie, de ahí que pierda calor rápidamente. Esto hace que deba obtener energía con celeridad atiborrándose de queso Emmental, o se verá abocado al más natural de los destinos, el más desordenado, el menos interesante, la muerte. Se equivocan quienes afirman la frialdad o la ausencia de vida de los espacios exquisitamente ordenados, impersonales. Sabiondos semejantes tendrían que haber visto mi habitación, exponente magnífico del estado de máxima entropía, si bien no huele a muerto, todavía. Tan rápido golpea el corazón murino que pronto abandonará el ring entre aplausos, ya que un metabolismo más acelerado supone una vida más breve. El elefante, que apenas altera su ritmo cardíaco de veintiocho latidos por minuto a la vista del generoso trasero de su pareja, que come con parsimonia y la burocracia se la trae floja, administra desde su paraíso fiscal sus mil quinientos millones de crédito sin perder los nervios, y encuentra absurdo el inquietarse por un queso repleto de nada.