El Papa Juan VIII hacía meses que no se veía en público, pero el pueblo romano lo reclamó con angustia en aquellos días en los que los cultivos estaban siendo pasto de una plaga de langostas. Salió en procesión desde la plaza de San Pedro, mas pronto hubo de echarse a un lado. Arrinconado, en un callejón oscuro, Juan VIII dio a luz a un niño bajo la sotana. Las gentes que pudieron observar aquello transitaron rápidamente desde la perplejidad a la ira, pues todos sus males hallaban explicación ahora. El Papa era una mujer. El gentío enloquecido por el engaño apedrea entonces a la mujer y al recién nacido hasta causarles la muerte. La Iglesia Católica asegura que todo esto no es más que una leyenda, pero existen indicios de que realmente hubo una Papisa que era originaria de Inglaterra o, quizás, de Alemania. Esta mujer estudió en Atenas disfrazada de hombre y fueron su gran erudición y talento las principales responsables de su progresión en la jerarquía eclesiástica, llegando a ser Papa en el año 855 con la muerte de León IV. Su pontificado duró dos años, siete meses y cuatro días. Es sabido que el callejón en el que murió fue excluido del itinerario de las procesiones por los Papas posteriores. Además, se encontraron en el lugar una estatua de una mujer con su hijo y una placa conmemorativa muy antiguas. En el siglo XV se incluyó un busto en la galería de Papas de la catedral de Siena con la inscripción “Juan VIII, una mujer de origen inglés”, y allí permaneció hasta el siglo XX cuando fue sustituido por una estatua del Papa Zacarías. Tal vez el indicio más revelador de la veracidad de esta historia sea el hecho de que desde el año 1099 hasta el siglo XVI, en la ceremonia de apertura de un nuevo pontificado se utilizó una silla de mármol con un agujero en el centro destinado a hacer posible la confirmación presencial de los cullons del Santo Padre. Supongo que toda precaución parecía insuficiente ante la fealdad de tantas inglesas.
Un duelo en el infierno
Noviembre 6, 2007 a 5:34 pm (10. Diezmito)
Un famoso personaje del no menos célebre guionista Neil Gaiman, bajó una vez a los infiernos para desafiar a un demonio. Tal y como es sabido, en ese lugar acostumbran a someter al condenado a un sin fin de martirios, pero si estás de paso es posible que te veas abocado a protagonizar uno de esos duelos de la imaginación en los que sólo el que vacila es derrotado. No hace falta añadir que quien pierde con un demonio suele pagarlo caro y, generalmente, es una deuda para la eternidad. Para salvaguardar la intimidad de los implicados en esta historia llamaré al desafiante S y al desafiado, el demonio, D. El intercambio de golpes comenzó con D diciendo: “soy un lobo aterrador, un depredador letal, que a las presas acecha”, a lo que S respondió: “soy un cazador montado a caballo, que al lobo lancea”. Ante esto, el demonio dijo ser “un tábano que derriba al cazador picando a la yegua”, a lo que rápidamente S dió respuesta: “soy una araña que a los tábanos en su telaraña enreda”. “Soy una serpiente que devora arañas”, rugió el demonio; S: “soy un buey que aplasta a la serpiente con sus pesadas patas“. Entonces, el demonio añadió con sus dos bocas plagadas de colmillos: “soy el ántrax, una bacteria asesina que la vida destruye, y así acaba con el buey”. Consciente de una trampa del demonio, lo que es lo mismo que decir “una trampa de cojones”, S dio un giro radical a su estrategia: “soy un mundo que flota en el espacio en el que la vida fluye”. D: “soy una nova que explota incinerando planetas”; S: “soy el universo, que toda la vida abarca, que todas las cosas alberga”; D: “soy la muerte, la bestia del juicio final. Soy las tinieblas que quedarán cuando los universos, los dioses y los mundos bailen su última danza”. Seguro de su victoria, el demonio preguntó con su voz duplicada, desafiante “y ahora, S, ¿qué serás tú?”. Y con un aplomo insufrible, S le respondió: “la esperanza”. De esta manera ganó S aquel duelo, pues la esperanza no es lo último que se pierde, sino lo primero con que se gana.

