Polvo inteligente

Todavía admitiendo la pobreza de mis obsesiones, sirva de aviso a navegantes que no es este un escrito sobre el encuentro sexual en el que se lee a Shakespeare mientras dura el coito; ni tampoco aquel en el que se agitan las caderas de una Mesalina a la búsqueda de un embarazo conveniente, sino de nanotecnología. La empresa Intel y la Universidad de California en Berkeley han desarrollado ordenadores del tamaño de motas de polvo que funcionan de manera autónoma con la ayuda de pilas, y que hacen uso de enlaces inalámbricos para intercambiar información. La idea es liberarlos a millares en un área determinada con el fin de formar una red de sensores perfectamente conectada entre sí. Existe un sistema operativo denominado TinyOs que proporciona una serie de programas al polvo que hacen posible que se organice en redes específicas. El polvo inteligente ya ha sido probado para informar a las tropas en situación de combate, además de en ciertos proyectos relacionados con la biología de la conservación. Así por ejemplo, los ordenadores fueron “espolvoreados” alrededor de los nidos de un ave en peligro de extinción, que habita las costas del noreste de los Estados Unidos, con el objetivo de detectar variaciones microclimáticas en su hábitat natural. El polvo contenía sus propias baterías, sensores de temperatura, humedad, presión, luz, además de sus propios sistemas de transmisión-recepción. Los datos correspondientes se transmitían de unas motas de polvo a otras y, finalmente, a un ordenador que suministraba la información vía satélite y la volcaba en tiempo real en Internet. Me pregunto si estará disponible la información desde el interior de los pulmones del pajarraco. ¡Bah!, no importa. Los especialistas están discurriendo nuevas aplicaciones del polvo inteligente, entre las que se encuentran su uso en el diseño de juegos de ordenador interactivos, de tal forma que varios participantes alejados en el espacio puedan compartir experiencias sensoriales plenas donde se incluyan la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto. Después de todo, es posible que el polvo inteligente alcance a ensuciar las obsesiones de este malo malísimo, Je, Je.

Las 100 mejores películas

A finales de los 80 algunos de los mejores críticos de cine de todo el mundo se pusieron de acuerdo en determinar las 100 mejores películas de la historia del cine realizadas hasta 1987. Me he permitido introducir dos modificaciones de la lista original. La primera fue sustituir el “remake” de El ladrón de Bagdag, por la versión original muda de Raoul Walsh. La segunda fue la inclusión de las dos primeras partes de El padrino de Francis Ford Coppola, que los cabezas cuadradas no habían considerado. He aquí el listado:

Ciudadano Kane de Welles; La regla del juego de Renoir; El acorazado Potemkin de Einseinstein; Fellini, ocho y medio de Fellini; Cantando bajo la lluvia de Donen; Tiempos modernos de Chaplin; Fresas salvajes de Bergman; La quimera del oro de Chaplin; Casablanca de Curtiz; Rashomon de Kurosawa; El ladrón de bicicletas de De Sica; Luces de la ciudad de Chaplin; Amanecer de Murnau; Madame de… de Ophuls; La gran ilusión de Renoir; Centauros del desierto de Ford; 2001 odisea del espacio de Kubrick; Con faldas y a lo loco de Wilder; Iván el terrible I y II de Einseinstein; Jules y Jim de Truffaut, La diligencia de Ford, De entre los muertos de Hitchcock; Los siete samuráis de Kurosawa; Cuentos de Tokio de Ozu; Andrei Rublev de Tarkovsky; Fanny y Alexander de Bergman; L`Atalante de Vigo; Viridiana de Buñuel; Ocho sentencias de muerte de Hamer; El tercer hombre de Reed; Cuentos de la luna pálida de agosto de Mizoguchi; Cero en conducta de Vigo; Vivir de Kurosawa; La trilogía de Apu de Ray; Melodías de Brodway de Minelli; Lo que el viento se llevó de Fleming; El halcón maltés de Houston; La dolce vita de Fellini; Hiroshima mi amor de Resnais; Roma, ciudad abierta de Rossellini; Sed de mal de Welles; La edad de oro de Buñuel; La pasión de Juana de Arco de Dreyer; El séptimo sello de Bergman; Amacord de Fellini; El intendente Sansho de Mizoguchi; La aventura de Antonioni; El maquinista de la general de Keaton; La vida de O-Haru, mujer galante de Mizoguchi, El discreto encanto de la burguesía de Buñuel; Napoleón de Gauce; Sacrificio de Tarkovski; Las noches de Caviria de Fellini; El ladrón de Bagdag de Walsh; Alexander Nevski de Einseinstein; Al este del Edén de Kazan; Alarma en el expreso de Hitchcock; El navegante de Keaton; La palabra de Dreyer; Alguien voló sobre el nido del cuco de Forman; Cenizas y diamantes de Wajda; Senso de Visconti; El espejo de Tarkovsky; Los mejores años de nuestra vida de Wyler; La rodilla de Claire de Rohmer; La tierra de Dovjenko; La tierra trema de Visconti; El gabinete del doctor Caligari de Wiene; Paisá de Rossellini; París bajos fondos de Becker; El ángel exterminador de Buñuel; Manhattan de Allen; El año pasado en Marienbad de Resnais; Pasión de los fuertes de Ford; Capricho imperial de von Sternberg; Avaricia de von Stroheim; A vida o muerte de Powell y Pressburger; El mago de Oz de Fleming; La novia de Frankenstein de Whale; La fiera de mi niña de Hawks; Si… de Anderson; La strada de Fellini; El imperio de los sentidos de Oshima; La reina de África de Houston; El gran dictador de Chaplin; Heimat de Reitz; Lawrence de Arabia de Lean; Signos de vida de Herzog; Ser o no ser de Lubitsch; Cita en San Luis de Minnelli; Monsieur Verdoux de Chaplin; Breve encuentro de Lean; Tierras lejanas de Mann; La parada de los monstruos de Browning; Moofleet de Lang; La noche de los muertos vivientes de Romero; Psicosis de Hitchcock; Rebeca de Hitchcock; Te querré siempre de Rossellini; El padrino I y II de Coppola.

Por qué no soy nacionalista

Soy gallego de nacimiento y celebro la cultura gallega como un exponente más de la extraordinaria diversidad cultural del género humano. Me siento con el deber y el derecho a exigir la protección debida al patrimonio cultural de mi país, que fue tan maltratado en el pasado precisamente por un dictador nacido en el norte de Galicia. Sin embargo, no me tengo por un nacionalista político. Considerar la diversidad como uno de los valores fundamentales de la humanidad y, al mismo tiempo, abogar por la unión de los pueblos y el mestizaje, son actitudes que compatibilizo sin problema. Por eso encuentro maliciosa la identificación que a menudo se hace de la cultura con el nacionalismo político. La verdad es que uno puede defender su cultura desde un proyecto político común que integre a todo un mosaico de tradiciones culturales. Lo importante no es el lugar de origen de uno, sino hasta qué punto está dispuesto a comprometerse con los demás. Como ha dicho un personaje cinematográfico que recuerdo: “mi patria no es un lugar, son las personas”. Cuando uno comprende esto, rápidamente observa que hay algo desagradable en el nacionalismo, al menos, eso es lo que me ocurre a mí. Consiste en una afirmación de las gentes que habitan un territorio particular que únicamente puede ser definida mediante la exclusión del otro. Exclusión que se realiza sobre la base de una supuesta identidad étnica que en realidad no existe. Además de gallego, soy un biólogo especializado en genética de poblaciones, y por lo tanto muy consciente de la escasa diferencia genética entre grupos humanos cuando es comparada con la variación dentro de grupos. Desde el punto de vista biológico ser gallego, vasco o catalán no significa nada. Los gallegos no somos genéticamente singulares, aunque sí lo seamos culturalmente. Pero esto quiere decir que será gallego aquel que participe de la cultura gallega, venga de donde venga, por lo que en democracia no tiene razón de ser levantar una frontera alrededor de cualquier territorio. En mi opinión, el nacionalismo es una forma de pensamiento conservadora porque se aferra a unos ideales anacrónicos y sin fundamento real. Además de conservador es potencialmente nocivo porque al identificar cultura y política se apropia ilegítimamente de la cultura, y con ello menosprecia al gallego, vasco, catalán o español que no es nacionalista. Luego, resulta intrigante que todavía haya quien se defina como nacionalista de izquierdas. Sospecho que la razón de este malentendido reside en el estentóreo eco que ha dejado en nuestra memoria colectiva un pasado reciente caracterizado por un nacionalismo de extrema derecha. No deseo finalizar este escrito con una mirada atrás y menos aún con una referencia al fascismo, así que añadiré para terminar que, como gallego, biólogo y políticamente de izquierdas, no puedo dejar de simpatizar con el inmigrante al que espero con ilusión y curiosidad.

Reflexión sobre “Matrix”

Supongamos que vivimos en “Matrix”. Que estamos siendo almacenados y explotados como si fuésemos ganado. Nuestros cerebros estarían convenientemente estimulados para que tengamos determinadas experiencias, tales como la de estar frente al ordenador escribiendo sobre el control de nuestras pobres vidas nutridas por un ordenador manejado por alienígenas. Este argumento de ciencia-ficción tan especulativo es, en esencia, un razonamiento legítimo en contra de la posibilidad del conocimiento, el cual ha estado presente bajo formas menos sofisticadas a lo largo de la historia del pensamiento. La duda metódica de Descartes, por ejemplo, considera la posibilidad de que la vida sea un sueño controlado por una suerte de demiurgo maligno. Si ni siquiera sabemos si vivimos nuestras vidas ¿cómo podremos saber la verdad de las cosas? Me temo que la creencia de que no estamos siendo víctimas del control ajeno es indemostrable, ya que no podríamos apelar a nada que formase parte de nuestra experiencia que sirviese como evidencia. ¿Quiere esto decir que no podemos estar seguros de nada? Existen al menos dos formas de rebelarse con razón ante la pesadilla. El escéptico afirma que hay una diferencia fundamental entre estar sentado al ordenador y creer que se está sentado ante el ordenador (en este caso, una creencia suministrada por una inteligencia de otro mundo), pero que la diferencia trasciende toda evidencia posible, por lo que no hay distinción en la práctica. En consecuencia, uno podría añadir que la discusión carece de sentido, pues al no haber distinción posible entre ambas hipótesis, el ser o no ser libres no afecta al modo en que vivimos nuestras vidas. Es decir, la discusión no es relevante porque estando o no determinados, en cada momento actuaríamos como si fuésemos libres. Probablemente, más de uno se sentirá decepcionado ante un argumento tan sumiso. Una forma tal vez más satisfactoria de combatir la tesis de “Matrix” es negar por definición la existencia de verdades que trasciendan toda evidencia posible, por lo que no existirían las diferencias potencialmente irreconocibles. Según esto, sólo el ateo y el creyente que sostenga la “herejía” de que la existencia de Dios puede ser empíricamente demostrada, podrían afirmar con razón que no forman parte de “Matrix”. El creyente convencional, sin embargo, reconocería que hay verdades que trascienden toda evidencia posible, entre ellas Dios mismo, por lo que no podría apelar a la razón en contra de la temible conspiración. Su negación no podría estar basada más que en la fe. Al igual que Descartes, fundamentaría la posibilidad de conocimiento racional en algo que no puede conocer a través de la razón, esto es, la existencia de Dios. Así pues, se da la paradoja de que el creyente proporciona al escéptico no sólo motivos, sino que llega a compartir el fundamento mismo de su escepticismo.

Ser o venderse

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En el lugar donde trabajo tengo una foto de esta nebulosa observada en el centro de nuestra galaxia. Con una forma helicoidal que recuerda al ADN, tiene unos 80 años-luz de largo y se encuentra a unos 300 del agujero negro alrededor del cual giran las estrellas de la Vía Láctea. Cada vez que la veo pienso en el pequeño universo que hay en el interior de cada uno de nosotros. Lo que soy es el resultado de la expresión de mi nebulosa particular, pero también de mi propia historia, y respetar mi integridad es aceptar el resultado, no como algo inmutable, pero sí como algo irrepetible y único. La libertad nace del reconocimiento de esta singularidad, así como de la voluntad de realizarla. En este sentido, puede decirse que el yo es el resultado de la expresión cultural sobre un sustrato de expresión material. En los tiempos que vivimos, sin embargo, observo que es común renunciar a nuestra libertad a través de la construcción de un falso yo. Esto ocurre porque son tiempos donde todo se compra o se vende y asumimos que así debe ser cualquier relación que se precie. Nos relacionamos con los demás como si fueran medios para la satisfacción de fines egoístas, al reducirlos como objetos o cosas, y al hacerlo no somos conscientes de que también nosotros somos cosificados. Las personas suelen crear este yo artificial para tener éxito en la vida, ser felices o cualquier otra finalidad. El yo no es comprendido como un fin en sí mismo, sino como un objeto, porque lo que interesa es poder venderlo a terceros. Somos reducidos por nosotros mismos a ser una mercancía porque no entendemos otro lenguaje que el mercantil. Pero el precio de esta alienación es muy alto, ya que la persona deja de identificar su singularidad, su universo interior, y pierde la nobleza que implica la expresión sincera de lo que siente y piensa. Y es a través de la actuación sincera, espontánea, que no impulsiva, cómo uno explora lo que es y llega a hacer uso de su libertad. Paradójicamente, la libertad del ser no consiste en ser lo que quieras ser, sino en ser lo que eres, y eres en la medida en que actúas sinceramente contigo mismo. La libertad es entonces la caída de las máscaras.

Aquellos dias de Febrero

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Hace algunos años escribí un trabajo sobre unos simpáticos animalillos que gustan de llevar a buen puerto sus vidas en el interior de peces marinos. Un trabajo que manos hábiles encuadernaron hasta adquirir un aspecto próximo a bello. Por supuesto, mucho tuvo que ver mi atrevimiento de ilustrar la portada con un cuadro de Kandinsky, el Himmelblau (Azul celeste), creo que pintado en 1940. No siendo mi preferido de entre los muchos que este autor realizó a lo largo de su vida, me pareció apropiado como metáfora de ciertos conceptos representativos de la insignificante temática que me había interesado durante tanto tiempo. Aunque insignificante, me pareció merecedora de dicho honor, pues la tarea no estuvo exenta de pasión, y hasta en ella quisieron darse cita autores tan diversos como Machado, Popper o Goethe. Luego, con semejante alarde de vanidad, se me antojaron unas pinceladas de óleo sobre lienzo para presentar el conjunto, así como un breve texto explicativo que se imprimiría en el reverso de tan ilustre obra (evidentemente, me refiero a la pintura. Aquella de la que fui autor, más que ilustre se veía bien ilustrada). Es mi deseo mostrarlo a continuación para revitalizar aquel sentimiento, que en esencia reivindicaba el arte como forma de conocimiento, mas con el fin de preservar la naturaleza de la investigación, que no viene a cuento, omitiré las partes más específicas, restando, por consiguiente, apenas unas líneas que me servirán de memoria.

“En 1912 el pintor ruso Wassily Kandinsky afirmó, refiriéndose a los nuevos artistas, que la naturaleza brilla en sus cuadros como siempre lo ha hecho en todo arte. Sin duda, Azul celeste es buen ejemplo de ello; repleto de motivos biomorfos y adornado con vivos colores, representa aquí uno de los mayores valores de la naturaleza, su diversidad. Al igual que el arte, pero diametralmente opuesta en sus métodos, la ciencia constituye básicamente una forma de conocimiento. [...] Como hizo el artista, [este trabajo] pretende acusar la diversidad natural y comprenderla mejor, pero, al arrojar las redes al mar para adueñarnos de un pedazo no hemos obtenido mar, sino peces. Por eso necesitamos del arte.”

Homenaje a la montaña

En este escrito número 150 deseo rendir homenaje al que probablemente sea el primer gran ensayista, casi me atrevería a decir que el mismo inventor del género. Se trata de Michel de Montaigne. Recientemente, Acantilado ha editado sus deliciosos ensayos según la colección realizada por Marie de Gournay en 1595. De acuerdo con esta nueva traducción española, llevada a cabo por J. Bayod Brau, me he permitido ofreceros un pequeño extracto de lo que significa para mí una lectura exquisita poco antes de caer rendido en el sueño. Palabras que en buena medida comparto en relación con esta mi peculiar empresa.

No tengo duda alguna de que hablo con frecuencia de cosas que los maestros del oficio tratan mejor y con más verdad. Esto es meramente el ensayo de mis facultades naturales, y en absoluto de las adquiridas; y quien sorprenda mi ignorancia, nada hará contra mí, pues difícilmente voy a responder ante los demás de mis opiniones si no respondo de ellas ante mí, ni las miro con satisfacción. Si alguien va a la búsqueda de ciencia que la coja allí donde esté. Por mi parte, de nada hago menos profesión. Esto son mis fantasías, y con ellas no intento dar a conocer las cosas, sino a mí mismo. [...] Así pues, no garantizo ninguna certeza, salvo dar a conocer hasta dónde llega en este momento lo que conozco. Que no se preste atención a las materias, sino a la forma que les doy. Que se vea, en lo que tomo prestado, si he sabido elegir con qué dar valor o auxiliar propiamente a la invención, que procede siempre de mí. En efecto, hago decir a los demás, no como guías sino como séquito, lo que yo no puedo decir con tanta perfección, ya sea porque mi lenguaje es débil, ya sea porque lo es mi juicio. No cuento mis préstamos; los peso. Y, si hubiese querido valorarlos por su número, me habría cargado con dos veces más. [...] Me gustaría que alguien supiera desplumarme, quiero decir por claridad de juicio y por la simple distinción de la fuerza y la belleza de las palabras [...], se muy bien percibir, al medir mi capacidad, que mi terruño de ninguna manera es capaz de ciertas flores demasiado ricas que encuentro sembradas en él y que todos los frutos de mi cosecha no podrían igualar.

Ornitología fantástica

Los pájaros feng-huang se dejan ver en lugares donde reina la paz y la armonía. A quien tiene la fortuna de avistarlos se le auguran todo tipo de bondades. Se trata, sin embargo, de un ave seriamente amenazada, ya que su hábitat está desapareciendo rápidamente. Aunque todavía hay quien lo hace, no debe confundirse con la golondrina, para muchos el ave negra, que, a diferencia del feng-huang, es frecuente y de amplia distribución geográfica. En China se cuenta que el ave negra dio origen a la dinastía Shang, también conocida como dinastía Yin, pero en realidad de ella se ignora hasta el color. El jingwei o ave protectora, también llamada ave de la promesa, es un córvido de notable belleza. De color negro, tiene listada la cabeza, blanco el pico y rojas las patas. Es muy trabajador y se dice que un solo ejemplar, el espíritu de Nüwa, llenó el mar de Oriente con ramas y piedras traídas de los montes occidentales. Las aves bifang son probablemente zancudas, pero sólo tienen una pata, y se engendran a partir de la madera. Además, se han citado ciertos ejemplares chinos que mostraban cara humana. El ave dos, también llamada biyi, es una anátida muy peculiar que se distribuye por buena parte de Asia. Este pato de plumas coloreadas de verde y rojo es, al igual que el bifang monópoda, pero además, tiene sólo un ojo y un ala, lo que hace que no pueda volar sino es emparejado. Gusta de tierras muy húmedas y verlas significa la llegada de grandes inundaciones. El ave fénix es una zancuda originaria de Etiopía. Probablemente se trate del pájaro más longevo que se conoce. De gran belleza, es de un rojo deslumbrante, que según los árabes sólo se posa en el centro del mundo. Este pájaro es famoso por tener la extraordinaria facultad de renacer de sus cenizas cuando es consumido por el fuego. Una extraña característica que seguramente desconcertó a más de un cocinero olvidadizo. La subespecie egipcia se denomina Bennu y se la relaciona con el ciclo anual de las crecidas del Nilo. La subespecie china tiene la peculiaridad de ser andrógina y simboliza la felicidad conyugal. En general, el fénix simboliza el principio que hay en todo final. Es el pollo de la vida. Entre las rapaces destacan las harpías, que suelen venir en número de tres (Aelo, Ocípete y Celeno), y a las que sólo el hijo del viento logra expulsar. Esta actividad resulta de la mayor importancia, teniendo en cuenta que estas aves de olor infecto y cabeza de mujer (lo siento), traen los tormentos obsesivos del deseo y la culpa que sigue a la satisfacción del vicio. También en occidente disfrutamos de aves que ya son todo un mito. Hasta no hace mucho, sin ir más lejos, no había cama en España bajo la cual no anidase el ave cenilla, que tantos disgustos habrá evitado…

Utopías delirantes

En un post anterior destacaba la importancia de albergar la utopía en nuestro interior como germen del verdadero progreso. Soñar con un mundo mejor me parece la primera disposición para combatir la resignación y el conformismo, que sólo puede conducirnos, en mi opinión, a un mundo todavía peor. Sin embargo, la historia está llena de utopías delirantes que se quisieron imponer “desde fuera”. Las pesadillas futuristas de George Orwell en “1984”, el “mundo feliz” de Aldous Huxley, o el “Fahrenheit 451” de Bradbury, fueron en esencia postuladas como deseables por profetas delirantes en el pasado. Generalmente, tienen en común el miedo al pensamiento, y se da la paradoja de que en nombre de la razón se pretende que nadie piense por sí mismo. Otro rasgo que suele estar presente en tales pesadillas es la homogenización, la imposición de una igualdad artificial, pues la diversidad es temible y se la declara falsa. En mi opinión, la diversidad se percibe como una amenaza para el nuevo régimen porque sirve de combustible al cambio, pues es incompatible con la verdad única y dogmática. Desde “La República” de Platón no faltan los iluminados de la historia que tratan de imponer una nueva era. Abundaron, por ejemplo, durante el siglo XVIII, alumbrando los aires de revolución. Así, en la utopía del materialista Léger-Marie Deschamps desaparecen las artes y las ciencias, por ser inútiles. La individualidad se extingue en favor de la totalidad, que se abre camino a través de la unidad. El lenguaje sólo es un estorbo para comprender esta verdad, por lo que debe ser simplificado al máximo (como ocurre con la neolengua de “1984”); y la lengua escrita desaparecerá y todos los libros serán quemados (como en “Fahrenheit 451”), pues sólo confunden. Los hombres descubrirán la realidad verdadera, entonces pensarán igual. Aquel que piense diferente podrá ser declarado loco, pues sólo serán felices quienes conocen la verdad, esto es, todos los demás. La muerte formará parte del ciclo de la vida y todos seremos conscientes de que emergeremos en la totalidad bajo una nueva forma. Oscar Wilde dijo una vez que las peores obras suelen hacerse con las mejores intenciones, lo cual es ciertamente dramático. Opino que para cuidarnos del desastre venido de visionarios que no alcanzan a ver sus propias frustraciones y complejos, debemos proteger la diversidad como un valor irrenunciable, así como confiar en la razón y en nuestra capacidad de empatía. Se trata de confiar en nuestra capacidad de transformación personal potenciando nuestra humanidad.

Amor, amor

Deseando amar y sentirse amado…. Decir “te quiero” significa que eres especial para mí. Eres especial para mí porque eres todo lo que sueño. Sabía de ti mucho antes de conocerte y, finalmente, dichoso de mí, te encontré. Juntos somos uno sólo, aunque más fuerte que ninguno. Eres todo lo que quiero en el mundo, nada más me importa. Todo es posible si es contigo, porque me das tanto… Por eso nunca me cansaré de decirte lo mucho que te quiero. No podría vivir sin ti. Sin ti la vida no tiene sentido. Moriría por ti. Pues bien, a vosotras que esperáis a un príncipe azul que os diga estas sandeces, o aquéllas que en mala hora lo hallasteis, y desde entonces nunca habéis dejado de sentiros exigidas por él; os recuerdo que nada de eso es amor sino la tiranía de un corazón deficitario, para el cual no sois personas amadas sino un apego más y por ello encadenadas. ¡Despertad!, y una vez despiertas, de vosotras dependerá evitar que se extinga vuestra llama. El verdadero amante busca que te liberes de él, que seas tú misma, que te comportes como se te antoje, que te guste lo que quieras, sin temor a dejar de ser especial para nadie. El verdadero amante quiere descubrirte como eres y renuncia a cualquier idea de lo que quiere de ti. Permanece a tú lado celebrando tu libertad, aspira a tu plenitud como aspira a la suya propia. En su corazón te ha dejado marchar una y mil veces. ¡Por supuesto que puede vivir sin ti!, pero comprobar esto es motivo de satisfacción, y está tan lejos de significar que no te ama lo suficiente…. Ojalá puedas comprenderlo. Si verdaderamente te ama no esperará que cumplas sus expectativas, pues no tendrá otra esperanza que el que seas feliz siendo tú misma, descubriéndote, realizándote. Agradece, en definitiva, el regalo de ser testigo privilegiado de la vivencia de tu propio proyecto personal. El otro regalo que os dedicareis el uno al otro es la atención. Permanecerá atento, eso es todo. Quizás no te diga “te quiero” cada día. Quizás no lleve un guión cinematográfico bajo el brazo para que escuches a la luz de la luna. Quizás no diga lo que se supone que deba decir, tampoco tú le condenes. Pero podrás dormitar sobre su pecho, en silencio, confiando en su amor porque no importará lo que dice o lo que no dice, sino lo que hace o deja de hacer. Y es que sólo permitiéndote ser la que eres y lo que quieras llegar a ser, te amará porque eres quien eres.

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