He aquí el primer error: las cosas se distinguen unas de otras porque difieren en sus propiedades. En el mundo hay cosas y hay propiedades porque cosas y propiedades también difieren en sus propiedades. Las cosas difieren de las propiedades en que están ubicadas en el espacio y en el tiempo, luego afirmamos que las cosas son concretas; pero las propiedades no se limitan a un momento particular ni se encuentran localizadas en el espacio, por eso decimos que las propiedades son abstractas. Por estar en el tiempo las cosas cambian. En cambio, las propiedades no cambian por ser atemporales. Si las cosas cambian no es porque cambien sus propiedades sino porque cambian de propiedades. La manzana verde con el paso del tiempo se vuelve roja. La manzana cambia porque de ser verde pasa a ser roja, pero el verde no cambia, ni cambia la propiedad de rojo. La propiedad no está en la cosa pero la cosa de alguna forma participa de la propiedad. He aquí el segundo error: en el mundo hay cosas, que son concretas, y hay propiedades, que son abstractas, sin embargo en el seno de las cosas; luego no hay cosas sin propiedades. La propiedad está en la cosa, pero no está en el espacio ni en el tiempo. No hay concreto sin abstracto. He aquí el tercer error: sólo existe lo concreto porque las propiedades de las cosas nunca son las mismas. Cada propiedad es única. El verde de una manzana nunca es el verde de otra manzana. La propiedad comparte el cuando y el donde de la cosa a la que pertenece, al igual que ella es concreta. Las propiedades son cosas y el mundo sólo contiene cosas. Los pensamientos son cosas porque algo hay en el cerebro que es un pensamiento. He aquí el tercer error: sólo existe lo concreto, sólo hay cosas, pero las cosas que llamamos propiedades pueden estar simultáneamente en muchos sitios diferentes. El verde está ubicado allí donde haya cosas verdes. He aquí el cuarto error: sólo existen las cosas y las ideas, y las propiedades sólo son ideas. En el mundo están las cosas y las mentes, y en las mentes están las ideas que no son cosas sino conceptos. La cosa que observa, la mente que piensa, pone las propiedades a descansar sobre las cosas. He aquí el quinto error: todo es uno, mente y cosas. No hay más que abstracto, que es siempre lo mismo. Las cosas dan forma a la mente, la mente da forma a las cosas. No hay espacio donde poner cosas ni tiempo en el que no se hallen las propiedades. He aquí el sexto y último error: la verdad sobre cosas y propiedades.
El camino del samurái
Diciembre 3, 2007 a 10:01 am (13. Lo último)
De todas las que he visto, que no son todas las que hizo, creo que la película que más me gusta del excéntrico director americano Jim Jarmusch es “Ghost Dog: el camino del samurái”. En ella se relata parte de la vida de un asesino profesional que se rige por un antiguo código de conducta samurái. Por encima de cualquier otra cosa, se trata de una filosofía de vida que no implica necesariamente, al menos a mi parecer, un culto a la violencia, por mucho que el combate fuese un aspecto central en la vida de los samuráis. Recuerdo que durante la película se leían pasajes de un libro que entonces me pareció enigmático. No estoy seguro de esto, pero aquel podría haber sido el Libro de los cinco anillos de Miyamoto Musashi o quizás el Hagakure de Yamamoto Tsunetomo. En cualquier caso, traigo a colación un relato escrito por Musashi en la primavera de 1645 poco antes de su muerte, porque, independientemente de las referencias a la lucha por la espada, ilustra lo que puede llegar a significar la extinción del ego.
Este es el camino que camino en solitario. No me opongo a los caminos de los diversos mundos. No trabajo el ingenio para la búsqueda de mi propio placer. No busco el placer para mí mismo. No me aferro obstinadamente a nada. Pienso en mí con ligereza y pienso en el mundo con profundidad. No soy presa del deseo. No me arrepiento jamás de ninguno de mis actos. No tengo un espíritu que envidie a los demás, ni en lo bueno ni en lo malo. No me apeno por las separaciones. No tengo un espíritu rencoroso ni me quejo de las cosas, ni hacia mí mismo ni hacia los demás. No me arrimo a los caminos del amor. No tengo especiales preferencias ni gustos por las cosas. No tengo un espíritu que desee cosas para mi casa. No disfruto de la gastronomía por el placer de mí mismo. No poseo objetos antiguos que puedan convertirse en objetos preciados. No necesito hacer actos de purificación a causa de mis propios asuntos. No tengo especial interés por ningún tipo de objeto, exceptuando las armas. Pienso en la muerte sin temerla ni evitarla. No me atormentan las riquezas o los bienes inmuebles. Respeto al Buda y a los dioses, pero no dependo de ellos. No abandono mi honor aunque esté dispuesto a abandonar mi cuerpo. No me separo nunca del camino del arte del combate.
Por supuesto, Ghost Dog no era su verdadero nombre. Aquel samurái de Nueva York había abandonado su nombre hacía mucho tiempo y con él dejaba atrás su sufrimiento.

