Esta película dirigida, escrita y protagonizada por Woody Allen es un falso documental sobre el camaleónico Leonard Zelig. Se trata de una de las obras más divertidas de este cineasta genial, pero, al mismo tiempo, extraordinariamente crítica. Una historia sobre la falta de identidad del ser humano y de cómo el hombre de nuestro tiempo ha renunciado a ser uno mismo para buscar el reconocimiento de los demás. Como ha dicho el señor Allen, “la gente tiene una terrible tendencia a decir cosas que agraden a sus amigos”, pero el problema no queda ahí. Las personas suelen inventar un yo para satisfacer las expectativas del grupo y así establecen una relación muy particular consigo mismas. Es común que las personas se confundan con las gentes. Asumiendo pensamientos, emociones, aspecto y comportamientos que no le son propios pretenden conseguir el reconocimiento ajeno. Reducen su propia identidad a ser una mercancía que venderán a terceros para conseguir otros fines que juzgan más importantes. Al no comprender la realización de su propia persona como un fin en sí mismo, sino como un medio para obtener cosas, quedan reducidas a ser un objeto entre objetos. Estas personas sólo podrán relacionarse con los demás de la misma manera que se tratan a sí mismas, por lo que suelen ser manipuladoras. Por supuesto son desgraciadas, pues han renunciado a sus posibilidades de libertad no siendo ellas mismas, sino lo que otros esperan de ellas. Lo dramático del asunto es que semejante alienación suele ser inconsciente y, probablemente, tiene mucho que ver con una autoestima maltratada. Afirmar la propia singularidad supone asumir riesgos, pues no gustará a todo el mundo, y servirá como espejo del ridículo mimetismo del que se asusta ante el abismo de su propio interior. Sospecho que “Zelig” está muy influenciada por las tesis de los principales freudomarxistas, especialmente Fromm. En cualquier caso, me parece que pone el dedo en una de las llagas más profundas de nuestra sociedad capitalista, que ensalza el valor de las cosas, que a todo pone un precio, donde todo ha de ser útil, y donde lo que más importa es el producto. Una herida que, en mi opinión, podría desangrar nuestro futuro. (***)
“Zelig”
Enero 25, 2008 a 10:16 am (07. El séptimo arte)
Fantasía que cuece la cruda realidad
Enero 25, 2008 a 9:13 am (02. Doshechos humanos)
Veamos los últimos proyectos de algunos de los cineastas americanos más influyentes, los mismos que nos hicieron disfrutar con la violencia de “Uno de los nuestros”, “El padrino”, “El precio del poder”, “La lista de Schindler” y “Platoon”. Martin Scorsese está trabajando en “Shutter Island”, de nuevo con Leonardo DiCaprio. En principio, la trama se ambienta en los años cincuenta, y lleva por título el nombre de la isla en la que presuntamente se ha escondido un asesino recién escapado de una institución mental. Francis Ford Coppola pronto llegará a nuestros cines con “Juventud sin juventud”, una misteriosa historia de amor basada en la novela del célebre historiador de las religiones Mircea Eliade. La película está protagonizada por un actor que me gusta mucho, el señor Tim Roth. Brian De Palma volverá con una de gánsters. A falta de ideas, ha decidido resucitar a los Intocables y, como no, a Alfonso Capone. Steven Spielberg trabaja en una película de ciencia ficción, “Interestelar”, basada en algunas especulaciones derivadas de la Teoría General de la Relatividad, tales como la existencia de agujeros de gusano, estructuras que implican a una cuarta dimensión que puede utilizarse para viajar en el espacio y en el tiempo. El comprometido Oliver Stone trabaja en una película sobre la masacre de My-Lai. Estará protagonizada por uno de los actores que menos me gustan, el señor Bruce Willis. Dejemos los proyectos de fantasía y, sólo por un instante, recordemos los hechos. Vietnam, 1963, los restos de la compañía Charlie avanzan a través de la selva comandados por el teniente William Calley del 20º batallón de infantería del ejército de los Estados Unidos. Buscando milicianos del Vietcong, llegan a la aldea de My-Lai, al sur de Da Nang, pero no encuentran más que ancianos, mujeres y niños. En un ataque de ira, este militar comienza a matar indiscriminadamente y ordena sacrificar al pueblo entero. Inmersos en una vorágine de locura los soldados violan y matan, y no se detienen hasta que atienden a las súplicas del piloto de helicóptero Hugh Thompson. Cuando esto ocurre, ya habían sido asesinados 504 civiles, incluidos 164 niños y 76 recién nacidos. Sólo William Calley llegó a ejecutar a 220 de ellos. Las autoridades americanas mantuvieron oculta la masacre hasta que un periodista dio a conocer las pruebas que permitieron en 1971 el procesamiento de la compañía por un tribunal militar. Los soldados no fueron considerados responsables, ya que obedecían órdenes. William Calley, que durante el juicio dijo “que no había sido para tanto” fue condenado a cadena perpetua, pero tres años después el presidente Nixon le conmutó la pena por un simple arresto domiciliario. Así fueron las cosas. Que les aproveche el cocido.

