En la última reunión de la Sociedad Filosófica, las mentes protozoarias más preclaras de Charco Pequeño formaron parte de un debate sobre el lugar que ocupan los rotíferos en el universo y el sentido de sus vidas. Más de un rotífero argumentó que la vida no sería posible fuera del charco, pues depende de una serie de características extraordinariamente precisas y afinadas. Así, la temperatura es aproximadamente constante, y los márgenes de variación de la acidez y la alcalinidad del agua permanecen convenientemente estrechos. Además, hay la cantidad justa de sulfatos disueltos, así como de otros componentes necesarios para la vida. Su variación, siquiera mínima, conllevaría ineludiblemente su extinción. Entonces, evidentemente, no habría rotíferos para cuestionar la misma existencia de Charco Pequeño. Aquel día, un rotífero particularmente lúcido dedujo de todas estas observaciones que el universo ha sido diseñado para asegurar la existencia de los rotíferos, un diseño del que sólo sería capaz una inteligencia infinita que transciende al Charco. Algo así sólo podría estar al alcance del Gran Rotífero. He aquí un extracto de la brillante exposición del protozoo:
“Usando una nueva idea que llamo el principio rotiférico puedo demostrar que las leyes de la naturaleza son exactamente las que son y no diferentes. De otro modo no habría rotíferos aquí para conocerlas. Por ejemplo, si el calor necesario para vaporizar el agua fuera ligeramente inferior, entonces, después de que la Gran Lluvia lo crease, Charco Pequeño se habría evaporado antes de las muchas horas que se necesitaron para que la primera generación de rotíferos emergiera de sus huevos. Así, si no fuera por el valor providencialmente alto del calor de vaporización del agua, el universo estaría vacío de cualquier vida que pudiera filosofar sobre él”.
Tras escuchar estas palabras, todos los rotíferos que se habían reunido agitaron con excitación los cilios y celebraron aquel magnífico descubrimiento. Habían establecido un principio cuya extensión podría servir para dar sentido a la existencia, ya que justificaría su presencia en Charco Pequeño. Finalmente, todos volvieron a sus quehaceres cotidianos y a hincharse de paramecios, ignorantes de su vida en una maceta y de si Romo olvidará regar su planta durante estos días en los que se inquietaba por el fino ajuste para la vida de las características físicas del universo.
Modificado de una idea original de Feinberg y Shapiro, que tomé prestada de José Manuel Alonso, que a su vez la recogió de Finkbeiner.

