Superfalacias

¿Nunca se preguntaron por qué Lois Lane no sospecha que el diligente Clark Kent sea Supermán? ¿De verdad piensan que unas simples gafas logran camuflar su identidad tan eficientemente? ¡Casi todos los superhéroes ocultan al menos la mitad del rostro! ¿Es que el estrés que sufre Lois la mantiene tan obnubilada? Pudiera ser, pero pienso que la explicación a su actitud radica en que es víctima de la falacia del enmascarado. Según un principio establecido por Leibniz, si dos objetos son idénticos deben tener las mismas propiedades, lo cual implica que bastaría encontrar una propiedad diferente para concluir que no estamos ante el mismo objeto. Luego, Clark no puede ser Supermán, ya que es imposible que alguien tan anodino sea el lozano seductor de la capa roja y el ricito en la frente. Lo cierto es que la ley de Leibniz no se aplica a propiedades que implican una actitud psicológica como la que acompaña a Lois. La atractiva periodista no ve a Supermán en Clark Kent, simplemente porque no podría creerlo. Cuántas veces no vemos otra cosa que lo que queremos ver, ignorando lo que es obvio debido a una falta de atención, a un interior excesivamente centrado en uno mismo. Pero Leibniz era extraordinariamente inteligente, así que Lois podría defenderse afirmando que Supermán y Clark son personas distintas porque lo dice Leibniz. En tal caso, la pobre Louis incurriría en una segunda falacia al apelar al principio de autoridad. Lois debería llevar cuidado, ya que al defender lo indefendible no puede dejar de pisar terreno resbaladizo. Y he aquí la manera en que yo mismo incurro en una nueva falacia, pues el argumento que acabo de esgrimir no va acompañado de ninguna prueba de que, ciertamente, las cosas sólo podrían ir a peor para Lois por el mero hecho de que discrepa conmigo. Una de las falacias más bonitas consiste en la afirmación del consecuente, según la cual se sigue el razonamiento: si A es cierto, entonces B; luego B es cierto. Si Clark miente se ruboriza; Clark se ruboriza, luego miente; pero tal vez haya dicho la verdad mientras se imaginaba a Lois en ropa interior. En ocasiones, argumentamos de manera falaz como consecuencia de un desconocimiento básico de la teoría de probabilidades. Por ejemplo, hay quien se lo juega todo al rojo pensando que la probabilidad de que salga rojo la próxima vez es mayor, simplemente porque lleva saliendo negro las últimas cinco veces seguidas. Y habrá quien me discuta la sinrazón del que incurre en la falacia del jugador diciendo algo así: “querido romo, puede que eso que dices sea verdad para ti, pero no lo es para mí”, en cuyo caso incurriría en la falacia relativista, algo que consiste en moverse rápidamente desde lo que una persona cree que es cierto a la verdad de lo que cree. Ni siquiera Supermán afirmaría seriamente que la verdad es siempre lo que él cree.

Sous le pavés, la plague

Los estudiantes parisinos escribían sobre las paredes “Bajo los adoquines, la playa” durante el mayo del 68, vistiendo de esperanza los viejos edificios. Bajo la prisión gris del capitalismo vislumbraban la playa, una valiosa humanidad capaz de realizar la utopía multicolor. En el interior de un hombre ceniciento alienado por el sistema había una naturaleza generosa que reclamaba a gritos su despliegue. La afirmación de los valores humanos suponía la existencia de una naturaleza humana esencialmente buena, pero que había sido corrompida por un sistema controlador. La libertad individual es tan importante…., pero en su afirmación causamos un grave desequilibrio al perder de vista nuestra interdependencia, la solidaridad, nuestra relación con la naturaleza. Extinguimos nuestra capacidad de empatía, arrinconamos nuestra sensibilidad, la imaginación, renunciamos a comunicarnos verdaderamente…. Nada de esto merecía nuestra atención, dado que nada de esto era rentable, productivo, útil. Era necesaria una revolución humanista que hiciera hincapié en nuevos valores, pero que son inherentes a nuestra condición. Valores que alberga nuestro musculoso corazón. De acuerdo con el sistema, la ciencia se apresurará a presentar un determinismo biológico que reduce nuestra naturaleza al egoísmo reproductivo de nuestros genes, lo que se ajusta como anillo al dedo a los ideales liberales sobre los que se pretendía justificar el abuso. Un rostro apenas diferente del mostrado por la piedra en la que ya habían tropezado Spencer y el darwinismo social. Pronto surgieron voces negando la existencia de una naturaleza humana. Ortega, por ejemplo, afirmaba que el hombre no tiene naturaleza, sino historia. En la misma línea, Foucault sostenía que nada de lo que somos es inamovible, debido a que todo lo que somos es resultado de la historia. Es evidente que lo que somos y lo que podemos ser está limitado por nuestro genoma, lo cual no significa que la naturaleza humana venga dada por él. No creo que todos seamos intrínsecamente “buenos” o “malos”, pero nuestro margen de actuación es inmenso. Pienso que lo que nos hace humanos no reside en esa pequeña fracción de ADN que nos diferencia del chimpancé, sino en nuestra cultura extraordinaria, que básicamente resulta de la historia. Lo que nos hace humanos es una ética particular que no se reduce a la física de las moléculas. Una vez más, de la mezcla de extremos aparentemente irreconciliables emerge algo que es original en varios sentidos. Original porque se encuentra en la raíz del desarrollo personal. Original porque es algo cualitativamente nuevo, que nos trae la libertad. Original porque sirve de modelo para la construcción de un mundo mejor.

El yo desmemoriado

Por lo que yo recuerdo, no hay nada parecido a “Memento”. La trama de esta película es relativamente sencilla, pero la manera de contarla resulta extraordinaria, de atrás adelante. Esto obliga al espectador a reconstruir el sentido de la historia a través de la memoria, precisamente lo que le falla al personaje principal. Pero, al mismo tiempo, el espectador permanece ignorante de las causas, lo que implica una cierta vivencia de lo inmediato desconectada del pasado, como le ocurre al desmemoriado. Aquel hombre lo olvidaba todo a los pocos segundos o, mejor dicho, su memoria estaba anclada en un tiempo pasado, a partir del cual ya no podía recordar nada más. Incapaz de recordar su presente, era el recuerdo de su pasado y la conciencia de su propio cuerpo lo que le servía para fundamentar su individualidad. Sobre el cuerpo que sentía suyo tatuaba cada instante que deseaba recordar, convirtiéndolo en una personalísima obra de arte. Aunque no son frecuentes, existen casos de personas para las cuales el tiempo ciertamente se detuvo. A partir de entonces perdieron toda posibilidad de conectar sus sensaciones de una manera coherente. Se conoce como síndrome de Korsakov y está causada por la degeneración de unas estructuras cerebrales denominadas cuerpos mamilares debido al consumo excesivo de alcohol. ¿Por qué bebes?, bebo para olvidar que bebo. Existen algunos casos similares, pero que afectan a una fracción específica de la memoria. Así por ejemplo, algunos individuos están corticalmente ciegos, es decir, no sólo no ven, sino que no recuerdan ninguna imagen, incluso han olvidado la misma idea de ver, por lo que no sienten pérdida de ningún tipo. Ojos que no ven, corazón que no siente. Un paciente del conocido neurólogo Oliver Sacks tenía lo que parecía el síndrome de Korsakov. La vida de aquel hombre se había detenido en 1945. Después de tratarlo, el Dr. Sacks, en colaboración con su mentor A. R. Luria, llegó a una interesante conclusión. Lo que sirve para constituir el yo es más que la memoria y un cierto sentido de la propiocepción, existe una relación estética con el mundo que, en la medida en que se vive, contribuye a conformar nuestro interior. Para ello no se precisa el recuerdo, sino la atención. Por muy grande que sean la lesión orgánica y la devastación de la memoria, su experiencia con este paciente le indicaba una posibilidad de reintegración a través del arte. El arte le servía de memoria porque remitía al momento pasado mediante la emoción.

Genotipo y fenotipo

El genotipo se refiere a la dotación génica del individuo, a su genoma, mientras que el fenotipo hace referencia a la manifestación del genotipo. Si el genotipo es el plan de instrucciones, el fenotipo constituye el resultado de la acción. Pero sólo el genotipo se hereda. El conjunto de genes de un individuo es el mismo desde su constitución en el zigoto, pero el fenotipo puede definirse a muy distintos niveles y es variable en el tiempo. Por ejemplo, la proteína codificada por un gen es un fenotipo. El tipo celular, el tejido resultante del proceso de división, la morfología del organismo, su comportamiento…, son también fenotipos en la medida en que son expresión del genotipo. Sin embargo, no existe una correspondencia biunívoca entre el genotipo y el fenotipo. Un mismo genotipo puede dar lugar a distintos fenotipos, y un mismo fenotipo puede ser consecuencia de distintos genotipos. Supongamos que un gen determina una característica particular, si existiese dominancia completa entre dos alelos distintos presentes en un mismo locus en un organismo diploide, los fenotipos del individuo heterocigoto y del homocigoto para el alelo dominante serían idénticos. Pero las poblaciones naturales generalmente contienen múltiples alelos para un mismo locus y las relaciones de dominancia suelen ser variables. La cosa se complica mucho más cuando se tiene en cuenta que la mayoría de los rasgos están codificados por varios genes. Que existen interacciones entre genes de loci distintos, tales como la epistasis, probablemente involucrando a buena parte del genoma. Esto es muy importante, pues cuando se considera el genotipo total y las tasas de mutación, cada genotipo está representado por un solo individuo, incluso en el caso de gemelos idénticos. La penetrancia es el porcentaje de individuos que teniendo un genotipo particular expresan el fenotipo esperado. Nuestros genes suelen exhibir penetrancia incompleta y expresividad variable no sólo debido a interacciones génicas, sino, principalmente, debido a la influencia del ambiente. Un mismo genotipo puede dar lugar a toda una pléyade de fenotipos dependiendo de la historia de ambientes que haya experimentado a lo largo de su desarrollo. Este conjunto de fenotipos posibles desencadenados por un mismo genotipo es lo que se conoce como norma de reacción. Y, con frecuencia, la variación ambiental es de la misma magnitud que la variación media entre genotipos. La influencia del ambiente se incrementa rápidamente a medida que avanzamos a lo largo de la jerarquía de niveles fenotípicos. Así, la proteína puede sufrir modificaciones postraduccionales dependiendo del ambiente celular, las caras resultar asimétricas debido a ruido de desarrollo, los vientres generosos por dieta de caldito, y se puede llegar a ser todo un capullo, a pesar de los genes. Luego, con el permiso de sus 20.500 genes, ríanse ustedes del gen de la homosexualidad, de la inteligencia, de la esquizofrenia, del gen de Dios, o el de la estupidez, tan variable en su expresión.

La revolución femenina

Generalmente, diferenciamos un tiempo para ganarnos la vida y un tiempo de ocio. Cuando se dice que el tiempo es oro, insistimos en lo valioso que es el tiempo intercambiable por dinero, habitualmente empleado para el acaparamiento de más dinero o en incrementar nuestras posibilidades de ocio. Ese tiempo productivo sirve además para obtener prestigio y reconocimiento social, pues nada valoramos tanto como la riqueza material. Tradicionalmente, la mujer accedía al prestigio social a través de su marido, ya que un buen marido entregaría el producto de su trabajo, el dinero del que disfrutaría la familia. Y si podía dedicarse plenamente al trabajo era porque había una mujer esperándole para cuidar de los suyos. La contribución de la mujer no consistiría en incrementar el tiempo productivo de la familia, sino en dedicarse al cuidado y educación de los hijos, esto es, a lo que se denomina a veces como un tiempo reproductivo. Un tiempo que no se valora. Una buena mujer era la que se dedicaba gratuitamente a la familia, pues había una función esencial que realizar, imposible para el hombre ocupado en ganar dinero. Es evidente que las cosas han cambiado mucho, y aunque todavía queda camino por recorrer hacia una situación de igualdad que implicaría un reparto equitativo de los tiempos productivo y reproductivo para hombres y mujeres, sin duda, se han logrado avances sustanciales. Sin embargo, las cosas han alcanzado un estado en el que todos, especialmente las mujeres, podemos permitirnos ser incluso más ambiciosos. En mi opinión, las feministas se equivocan cuando entienden la liberación de la mujer como una especie de imitación o reflejo de patrones masculinos, en lugar de identificar lo que es específicamente femenino y afirmar esa feminidad sin complejos. Porque hombres y mujeres no somos iguales. Pero el mundo está construido desde una visión esencialmente masculina, y por ello está desequilibrado. Necesita más que nunca de esa contribución femenina, más dialogante, menos belicosa, que implique una verdadera revolución. El éxito social no debe ser identificado con la acumulación de objetos, ni el ocio con el gasto de dinero. Pienso que lo productivo, lo útil, lo mercantil, está sobrevalorado e impregna las relaciones humanas corrompiéndolas hasta la raíz. No todo tiene un precio ni se puede comprar con dinero. Es tiempo de que la mujer nos ayude a liberarnos del yugo capitalista, pues sabe mejor que nadie de la importancia en sociedad de la actividad gratuita, de la solidaridad y de la dedicación a los más débiles. Sabe mejor que nadie que lo más valioso no es lo que más vale, y que si el tiempo reproductivo es tan valioso es precisamente porque es gratuito. No quisiera que las mujeres vengan simplemente a competir con los hombres en el mundo tan deficitario que hemos construido, sino que nos ayuden a desembarazarnos de él con la restauración de un equilibrio perdido. Las mujeres siempre han tenido la llave por haberse quedado en casa. Ahora, que felizmente salen de ella, que sea para, entre todos, utilizar esa clave que lo cambia todo, en lugar de ocultarla bajo el felpudo.

Homenaje a Gödel

Un poema de Hans Magnus Enzensberger dedicado al lógico revolucionario:

Teorema de Münchhausen, caballo, tollo y trenza, es fascinante, pero no olvides: Münchhausen era un mentiroso. El teorema de Gödel parece a primera vista algo sencillo, pero piensa: Gödel tiene razón.

“En cada sistema suficientemente rico se pueden formular axiomas que dentro del sistema ni son demostrables ni refutables, a no ser que el sistema fuera él mismo inconsistente”.

Tú puedes describir tu propio lenguaje en tu propio lenguaje: pero no del todo. Tú puedes investigar tu propio cerebro con tu propio cerebro: pero no del todo. Etc. Para justificarse, cada sistema imaginable tiene que trascenderse, es decir, destruirse.

“Bastante rico” o no: libertad de contradicción es una manifestación carencial o una contradicción.

(Certeza = Inconsistencia)

Cada jinete imaginable, o sea también Münchhausen, o sea también tú eres un subsistema de un tollo suficientemente rico. Y un subsistema de este subsistema es la propia trenza, este aparato elevador para reformistas y mentirosos. En cada sistema suficientemente rico, o sea también en este tollo mismo, se pueden formular axiomas que dentro del sistema no son ni demostrables ni refutables.

¡Toma estos axiomas en la mano y tira!

Feliz aniversario

Luciérnagas cumple hoy un año, y lo hace feliz. Durante aquel primer día, recuerdo que el niño que fui abandonó la seguridad de su entorno de maquinaria y ruido para liberarse de la prisión de lo útil. Entonces, echó a correr en la noche guiado por ellas, intrigantes coleópteros de abdomen luminiscente. Ese día, seguimos a Chihiro en su viaje por el mismo mundo de oscuridad y atractivos reclamos por doquier. También las luciérnagas nacerían de su propio nombre, la única guía que necesitó para no perderse en el camino. Atesorar su singularidad, tratar de averiguar quien era y actuar de acuerdo con ese conocimiento, allí residíría el meollo del asunto, el quiz de la cuestión, el lienzo fundamental, el ovillo a partir del cual comenzar a tejer. El primer nombre que exploramos en nuestra senda particular fue el de un camposanto. El hombre llamado cementerio tejió un producto original y originado ante la perspectiva de la muerte que, en su combate contra el pensamiento hegeliano alejado de las riquezas de la subjetividad, terminaría por abrir algunas de las primeras puertas del existencialismo. Como si se tratase de una reacción frente al historicismo de Hegel y de otros autores, empeñados en mostrarnos las leyes que subyacen en la historia y hacerla previsible de acuerdo con la razón, cayeron de pronto meteoritos simbolizando la contigencia universal. Sin razón aparente, pues el sentido se había perdido con el impacto de lo imprevisible, finalizaba la primera semana de vida invertebrada con el levantamiento de puentes uniendo contrastes en un gran país.

El sentido de la vida

La pregunta por el sentido de la vida podría no tener sentido, en la medida en que no refleje otra cosa que un espejismo producto de un lenguaje que hasta de lo irreal hace concepto. También es posible que una sucesión de fragmentos con sentido aparente o sin él tenga algún sentido global, incluso puede que exista un sentido de la vida que integre hasta la última historia particular, aunque no lo explique todo. Una explicación inteligible de todo lo que existe podría resultar cómicamente absurda. Es posible que exista un sentido, pero que no se halle a nuestro alcance. Quizás sea un sentido que sea mejor no alcanzar, de ahí que discurramos mitos que den alguna coherencia a nuestra existencia. El sentido de la vida podría venir de un Dios trascendente a través de nuestra fe, que consista precisamente en confiar en que haya un sentido fundamental. Por el contrario, el sentido podría hallarse en el hombre. Luego, necesariamente surgiría dentro del contexto creado por nuestra dependencia mutua, así como con el resto de la naturaleza, por lo que el sentido residiría entonces en el descubrimiento de tal interconexión. Quizás el sentido ni venga de Dios ni venga del hombre, sino de un diálogo entre ambos, o de algún tipo de relación esencial entre el hombre y el resto de la realidad. Es posible que el sentido de la vida consista en la búsqueda del sentido, que el destino del camino consista en el propio camino, que lo relevante sea la pregunta, en lugar de la respuesta. Tal vez la vida tenga un sentido muy diferente al camino que seguimos individual y colectivamente. Podríamos estar completamente errados, todavía llevando la dichosa respuesta con nosotros, porque no sabríamos qué preguntar. ¿Y si el sentido de la vida y la vida misma son incompatibles?, ¿tener que vivir con una ilusión del sentido porque descubrirlo sería morir? Que la vida sólo sea posible en la incertidumbre porque nada más que lo último alberga la Verdad. Que la fuente de la vida sea el vacío y se agote en la plenitud. Así, el sentido de la vida podría estar en la esperanza, en la incertidumbre sobre el sentido, en cuanto dicha esperanza es transformadora. El sentido de la vida podría descansar en la misma contradicción, pues no habría sentido sin su contraste con el absurdo, y sin contradicción no existiría la esperanza de su resolución. Quizás nada de lo que estás leyendo tenga sentido para ti, quizás no te importe si lo tiene, pero después de tantas dudas e interpretaciones observo que contengo una extraña certeza, y es que, si mi vida tiene algún sentido, formas parte de él.

Fuentes de 100 a 200

De cómo R encontró a G

Aunque no puede decirse que fuera un niño precoz en lo sexual, fui ávido de experiencias de una forma que se me antoja inconvenientemente rápida. Así, mi bioquímica terminó por desbocarse como un caballo asustado ante la vista de los acantilados. Hasta el momento de compartir un aula con una mujer en edad de ovular, lo que ocurrió tan tarde como el año en el que cumpliría los 18, estudié en un colegio de frailes católicos. La enseñanza de la anatomía femenina y de los asuntos relacionados con la sexualidad debieron de resultar difíciles para el Hermano responsable de la clase de Biología. Luego no extrañará que entre Hermanos y hormonas nos sintiésemos perdidos. Pero un buen día, alguien tuvo la buena idea de invitar a un ginecólogo para impartir una conferencia sobre sexualidad humana, nada menos que en el Salón Teatro. Cientos de chicos de manos hábiles y plagados de acné estuvieron allí para cerciorarse de que todo aquello que habían visto en fotos era real como la vida misma. Recuerdo la cháchara del doctor como decepcionantemente limpia y repleta de nombres horribles para cosas, a veces bellas y a veces no, pero siempre atractivas. ¿Alguna pregunta? Aunque la gente que me conoce no suele estar de acuerdo conmigo, me tengo por una persona tímida. Sin embargo, y contra todo pronóstico, de entre la muchedumbre asomó el firme brazo de R que significaba: ¿Qué es y dónde está el punto G? La respuesta que obtuve no pasará a los anales de la pedagogía contemporánea, por lo que he decidido proporcionarte otra, querido R, tantos años después. Ella descansa sobre su espalda con las piernas ligeramente flexionadas y el pecho agitado, con sus mejillas sonrosadas se la ve tan hermosa… En esta posición, el punto G se oculta en la superficie interna de la vagina, concretamente en su pared anterior, hacia las doce en punto. Dile amablemente “ven aquí”, acariciando esa zona profunda en las proximidades de la uretra y quizás quiera regalarte un orgasmo. Se llama así en honor del Dr. Gräfenberg, que lo descubrió para la ciencia tras arduas e insistentes investigaciones personales.

« Entradas más antiguas