Abril 30, 2008 a 9:06 am (04. Cuarto de las letras)
Un poema de Wislawa Szmborska titulado “El número Pi”:
El admirable número Pi
tres coma uno cuatro uno.
Las cifras que siguen son también preliminares
cinco nueve dos porque jamás acaba.
No puede abarcarlo seis cinco tres cinco la mirada,
ocho nueve ni el cálculo
siete nueve ni la imaginación,
ni siquiera tres dos tres ocho un chiste, es decir, una comparación
cuatro seis con cualquier otra cosa
dos seis cuatro tres de este mundo.
La serpiente más larga de la tierra suma equis metros y se acaba.
Y lo mismo las serpientes míticas aunque tardan más.
El séquito de dígitos del número Pi
llega al final de la página y no se detiene,
sigue, recorre la mesa, el aire,
una pared, una hoja, un nido de pájaros, las nubes, hasta llegar
directo al cielo,
perderse en la insondable hinchazón del cielo.
¡Qué breve la cola de un cometa, cual la de un ratón!
¡Qué endeble el rayo de un astro si se curva en la insignificancia
del espacio!
Mientras aquí dos tres quince trescientos diecinueve
mi número de teléfono la talla de tu camisa
el año mil novecientos sesenta y tres sexto piso
el número de habitantes sesenta y cinco céntimos
dos pulgadas de cintura una charada y un mensaje cifrado
que dice vuela mi ruiseñor y canta
y también se ruega guardar silencio,
y se extinguirán cielo y tierra,
pero el número Pi no, jamás,
seguirá su camino con su nada despreciable cinco
con su en absoluto vulgar ocho
con su ni por asomo postrero siete
empujando ¡ay!, empujando a durar
a la perezosa eternidad.
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Abril 30, 2008 a 8:39 am (04. Cuarto de las letras)
Un poema de Rafael Alberti dedicado a la proporción áurea:
A ti, maravillosa disciplina,
media, extrema razón de la hermosura
que claramente acata la clausura
viva en la malla de tu ley divina.
A ti, cárcel feliz de la retina,
áurea sección, celeste cuadratura,
misteriosa fontana de mesura
que el Universo armónico origina.
A ti, mar de los sueños angulares,
flor de las cinco formas regulares,
dodecaedro azul, arco sonoro.
Luces por alas un compás ardiente.
Tu canto es una esfera transparente.
A ti, divina proporción de oro.
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Abril 29, 2008 a 8:46 am (04. Cuarto de las letras)
Me han dicho que has vuelto por fin a tu casa
¿Qué has visto en tu viaje por tierras lejanas?
Caí entre la bruma de doce montañas
Vagando por seis autopistas cortadas
En medio de siete bosques callados
Perdido en las costas de negros océanos
Subí a diez mil millas hasta un camposanto
Y llegará, llegará, llegará, llegará la tormenta
Que anuncia el cielo
Me han dicho que has vuelto por fin a tu casa
¿Qué oíste en tu viaje por tierras lejanas?
El ruido de un trueno preludio del miedo
La última ola al final de los tiempos
Tambores sonando en la linea de fuego
Y tantos susurros que no escucha nadie
Oí carcajadas y llantos de hambre
La triste canción del poeta en la calle
La voz de un payaso cubierto de sangre
Y llegará, llegará, llegará, llegará la tormenta
Que anuncia el cielo
Me han dicho que has vuelto por fin a tu casa
¿Y qué harás ahora que el viaje se acaba?
Volver antes de la lluvia de estrellas
A lo más profundo de lo desconocido
Donde hay multitudes sin nada en las manos
Allí donde el sol ha secado los ríos
Donde eres esclavo o un pobre fugitivo
Que ha visto los ojos de un hombre sin rostro
Donde todas las almas han sido olvidadas
Donde negro es el color y el número no existe
Gritaré hasta que quede grabado en el viento
Y mi voz se refleje desde esta montaña
Aunque tenga que andar encima de las aguas
Hasta que esta llamada sea escuchada
Y llegará, llegará, llegará, llegará la tormenta
Que anuncia el cielo
Y llegará, llegará, llegará, llegará la tormenta
Que anuncia el cielo.
Letra de la canción “Llegará la tormenta” de Amaral
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Abril 28, 2008 a 7:32 am (02. Doshechos humanos)
Nada de lo que afirmo es nuevo. Si acaso es nuevo para mí, que al sentirlo o pensarlo lo exploro de nuevo con la escritura. Por supuesto, datos y acontecimientos, pero incluso las ideas toman forma a partir de lecturas y conversaciones. Unas veces las interpreto, las medito, las llevo a cierta profundidad para rescatarlas después agonizantes, otras veces simplemente las comparto y decido transmitirlas. En ocasiones, tengo la impresión de compartirlas antes incluso de conocerlas, en otras, soy consciente de que las pensé antes de haberlas leído. Cuando estoy en desacuerdo, procuro exponer mis razones. En cuanto a los sentimientos, en esencia serán los mismos que surgieron en cualquier momento de la historia que albergase un corazón humano. Así pues, no pretendo ser original más que, tal vez, en la forma, y en la medida en que soy único con todo ese espíritu compartido. Pero sospecho que en más de una ocasión resulto opaco o innecesariamente críptico. Por supuesto, mi intención no es parecer profundo. La pseudoprofundidad es un recurso dialéctico que desprecio porque constituye un engaño. Decía Peter Medawar que aquellos que escriben oscuramente o no saben escribir o traman alguna canallada, y no le falta cierta razón. Al menos existen tres maneras de parecer profundo. La primera de ellas es apelar a paradojas. Por ejemplo, afirmar algo como “la sabiduría reside en no saber” o “conocer es ignorar”. Sin embargo, es evidente que el uso de paradojas o contradicciones no indica necesariamente pseudoprofundidad. Así, detrás de afirmaciones aparentemente contradictorias puede haber verdadera profundidad, aunque, ciertamente, debiera ser explicada. Una especie de pensamiento jánico, que es una constante en muchos de mis escritos, constituye un modo de razonar que trata de poner de manifiesto la fertilidad en la contradicción o la insuficiencia del lenguaje a la hora de describir lo real. Pienso que la realidad transciende al lenguaje. Digamos que hay una realidad inefable, que sólo puede mostrarse más que demostrarse o describirse racionalmente. La poesía y el mito apuntan a esa dimensión de la realidad no reducible lógicamente. La contradicción puede suponer un síntoma de esa impotencia y, por tanto, una puerta abierta, pero también señalar la mera superchería, es cierto. En segundo lugar, uno puede parecer profundo presentando afirmaciones banales como si fueran profundas. El filósofo Nigel Warburton señala que esta es una estrategia comúnmente adoptada por los psicólogos cuando, por ejemplo, dicen con severidad en el rostro: “cuando nacemos, todos somos niños” o “los adultos no siempre son amables con los demás”. Finalmente, una tercera forma de causar pseudoprofundidad consiste en la formulación de preguntas retóricas que no se tiene la intención de responder: ¿realmente podemos ser profundos?
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Abril 26, 2008 a 6:24 pm (12. Docestantería)
… hacía un particular, y algo velado, alegato pacifista en una tierra de abundancia. Decía, amor mío, que la superación del rencor a lo largo de una transformación individual, señala el camino hacia la paz. En definitiva, que la transformación del mundo ha de hacerse primariamente, al menos así lo creo yo, en nuestro interior extinguiendo el miedo con confianza. Poco después, insistía en lo mismo relatando el camino inverso, al tiempo que experimentaba un escalofrío: cómo la pérdida de la confianza da lugar al miedo y éste a la violencia. Sin embargo, la falta de violencia en mi interior fue precisamente lo que me faltó en cierta declaración de intenciones. Aquella vehemente intervención apuntaría algunas otras constantes en estos escritos, tales como la exaltación de la conciencia individual en detrimento de la masa descerebrada, que se mueve de acuerdo con una inercia desencadenada por unos pocos, tal vez parásitos; o la búsqueda incesante de la verdad no detenida por el dogma. En esta búsqueda resulta esencial nuestra capacidad de asombro, la que nos conquistó una vez y nunca debimos perder bajo el cielo estrellado que despertaba la pregunta. Así, explicando la magia con la ciencia revelamos la magia de la ciencia. Cariño, hace un año, también escribía sobre lo conveniente de descansar de películas sesudas cometiendo pequeñas infidelidades con otras más ligeras, lo cual, mira por dónde, me recuerda algo que no te he dicho…
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Abril 24, 2008 a 7:52 am (02. Doshechos humanos)
En 1992, Reynolds Tobacco Company, propietaria de las marcas Winston y Camel, contrató a un actor para una de sus campañas publicitarias. Este hombre observó que ninguno de los directivos de la compañía fumaba, así que se le ocurrió preguntar a uno de ellos el porqué. La respuesta que obtuvo fue la siguiente: “Porque es una mierda. Nosotros nos limitamos a venderla. Eso de fumar es cosa de jovenzuelos, pobres, negros y gilipollas”. No se trata únicamente de palabras. En los últimos años, las grandes tabacaleras norteamericanas han intensificado su negocio en los países en vías de desarrollo e invertido más dinero en publicidad dirigida a los jóvenes. Particularmente, parecen estar interesados en los adolescentes. Esto se debe que las tabacaleras explotan la adicción a la nicotina, y el mercado a largo plazo se halla en los no adictos. Un documento interno de 1978 perteneciente a H. D. Steele y Brown & Williamson Tobacco Corporation incluía la afirmación: “Una cantidad considerable de consumidores son conscientes de lo que es la nicotina, una sustancia adictiva y un veneno”. C. H. Teague Jr., director del departamento de investigación y desarrollo de Reynolds escribió en uno de sus informes: “En cierto sentido, la industria tabacalera es una rama sumamente refinada y especializada de la industria farmacológica. Sus productos se centran tan sólo en la administración de nicotina, una droga muy potente con una gran variedad de efectos psicológicos [...] el tabaco, de hecho, no es más que el vehículo empleado para suministrarla”. La nicotina es altamente adictiva y se ha demostrado que en los últimos treinta años desarrollaron investigaciones encaminadas a modificar la molécula con el fin de aumentar la adicción disminuyendo la dosis. Por otro lado, se sabe que han diversificado sus intereses económicos y se sospecha de alianzas entre las tabacaleras y las compañías farmacéuticas dedicadas al desarrollo de terapias contra la adicción. Un fumador inhala aproximadamente un miligramo de nicotina por cigarrillo y un 25% de esta cantidad alcanza el cerebro en menos de siete segundos. Pero el humo de un cigarrillo contiene más de 4.000 sustancias diferentes, incluyendo carcinógenos de varios tipos. Los más importantes son los hidrocarburos aromáticos policíclicos, las arilaminas y las N-nitrosaminas. La transformación de estas sustancias depende del organismo del fumador, de ahí que no todos sufran los mismos efectos. Sin embargo, se ha demostrado, fuera de toda duda, que hay una relación directa entre el tabaco y varios tipos de cáncer. Además, es un factor determinante en el desarrollo de enfermedad cardiovascular, lo que incluye al fumador pasivo. De hecho, varios estudios de la American Heart Association concluyeron que las personas que se encuentran habitualmente en lugares con altas concentraciones de humo procedente del tabaco tienen un riesgo de muerte, ocasionado por un trastorno coronario, un 30% mayor. Desde 1950 hasta el año 2000, se ha estimado que el número de muertes anuales en el mundo debidas al tabaco oscila entre los dos millones y medio y los cinco millones.
Datos publicados por Dan Agin, editor jefe de Science Week
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Abril 23, 2008 a 8:30 am (06. Seísmos)
Hace años tuve un profesor de Geografía al que una vez escuché decir que la mayoría de la gente que se declara comunista no tiene ni idea de lo que significa el comunismo. Entonces debí sentirme identificado con aquellas palabras, pues estimularon en mí cierta investigación. Tenía quince años y no ocultaba mi simpatía por el comunismo en un colegio de curas. Sorprendentemente, mi comunismo se nutría menos de Marx que de Jesús de Nazaret. Aunque nunca tuve un carácter belicoso, sino al contrario, sigo exhibiendo un ímpetu provocador que no siempre logro domar. Habrían de pasar varios años de agitación interior hasta que aquella persona, que zumbaba como una mosca cojonera, empezase a revelar su verdadero rostro, en vez de confundirlo en una colectividad por abstracta que fuese. Ahora pienso que aquel profesor estaba en lo cierto, y las cosas no han cambiado mucho. En palabras de Hermann Hesse, “la mayoría de los hombres no tienen credo político propio, sino el de su casta; tanto los capitalistas como los socialistas son, en su noventa y nueve por ciento, partidarios de opiniones para cuyo examen no les alcanza su inteligencia”. Comparto con este humanista la opinión de que todo hombre representa un universo único, potencialmente maravilloso, y que el primer paso hacia el totalitarismo, sea del color que sea, consiste precisamente en sustituir la conciencia personal por la colectiva. Un fenómeno que siempre me ha repelido, incluso siendo un adolescente. Pero el individuo inseguro se refugia en la masa para dejar de pensar, y renuncia a la libertad para evadir su responsabilidad y sentirse arropado por el número. De nuevo Hesse: “Muchas veces he visto cómo una sala llena de hombres, una ciudad llena de hombres, un país lleno de hombres caían en ese éxtasis y vértigo que convierten a una multitud de individuos en una sola unidad, una masa homogénea; he visto cómo todo lo individual se apaga y cómo el entusiasmo que provoca la conformidad de pareceres, la confluencia de todos los instintos en un instinto de masas, llena a cien, mil o millones de un sentimiento de superioridad, de un deseo de entrega, de un desprendimiento de la propia personalidad y de un heroísmo que en un principio se manifiesta en llamadas, gritos, escenas de confraternidad con emoción y lágrimas y finalmente acaba en guerra, locura y ríos de sangre. Mi instinto de individualista y artista me ha prevenido continuamente contra esta capacidad del hombre de embriagarse con el sufrimiento común, el orgullo común, el odio común, el honor común. Cuando en una sala, un pueblo, una ciudad o un país se hace patente este sofocante sentimiento de entusiasmo, me vuelvo frío y desconfiado; entonces me recorre un temblor y veo ya la sangre fluir, las ciudades en llamas, mientras la mayoría de mis conciudadanos, con lágrimas de entusiasmo y profunda emoción en los ojos están aún ocupados en aclamar y confraternizar”. Lo trágico es que sean inocentes.
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Abril 22, 2008 a 3:52 pm (07. El séptimo arte)
Me encanta el cine y muchas veces siento que el que menos me interesa es el cine español, lo cual no significa que no desee otra cosa que las aceitosas palomitas venidas del otro lado del charco. Sin embargo, buena parte del cine clásico americano lo encuentro soberbio y lo disfruto como ningún otro. Todavía dejan caer un par de joyas al año que robo obsesionado. ¿Por qué me interesa menos el cine de mi propio país? Desde luego, aborrezco las estúpidas comedias de siempre. Si el yankee nos atiborra una y otra vez con las mismas tonterías, debo añadir que mis paisanos hacen lo propio, aunque con menos efectos especiales. Opino que el buen cine es como la buena literatura, conecta íntimamente con el espectador/lector, independientemente del lugar donde haya nacido. Sin embargo, al menos en el cine, hay un componente estético estrechamente ligado a la tierra, que es de crucial importancia, y creo que explica mi predilección por las películas de otros tiempos y lugares. Lo que despierta mi curiosidad es observar cómo viven otras gentes, y cómo tras apariencias tan encantadoramente ajenas sienten apasionadamente como tú y como yo. Por esta razón me interesan esas historias, por las apariencias, supongo, y cuanto más diferentes mejor. Tal vez sea por eso que me atraen los clásicos americanos y japoneses, y manifiesto debilidad hacia el cine oriental contemporáneo. Particularmente, el cine japonés, chino y coreano me seduce sin remedio, y es tan diferente… ¡delicioso! Pero cada año debo hacer el mismo ejercicio de limpieza y separar lo brillante de la ingente ganga venida de Estados unidos y de este país desunido. Con todo, apenas extraigo un puñado de títulos y casi ninguno traído con el Sol. Supongo que me pasa como con la política, quiero más diversidad y menos nacionalidad, más mundo y menos lugar. Pero no seré yo quien confunda política y cultura, una vez más, porque allende de las apariencias está el hogar.
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Abril 20, 2008 a 12:53 pm (06. Seísmos)
En mi opinión, el opio del pueblo es hoy el consumismo. Con la adquisición de una multitud de objetos innecesarios el hombre trata de llenar un vacío interior que cada vez es más voraz. El déficit existencial es sublimado con la acumulación, sometiéndose a falsas necesidades que le proporcionan las ataduras con las que pretende asirse al mundo. Cree que se aleja del abismo que avanza desde el corazón, pero en realidad lo alimenta. Tales ataduras son paradójicas, pues sin sujetarlo firmemente le impiden adquirir la libertad y la fuerza necesaria para afrontar la ausencia. Aunque estoy de acuerdo con Ernesto Sábato cuando afirma que en la actualidad la televisión es el opio del pueblo, que el hombre apenas se comunica realmente, que se emboba sumergiéndose en la mediocridad a la que nos condena la caja tonta, y que de forma patética vuelca sus afectos en la pantalla del ordenador, pienso que la adquisición, casi compulsiva, de cosas como un televisor juega un papel similar, anestesiante. Tengo una amiga que oculta el horrendo cuadrado negro con un tapiz, temerosa de que absorba su sensibilidad. Ya casi no veo la televisión, pero en ocasiones atiendo a las noticias o a un evento deportivo; a veces, como el otro día, presto atención a algún reportaje ocasional. Pero encuentro la publicidad insoportable, tremendamente agresiva, así que, la mayor parte del poco tiempo que permanece encendida la hago enmudecer. Qué gran invento que el mando lleve incorporado el botón del silencio, ¡qué alivio! Lo que extingue el vacío, sin embargo, no son cosas materiales, por muy pesadas que nos parezcan. Lo que acaba con el vacío son los mismos valores que aparentemente nos han arrebatado o hemos olvidado. Un sentido del honor, de la dignidad personal, del respeto por uno mismo. Para el que adopta una ética basada en el honor, las cosas cobran el sentido que les corresponde, no son más que cosas, y las personas sólo pueden ocupar el primer lugar porque nada hay más digno de respeto. Si las personas no se comunican es porque los interlocutores se han diluido, han desaparecido, y ellos mismos no se encuentran. En la ética del honor la confianza se convierte casi en una necesidad. Es algo que se ofrece porque otra cosa sería fabricar desde el principio una miseria común. En cambio, la confianza perfila tu interior porque es transformadora. Hay quien opina que desconfiar es inteligente, yo creo que traicionar la confianza es una necedad, y ejercitarse en la desconfianza es dañino para uno mismo y para los demás. Pero la televisión entroniza la vulgaridad, y hace de la traición y la mentira el pan de cada día. Las gentes terminan admirando a unos patéticos personajes que no dejan de dar bandazos como una gallina recién decapitada. Y se olvida el honor o se percibe como un valor anacrónico de individuos ridículos que se enfrentan en un duelo. ¡Qué error más ingenuo! Y que triste resulta el maltrato al que nos sometemos una y otra vez, sin acabar de ver lo más sencillo, lo que tenemos más cerca.
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Abril 17, 2008 a 8:04 am (11. Oncestontería)
Verano del 2001, Kerala, la India. Aseguran que llovió sangre. Durante aquellos meses cayeron intermitentemente precipitaciones de color rojo sobre la región. La hemorragia fue abundante, aunque extraordinariamente local. Así, unos pocos metros en los que llovía rojo pudieron estar rodeados de lluvia vulgar. Además, se informó de un ruido, similar al causado por una explosión, que precedió a la primera de las lluvias. Nadie supo la causa del fenómeno, si bien se barajan varias hipótesis. No parece probable que la lluvia estuviese coloreada por arenas traídas de otras partes, del desierto, por ejemplo, debido a la localización arbitraria y al hecho contrastado de que la lluvia contiene células rojas. ¡Uhmm! células rojas… ¿y si se trata de sangre? Algún experto en la materia postuló que un gran objeto habría impactado con una nube de murciélagos a gran altura, pero, a no ser que fuesen vampiros colisionando con un enorme crucifijo, no parece una gran hipótesis. Los científicos parecen haber acordado que las células son esporas de un alga, pues eso fue lo que creció del cultivo de las células rojas halladas en la lluvia. La explicación al origen de las toneladas de esporas en las nubes se reservó para las gentes más imaginativas. No obstante, los científicos Godfrey Louis y A. Santhosh Kumar sugirieron que las células en cuestión eran alienígenas debido a que no lograron encontrar ADN en su interior. Pero, ¡si mis glóbulos rojos no tienen núcleo! Ciertamente, que mi sangre sea alienígena explica muchas cosas. Todo ese rollo de la contradicción interior, para no ir más lejos. Ahora comprendo las palabras del poeta cuando decía albergar multitudes, el vivo sin vivir en mí de los místicos, o las quejas de la niña del exorcista, y no me refiero a Rajoy, por mucho que ansíe extirpar el mal en sociedad. Louis y Kumar publicaron su hipótesis en una importante revista científica, que se presentó como la primera evidencia de la panspermia universal. El meteorito con las semillas de la vida habría explotado en su contacto con la atmósfera. Otros científicos dicen haber encontrado evidencias de ADN en tales células, por lo que no tardarán en salir a la palestra los más perspicaces, los exploradores del ADN alienígena. Y en un laboratorio abandonado, un becario habrá descuidado el cultivo, y aquello crecerá como el miembro de un cura en verano. Chu Li, un operario encargado de la limpieza, aprovechará el descuido para hacerse una ensalada, que comerá en el avión de vuelta a casa durante las vacaciones de verano. Y una diarrea incontenible seguirá al estruendo que recordarán de por vida las bellas azafatas del vuelo 6702 de Asia Pacific Airlines.
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