El maestro y su discípulo estaban haciendo una excursión. El discípulo preguntó de repente: ¿cómo hallar la armonía que pone fin a la ignorancia y a la pesadumbre? El maestro no respondió y siguieron caminando. ¿Cómo encontrar esa armonía que nos libera de la ignorancia y de la pesadumbre? Pero el maestro volvió a guardar silencio. Poco después, el discípulo dio un traspié y cayó al suelo.
Durante años, un guardia fronterizo estuvo obsesionado con un supuesto contrabandista que cruzaba la frontera cada semana montado en su burro. El guardia estaba seguro de que aquel hombre trasladaba mercancías de un lado a otro de manera ilegal. Sin embargo, nunca logró demostrarlo. Después de muchos años, cuando los dos eran ancianos y ninguno se preocupaba ya por el otro, se volvieron a encontrar. Entonces, el que había sido guardia expresó al otro su convencimiento y le preguntó: dime, ¿qué mercancía pasabas? A lo que el hombre respondió: burros.
Pienso que la tarea fundamental en la vida consiste en el conocimiento de uno mismo que anticipa su realización. Paradójicamente, nuestra libertad se halla en protagonizar nuestro destino, en conocer nuestro nombre. Si la inteligencia significa algo, la vida inteligente es una vida ética establecida de acuerdo con lo que se es. Una vida centrada en la dignidad personal. De nuevo, todo lo grande empieza por lo pequeño. Si eres incapaz de ser sincero contigo mismo, ¿cómo esperas encontrar la verdad? ¿Cómo puede aspirar a la armonía que disipe la ignorancia y la pesadumbre quien no es capaz de armonizar sus piernas?¿Cómo puede observar nada quien no observa primero su propia agitación?

