Siendo niño inventé un alfabeto. Supongo que muchos críos hacen este tipo de cosas, pues permite gozar con los secretos inconfesables que tanto abundan en la infancia. Me fascinaban los símbolos, así que, simplemente, discurrí nuevas letras. Luego el lenguaje era el español; el alfabeto, el más exquisito romoniano. Aunque no había que ser muy inteligente para descifrar aquellos mensajes, lo cierto es que los adultos no destacan por la paciencia que dedican a las ocurrencias infantiles, lo cual es una lástima, pues el niño casi siempre nos invita a cruzar puertas de entrada a mundos de fantasía cuyas llaves olvidamos en rincones oscuros con el paso del tiempo. En 1912, un archivero llamado Wilfrid Michael Voynich compró en secreto a unos jesuitas italianos, ávidos del vil metal, un manuscrito de más de 200 páginas supuestamente redactado hace más de cuatro siglos por un autor anónimo. El alfabeto y el lenguaje son desconocidos, y expertos de todo el mundo, dedicados a múltiples disciplinas, desde matemáticos a medievalistas, pasando por todo tipo de lingüistas, no han logrado desentrañar el enigmático texto. Durante algún tiempo se creyó incluso que se trataba de un fraude del propio Voynich hasta que se descubrió una carta fechada en 1639 en la que un alquimista pedía ayuda a un jesuita para descifrarlo. También se sabe que hacia 1600 el emperador Rodolfo II pagó por lo que podría haber sido el producto de una travesura, la fortuna de 600 ducados de oro. Siglos más tarde, en 1961, el anticuario Hans P. Kraus pretendió venderlo por 25.000 dólares, pero no encontró comprador y decidió donarlo a la Universidad de Yale, su morada actual. Por lo visto, y nunca mejor dicho, pues mucho de lo poco que creemos saber del texto procede de las ilustraciones que lo acompañan, incluye la descripción de algunas plantas desconocidas, así como una suerte de información astronómica. Se cree que se trata de un texto alquímico, pero nadie lo sabe con certeza. Muestra varias mujeres desnudas cuyo corte de pelo se corresponde con la moda imperante en la segunda mitad del siglo XV, así que bien podría tratarse del estimulante material bajo el lecho de un adolescente de la época. Se ha dicho que su autor es Roger Bacon, otros aseguran que fueron los cátaros, que sus vocales contienen un antiguo sistema taquigráfico griego, que está escrito en ucraniano sin vocales, en hebreo ligeramente cifrado, en una lengua asiática pero con alfabeto inventado, que es una absurda falsificación para sacar dinero, que se trata de un texto manchú…. Supongo que sobran las ideas cuando nadie tiene ni idea, y cuando nadie tiene ni idea se encuentran las llaves olvidadas. Es mi deseo que los que hayan perdido el conocimiento que nunca tuvieron jamás te golpeen en la cabeza con una de esas llaves rescatadas. Son llaves para ganar el corazón y no para perder la cabeza.
El manuscrito Voynich
Abril 15, 2008 a 11:35 am (10. Diezmito)

