El opio del pueblo

En mi opinión, el opio del pueblo es hoy el consumismo. Con la adquisición de una multitud de objetos innecesarios el hombre trata de llenar un vacío interior que cada vez es más voraz. El déficit existencial es sublimado con la acumulación, sometiéndose a falsas necesidades que le proporcionan las ataduras con las que pretende asirse al mundo. Cree que se aleja del abismo que avanza desde el corazón, pero en realidad lo alimenta. Tales ataduras son paradójicas, pues sin sujetarlo firmemente le impiden adquirir la libertad y la fuerza necesaria para afrontar la ausencia. Aunque estoy de acuerdo con Ernesto Sábato cuando afirma que en la actualidad la televisión es el opio del pueblo, que el hombre apenas se comunica realmente, que se emboba sumergiéndose en la mediocridad a la que nos condena la caja tonta, y que de forma patética vuelca sus afectos en la pantalla del ordenador, pienso que la adquisición, casi compulsiva, de cosas como un televisor juega un papel similar, anestesiante. Tengo una amiga que oculta el horrendo cuadrado negro con un tapiz, temerosa de que absorba su sensibilidad. Ya casi no veo la televisión, pero en ocasiones atiendo a las noticias o a un evento deportivo; a veces, como el otro día, presto atención a algún reportaje ocasional. Pero encuentro la publicidad insoportable, tremendamente agresiva, así que, la mayor parte del poco tiempo que permanece encendida la hago enmudecer. Qué gran invento que el mando lleve incorporado el botón del silencio, ¡qué alivio! Lo que extingue el vacío, sin embargo, no son cosas materiales, por muy pesadas que nos parezcan. Lo que acaba con el vacío son los mismos valores que aparentemente nos han arrebatado o hemos olvidado. Un sentido del honor, de la dignidad personal, del respeto por uno mismo. Para el que adopta una ética basada en el honor, las cosas cobran el sentido que les corresponde, no son más que cosas, y las personas sólo pueden ocupar el primer lugar porque nada hay más digno de respeto. Si las personas no se comunican es porque los interlocutores se han diluido, han desaparecido, y ellos mismos no se encuentran. En la ética del honor la confianza se convierte casi en una necesidad. Es algo que se ofrece porque otra cosa sería fabricar desde el principio una miseria común. En cambio, la confianza perfila tu interior porque es transformadora. Hay quien opina que desconfiar es inteligente, yo creo que traicionar la confianza es una necedad, y ejercitarse en la desconfianza es dañino para uno mismo y para los demás. Pero la televisión entroniza la vulgaridad, y hace de la traición y la mentira el pan de cada día. Las gentes terminan admirando a unos patéticos personajes que no dejan de dar bandazos como una gallina recién decapitada. Y se olvida el honor o se percibe como un valor anacrónico de individuos ridículos que se enfrentan en un duelo. ¡Qué error más ingenuo! Y que triste resulta el maltrato al que nos sometemos una y otra vez, sin acabar de ver lo más sencillo, lo que tenemos más cerca.