Me encanta el cine y muchas veces siento que el que menos me interesa es el cine español, lo cual no significa que no desee otra cosa que las aceitosas palomitas venidas del otro lado del charco. Sin embargo, buena parte del cine clásico americano lo encuentro soberbio y lo disfruto como ningún otro. Todavía dejan caer un par de joyas al año que robo obsesionado. ¿Por qué me interesa menos el cine de mi propio país? Desde luego, aborrezco las estúpidas comedias de siempre. Si el yankee nos atiborra una y otra vez con las mismas tonterías, debo añadir que mis paisanos hacen lo propio, aunque con menos efectos especiales. Opino que el buen cine es como la buena literatura, conecta íntimamente con el espectador/lector, independientemente del lugar donde haya nacido. Sin embargo, al menos en el cine, hay un componente estético estrechamente ligado a la tierra, que es de crucial importancia, y creo que explica mi predilección por las películas de otros tiempos y lugares. Lo que despierta mi curiosidad es observar cómo viven otras gentes, y cómo tras apariencias tan encantadoramente ajenas sienten apasionadamente como tú y como yo. Por esta razón me interesan esas historias, por las apariencias, supongo, y cuanto más diferentes mejor. Tal vez sea por eso que me atraen los clásicos americanos y japoneses, y manifiesto debilidad hacia el cine oriental contemporáneo. Particularmente, el cine japonés, chino y coreano me seduce sin remedio, y es tan diferente… ¡delicioso! Pero cada año debo hacer el mismo ejercicio de limpieza y separar lo brillante de la ingente ganga venida de Estados unidos y de este país desunido. Con todo, apenas extraigo un puñado de títulos y casi ninguno traído con el Sol. Supongo que me pasa como con la política, quiero más diversidad y menos nacionalidad, más mundo y menos lugar. Pero no seré yo quien confunda política y cultura, una vez más, porque allende de las apariencias está el hogar.

