Recientemente, cambiamos nuestro horario de trabajo. Ahora realizamos lo que se suele llamar una jornada intensiva. Casi no interrumpimos nuestra actividad para comer. El objetivo es salir pronto de entre estas cuatro paredes, entre las cinco y las seis de la tarde, para poder así dedicar el resto del día a lo que se quiera. Ayer, durante la comida, me decía un compañero que con el cambio todavía trabajaba más horas, lo cual es cierto, pues me consta que sigue quedándose hasta muy avanzada la tarde. ¿Y que vas a hacer, aburrirte en casa?, me decía. Entonces recordé las palabras de Oscar Wilde “el trabajo es el refugio de los que no tienen nada que hacer”. Tal vez tenga razón y nos falte creatividad incluso para ser felices. El trabajo podría servir de paradójico refugio para evitar la tarea más importante, que es personal. Al fin y al cabo, decía Flaubert, el trabajo constituye el mejor medio para pasar la vida sin ser visto, incluso por uno mismo, añadiría yo. Y es que, en cierto modo, el trabajo nos diluye en la masa y se nos recompensa por ello. No creáis que se nos paga por nuestro trabajo, se nos paga por nuestra sumisión, decía Baroja. Desde este punto de vista uno comprende mejor a quienes como Faulkner pensaban que es una vergüenza que en el mundo se trabaje tanto. Ciertamente, uno podría alegar que el trabajo forma parte de la realización de la persona, y estoy de acuerdo, pero, como ocurre con casi todo lo difícil, se trata de una cuestión de equilibrio. Mi crítica apunta a una determinada manera de entender el trabajo donde todo lo que que importa es el dinero que puedas ganar a cambio de él. Con las orejeras puestas, sin pensar en otra cosa, dedicamos la mayor parte de nuestro tiempo a ser unos burros. Así por ejemplo, Lawrence J. Peter, autor del famoso principio de Peter, se extrañaba de que dediquemos la mayor parte de nuestra vida a hacer cosas que no nos gustan con el fin de ganar dinero para comprar cosas que no necesitamos e impresionar a personas que no nos caen bien. Muchas veces, personas que no conocemos en absoluto, pero nos presentamos ante ellas a través de los objetos y, pretendiendo rodearnos de objetos bellos, cuando no simplemente caros, para que nos definan como personas no hacemos más que acrecentar nuestra fealdad. En cierta ocasión, mi jefe me hablaba de la dignidad del trabajo, de la cultura del trabajo, tan presente en los países anglosajones. ¿Y si Melville tenía razón? ¿Y si la dignidad está en el ocio? Cada día que pasa estoy más de acuerdo con Frederik Pohl cuando afirmaba que lo que distingue a un hombre no es tanto su manera de ganarse la vida como su manera de perder el tiempo. Bueno, ya va siendo hora de ponerme a trabajar…
Microquimerismo
Mayo 29, 2008 a 8:45 am (05. Quinta esciencia)
Las circunstancias han querido que durante este último cuatrimestre haya impartido clases de genética. Una de las primeras cosas que dije a mis alumnos fue algo muy básico que aprendí de mis profesores. Que todas las células del organismo diploide, con excepción de algunos tipos anucleados, tales como los eritrocitos en los seres humanos, y los gametos, cuyos núcleos contienen un número haploide de cromosomas, tienen la misma información genética. Si el componente genético de la diferenciación celular y tisular es tan variable, se debe a la expresión diferencial de los mismos genes. Sin embargo, estaba equivocado. Las investigaciones del equipo de J. Lee Nelson, entre otros, han demostrado que el microquimerismo es relativamente común. Muy probablemente, cada uno de nosotros contiene unas pocas células de otros individuos genéticamente distintos, especialmente de nuestras madres. En este caso se habla de microquimerismo materno. Cuando se analizan un total de 100.000 células por individuo se lo detecta en un 20% de los sujetos, pero se cree que el porcentaje de “quimeras” es mucho mayor. Se trata de células que atravesaron la placenta y ahora circulan por nuestra sangre o se incorporaron a diferentes tejidos. Aunque la mayoría de las células no viven demasiado tiempo, se ha demostrado que algunas de estas células foráneas pueden persistir durante años. Esto se debe a que se trata de células madre, nunca mejor dicho, o bien células poco diferenciadas que han derivado recientemente de ellas. Tales células pueden dar lugar a otras sirviendo de semillas que arraigan en diferentes regiones de nuestro cuerpo. Durante el embarazo, el feto también puede transferir células a la madre (microquimerismo fetal). De hecho, se hallan células masculinas en mujeres que tuvieron niños. Aunque el microquimerismo parece estar implicado en varias enfermedades autoinmunes, tales como el lupus, escleroderma o la diabetes tipo 1, también se sabe que juega un papel beneficioso en la reparación de tejidos. Otras causas de microquimerismo son el intercambio de células entre gemelos y, aunque no se haya demostrado, es teóricamente posible la adquisición de células desde un hermano mayor a través de la madre. Se desconoce si el fenómeno es posible mediante relaciones sexuales. Por supuesto, tiene lugar durante ciertas intervenciones médicas, incluso en transfusiones sanguíneas a pesar de la irradiación a la que es sometida la sangre (microquimerismo iatrogénico). Es interesante que el microquimerismo materno se haya descubierto en el cerebro del ratón, ya que sugiere que las células maternas podrían influir en el desarrollo cerebral y plantea la cuestión acerca de si el cerebro realmente nos pertenece.
Complejidad evolutiva
Mayo 28, 2008 a 9:29 am (09. Nuevevolución)
La mayoría de la gente reconoce en la evolución biológica un incremento de complejidad. Así por ejemplo, se suele admitir que un árbol es menos complejo que un ser humano y que por ello los seres humanos estamos más evolucionados que los árboles. Sin embargo, esta afirmación contiene varias confusiones. En primer lugar, uno debiera aclarar lo que entiende por complejo, pues siendo cierto que todos tenemos una idea de lo que es la complejidad, la comparación conlleva alguna forma de medirla, lo que plantea un problema distinto. En segundo lugar, lleva implícita una cierta noción de progreso en la evolución, lo cual es discutible. Aun admitiendo que un árbol sea menos complejo que un ser humano, es perfectamente posible que uno no esté más evolucionado que el otro, ya que árboles y seres humanos no compiten en la misma “carrera evolutiva”. Árboles y seres humanos se adaptan a entornos distintos y ocupan nichos biológicos que no pueden ser más diferentes. De hecho, la morfología del proceso evolutivo no es lineal, sino arborescente, por lo que el roble y el niño que juega en sus ramas forman parte de especies igualmente evolucionadas, en cuanto que no se han extinguido. Afirmar que una especie está más evolucionada que otra tiene poco sentido. Luego, ¿tiene sentido hablar de progreso? Suponiendo que exista un incremento de complejidad, si la idea de progreso lleva implícito un avance hacia una suerte de óptimo guiado por fuerzas externas, entonces la mayoría de los biólogos negaran que haya progreso. A la luz de lo que observo, comparto el rechazo a semejante visión teleológica del proceso evolutivo. La visión de Teilhard de Chardin, por ejemplo. Pero, ¿significa esto que el incremento de complejidad es ficticio? Muchos biólogos, entre los que se incluyen Edward O. Wilson y Francisco J. Ayala, consideran que el aumento es evidente, entendiendo la complejidad como la capacidad del organismo de procesar información. Estos autores consideran la complejidad como una adaptación evolutiva, y en este sentido reconocerían cierto progreso en la evolución. No obstante, admitiendo que el incremento en dicha capacidad constituya una adaptación en cualquier situación de lucha por la supervivencia, ¿puede afirmarse que haya progreso a escala global? En opinión de Stephen Jay Gould, no. No me explayaré aquí sobre esta cuestión, sólo pretendo señalar que admitir el incremento de complejidad y el progreso en la evolución son dos cosas distintas. De hecho, con razón se puede negar este último y aceptar aquel, tal y como hace Dan McShea, por ejemplo. Que yo sepa, la selección natural es el único mecanismo evolutivo directamente responsable de la adaptación. Luego, ¿es la selección natural la única causa del incremento en complejidad? Algunos herejes de la biología, tales como Brian Goodwin y Stuart Kauffman no sólo lo niegan, sino que afirman que no se trata del factor principal. Estos autores entienden que la complejidad biológica es una propiedad emergente de un fenómeno de autoorganización. Un orden global que surge espontáneamente de la interacción local y que, por tanto, no puede ser explicado a partir del mero análisis de los elementos constituyentes. Interpretan la complejidad evolutiva en términos de la teoría del caos. Pero eso, como el progreso, es otra historia.
Vive como quieras
Mayo 27, 2008 a 8:25 am (07. El séptimo arte)
La película de Frank Capra tiene momentos espléndidos y un final algo estúpido. Ciertamente, no puede decirse que sea un gran admirador de este director. Lo encuentro blando, ingenuo, sensiblero y empalagoso, y exhibe un americanismo que alcanza cotas que me resultan desagradables. Comparto, sin embargo, su preocupación por los valores, como su ataque al materialismo, básicamente entendido como el culto al dinero, aunque no siempre me parezca convincente. Crítica semejante está presente en varias de sus obras, en algunas de ellas, como la aquí reseñada o en “El secreto de vivir”, de manera explícita. Pero sobre todo, admiro la afirmación que en “Vive como quieras” hace de la libertad individual, en detrimento del “pensamiento” colectivo. La percibo como una defensa de la espontaneidad, de la creatividad y de la peculiaridad individual. En una escena memorable, el abuelo expresa su desconcierto ante la marea de –ismos que nos inunda. Señala cómo las gentes habiendo perdido su valor o su identidad rápidamente se buscan uno disponible. Cuando se renuncia a ser uno mismo, no hay como un –ismo, aunque pueda haber comunismo. Creo que fue Thoreau quien dijo una vez que si nos observamos a nosotros mismos sistemáticamente haciendo lo mismo que los demás, entonces habrá llegado el momento de detenerse a pensar. Recientemente, en una comida entre compañeros, una mujer expresó su convencimiento de que yo exageraba mi excentricidad con la intención de llamar la atención. La escena resultó tan ausente de educación como se pueda imaginar, si bien fui consciente de que el movimiento no era malintencionado. Dejando al margen la cuestión de la vanidad, me temo que nadie está libre de ella, el ataque fue en realidad a lo diferente, a lo que no estamos dispuestos a comprender porque nos enfrenta íntimamente con nosotros mismos. Si bajo el microscopio pusiésemos a todo individuo observaríamos que no hay nadie normal, que la normalidad es una abstracción o una imposición, que lo concreto es diferente en la medida en que sea honesto. No hay raritos, querida mía, sino personas que no temen expresarse tal y como son, y personas que viven bajo la omnipresente mirada del Gran Hermano. Es decir, siendo tal y cómo los otros han decidido que debes ser. Por supuesto, es esta una manera de ser irreal, pues las gentes se comportan como autómatas, esclavas, exhibiendo emociones y comportamientos ajenos, acordes con algún rol socialmente aceptable. La verdadera diversidad constituye para ellas una amenaza. Lo dramático del asunto es que tal alienación es tan sutil que de ella se suele permanecer inconsciente, pero es profundamente nociva, ya que se pierde de vista el ser, quien sabe si para siempre. La renuncia a la libertad suele reflejar una huída del ser porque en realidad es frágil y desvalido. Se sacrifica la libertad a cambio de la aparente firmeza que ofrece la multitud, el –ismo, o el personaje. Entregamos nuestro nombre a cambio de un número. En lugar de atesorar y cultivar nuestro espíritu, un extracto puro y original, lo vertemos afuera, como el agua sucia (de hecho, el asunto no me parece desligado de la autoestima), y lo sustituimos con objetos e ideología. Pues bien, vive como quieras, pero antes de saber cómo quieres vivir debes saber que eres tú quien lo quiere. (****)
Hace un año…
Mayo 26, 2008 a 10:12 am (12. Docestantería)
Deliraba entre números y números en un malicioso ejercicio de selección para dar razón de la superstición. Denunciaba en la sombra de los poderosos su asociación. Reflejo fugaz del poder económico dominando al poder político, a todos subyugando más que un poquito. Un poder económico que anestesia la voluntad con el consumo, que inventa la enfermedad y desprecia el ayuno. Hasta la transgénesis de una inmensa fortuna afirma acabar con la hambruna, y los tentáculos manosean el alimento, no miento. ¡Hipócritas! Monstruos sacrificando seres humanos engordan y engordan, manchadas de sangre sus manos, pero no explotan. Mas llegará el día en el que salve al mundo la poesía. Asistirá su respiración una poesía ilustrada, una razón poética, mirar directamente a la nada, dejar la sinrazón patética. Entonces todos podrán elegir y de las cosas que piensa esta cabeza no me dolerá reír mientras tomo una cerveza.
¿Qué es un gen?
Mayo 23, 2008 a 8:32 am (09. Nuevevolución)
Definir lo que es un gen no es nada fácil. Necesariamente se trata de un fragmento de ADN o, como en el caso de ciertos organismos, de ARN. Pero si hallar una condición necesaria no plantea dificultades, que la condición resulte suficiente ya es harina de otro costal. ¿Cómo de grande ha ser el fragmento para que pueda hablarse de un gen? Habitualmente se define el gen como una unidad funcional. Es decir, un fragmento de ADN que ejerce un efecto sobre el fenotipo. Así pues, un gen no puede ser un único nucleótido, ya que, tal y como reconoce Dawkins, no tiene sentido referirse al efecto fenotípico de una adenina si no es dentro de un contexto definido por otros nucleótidos. El problema principal estriba en que la relación entre el genotipo y el fenotipo es compleja, incluso cuando se ignora la influencia ambiental. Por ejemplo, cualquier rasgo morfológico, digamos la forma del ojo, suele estar determinado por fragmentos de ADN dispersos por buena parte del genoma, luego, ¿dónde está el gen para ese carácter? Suele decirse en tales casos que el rasgo tiene una herencia poligénica, que son varios los genes implicados, pero resulta que la expresión de cada uno de esos genes, que tienen un efecto directo, depende a su vez de la variación en otros lugares del genoma. En otras palabras, la expresión de lo que decidamos que es un gen parece tener poco sentido si no es dentro del contexto definido por otros genes, algo que probablemente Dawkins se mostraría reacio a admitir. Los genes homeobox constituyen un ejemplo extremo, pues sin la expresión de alguno de estos genes, que tiene lugar en fases tempranas del desarrollo embrionario, no habría la posibilidad de llegar a formar ojos. ¿Deberíamos incluir tales fragmentos en nuestra definición del gen para la forma del ojo? Uno podría tratar de simplificar la cuestión planteándola en el nivel fenotípico más básico y referirse a genes como cistrones. Así, podría decirse que un gen es un fragmento de ADN que se transcribe primero y se traduce después para dar lugar a una cadena polipeptídica. Sin embargo, mientras la definición esté basada en el efecto fenotípico seguiremos teniendo problemas similares. Por ejemplo, es sabido que el transcripto primario se modifica, al igual que la proteína resultante del proceso de traducción, así pues, ¿deberíamos incluir a los fragmentos de ADN responsables de tales modificaciones como parte del gen cuya expresión da lugar al polipéptido?, por no hablar de las ambigüedades introducidas por el splicing diferencial, o el ADN compactado en heterocromatina que no será transcrito ¿es que carece de genes? Y si la unidad funcional sufre la mutación de una base causando la pérdida de la función ¿dejaría entonces de ser un gen? Autores como Philip Kitcher y Kim Sterelny, que han reflexionado largamente sobre este asunto, parecen reconocer con cierto cinismo que no existe otra definición inequívoca de gen que aquello que un biólogo competente escoja denominar un gen. Es decir, el producto de cualquier segmentación del cromosoma que resulte útil al investigador en biología.
La mirada artística
Mayo 21, 2008 a 1:51 pm (13. Lo último)
Característica básica de la unidad viva: dividirse, unirse, diluirse en lo universal, persistir en lo particular, transformarse, definirse y, como lo vivo gusta de producirse bajo mil condiciones, surgir y desaparecer, solidificarse y fundirse, congelarse y licuarse, dilatarse y contraerse. […] Génesis y decadencia, creación y destrucción, nacimiento y muerte, alegría y dolor, todo actúa en confusión, en el mismo sentido y en la misma medida; de ahí que también lo más particular de lo que ocurre se presente siempre como imagen y metáfora de lo más universal. […] Lo que se forma se transforma al instante, y si queremos alcanzar en alguna medida una percepción viva de la Naturaleza, tenemos que mantenernos igual de ágiles y flexibles, siguiendo el ejemplo que ella nos da.
Johann Wolfgang von Goethe se refería con estas palabras al estudio de las ciencias naturales. Destacaba el carácter dinámico de lo vivo, así como la limitación de nuestro entendimiento en cuanto hacemos encajar la realidad en la rigidez conceptual. Pienso que el autor de Fausto reservaba un papel para la poesía, del que era indiscutible maestro, en el conocimiento de lo real. Su enfoque holístico y sensible nunca pareció tan ajeno como a los supervivientes de estos tiempos donde todo se petrifica para ser utilizado, se descompone para ser estudiado, y a través de la palabra se insufla vida al artefacto. Tiempos en los que se pretende hallar los límites de la razón, de la misma realidad, en el lenguaje, y nunca más allá.
Sed de salado
Mayo 20, 2008 a 7:13 am (04. Cuarto de las letras)
Hace tiempo que las lágrimas en cantidad perdieron el interés por ver el mundo desde estas mejillas, que un día caerán flojas sobre el hueso con maneras postcoitales. Me miro al espejo y me imagino viejo, mas confieso. Que hace semanas me encontré sobre ellas una lágrima brevísima al final de un breve encuentro. No me pregunten por qué, en el estrambótico caso de que hubiera interés al respecto, simplemente ocurrió. Supongo que los dos cobardes me asaltaron a traición, sin tiempo de blandir una palabra soez, como acostumbro en tales casos. Incapaz de hallar improperios que acudieran en mi defensa, en estos días los ojos puñeteros se mojaron otra vez, y hasta una tercera. Debe ser la primavera. Ensombrecidos por catástrofes terribles se revolvieron en la húmeda higiene que tanto conviene a la esclerótica. Parecían un par de críos chapoteando en una de esas ridículas piscinas de verano. Pero quisieron hacerlo con la vida sobre la muerte, causando la reflexión en el espejo. Pienso que no estaba preparado para asistir al rescate de una mujer embarazada bajo las paredes desplomadas. Así, ¡de sopetón!, fue algo insoportable. Pienso que estaba preparado para verla muerta, lo cual es horrible, pero es la verdad. ¿Qué clase de espíritu me anima? A diario veo los muertos de Próximo Oriente y aún los de más acá, y por ellos no alcanzo a llorar. Esta mañana todavía reía el lloriqueo cuando tropezaba de nuevo. Una mujer de cuerpo capaz y policial, amamantaba a dos bebés desenterrados. Tomaban la vida de sus senos con ansia fuertemente abrazados. Y entonces los niños reventaron la piscina a este lado del LCD, ¡vaya mierda! Dulzura lisérgica inundando cuencas desérticas, ¡había que verlo! Dice la montaña que todas las pasiones que se dejan probar y digerir son sólo mediocres, y me muestro de acuerdo con ella no sólo en mi desprecio por la cursi sensiblería y el más estúpido sentimentalismo. Luego, ¿cómo explicar semejante incontinencia? Tal vez todo se arregle con una de esas compresas para las pérdidas leves, pero lo dudo. Acaso, ¿mereció la pena? En verdad te digo, viejo imaginado, que me hubiera deshidratado, secado, liofilizado, exprimido hasta la extenuación, por retener de la esperanza en el ser humano la más ínfima fracción.
Libros, coincidencias y cintas de video
Mayo 19, 2008 a 7:15 am (08. La octava maravilla)
Este sábado pasado los gallegos celebramos el “Día das letras galegas”. Un día en el que rendimos homenaje a la palabra escrita en este bello idioma que es el gallego, antaño ampliamente extendido por la península, y desde siempre hermanado con el portugués. El pregón fue dado en la plaza del ayuntamiento por el escritor lugués Miguel Anxo Murado. Resultó un discurso ágil, ocurrente y con referencias autobiográficas que hallé interesantes. Al alcalde de la ciudad le llamó especialmente la atención la frase “libros para ser libres”, que varios pronunciaron aquella mañana con pomposidad. Creo que esta expresión contiene una verdad esencial, pues en cuanto el libro sirva para remover nuestro espíritu y dárnoslo a conocer, revelándolo como si fuera un espejito mágico, contribuirá a nuestra libertad. Esta es una experiencia que proporciona la obra de arte en general, y es en este sentido como interpreto las palabras de Jesús de Nazaret cuando dijo que la verdad nos haría libres. Después de las personas, nada me gusta tanto como los libros. La noche anterior al pregón hojeaba algunos de los que guardo en habitaciones, gracias a ellos convertidas en parte de mi hogar. Me detuve ante un pequeño ejemplar de “Ensayos de un biólogo” de Julian Huxley, que adquirí hace años en Montevideo. El libro es de 1967 y sus páginas están muy envejecidas. En el prólogo hay una frase subrayada con bolígrafo de tinta azul por su antiguo dueño. La línea fue dibujada, en apariencia con pulso tembloroso, bajo las palabras: “las personas están ocupadas en ganarse la vida más que en vivir”. Tengo la certeza irracional de que se trataba de una persona anciana recuperando su tiempo. Poco después de la cita con mis libros, acudí puntual al encuentro con otro de mis placeres, el cine. Últimamente estoy volviendo a ver las obras de Capra, sólo para darme cuenta de que no me gustan gran cosa. Aquella noche tocaba “El secreto de vivir”. En una escena nocturna, Gary Cooper le dice a Jean Arthur exactamente la misma frase que está subrayada en mi libro y que había leído horas antes. ¿No les parece una coincidencia asombrosa? Sin embargo, de las frases que se dijeron la mañana que seguiría a la coincidencia, llamó mi atención sobre todas las demás “el libro te da más tiempo del que empleas en su lectura”, especialmente dedicada a todos aquellos que creen que la lectura es una pérdida de tiempo y que el tiempo es oro. Afirmarían que la noche anterior había perdido el tiempo de dos maneras distintas, participando en la lectura del biólogo y en la conversación ideada por Capra. Lectura y conversación. Si fuera un paranoico sospecharía que Julian Huxley, Gary Cooper y Miguel Anxo Murado se confabularon este fin de semana para recordarme que sólo perdiendo el tiempo es como se gana la vida.
El cielo del mañana
Mayo 16, 2008 a 9:29 am (03. Trespacio)
En un interesante artículo los cosmólogos Lawrence M. Krauss y Robert J. Scherrer reconocen que el universo en el que vivimos, cuya expansión se está acelerando, está borrando las huellas de su propio origen. Es decir, que las evidencias del Big Bang, así como de la propia expansión, desaparecerán con el tiempo, por lo que los observadores en un futuro lejano estarán irremediablemente confundidos. La aceleración de la expansión está vaciando de contenido el universo visible, puesto que las galaxias más distantes terminan alejándose a una velocidad tal que impide que su luz llegue hasta nosotros. Se dice entonces que toda esa materia y energía que no puede alcanzarnos está allende del horizonte de sucesos. Ciertos estudios han concluido que las galaxias más próximas a la Vía Láctea constituirán un único y gigantesco cúmulo de estrellas, mientras que el resto de galaxias se perderán más allá del horizonte de sucesos. Dentro de unos 3.000 millones de años el cielo será maravilloso. Una vasta lengua multicolor llamada Andrómeda acariciará sobre la oscuridad más absoluta el imponente amanecer de la gigante roja en la que se estará transformando el Sol. Andrómeda y la Vía Láctea colisionarán, y para cuando el universo tenga 100.000 millones de años la utilidad del telescopio quedará limitada al imperdonable espionaje de las mutantes más sexys de la vecindad. Todo lo que podrá verse en el cielo, con o sin ayuda, será una infinidad de luciérnagas en una orgía de luz, una magnífica galaxia en forma de bola. El universo habrá perdido su homogeneidad y la teoría de la relatividad será incapaz de predecir un universo en expansión. No habrá desplazamiento al rojo de las galaxias lejanas porque ya no habrá galaxias lejanas para observar. La longitud de onda de la radiación de fondo se habrá estirado tanto con la expansión que se volverá imperceptible. Ni siquiera la cantidad relativa de deuterio y helio, sustancialmente modificadas por el paso del tiempo, podrá revelar la nucleosíntesis en un remoto Big Bang. En tales condiciones el cosmólogo asegurará que el universo es eterno, estático y probablemente infinito. Así pues, quizás nos hallemos en el breve momento de la historia del universo en el que es posible deducir su verdadera naturaleza. Como los propios autores reconocen, esto puede ser motivo de orgullo y un reflejo más del principio antrópico. Sin embargo, es también posible que a lo largo de la historia del universo se hayan borrado algunos aspectos fundamentales para conocer su verdadera naturaleza. Es como tratar de confiar en el amigo que te confía que mintió a un amigo para salirse con la suya. Y es que, parafraseando a Haldane, la realidad no sólo podría ser más extraña de lo que imaginamos sino más extraña de lo que podemos imaginar.

