Un anarquismo diferente

Hace días escuché con perplejidad las declaraciones del célebre atracador de bancos conocido como “El solitario” en las que se enorgullecía de ser un expropiador de bancos en nombre de sus ideales anarquistas. El anarquismo nada tiene que ver con las motivaciones egoístas que seguramente guarda este hombre tan arrogante como violento. Hay mucha nobleza encerrada en el movimiento anarquista, que esencialmente es un movimiento por la libertad del individuo. En más de una ocasión me he referido a lo importante que me parece esta emancipación individual de los sutiles mecanismos de control social establecidos por la clase dominante. Si nunca has pensado en ello, tal vez esto te parezcan los delirios de un paranoico, pero confío en que no me juzgues prematuramente. Sin embargo, no es mi intención ahondar aquí en dicha afirmación, sino clarificar una aparente contradicción. Ciertamente, he defendido la libertad individual, el establecimiento de las condiciones que favorezcan el despliegue de la propia singularidad, en manifiesta oposición a la masificación que, en mi opinión, conviene al sistema. Por ejemplo, en “El hombre y la masa“. Por otro lado, he criticado explícitamente el nacionalismo (véase “Por qué no soy nacionalista” y “Los pueblos y el tiempo“) y abogado por un Estado socialista, descentralizado y fuerte (“Una victoria agridulce“). Desde la perspectiva del anarquismo tradicional este énfasis en el individualismo y en el poder del Estado es algo contradictorio. Precisamente, en este punto radicaba una de las principales diferencias de opinión que enfrentaron a Bakunin y a Marx. Para el primero, el socialismo no será libre mientras la democracia se halle estrangulada por la burocracia estatal, por lo que denominaba la burocracia roja, en referencia al socialismo de Estado. En otras palabras, opinaba que el poder debía fluir de abajo a arriba, que todo aquel que confiase la liberación del individuo en un poder estatal era un ingenuo respecto a la naturaleza humana, pues el poder corromperá a las élites gobernantes sean del color que sean. Bakunin tenía razón en esto, tal y como la historia ha demostrado sobradamente. Sin embargo, el mundo de hoy no es el de mediados del siglo XIX. Los peligros de una epidemia de conformismo ante la flagrante injusticia social me parecen incluso mayores que entonces, cada vez más deshumanizadas las gentes mediante el consumismo y los medios de masas. Los tiempos han cambiado y la historia abre nuevos caminos de transformación, por mucho que ultraliberales como Fukuyama hayan declarado su final. Creo que Chomsky está en lo cierto cuando afirma que “hoy día, proteger el Estado es dar un paso hacia su abolición”, puesto que al hacerlo más débil observamos que se pone más poder en fuerzas conservadoras, cuando no empresariales, y se favorece la desigualdad social. Comparto esta opinión que trasluce un anarquismo diferente, adaptado a estos tiempos de democracias maniatadas por la abundancia. Defender un socialismo de Estado descentralizado como plataforma básica desde la cual ir atendiendo las reivindicaciones de un pueblo cada vez más ilustrado, que inevitablemente se desperezará en una serie de movimientos sociales de índole pacífica y solidaria.