En alguna ocasión he admitido que llevando los pantalones puestos nada me gusta tanto como leer. Pero confieso que mi gusto por los libros va más allá que la simple lectura. Aprecio de manera especial el objeto en sí mismo. Un libro me parece algo hermoso. A menudo me siento acogido por ellos, me acompañan, y hacen que me encuentre confortable con independencia del lugar en el que nos hallemos. A veces me siento llamado por un ejemplar en particular. Como el otro día, que adquirí con emoción una cuidada edición de un debate entre dos autores extraordinarios: Bertrand Russell y J. B. S. Haldane. Otras veces me embargan los celos y ansío su posesión para leerlos con voracidad. La sinrazón despertada por la razón, supongo. Mi biblioteca personal contiene unos 1.000 títulos, sin contar novelas, poesía, ni otros géneros diferentes al ensayo. De ellos he leído hasta la fecha una fracción minoritaria, aunque de prácticamente todos ya he disfrutado extractos. Por supuesto, esta pasión por los libros no es singular. Ni esta especie de fetichismo que despierta el libro en algunas personas. Recuerdo haber leído que Mircea Eliade, admirado por su gran erudición, tenía una colección de 100.000 volúmenes, y no puedo dejar de sentirme identificado con la determinación que acompañaba a Fray Guillermo de Baskerville en El nombre de la rosa, salvando de la hoguera, prendida por el dogmatismo y la intolerancia, las obras de Aristóteles, entre otros. Hermann Hesse escribió sobre esta extraña relación:
Quien se ha familiarizado un poco con el mundo imperecedero de los libros pronto entrará en una nueva relación, no sólo con el contenido, sino con el libro mismo. Se nos predica con frecuencia el deber de leer libros y de comprarlos, y yo, como viejo amigo de los libros y poseedor de una pequeña biblioteca, puedo asegurar por experiencia que la compra de libros no sirve únicamente para dar de comer a libreros y autores, sino que la posesión de libros (a parte de su lectura) ofrece sus propias alegrías y comporta su moral específica. Un goce, por ejemplo, y un deporte delicioso puede ser el ir creando, con muy escaso presupuesto, a base de utilizar las ediciones más baratas y con el repaso constante de numerosos catálogos, paulatinamente y con vista, tenacidad y astucia, una pequeña pero bonita biblioteca.
Siendo una debilidad materialista, me apresuro a declarar que ningún objeto vale lo que la persona más deleznable.

