Agosto 26, 2008 a 9:05 am (13. Lo último)
De entre los principios necesarios para callar que destacaba el abate Dinouart, mi favorito es el que reserva para el último lugar:
“El silencio es necesario en muchas ocasiones, pero siempre hay que ser sincero; se pueden retener algunos pensamientos, pero no debe disfrazarse ninguno. Hay formas de callar sin cerrar el corazón; de ser discreto sin ser sombrío y taciturno; de ocultar algunas verdades sin cubrirlas de mentiras”
Personalmente, yerro mucho a la hora de callar. Es algo laborioso para mí, que tengo un temperamento fogoso y un poco egocéntrico. Sin embargo, percibo la mentira como un daño auto inflingido, pues implica una infidelidad con uno mismo en la medida en que se valore la verdad. Y viajaré a la deriva si no mantengo el rumbo que me marca el corazón, aquellos valores en los que hayas puesto la voluntad. Las mentiras no dejan de serlo por su tamaño y las que son consideradas pequeñas guardan incluso un peligro particular al suponer zancadillas menospreciadas. Pero tales despistes, porque en esencia esto se me antoja una cuestión de atención, pueden llevarnos a perder de vista la senda casi sin darnos cuenta. Si la sinceridad constituyese una guía fundamental en nuestras vidas, entonces el silencio cobra un protagonismo especial por varios motivos. En primer lugar, porque debe servir para proteger al otro. Y es que sentirse adueñado por la verdad no te da derecho a avasallar a nadie, penetrando como un tirano en el ámbito de libertad ajeno. Respetar tales límites es fundamental y, en este sentido, la verdad no constituye un salvoconducto privilegiado. Esto es más fácil de decir que de llevar a cabo, pero toda la dignidad que te proporciona esa fidelidad se pierde en el mismo instante en que pretendes que justifique tu egoísmo. En segundo lugar, porque debe servir para protegerte a ti mismo. Intuyo que la confianza nos hace más fuertes que vulnerables, que el amor es más prudente que el temor, pero el silencio evitará un exponerse osado y nos vestirá de conveniente humildad. Porque las palabras a menudo manifiestan nuestro afán de control, un miedo a la pérdida, y el silencio, sin embargo, respeta el lugar de las cosas y te prepara para aceptar todo ese movimiento que en realidad no te pertenece. Si las palabras son las riendas que sujetan purasangres apasionados, nerviosos y a veces inseguros, acariciarás sus cuellos robustos con el silencio.
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Agosto 22, 2008 a 10:08 am (04. Cuarto de las letras)
En la ciudad en la que vivo hay un parque que lleva el nombre de una de nuestras mejores poetisas: Rosalía de Castro. En su corazón, aunque tímidamente dispuesta, existe una cerámica con una inscripción que reza como sigue:
Tú que pasas y levantas contra mi brazo, que inconsciente me zarandeas antes de hacerme daño, mírame bien. Yo soy el armazón de tu cuna, la madera de tu barca, la tabla de tu mesa, la puerta de tu casa, la viga que sostiene tu techo, la cama en que descansas. Yo soy el mango de tu herramienta, el bastón de tu vejez, el mástil de tus ilusiones y esperanzas. Yo soy el fruto que te nutre y calma tu sed. La sombra bienhechora que te cobija contra los ardores del sol, el refugio bondadoso de los pájaros que alegran con su canto tus horas, y que limpian tus cantos de insectos. Yo soy la hermosura del paisaje, el encanto de tu huerta, la señal de la montaña, el lindero del camino. Yo soy el calor de tu hogar en las noches largas y frías del invierno; el perfume que embalsama a todas horas, el aire que respiramos, el oxígeno que vivifica tu sangre, la salud de tu cuerpo y la alegría de tu alma; y hasta el fin, yo soy el ataúd. Que te acompaña al seno de la tierra. Por todo eso, tú que me miras, tú que me plantaste por tu mano, tú que me diste el ser y puedes llamarme hijo… óyeme bien, mírame bien… ¡y no me hagas daño!
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Agosto 21, 2008 a 8:58 am (04. Cuarto de las letras)
El libro de los abrazos está repleto de historias que agitarán tu interior. En una de ellas, Eduardo Galeano celebra la amistad mediante el lenguaje recordando tiempos oscuros vividos por Mario Benedetti. Sus párrafos a menudo son bellos, pero su mayor riqueza se halla fuera del texto. En todo eso que dicen, una vez que se ha interiorizado la última palabra. He aquí la muestra de lo que afirmo:
“En los suburbios de La Habana, llaman al amigo mi tierra o mi sangre. En Caracas el amigo es mi pana o mi llave: pana por panadería, la fuente del buen pan para las hambres del alma; y llave por… —Llave, por llave —me dice Mario Benedetti. Y me cuenta que cuando vivía en Buenos Aires, en los tiempos del terror, él llevaba cinco llaves ajenas en su llavero: cinco llaves, de cinco casas, de cinco amigos: las llaves que lo salvaron”
A una amiga mía la llamo a veces niña. No es una llamada desde las alturas, sino el reconocimiento de otro niño. Porque cuando las personas viven confiadamente una amistad son niños los que se encuentran. En una imagen idealizada de la amistad, los amigos son mi tierra cada vez que me ofrecen cobijo, mi sangre cuando en ellos me reconozco, mi pan cuando me hacen crecer. Son la llave que me descubre el niño que soy, la misma que me salva.
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Agosto 19, 2008 a 9:49 am (07. El séptimo arte)
Visualmente te engancha enseguida. En mi opinión, las mejores partes son aquellas que transcurren sin otras palabras que la simple presentación de los nombres. Paradójicamente, los momentos más tiernos y más humanos son los que protagonizan los robots, mientras que los humanos parecen robots mientras no despiertan de su letargo. Wall.e es maravilloso, inmediatamente se hace querer. Es sensible, curioso, ingenuo, creativo… su inteligencia y valor radican en su sensibilidad. Es desordenado, apasionado, alegre en su soledad, no deja de improvisar y está sucio, lleno de óxido. Deja material contaminante por todas partes. Un material que liberará a otros de la férrea lógica de sus programas. Y entonces conoce a Eva, una chica de armas tomar. Completamente diferente a él. Es bella, versátil, eficaz, moderna, de hecho, va a la última. Es muy responsable, pues lo más importante es llevar a cabo su misión. Instrucción, lo llama ella. Su inteligencia habita en su razón y, por supuesto, es toda pulcritud. Siendo tan diferentes, descubrirán que tienen en común algo mucho más importante que todo eso, algo que los mantendrá unidos y les dará la oportunidad de aprender el uno del otro. La película es rica en detalles, muchos de los cuales pasarán desapercibidos en un primer visionado, tal y como me recordaba una amiga. Tiene momentos brillantes y mantiene el interés hasta el final. Abunda en tópicos referidos a las relaciones interpersonales y tiene cierto calado filosófico. Así por ejemplo, revela los peligros de la sumisión ante falsas necesidades, la falta de comunicación real en favor de vidas virtuales. Portamos con nosotros una tecnología dedicada a la comunicación inimaginable para el más sofisticado soldado de la Segunda Guerra Mundial, pero nos cruzamos a cientos en nuestras ciudades sin dedicarnos una mirada. Pasamos horas frente una pantalla buscando emociones y olvidamos el evocador universo de una caricia. Hubo guiños a Kubrick, entre otros… ah! y a ese niño de la fila de atrás le diré que Wall.e no está triste. Ha olvidado quien es, pero lo recordará con la ayuda de las personas que lo aman. Pequeño, eso es algo que no tardarás en averiguar. (***)
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Agosto 14, 2008 a 8:53 am (13. Lo último)
En varias ocasiones, en la forma de estos escritos breves, destacaba la importancia de la soledad como condición para el autodescubrimiento, a su vez básico en la construcción de una relación sincera con los demás, pues una relación interpersonal verdadera es una relación entre agentes que se saben únicos, a pesar de no disponer de todas las respuestas. Tales individuos no renuncian a ser libres y aceptan la incertidumbre como un ingrediente fundamental de la vida. No una masa informe, no un movimiento automatizado, sino individuos libres pensando por sí mismos, cuestionándolo todo a su alrededor, y actuando de acuerdo con su singularidad. Intuyo que el conjunto será sorprendentemente armónico porque aquel descubrimiento de la libertad constituye en realidad un descubrimiento de los límites. Lejos de ser una manifestación antisocial, la soledad resulta fundamental en toda sociedad que pretenda ser justa. Hanna Arendt se refirió a esto, si bien admito que mi interpretación guarda un cierto tufillo metafísico:
La importancia política del descubrimiento socrático está en la afirmación de que en la soledad, que antes y después de Sócrates se consideró requisito y habitus profesional exclusivo del filósofo y que la polis consideraba antipolítico, era por el contrario condición necesaria para el buen funcionamiento de la polis, incluso una garantía mejor que las reglas de conducta puestas en vigor por las leyes y el miedo al castigo. […] Nosotros, por otra parte, quienes conocemos la experiencia de las organizaciones de masas totalitarias, cuyo objetivo primero es eliminar toda posibilidad de soledad, excepto en su forma no humana de confinamiento, podemos dar testimonio, sin ninguna dificultad, de que todas las formas de conciencia, tanto secular como religiosa, quedan abolidas en el momento en el que ya no está garantizada la más pequeña posibilidad de que uno esté solo consigo mismo. El hecho frecuentemente observado de que la conciencia misma deja de funcionar bajo condiciones totalitarias de organización política, y ello independientemente del miedo y del castigo, es explicable a partir de estos factores. Nadie es capaz de mantener intacta su conciencia, si no puede actualizar el diálogo consigo mismo, es decir, si carece de la soledad que requiere toda forma de pensamiento.
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Agosto 13, 2008 a 8:03 am (07. El séptimo arte)
“Brick” es una ficción brillante, magnética, un juego de buen gusto. Un debut genial para su joven director. No te la puedes tomar en serio. Es, nada más y nada menos, que un jugoso material de disfrute. Es como un sueño, una experiencia onírica que te envuelve entre acordes de piano. Es puro cine negro sacado de contexto para demostrar que el cine negro no está en el contexto, sino en la profundidad de los personajes y, por supuesto, en la trama. Todo lo demás es secundario. No importa que sean colegiales haciendo novillos para jugar a malos malísimos. No importa que se caguen en los pantalones cada vez que reciben las atenciones del director del Instituto, ¡uy, qué miedo! Lo importante es la música de jazz, los cigarrillos, el amor, el odio, una mujer fatal, y un detective como los de antaño, o, mejor dicho, como esos que sólo existen en la memoria de los poetas de la oscuridad. Precisamente, por afirmar la sustancia en un entorno tan absurdo, tan insustancial, la película vale más todavía. Gustará a todos aquellos que nunca hayan dejado de imaginar un mundo más interesante, aderezadas nuestras vidas con diálogos tan inteligentes como seductores. Gustará a esos individuos permanentemente enamorados que detestan el tabaco y la violencia, ingenuos prisioneros de la verdad, y que, tal vez por ello, se sienten ineluctablemente atraídos por esas historias repletas de mentiras y puñetazos. Mostrando todo lo negro como una elegante fantasía. Historias en las que hombres solitarios deseando amar dejan atrás mujeres manipuladoras de curvas tan sinuosas como las que describe el humo del cigarrillo consumiéndose. Así como el humo y las caderas de una mujer, esas historias se despliegan cansinamente, con titubeos, a un lado y al otro, y coquetean con el espectador sin engaños baratos manteniendo su atención hasta el beso final. Historias de mentira en las que la verdad siempre termina por salir a flote. (****)
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Agosto 12, 2008 a 7:32 am (07. El séptimo arte)
“Pequeña Miss Sunshine” es una pequeña delicia. Una película optimista que te hará sonreír. El guión, al igual que la dirección, es sencillo pero eficaz, y a pesar de las dificultades logra huir de la mera sensiblería. Pero el mensaje es irresistible. Consiste en una apología de la diferencia. Por supuesto, hay una crítica explícita a los absurdos concursos de belleza infantil, que todavía pueden hallarse en la Norteamérica profunda, pero se utiliza como excusa para ir mucho más lejos. Cuando uno observa esos espectáculos en los que las pequeñas criaturas son caracterizadas, vestidas y maquilladas, como si fueran adultos, imitando gestos y comportamientos de adultos, se le eriza el pelo como si contemplase una escena terrorífica. No hay cosa más maravillosa que esas personitas abriéndose camino bajo la protección de sus padres, y me entristece observar cómo tantas veces la protección se transforma en proyección, en aplastante dominio. Entonces la espontaneidad y la singularidad infantil es apagada por un férreo “debe ser” tal y como lo entienden los adultos. Los niños son extraordinarios. Son una fuente inagotable de fantasía en la que el mundo es reinterpretado una y otra vez. Esto está profusamente ilustrado en “Tideland”, por ejemplo, otra de las películas que he visto últimamente. Me horroriza ver a esos hermanos idénticamente vestidos con el mismo estilo que muestran sus padres, como si fueran muñecos. Ver a esos críos correteando por el parque bajo la sombra alargada de su madre literalmente situada a una cuarta detrás del niño. En mi opinión, un niño debe sentir que es capaz de tomar decisiones, por ejemplo respecto a la ropa que más le gusta, y no debiera crecer siendo testigo de las permanentes alarmas que se disparan cada vez que toma la iniciativa. Esa protección mal entendida sólo servirá para hacer de él una persona insegura. En “Pequeña Miss Sunshine” asistimos al viaje fugaz de una pequeña estrella que no será eclipsada por la hipocresía de los adultos, para lo cual contará con su familia, a su vez en un viaje de descubrimiento. En definitiva, una opera prima muy digna. (***)
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Agosto 11, 2008 a 9:01 am (06. Seísmos)
En 1974 Robert Nozick plantea una importante objeción a la cara más amable del liberalismo, la teoría de la justicia distributiva de John Rawls. Imaginemos que el jugador de baloncesto Wilt Chamberlain firma un contrato con su club que establece que cobrará una fracción del precio de cada entrada vendida en cada partido. Supongamos también que el público está entusiasmado con su talento y acude en masa al estadio, de tal manera que al cabo del año gana mucho más dinero que la media de sus conciudadanos. Su enriquecimiento se debe al libre ejercicio de los aficionados. Pagaron porque quisieron, disfrutaron, y el público quedó satisfecho. Estaban en su derecho. ¿Por qué esta desigualdad iba a ser injusta? ¿Por qué iba a intervenir el Estado para devolver a los aficionados parte del dinero que entregaron voluntariamente? Si se cree en el derecho a la propiedad privada entonces el Estado debería respetar la libre decisión sobre lo que nos pertenece, siempre que no implique una merma en la libertad de los demás. Así opinan los liberales de derechas, que no dudan en considerar los impuestos esencialmente como una forma de robo y consideran que la intervención del Estado debe ser mínima. Sin embargo, sería más correcto referirse a ellos como libertaristas, pues en aras de la libertad individual adoptan ciertas posturas tradicionalmente defendidas por la izquierda. Por ejemplo, defienden la legalización de las drogas y de la prostitución, la libre movilidad de los emigrantes, y se oponen al servicio militar obligatorio. Sospecho que entre los manifestantes abanderados de la estrella roja hay muchos ultraliberales juzgando a diestro y siniestro de reaccionarios, aunque ellos todavía no lo saben. Sin embargo, Nozick y el resto de liberales no igualitaristas están equivocados porque el supuesto básico que afirma que el individuo tiene derechos naturales que preexisten al Estado es falso. Algo que ya planteara Rawls siguiendo a Kant. Si nos damos unas instituciones políticas no es para proteger derechos, sino formas de actuación que pensamos moralmente aceptables. Si afirmo tener derecho a la propiedad privada es porque previamente fue instituido por el Estado, porque así lo hemos acordado, pero bien pudiéramos haber deseado algo diferente.
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Agosto 10, 2008 a 12:09 pm (08. La octava maravilla)
Me he tomado una semana de descanso, lo que significa cansarme de cosas que no suelo hacer. El otro día acudí a una conocida cervecería en la ciudad que me vio nacer, con la intención de ingerir ingentes cantidades de ensaladilla rusa. Más tarde, conocería a la encantadora dama que días antes me enviara por correo una araña gigantesca en el interior de un sobre. Ignoro si una araña puede contagiarte otra cosa que la risa, pero no es de arañas sonrientes, suaves y aterciopeladas de lo que quiero tratar aquí. En aquel lugar pusieron ante mí uno de esos manteles de papel sobre el que imprimieron propaganda, muy conscientes del impulso a leer que aqueja a tantos solitarios mientras comen. Las líneas que despertaron mi interés son reproducidas a continuación:
Guía de la cerveza para los amantes del vino: usted es amante del vino, pero en ocasiones toma una cerveza. De acuerdo con el vino que prefiere, he aquí la cerveza que le puede gustar. No tiene el mismo sabor que el vino (usted quería una cerveza), pero estará de acuerdo con su paladar. Blanco seco: una auténtica pilsen lupulizada; Gewürztraminer: una lager estilo Viena, picante, o una lager más oscura tipo Munich; Champaña: una cerveza de trigo; Blush Zinfandel o champaña rosado: una framboise (cerveza de frambuesas); Cabernet Sauvignon: una ale afrutada estilo inglés, o una India Pale Ale (IPA) americana de roble; Pinot Noir: una ale escocesa o belga; Fino: una lambic; Amontillado: una porter o una stout seca; Oporto: una ale oscura trapense con cierto tiempo de envejecimiento en la botella.
Voilà, si sabes el vino que te gusta pero te abruma la diversidad de cervezas quizás te resulte útil todo esto, y si no es así habrás descubierto un juego que desafíe a tu paladar. En cuanto a la ensaladilla, estaba buenísima. ¿La dama? Digna de un caballero.
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Agosto 4, 2008 a 8:10 am (02. Doshechos humanos)
Está claro que quien tiene boca se equivoca y que en boca cerrada no entran moscas. Que una cosa es no tener nada que decir y otra demostrarlo diciendo cualquier cosa. En realidad, poco importa lo que sale por la boca, de ahí que importe mantenerla cerrada. No importa tanto lo que se dice como lo que se hace. Así por ejemplo, no puedo dejar de simpatizar con los amantes cuando se dicen “no me quieras tanto y quiéreme mejor” porque casi siempre sobran las palabras y son los hechos los que terminan por decirlo todo. En palabras de un político inglés, la mejor elocuencia es que se hagan cosas. En cierto modo, somos lo que hacemos. Y haremos de acuerdo con la valoración que hagamos de nosotros mismos. Hellboy me recordaba anoche algo parecido: que lo que hace de nosotros lo que somos no son nuestros orígenes, sino nuestras decisiones. Que lo relevante no es cómo comienza todo, sino cómo se decide acabarlo. Si, por ejemplo, pongo mi voluntad en no mentir no lo hago en primer lugar por los demás, tampoco porque considere que es lo más útil o piense que a la larga me reportaría un mayor beneficio, sino porque valoro la verdad en sí misma y la acepto como parte de mí. Según esto, no mentir es una elección personal coherente con una determinada concepción del honor. Pero estas pocas líneas no son sobre la mentira o la verdad, ni tampoco sobre si la naturaleza humana reside en nuestro genoma (nuestros orígenes) o en nuestra cultura (nuestras decisiones). No se refieren a ese falso dilema que ya agitara el alma de Shakespeare (“nature” versus “nurture”). En realidad, estas palabras son sobre lo no hablado cuando sirve para cuidar el pescado. Así, no mentir no significa exactamente decir la verdad, pues quien calla tampoco miente y a menudo se cuida tanto a sí mismo como a los demás. Callar es con frecuencia inteligente y generoso casi siempre. Pero callar constituye un arte, tal y como reconoció Dinouart, el abate, mucho más difícil de aprender que de hablar. Hemingway observó que se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar, y Lope de Vega echó en falta cátedras universitarias en las que se enseñase el saber callar. No obstante, saber callar es necesario para saber hablar porque cualquier conversación resulta verdaderamente fecunda sólo en los silencios oportunos. Únicamente en el silencio es donde el pensamiento logra rebelarse frente a la vanidad. Así, Thomas Carlyle opinaba del hablar como el arte de interrumpir el pensamiento y con razón Maurois decía que lo más difícil en una discusión no es defender nuestro punto de vista sino descubrir cuál es. Para hacer este descubrimiento necesitamos escuchar, pensar y confiar en que nuestro interlocutor hará lo propio. Sin embargo, no puedo dejar de mostrarme de acuerdo con el genio irlandés en que mucha gente que ha aprendido a no hablar con la boca llena ignora cómo dejar de hacerlo con la cabeza vacía. Mas hallo cierto consuelo en pensar que todo irá bien para ellos y para los demás mientras no pasen a la acción. Mientras no dejen de ser peces agonizantes en lugar de hombres estúpidos.
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