Mentir es perder

Érase una vez un pobre tendero judío que vivía en el gueto. Sólo poseía un mísero arenque en un gran tonel de salmuera, y pensaba: “si Dios quiere, antes de que acabe la tarde alguien vendrá y me comprará este arenque…”. Efectivamente, algunos minutos más tarde, una mujer entró y le preguntó: ¿tienes arenques?, ¡por supuesto que sí!, respondió el tendero. Entonces introdujo el brazo en el tonel. A continuación, poniendo cara de estar rebuscando pacientemente, sacó su arenque y dijo: tenga, este es magnífico. Se lo dejo por diez kopecks. La mujer miró el arenque y le preguntó: ¿no tiene uno más pequeño? Claro que sí, respondió el tendero, y devolvió el arenque al tonel y después volvió a sumergir el brazo. De nuevo, puso cara de estar revolviendo en la salmuera antes de volver a sacar su arenque, y añadió: tenga, creo que este le irá mejor… Se lo dejo por cinco kopecks. ¡Perfecto!, contestó la mujer. Me llevo los dos.

Levemente modificado de un cuento tradicional judío.

Fuentes de 200 a 300

Cuervos y aves del paraíso

En el orfismo la noche es ovípara. La noche, el vacío, el abismo, ponen un huevo de donde nace el amor. Las dos mitades de la cáscara partida dieron lugar al cielo y a la tierra, respectivamente. El amor hace que ambas cobren sentido, dotando de coherencia al cosmos. A veces se simboliza al amor como un niño indicando su jovialidad imperecedera, su indisciplina, su espontaneidad, su irresponsabilidad. Este niño, casi siempre travieso y juguetón, pero grávido de esperanza, tal vez constituya mi única certeza. Por supuesto, mi condición de enamorado inmediatamente me convierte en alguien sospechoso, especialmente si tenemos en cuenta que mi corazón está intacto, sin la más mínima mella, a pesar de mi edad. Digamos que, siguiendo a Rilke otra vez, dispongo de flores durante largo tiempo arregladas. Una aquí, otra allá…, un ramo pacientemente dispuesto para ser entregado. Es verdad que no son camellos, tan valiosos para las gentes del desierto, sino tan sólo un ramo sincero, sin dobleces ni maquillajes. Y ha querido sabe Dios quien, que vaya a ser para alguien opuesto a mi, como si las emociones hubieran sido dirigidas por la fuerza electromagnética. Acariciadas por la luz. Y no me refiero a cosas como que a ella le guste el pop y a mi el jazz; bese delicadamente y yo con ansia; ataque los crepes cuadrados en sentido diagonal, en lugar de hacerlo como yo, en horizontal; agrupe las miguitas del plato, o guste de vestirse de todos colores del arco iris estando yo aquejado de una pertinaz inclinación al negro y a la dispersión despreocupada. No me refiero a cosas como que a ella se le enfríen los pies y a mi las manos; que disfrute de las comedias románticas y yo del cine negro, que prefiera la playa a la montaña, o que su mesa de trabajo esté exquisitamente ordenada y repleta de bolígrafos de colores, mientras que la mía parece haber sido sometida al registro apresurado de un delincuente y no dispone de otra cosa que de lápices viejos para tomar notas. No, somos realmente distintos. En general, las personas suelen escoger a compañeros con gustos afines a la hora de constituir una pareja, pero lo cierto es que el amor simboliza siempre la unión de los opuestos, como el cielo y la tierra. Esa integración de antagonismos también está simbolizada por la cruz, síntesis de lo vertical y lo horizontal, y por la íntima unión entre el yang y el yin. Occidente y oriente. Y es que, en la medida en que exista diferencia y no eclipse habrá una oportunidad para la síntesis, es decir, para el amor.

Sobre la libertad

Es evidente que existen constricciones de tipo biológico en nuestra conducta, digamos materialistas, pero el hecho de que la materia se halle en la raíz de la cultura, que la conciencia emerja de procesos biológicos, no significa que no podamos trascender ese imperativo biológico que caracteriza al resto de especies animales. Si el hombre es especial se debe a su evolución cultural. Es precisamente nuestro desarrollo cultural tan extraordinario lo que nos permite superar en buena medida tales determinismos, los cuales resultan fundamentales a la hora de explicar la conducta animal en general. En este sentido, la libertad sólo existiría en el hombre, pues sólo en el hombre la cultura es verdaderamente esencial a la hora de definir la propia naturaleza. Paradójicamente, parte de la ciencia contemporánea pretende reducir la cultura de la especie a su genoma, menospreciando el hecho de que la cultura sigue sus propios procesos dinámicos que parecen independientes de aquellos mecanismos evolutivos con los que está tan familiarizado el biólogo, muy especialmente la selección natural. Así por ejemplo, la sociobiología constituye un programa de investigación encaminado a explicar la conducta social en términos puramente biológicos. Esta idea presupone en el hombre la existencia de una psicología común independiente de la cultura a la que pertenezca y, lo que resulta todavía más controvertido, se supone que tales rasgos comunes son adaptaciones surgidas por selección natural en las poblaciones humanas del Pleistoceno. El asunto es delicado porque al resaltar el componente biológico de la naturaleza humana en detrimento del cultural/ambiental podríamos estar afirmando implícitamente que determinados aspectos de nuestra conducta son inevitables. Por ejemplo, si decimos que la violencia está en nuestra naturaleza podríamos carecer de la libertad para construir un mundo en paz; si decimos que los diferentes roles de hombres y mujeres son adaptaciones biológicas ¿hasta qué punto podríamos cambiarlos?; si decimos que no existe un verdadero altruismo en la naturaleza humana… Luego, este tipo de ciencia podría servir para justificar el estado actual de las cosas que, por supuesto, siempre beneficiará a la clase dominante. En este sentido se han manifestado científicos de ideología marxista como Lewontin. Pienso que la cultura no puede explicarse simplemente por los genes e intuyo que los genes juegan un papel menor, aunque reconozco que esto último es un prejuicio. Pero si las cosas son como creo, quedaría un amplio margen para nuestra libertad el cual radicaría en el conocimiento. Así, en base a nuestra capacidad cultural, podremos constituir sociedades más justas donde la libertad individual sólo encuentre sentido en armonía con la libertad de los demás. Como algunos se refieren a una ética sin religión, opino que, en cierto modo, existe también una ética sin biología, en contra de Wilson, de Waal, y tantos otros.

Esta entrada tiene su origen en el comentario de Lughnasad al post anterior. Como siempre, Lugh, agradezco tu intervención.

El homúnculo genético

En los tiempos que corren no es extraño encontrar científicos y filósofos que, en cierto sentido, ubiquen la naturaleza humana en nuestros genes. Por ejemplo, recuerdo haber interpretado de esta manera a Jesús Mosterín, y ocasionalmente discuto sobre ello con mi jefe, un científico al que admiro. Esa naturaleza genéticamente revelada, que algunos como Ortega o Foucault parecían negar al poner énfasis en la historia, es uno de los presupuestos básicos de la sociobiología y de su heredera la psicología evolutiva (me refiero a esa teoría a la que tanto han contribuido autores como Cosmides, Tooby y Buss, entre otros). Semejante idea radica en la supuesta existencia de rasgos psicológicos en el hombre que son universales, independientemente de las diferencias culturales. Además, tales rasgos deben constituir adaptaciones biológicas originadas por la selección natural. Este principio, en mi opinión muy discutible, implica a su vez un papel preponderante de los genes en la constitución no sólo de tales rasgos complejos, sino del fenotipo en general. Richard Lewontin ha insistido en varias ocasiones sobre la fertilidad y los riesgos del uso de metáforas en la ciencia. Comparto su opinión de que una de ellas no está siendo correctamente identificada. Se trata de la visión del fenotipo como esencialmente contenido en el genotipo. El desarrollo es demasiadas veces visto como el revelado del programa genético, como si se tratase de un revelado fotográfico en el que la imagen se va definiendo poco a poco. En este sentido, la metáfora es muy similar al homúnculo habitando el espermatozoide del siglo XVIII, nos recuerda Lewontin. Pero las cosas están lejos de ser así, pues el desarrollo conlleva la interacción dentro del genotipo, con el ambiente y, por supuesto, el azar jugará su papel. No voy a negar la importancia de los genes, al fin y al cabo me dedico a la genética, pero sospecho que su influencia está exacerbada. Al contrario de algunos marxistas, quiero pensar que esto se debe principalmente a razones heurísticas inocentes. Así, podría ser una consecuencia de los extraordinarios avances que la disciplina ha experimentado en los últimos años, avances que fueron posibles gracias al análisis y el descubrimiento de las unidades básicas. En mi opinión, nos encontramos en plena onda expansiva de tal explosión de conocimientos, y el ruido es todavía ensordecedor para prestar la debida atención al cambio de paradigma que está por venir, el estudio de la interacción. Digamos que asistimos a un monólogo en esta obra, pero el sentido no se desvelará hasta que todos los personajes se encuentren y pueda descifrarse su papel.

Búsqueda sin término

No es casualidad que haya adoptado el mismo título que exhibe la autobiografía intelectual de Karl Popper. Insistiré una vez más en una inquietud que me persigue desde la adolescencia: la ausencia de certidumbres como fuerza motriz en una senda interminable de descubrimiento. Paradójica intuición que va más allá de la mera explicación del proceso de descubrimiento científico, en mi opinión. Así, pienso que afecta además a cualquier otra dimensión del conocimiento, lo que incluye al arte, por ejemplo. La tensión que se establece entre la capacidad de vislumbrar la verdad y la imposibilidad de alcanzarla en su plenitud, se me antoja lo más característicamente humano. Y el arte, la ciencia, la filosofía, la sociedad, el progreso donde lo hubiere, guardan una forma única en su complejidad como consecuencia de esa búsqueda sin término a la que está condenado el hombre. La verdad es tan seductora como esquiva. Es un canto de sirena que nos atrae irremediablemente, pero en lugar de hacerlo hacia la muerte nos aleja de ella mientras sigamos en un movimiento encantado. Entonces bailamos al son del enigma, que sólo se resolverá en la muerte. En palabras de Rafael Argullol: “Dentro de nuestro mundo de incertidumbre, de conciencia de la contradicción y del enigma, de imposibilidad —aunque sea una imposibilidad fértil— de alcanzar la verdad, tal vez la posibilidad de conformar, de ordenar y de armonizar sea el único recurso que le queda al hombre para regir la tentación autodestructiva del abismo”. El mismo autor recordaba en uno de sus libros una cita de Agustín de Hipona: “Buscaremos, pues, como si fuésemos a encontrar, pero nunca encontraremos sino teniendo que buscar siempre”. Creo que la sabiduría reside precisamente en este no-saber o, si se quiere, en un saber de la ignorancia, algo muy socrático, supongo. Laín Entralgo solía decir que lo único cierto es lo penúltimo, mientras que lo último siempre permanecerá incierto. Aunque nuestras certezas no sean definitivas, las necesitamos para ser libres o al menos vivir la ilusión de la libertad. Porque la libertad consiste en la esclavitud del camino. Puede que hallemos la libertad en el conocimiento, pero la sabiduría supone abrazar la incertidumbre, el desconocimiento, resistir la mirada del abismo, tal y como quizás diría Nietzsche. En el horizonte siempre se encontrará el misterio, en esa bella visión radica la gracia y la tragedia humana.

Sangre y otros fluidos

A ella le gusta la sangre, es parte de su forma de vivir, y su color favorito es el rojo. Sin embargo, tal vez ignore que ambos, la sangre y el rojo, simbolizan la vida. Encarnan la fuerza vital, la pasión y la belleza, y a menudo se les asocia con el fuego. La sangre simboliza a veces el compromiso, así se hacen juramentos de sangre, herida con herida. Y la adhesión a una esperanza de inmortalidad sin duda está presente en la transubstanciación eucarística. En Nueva Zelanda, por ir muy lejos, todo objeto que reciba el contacto de la sangre de un gran jefe se convierte en algo sagrado. El juramento también está simbolizado por la saliva para algunos pueblos como los bambara, que escupen cuando dan su palabra. Al igual que la sangre, la saliva de los dioses tiene un poder dador de vida en numerosos mitos de África, América y Asia, funcionando como una suerte de líquido seminal en la génesis de muchos héroes. Pero el semen, por simbolizar la potencia de la vida, no puede proceder de otro lugar que no sea el cerebro, según Galeno, y recorre el cuerpo a través de la médula espinal. Teoría especialmente difundida durante la Edad Media, sus encendidos rescoldos llegarán hasta los tiempos de nuestros abuelos recordando los males de la masturbación. Más tarde, porque el conocimiento de los pueblos progresa, los riesgos del onanismo radicarán en la pérdida irremediable de la visión, fuente de lúbricas fantasías. Se derramaba la sangre de los sacrificados para atraer la ansiada lluvia. Así, en la antigua Camboya, la sangre liberada en los sacrificios proporcionaba la fertilidad y presagiaba la lluvia, y las lágrimas de los niños llevados al sacrificio atraían la lluvia para los aztecas. Lágrimas, tradicionalmente símbolo del dolor y de la intercesión, serán de alegría en sus ojos verdes y se convertirán en valiosas perlas regaladas.

Confianza y palabras

No hace mucho reflexionaba sobre las causas del miedo e incluso me permitía dar algún consejo, ingenuo de mí. Sigo pensando que muchas veces reside en nuestra anticipación, la imaginación inconvenientemente detallada de los escenarios que resultarían de nuestras acciones. Por supuesto, nada hay de malo en analizar a priori las implicaciones de nuestra conducta con el fin de hacer lo mejor posible, esto es algo responsable, pero creer que semejante análisis te permitirá controlar la situación se me antoja una solemne ingenuidad. Así pues, insisto en que el remedio para el miedo no puede ser otro que la confianza. Es precisamente la confianza lo que otorga un valor adicional a todo lo que estás dispuesto a ofrecer en una relación de pareja, por ejemplo. En este sentido, puede decirse que el amor es gratuito. Y, sin embargo, un observador vulgar no tardaría en añadir que precisamente por eso el amor es ciego. Estoy convencido de que no es así. Estoy convencido de que el amor es clarividente. Ciertamente, la ceguera se produce en los amantes cuando se enamoran de una idea de la persona amada o cuando se enamoran del amor, en una suerte de romanticismo alienante. Pero cuando el amor es sincero y se entrega a la persona porque es ella misma, porque es tal cual es, con sus virtudes y defectos, entonces sirve para ver más lejos que nadie. Paradójicamente, cuando los amantes dejan los sueños al margen y permanecen atentos y confiados el uno en el otro, se hallan en la mejor disposición para vislumbrar su propia plenitud. Pero he aquí que una de las maneras de echar a perder las cosas es tratar de dominarlas, asirlas con las férreas cadenas del lenguaje. El lenguaje tiene un efecto inmovilizante. ¿Qué hacer cuándo uno quiere saber si su pareja siente lo mismo por él? Acaso, ¿preguntar? ¿y por qué no pedir una representación en PowerPoint? Cuando tratamos de dominar racionalmente lo que debe saber nuestro corazón, detenemos esa fuerza que nos atraviesa y transforma para bien. Entonces trasladamos nuestra inseguridad a la persona que decimos amar, la cual se sentirá exigida. Y siendo su libertad esencial para el verdadero amante, ese paso atrás sin duda es causa de pesadumbre. Siento que la mejor manera de retomar el camino es aceptar humildemente la mano que te tiende, invitándote a confiar en ella una vez más. Y confiar en que sabrás cuidarla la próxima vez.

Besitos, princesa

Tradicionalmente, el beso es símbolo de unión entre dos almas, pues brota de la misma fuente del soplo de la vida, la boca. Los antiguos pronto reconocieron en la respiración el principio fundamental de la vida, esto es el alma. Todavía en el lenguaje cotidiano quedan resquicios de aquella identificación original. Así por ejemplo, muchas personas pronuncian una bendición después del estornudo de alguien cercano, pues existía la superstición de que el alma saltaba por la nariz; y decimos que expirar es liberar el último aliento. El beso es entonces una forma de compartir el hálito que nos anima, y al menos por un instante los amantes confunden el alma. Personalmente, no encuentro mayor distracción, y es que por esa fracción de segundo me abandonan todos los pensamientos hasta el punto de no saber si volveré a recuperarlos, de si regresarán con la misma forma, al mismo lugar. Supongo que a eso se le llama perder la cabeza. Pero además, el beso tiene un efecto nutritivo. ¿Quién no ha retenido el sabor de un beso? Como un dulce manjar primero en la boca y después recordado (del latín re-cordis: hacer pasar por el corazón) con el fin de revitalizarnos. Desmond Morris se refiere a un posible origen alimenticio del beso. Según este autor, el beso erótico podría constituir un vestigio de aquella costumbre de suministrar al bebé el alimento previamente triturado mediante la boca de la madre. Como los pájaros en su nido dándose la vida. Aunque existen algunas culturas en las que la gente es reacia a besarse, por ejemplo en África, el beso es una forma de saludo en la mayoría. No se sabe exactamente cómo surgió esta maravillosa costumbre, pero se sospecha que derivó del acto de oler al otro en la búsqueda de señales de amistad. Así, se ha observado que muchos primates se besan y se abrazan en la resolución de conflictos. Y la misma palabra que designa “olor” en algunos lenguajes del sudeste asiático significa también “saludo”. Por muchos es conocido que polinesios y esquimales se frotan nariz con nariz para saludarse, como queriendo explorar su estado de ánimo a través del olor. ¿Lo hacen también los gnomos? Vengan de donde vengan los besos, lo cierto es que los necesitamos y cuando algo nos priva de ellos, como la distancia, no nos resignamos, y los enviamos con un soplo que atraviesa el aire más rápido que la luz, o por escrito. La relatividad se deshace con un beso. Cuántas veces sellan el destino de los amantes lacrando sobres con misivas de amor. Ya siempre me recordarán a esa mariposa sedienta del blanco de tu vestido, tan delicada como insaciable.

El amenazado

Hoy me apetece recordar un poema de un escritor maravilloso, Jorge Luis Borges

Es el amor. Tendré que ocultarme o huir. Crecen los muros de la cárcel, como en un sueño atroz. La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única. ¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras, la vaga erudición, el aprendizaje de las palabras que usó el áspero Norte para cantar sus mares y sus espadas, la serena amistad, las galerías de la Biblioteca, las cosas comunes, los hábitos, el joven amor de mi madre, la sombra militar de mis muertos, la noche intemporal, el sabor del sueño? Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo. Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz. Es, ya lo se, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo. Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles. Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar. Ya los ejércitos me cercan, las hordas. (Esta habitación es irreal; ella no la ha visto). El nombre de una mujer me delata. Me duele una mujer en todo el cuerpo.

Sigo adelante con el mismo miedo, mas si fuese valiente ¿por qué me observo frágil? Serpenteando como un borracho en el camino, ansiando ese lugar de descanso donde ya nada será lo mismo.

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