Octubre 31, 2008 a 2:03 pm (07. El séptimo arte)
De entre las películas que se estrenarán próximamente en España, las que siguen me parecen las propuestas más interesantes:
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Octubre 31, 2008 a 11:14 am (13. Lo último)
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Octubre 30, 2008 a 1:13 pm (05. Quinta esciencia)
Esta mañana regresaba de un abrazo que es parte de mi hogar. Con sólo bajar la mirada veía las hojas amarillas acariciando las nubes en aguas dibujadas. Pero cuanta más distancia ponía entre nosotros más claramente sentía cómo mi pecho se había quedado perezoso a milímetros del suyo. En cada metro de asfalto recorrido sentía de nuevo la suavidad de sus mejillas, la calidez de sus labios, recordaba su olor y su sabor, que tan diligentemente memorizó mi espíritu. En la radio escuché su voz susurrándome al oído palabras de amor. Sus dedos se enredaron en mi pelo al tiempo que su boca recorría mi cuello. Retuve su sonrisa en el corazón. De la más pura autenticidad me arrancó sin aviso el aquaplaning. Aparecieron de repente la preocupación del futuro y las fantasías en las ondas. Una de ellas llamó especialmente mi atención. La revista New Scientist publica un estudio que sugiere que el lado derecho del rostro de las personas comunica especialmente su estado emocional. Inconscientemente nos fijamos primero en ese lado de la cara para tratar de averiguar lo que siente el otro. Suele ser más tarde cuando reparamos en el lado izquierdo. Este es un fenómeno que ocurre solamente en la observación de rostros humanos. Una de las conclusiones más interesantes del estudio es que parece que los perros también tienen esta extraña facultad. Cuando un perro te presta atención se fija especialmente en tu lado derecho, como interesándose por tus sentimientos. Ignoro si se trata de un agudo aprendizaje o de un ejemplo de coevolución. En cualquier caso, es indicativo de la estrecha relación emocional que históricamente se ha establecido entre ambas especies. Me pregunto si el hecho de que no sea recíproco se debe a la falta de expresividad de la faz canina o a un déficit de sensibilidad; pues siendo cierto que los perros siempre nos miran como personas, todavía hay personas que tratan a otras como perros. De nuevo escucho interferencias por la radio. Despierto en otoño y regreso a sus brazos.
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Octubre 28, 2008 a 6:06 pm (05. Quinta esciencia)
Casi siempre encuentro las explicaciones freudianas demasiado especulativas, pero debo reconocer que la contribución de Freud a la definición del inconsciente me parece un descubrimiento verdaderamente revolucionario. Algunas veces observo cómo las personas reaccionamos ante causas que no identificamos explícitamente, pero somos perfectamente conscientes de sus efectos. Este fenómeno es interesante porque pone de manifiesto la influencia que ejerce el inconsciente sobre nuestra conducta. No me refiero a todo ese entramado de instintos o el ello, que a lo largo de la historia personal luchan por superar toda suerte de resistencias buscando su satisfacción. Tampoco me refiero a esa otra estructura del inconsciente freudiano, el superyo, representando el conjunto de enseñanzas transmitidas por nuestros progenitores, y, por extensión, las reglas de conducta impuestas por la comunidad en la que vivimos, en definitiva, la norma. Me refiero a algo mucho más prosaico. A veces nos sentimos agitados por cosas que nos preocupan, pero que, por alguna razón, no deseamos admitir ante nosotros mismos. Entonces enterramos el problema en las profundidades del inconsciente a modo de mecanismo de defensa. Sin embargo, la agitación termina por aflorar tarde o temprano y el yo, incapaz de rescatar la causa, busca desesperadamente una negación o bien una explicación aceptable en el entorno inmediato. En ambos casos asignamos de manera consciente una razón ficticia que justifique la alteración de nuestra bioquímica. Así, podemos proyectar nuestros sentimientos en los demás, esto es, atribuimos a otros lo que está en nosotros. Otra posibilidad consiste en provocar un nuevo problema, de tal forma que nos sirva igualmente para responsabilizar a otras personas de ese estado que no acabamos de comprender. Esto es algo perfectamente natural. No se trata de una cosa maquiavélica ni maliciosa, sino que son estrategias que llevamos a cabo de manera semiinconsciente en un intento de explicarnos a nosotros mismos. Las personas somos complejas y a veces funcionamos de esta manera.
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Octubre 27, 2008 a 12:31 pm (06. Seísmos)
Indignadas se mostraron dos de mis compañeras de trabajo con la actitud de un patético individuo tristemente protagonista de uno de esos programas de televisión, con todo acierto calificados de basura. Dijeron que un hombre respondió afirmativamente cuando le fue preguntado si estaría dispuesto a ganar mil euros a cambio de admitir que su mujer se acostase con otros hombres. Ciertamente ambas estaban indignadas, pero se enzarzaron en una breve discusión. Me pareció que una de ellas rechazaba el dilema argumentando que el hombre poco tiene que decir al respecto. Pero lo que se pretendía recompensar no era la posible infidelidad, sino una determinada actitud del marido. Luego el planteamiento es perfectamente válido para el hombre, independientemente de la resolución de la mujer. Para mi sorpresa, la otra de mis amigas parecía sostener que el problema era esencialmente de carácter cuantitativo. Es decir, observaba una diferencia moral entre el individuo que accedía por la cantidad mencionada y aquel que no lo hacía por otra cantidad más pequeña que, digamos, cien mil millones de euros. Así, afirmaba que se habría sentido más humillada por el primero que por el segundo. En mi opinión, la única diferencia entre los dos sujetos es que el segundo negocia mejor. Lo que quiero decir con esta ironía es que no se trata de una cuestión de dinero. En cierto modo, lo que se pone en juego es lo más valioso que tenemos, pero se trata de algo que no tiene precio, nuestra dignidad. Un regalo que nos damos a nosotros mismos en la búsqueda de sentido. Así pues, un hombre verdaderamente rico es aquel que, por encima de todo, protege su honor y el de los suyos, porque eso supone proteger su camino en la vida. El miserable, sin embargo, reduce su propia persona a las cosas que pueda comprar, negándose a sí mismo su mayor riqueza. Al cosificarse pone su persona a la venta y no dudará en relacionarse con los demás como si fuesen mercancías, que usará a su antojo para adquirir nuevos objetos. En el fondo, este individuo es un necio, pues vive perdido, devorado por su propia ansia y angustiado por la certidumbre de la muerte, que lo arrebata todo. Y es un estúpido también, pues en su desprecio por la persona inflige daño a los demás al tiempo que a sí mismo. Ignora que amar es compartir aquel regalo en un acto de entrega que te lo da todo.
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Octubre 24, 2008 a 11:43 am (05. Quinta esciencia)
La teoría física comprobada experimentalmente con mayor precisión es precisamente la misma que plantea los mayores desafíos al sentido común. La mecánica cuántica es en este sentido la menos común de las teorías. Creo que fue Richard Feynman quien en cierta ocasión dijo que aquel que afirma comprender la física cuántica no sabe en realidad de lo que está tratando. Y es que a escala subatómica todo resulta demasiado extraño, encantadoramente paradójico. Las partículas parecen estar en muchos sitios a la vez, como si representasen una onda extendida con la mayor discreción; pero en el momento en que son estudiadas se comportan como una partícula discreta, que al dibujar bellas curvas entre burbujas no podría resultar más conspicua (dualidad onda-partícula). Los átomos sufren saltos cuánticos, aparecen y desaparecen como lo haría un conejo de la chistera de un mago, ¡voilà!, o el gato de Cheshire dejando atrás su enigmática sonrisa. Y así pasan de un nivel de energía a otro, pero mientras lo hacen no son nada ni están en ningún sitio, como si durante esa fracción pequeñísima de tiempo hubiésemos sido cegados por la luz irradiada en el ínterin. En ese mundo de fantasía que sostiene la realidad del mundo, dos partículas hermanadas por un origen común parecen intercambiar información de manera instantánea, independientemente de la distancia que los separe. Si se alteran las condiciones de una se ejerce de inmediato un efecto sobre la otra, aunque se encuentre más allá del horizonte (paradoja EPR). En el mundo cuántico, una determinada configuración de la materia que permita a una pelota atravesar un muro de ladrillos tiene una probabilidad asociada. De acuerdo con la idea vulgar que se tiene de la probabilidad, esto significa que si pudiésemos hacer rebotar una infinidad de veces la pelota contra el muro podríamos llegar a verla desaparecer al entrar en contacto con él. Menudo impacto nos causaría el efecto túnel. En ese mundo predominantemente vacío que subyace en la materia más sólida vive y muere simultáneamente el gato de Schrödinger, que es verde y se lo comió una vaca.
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Octubre 22, 2008 a 4:25 pm (05. Quinta esciencia)
Incertidumbre y desconocimiento son cosas diferentes. Solemos decir de algo que no conocemos que es incierto, si bien la mayoría de las veces queremos decir que permanece incierto. La incertidumbre se despejaría en cuanto tuviésemos la información necesaria correspondiente a todas las variables que participan en el hecho que se pretende explicar. Quizás el grado de detalle que requiere una explicación satisfactoria no sea posible con los medios disponibles, entonces mostramos nuestro escepticismo de cara al futuro afirmando que se trata de algo que siempre permanecerá incierto. Básicamente, el racionalismo cartesiano y la física newtoniana sumergieron al hombre en una visión mecanicista del mundo que entendía la incertidumbre de este modo. Con el siglo XX se superaría aquel paradigma basado en un tiempo y un espacio absolutos. Certezas, ahora en ruinas, que incluso habían sido comprendidas por Kant como condiciones necesarias para la experiencia; como impuestas por el propio sujeto en el acto de conocer. Con todo, la física relativista no abandonó aquella noción de lo incierto. Las cosas inciertas no eran en sí mismas inciertas, sino que permanecían inciertas. Un ejemplo para que se entienda el matiz: la idea del caos determinista sugiere que el comportamiento aleatorio dejaría de serlo en cuanto dispusiésemos del cálculo preciso de variables. El superordenador soñado por Laplace, capaz de semejante proeza, podría así llegar a predecirlo todo. Tal vez esa máquina sea imposible de construir, pero podemos pensarla y en ese pensamiento disipar toda incertidumbre. Pues bien, la física cuántica trae a colación una idea de la incertidumbre completamente nueva, que contradice toda intuición. La máquina no podría predecirlo todo aunque lo supiera todo. Al contrario de lo que pensaba Einstein, Dios jugaría a los dados. Existiría pues un azar intrínseco a la naturaleza, independientemente de nuestra capacidad de cálculo o, mejor dicho, nuestro cálculo sólo podría serlo de probabilidades. Kant opinaba que la cosa en sí, el noúmeno, era incognoscible debido a la limitación del sujeto. Heisenberg y compañía, incluyendo a Schrödinger por mucho que le pesase, afirman que el estado de una partícula subatómica únicamente se define en el mismo momento en que es conocida. No es esto alguna suerte de idealismo donde no hay otra cosa que sujeto, sino que la naturaleza, por expresarlo metafóricamente, es una bailarina tímida y agilísima cuyo rostro sólo alcanza a distinguirse cuando, sintiéndose observada, se detiene.
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Octubre 17, 2008 a 1:06 pm (02. Doshechos humanos)
Eugenesia es una palabra maldita con connotaciones profundamente desagradables. Etimológicamente significa de buena herencia, término acuñado a finales del siglo XIX por Francis Galton. Entonces la genética ni siquiera había nacido como disciplina científica, pero el papel de la selección natural en el proceso evolutivo ya era popular gracias a las investigaciones de su primo, Charles Darwin. La propuesta de Galton consistía en mejorar la humanidad aumentando las posibilidades de propagación de los individuos más adecuados. Esta pretensión de influir en la evolución biológica de la especie humana se haría tristemente célebre durante el siglo XX, probablemente el más violento de la historia. En principio, pueden distinguirse dos tipos de eugenesia. La eugenesia positiva consistiría en promover una mayor representación en sociedad de los individuos considerados mejores. La eugenesia negativa consistiría en establecer las condiciones que eviten la reproducción de los indeseables. Por ejemplo, la eugenesia positiva se halla implícita en el sistema educativo inglés, durante años diseñado sobre la base del coeficiente intelectual o C.I. Básicamente a través del C.I se buscan correlaciones con individuos socialmente admirables, luego se clasifica a los estudiantes que serán encaminados hacia diferentes roles sociales en función de tal información. La eugenesia negativa es si cabe todavía más nociva y esencialmente descansa sobre la misma falacia, que implica sobrevalorar hasta límites caricaturescos el papel de los genes en el comportamiento humano. El criminal, el ladrón, el malvado, no se harían, sino que nacerían, luego evitar que dejen descendencia mejoraría el acervo genético de la raza humana. Desde el punto de vista científico semejante idea sólo resultaría ingenua si no hubiese sido tan dañina. Y es que, paradójicamente, en su afán por mejorar la humanidad nunca el hombre fue tan inhumano. Sin embargo, pienso que existe un rostro amable de la eugenesia que tendría como prejuicio recomendable la tabla rasa, por usar la expresión de Locke, esa metáfora de la naturaleza humana criticada por Steven Pinker entre otros. Que los genes juegan un papel menor y que nuestra naturaleza viene determinada principalmente por el ambiente, por la cultura. Y que, en cierto modo, también el ambiente se hereda. Aunque esto no fuese cierto, cosa que personalmente no creo, ¿acaso insistir en la mejora de las condiciones ambientales, tales como la nutrición, la educación, el cuidado médico y parental de los hijos, independientemente de su origen, no supone una mejora de la humanidad?
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Octubre 16, 2008 a 10:23 am (06. Seísmos)
Primero. Las actividades literarias (la escritura, la lectura, la enseñanza) son una vocación ideal, una prerrogativa, más que una profesión que se sujeta a las nociones comunes de “éxito” y al estímulo financiero. La literatura es, en primer lugar, una de las maneras fundamentales de nutrir la conciencia. Desempeña una función esencial en la creación de la vida interior, y en la ampliación y ahondamiento de nuestras simpatías y nuestras sensibilidades hacia otros seres humanos y el lenguaje. Segundo. La literatura es una arena de logros individuales, de méritos individuales. Esto implica que no se debieran conferir premios ni honores al escritor porque representa, digamos, a las comunidades débiles o marginadas. Que no se debiera hacer uso de la literatura o de los premios literarios para respaldar fines ajenos a ella: por ejemplo, el feminismo. Que no se debieran repartir recompensas a los escritores como medio de pagar tributo a la diversidad de las identidades nacionales. Tercero. La literatura es primordialmente una empresa cosmopolita. Los grandes escritores son parte de la literatura mundial. Deberíamos leer a través de las fronteras nacionales y tribales: la gran literatura debería transportarnos. Los escritores son ciudadanos de una comunidad mundial en la que todos aprendemos y nos leemos los unos a los otros. Si consideramos que cada logro literario significativo es, en última instancia, parte de la literatura del mundo, nos hacemos más receptivos a lo foráneo, a lo que no es “nosotros”. Cuarto. Las diversas pautas de excelencia literaria, en el seno de las literaturas en todos los idiomas y en la gama entera de la literatura mundial, son una lección cardinal sobre la realidad y la conveniencia de un mundo que aún es irreductiblemente plural, diverso y variado. El mundo pluralista actual depende del predominio de valores seculares.
Para enunciar de otra manera lo que acabo de decir. Primero. Desprecio a los valores mercenarios. Segundo. Aversión a hacer uso instrumental de los escritores; por ejemplo, celebrar a los autores sobre todo en calidad de representantes de comunidades que se imaginan marginadas, con el fin de manifestarles su apoyo. Tercero. Cautela ante el filisteísmo cultural que se encubre con la aplicación de valores democráticos en materia literaria. Desconfianza permanente de las afirmaciones nacionalistas y las lealtades tribales. Cuarto. Eterno antagonismo contra las fuerzas represivas y la censura.
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Octubre 10, 2008 a 5:09 pm (06. Seísmos)
Me dicen que dijo Andy Warhol: “Cuando una persona es la belleza del momento y su aspecto está realmente al día, y entonces cambian los tiempos y cambian los gustos, y pasan diez años, si mantiene exactamente el mismo aspecto, y no cambia nada y se cuida, sigue siendo una belleza […] debes conservarte igual en períodos en que tu estilo ha dejado de ser popular porque volverá y una vez más serás reconocido como una belleza”.
No comparto la visión posmoderna de la belleza que hay detrás de estas líneas. Es verdad que nuestra idea de lo que es bello ha cambiado notablemente a lo largo de la historia y que, en un mundo pluricultural, para un mismo momento de la misma es igualmente variable en cuanto está determinada por la cultura. Sin embargo, esto no significa que no exista una belleza objetiva, pues es lógicamente posible que toda esa diversidad descanse sobre un sustrato común. Si bien sospecho que una definición satisfactoria supondrá siempre un desafío, opino que lo que hace bella a una persona de cualquier época y lugar es una cierta fidelidad a su propio proyecto personal. En mi opinión, la belleza es la expresión sincera de una singularidad personal que se dignifica a través de la acción. Esto implica que la misma belleza está al alcance de toda persona, pero se expresará de manera diferente. Así pues, no es a un estilo a lo que hay que mantenerse fiel para reflejar la belleza, como dice Warhol, sino a uno mismo. Se trata de dos cosas diferentes a menudo confundidas. Y es que admitiendo que la persona tiene límites infranqueables, lo cierto es que siempre estará inacabada; mientras que el estilo es algo rígido e impuesto desde fuera, es algo artificial. El estilo consiste en una estética particular que la persona asimila para mostrarse en sociedad, para “venderse” mejor. Pero el camino de la belleza es exactamente el opuesto. No consiste en abrazar una estética para mostrar lo que se quiere ser, sino en averiguar con humildad quien se es para saber quien se puede llegar a ser. En este sentido, mantenerse fiel al estilo supone una huida nostálgica de sí mismo. La estética que me interesa es expresión de la ética. La estética que no me interesa reduce la persona a un medio, el estilo. Es indudable que existen constricciones sociales que determinan nuestra imagen, y no voy a negar la existencia de intereses económicos que utilizan la moda como una forma de manipulación social. Siempre las ha habido y siempre las habrá, pero esto no significa que no podamos ser libres. Al contrario, se da la paradoja de que la libertad sólo tiene sentido en un entorno de limitación. Afrontar el desafío de ser libres consiste en ser uno mismo sinceramente, con independencia del reconocimiento social como belleza, inevitablemente efímero. Porque lo que lo que hace bella a una persona no son las ropas que viste sino las elecciones que toma. Luego, poco importa si la imagen cambia.
Agradezco a Ania que haya estimulado esta reflexión. Ella también me dio a conocer la cita de Warhol.
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