Hace un año…

Reflexionaba sobre la naturaleza del yo, impertérrito frente a los azarosos cambios en la materia que lo sustenta y, a través de la memoria, lo alimenta. La mayor de las ilusiones para algunos, un atisbo de la única verdad para otros, y todavía enigmático para todos los que no renunciamos a comprender. Pero el yo resulta tan ilusorio como lo era el movimiento para Zenón de Elea, cuando todos tenemos experiencia de nuestra identidad y del movimiento. La paradoja se resuelve cuando se es consciente de que nuevas propiedades pueden emerger de la interacción compleja entre unidades subyacentes, cuyo análisis individualizado no puede llegar a explicarlas. Así como la suma de infinitos términos es un número finito, algo cualitativamente distinto puede surgir de la adición, mejor dicho, de la interacción entre componentes relativamente sencillos. Si las nuevas propiedades resultasen inexplicables se debe precisamente a las dificultades que conlleva la perspectiva holística, las cuales podrían estar relacionadas con algún tipo de sesgo en nuestra aptitud cognitiva. Luego el yo puede ser al mismo tiempo infinito y definido, singular y permanentemente cambiante e inacabado, dinámico. Hace un año también recordaba la relación existente entre el número de latidos y el metabolismo en los mamíferos, así como otros números relacionados con nuestra biología. Explicaba la posibilidad de un ateísmo razonable y no necesariamente exento de una ética admirable, basada en principios humanistas. Regresaba de Bergen fascinado y reunía para ti algunas plantas extraordinarias que sólo podrás ver en viejos grabados o quizás en el cine.

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