Los rostros de la eugenesia

Eugenesia es una palabra maldita con connotaciones profundamente desagradables. Etimológicamente significa de buena herencia, término acuñado a finales del siglo XIX por Francis Galton. Entonces la genética ni siquiera había nacido como disciplina científica, pero el papel de la selección natural en el proceso evolutivo ya era popular gracias a las investigaciones de su primo, Charles Darwin. La propuesta de Galton consistía en mejorar la humanidad aumentando las posibilidades de propagación de los individuos más adecuados. Esta pretensión de influir en la evolución biológica de la especie humana se haría tristemente célebre durante el siglo XX, probablemente el más violento de la historia. En principio, pueden distinguirse dos tipos de eugenesia. La eugenesia positiva consistiría en promover una mayor representación en sociedad de los individuos considerados mejores. La eugenesia negativa consistiría en establecer las condiciones que eviten la reproducción de los indeseables. Por ejemplo, la eugenesia positiva se halla implícita en el sistema educativo inglés, durante años diseñado sobre la base del coeficiente intelectual o C.I. Básicamente a través del C.I se buscan correlaciones con individuos socialmente admirables, luego se clasifica a los estudiantes que serán encaminados hacia diferentes roles sociales en función de tal información. La eugenesia negativa es si cabe todavía más nociva y esencialmente descansa sobre la misma falacia, que implica sobrevalorar hasta límites caricaturescos el papel de los genes en el comportamiento humano. El criminal, el ladrón, el malvado, no se harían, sino que nacerían, luego evitar que dejen descendencia mejoraría el acervo genético de la raza humana. Desde el punto de vista científico semejante idea sólo resultaría ingenua si no hubiese sido tan dañina. Y es que, paradójicamente, en su afán por mejorar la humanidad nunca el hombre fue tan inhumano. Sin embargo, pienso que existe un rostro amable de la eugenesia que tendría como prejuicio recomendable la tabla rasa, por usar la expresión de Locke, esa metáfora de la naturaleza humana criticada por Steven Pinker entre otros. Que los genes juegan un papel menor y que nuestra naturaleza viene determinada principalmente por el ambiente, por la cultura. Y que, en cierto modo, también el ambiente se hereda. Aunque esto no fuese cierto, cosa que personalmente no creo, ¿acaso insistir en la mejora de las condiciones ambientales, tales como la nutrición, la educación, el cuidado médico y parental de los hijos, independientemente de su origen, no supone una mejora de la humanidad?