Incertidumbre y desconocimiento son cosas diferentes. Solemos decir de algo que no conocemos que es incierto, si bien la mayoría de las veces queremos decir que permanece incierto. La incertidumbre se despejaría en cuanto tuviésemos la información necesaria correspondiente a todas las variables que participan en el hecho que se pretende explicar. Quizás el grado de detalle que requiere una explicación satisfactoria no sea posible con los medios disponibles, entonces mostramos nuestro escepticismo de cara al futuro afirmando que se trata de algo que siempre permanecerá incierto. Básicamente, el racionalismo cartesiano y la física newtoniana sumergieron al hombre en una visión mecanicista del mundo que entendía la incertidumbre de este modo. Con el siglo XX se superaría aquel paradigma basado en un tiempo y un espacio absolutos. Certezas, ahora en ruinas, que incluso habían sido comprendidas por Kant como condiciones necesarias para la experiencia; como impuestas por el propio sujeto en el acto de conocer. Con todo, la física relativista no abandonó aquella noción de lo incierto. Las cosas inciertas no eran en sí mismas inciertas, sino que permanecían inciertas. Un ejemplo para que se entienda el matiz: la idea del caos determinista sugiere que el comportamiento aleatorio dejaría de serlo en cuanto dispusiésemos del cálculo preciso de variables. El superordenador soñado por Laplace, capaz de semejante proeza, podría así llegar a predecirlo todo. Tal vez esa máquina sea imposible de construir, pero podemos pensarla y en ese pensamiento disipar toda incertidumbre. Pues bien, la física cuántica trae a colación una idea de la incertidumbre completamente nueva, que contradice toda intuición. La máquina no podría predecirlo todo aunque lo supiera todo. Al contrario de lo que pensaba Einstein, Dios jugaría a los dados. Existiría pues un azar intrínseco a la naturaleza, independientemente de nuestra capacidad de cálculo o, mejor dicho, nuestro cálculo sólo podría serlo de probabilidades. Kant opinaba que la cosa en sí, el noúmeno, era incognoscible debido a la limitación del sujeto. Heisenberg y compañía, incluyendo a Schrödinger por mucho que le pesase, afirman que el estado de una partícula subatómica únicamente se define en el mismo momento en que es conocida. No es esto alguna suerte de idealismo donde no hay otra cosa que sujeto, sino que la naturaleza, por expresarlo metafóricamente, es una bailarina tímida y agilísima cuyo rostro sólo alcanza a distinguirse cuando, sintiéndose observada, se detiene.

