Tengo una espina clavada con mi responsabilidad al volante. El domingo tuve un reventón, y no me refiero a la purulenta liberación de la espinilla en cuestión, sino al destrozo involuntario de una rueda mientras conducía. Una pareja de la Guardia Civil, inesperadamente amable, me sorprendió manos a la obra. Pretendía sustituirla por una de esas de bicicleta que suelen adjuntar a un coche demasiado caro. Ellos me dijeron lo que ya sabía, que podía haberme matado si me hubiese ocurrido en la autopista, y yo pensé en lo que ellos no sabían, que horas antes ya me agasajaran con un primer plano por exceder el límite de velocidad permitido en la misma. Paradójicamente, este mes está suponiendo para mí un tiempo de infortunio. La rueda que se rompió representa a la perfección esta paradoja. Por un lado, representa la perfección del círculo, la redondez del mensaje: “amigo, tienes otra oportunidad, pero si sigues conduciendo tan rápido como acostumbras terminarás teniendo un accidente mortal o algo peor”. Así que tendré que aburrirme por mi bien y responsabilizarme por el de los demás. Por otro lado, quisiera que la rueda que se rompió no signifique el eterno retorno, el ciclo de repeticiones, la tarea de Sísifo empujando indefinidamente la piedra, tal vez la misma en la que reiteradamente tropieza el hombre. Así es como la rueda conlleva la ambivalencia de lo perfecto y lo imperfecto. En cuanto es círculo simboliza la homogeneidad, la ausencia de división; pero también el devenir, lo contingente, en cuanto es rueda que abre camino. Aunque mi accidente parece encajar menos con el azar que con la necesidad, a tenor del estado lamentable en el que tenía las dos ruedas delanteras. Debido a que es radiada, la rueda es también un símbolo solar en la mayoría de las tradiciones. Cuando contiene el mismo número de radios que pétalos luce la flor del loto la rueda significa una renovación, la generación de algo nuevo: ¿quizás un hombre prudente? Un hombre prudente es un hombre sabio, como pronto advirtieron los clásicos griegos, y yo sólo se que no se nada. La rueda que se rompió no tenía ocho radios sino seis, así que tal vez no sufra de una conversión paulina después de todo; pero seis radios tiene la rueda de la fortuna, el décimo arcano mayor del Tarot, simbolizando las alternancias de la dicha y la desdicha. Y como me habla a veces el amor: esto sólo puede mejorar.
Muertes clásicas
Noviembre 21, 2008 a 11:13 am (01. Primero, las personas)
Sócrates representa el paradigma del buen morir, del morir con dignidad. Condenado por los Treinta Tiranos a envenenarse, sus últimas palabras fueron dirigidas a Critón: “deberíamos ofrendarle un gallo a Asclepio”. La ofrenda antes de dormir de un sacrificio animal al dios de la medicina, Asclepio, era una práctica común entre los que padecían alguna dolencia y esperaban despertarse curados. Luego el universo iba a sumergirse en Sócrates a través de un sueño de curación. El saber morir de Sócrates puede compararse al de otros como Epicuro y Teofrasto, que murieron rememorando placeres intelectuales, el primero de ellos incluso sufriendo graves dolores. Discípulo de Teofrasto fue Metrocles. Tal era su sentido de la dignidad que intentó dejarse morir de hambre después de tirarse un pedo en un discurso público. Crates, que había sido discípulo de Diógenes, el mismo que se masturbaba en la vía pública, mostró a Metrocles las virtudes de la flatulencia descontrolada. Así que Metrocles decidió esperar hasta una avanzada edad para estrangularse a sí mismo. Su admirado Diógenes moriría aguantando la respiración, aunque hay quien asegura que se atragantó mientras comía pulpo a la gallega. Zenón de Citio también murió evitando respirar y para ello no fue necesario que alguien se cagase en los alrededores. Parece ser que tropezó al salir de la Stoa rompiéndose un dedo del pie. Furioso, golpeó el suelo con el puño y declamó: “vengo por mi propia voluntad, ¿por qué llamarme entonces? Acto seguido, contuvo la respiración hasta morir. Pitágoras, al que también horrorizaban las ventosidades, fue probablemente una invención soñada por los pitagóricos. Sea como fuere, dice la leyenda que murió en un incendio por negarse a cruzar un campo de habas. ¿Por qué los pitagóricos prefieren morir antes que pisar un campo de habas?, preguntó en una ocasión Dionisio a Timica, la pitagórica. Esta, que estaba embarazada y había sido amenazada de tortura en caso de no contestar, se arrancó la lengua y la escupió a la cara del tirano como respuesta. Timica murió por no revelar que Pitágoras encontraba a las habas incómodamente similares a los testículos. Heráclito, que tampoco comía habas, se volvió un ermitaño y terminó por caer enfermo. Entonces buscó la curación haciéndose cubrir con boñigas de vaca. Parece ser que ese día Asclepio estaba ocupado riéndose y el sabio murió asfixiado. Supongo que todo fluye, salvo la mierda bovina secada al sol. Por aquel entonces, la sabiduría de Heráclito era comparable a la de Empédocles, en cuyos escritos puede leerse: “¡Desgraciados, pobres desgraciados, no se os ocurra tocar las habas!”. Para confirmar los rumores de que era inmortal, Empédocles se lanzó al Etna y quedó reducido a una zapatilla. Se dice que Platón murió por una infestación de piojos más reales que ideales y Crisipo, al igual que yo, acabó muerto de risa.
Tómatelo con filosofía
Noviembre 17, 2008 a 2:57 pm (08. La octava maravilla)
Hoy es el día mundial de la filosofía. Cuando era un niño de ojos muy abiertos quería ser miembro de la Cruz Roja, y apenas unas semanas después quería hacer una carrera. Concretamente, la carrera de naturalista o algo así, como Félix Rodríguez de la Fuente, pero entonces me preocupaba la idea de tener que correr para conseguir el título, pues me temo que siempre fui un poco vago. Por fortuna, para hacer la carrera de Biología no hacía falta ser un atleta. Mucho tiempo después se cruzaría en mi vida peligrosamente la filosofía. Yo tenía dieciséis años y por aquel entonces quería salvar al mundo. El Hermano Luis Miguel, un joven de barba y gafas al que recuerdo inteligente y víctima de una pertinaz alopecia, me presentó a esa bella dama que me encandilaría por siempre. Con él aprendí mis primeros conceptos de lógica, y en un gesto provocador no dudé en manifestarle mi interés por Nietzsche. Una vez le preguntaron a Diógenes, el cínico, qué era para él lo más valioso en la vida, a lo que respondió: “la libertad de expresión”. Debo decir que a la hora de expresarme siempre me sentí libre en aquel “colegio de curas”, y haciendo gala de un carácter algo pendenciero, que pocas veces he logrado mitigar, no dudé en dedicar mi primer trabajo de filosofía a la obra “El anticristo”. En mi opinión, la filosofía es la realización consciente de la propia vida. Es decir, con independencia de a lo que dediquemos la mayor parte de nuestro tiempo, incluso de nuestro bagaje cultural, uno no sólo puede, sino que debiera ser filósofo. Y es que únicamente declarando nuestro amor por la sabiduría nos hallaremos en disposición de buscarla. Abrazar este compromiso y ser consciente de ello se me antoja de la mayor importancia porque es precisamente en esa búsqueda que consiste el ser más verdaderamente, la más pura libertad de expresión. En semejante viaje, lo reconozcamos o no, somos guiados irremediablemente por las luces de quienes caminaron primero.
Lágrimas en el pasillo
Noviembre 12, 2008 a 1:03 pm (04. Cuarto de las letras)
Sus palabras son como la semilla del diente de león. No quiero decir que se las lleve el viento, pues es persona de altura. En tal sentido, sus palabras son escritura. Quiero decir que son livianas y dejan sus huellas delicadamente sobre la arena hasta que el mar se las lleva. Pero dentro de ella están grabadas en piedra. Cuando lee en voz alta las letras de su alma, suenan esas palabras ligeras y bellas como el piar de un pajarillo, mas para entender la lectura deberás verla con los ojos de un niño. Y deberás hacerlo aprisa, antes de que su sonrisa invada otra vez la playa. Porque el texto de su interior se escribió con tinta de amor, no será legible para el espíritu que no reconozca su belleza. Para leerlo habrás de atender a sus gestos y detalles, sus besos amables, contagiarte de su nobleza. Dejarte amar. Sus lágrimas son expresión de ese libro maravilloso que no sabe contar a otros. Su abrazo comprometido fueron esas lágrimas en el pasillo.
El tercer hombre
Noviembre 10, 2008 a 1:01 pm (01. Primero, las personas)
A finales del siglo VI a.C. y principios del V, los griegos reconocieron de entre los suyos a siete sabios famosos por sus enseñanzas. Entre ellos se encontraban el célebre legislador Solón de Atenas, además de Tales de Mileto, a quien se le atribuye la máxima “conócete a ti mismo”. Una noche, Tales salió a pasear en compañía de una joven tracia y por estar mirando las estrellas se cayó en una zanja. Entonces la joven le preguntó: “¿Cómo puedes pretender saberlo todo de los cielos si ni siquiera eres capaz de ver lo que hay bajo tus pies?” Probablemente, estas palabras ilustren mejor que ninguna otra la razón de por qué Tales suele considerarse el primer filósofo. En cierta ocasión, unos pescadores de la isla de Cos encontraron en sus redes el trípode que había perdido Helena de Troya. Los pescadores habían vendido por anticipado el contenido de las mismas a unos comerciantes de la ciudad en la que había nacido Tales, pero al ver el trípode se negaron a entregarlo. Esto provocó la guerra entre Cos y Mileto. Los combatientes dirimieron su disputa acudiendo al Oráculo de Delfos, que lucía la máxima del filósofo. El Oráculo determinó que la valiosa mercancía fuese entregada al hombre más sabio. El tirano de Mileto, Trasíbulo, consultó entonces con uno de los siete, Periandro, que era amigo suyo, el cual le dijo que el más sabio de todos los hombres era, como no, Tales, el mismo que no tenía los pies en el suelo. Periandro era también un tirano que gobernaba Corinto con mano de hierro. Una vez fue él quien consultó con Trasíbulo sobre cómo se gobierna una ciudad y Trasíbulo lo llevó a un campo de trigo para mostrarle cómo cada vez que veía una espiga más alta que las demás la cortaba ferozmente con la hoz. Periandro regresó más tarde a su ciudad y mandó matar a los mejores hombres de Corinto. Bueno, el caso es que Tales rechazó el honor de ser el más sabio y se fue a ver a otro de los siete, su maestro Bías de Priene, quien pensaba que la mayoría de los hombres son malos y, por tanto, no podía ser feliz. Quizás porque compartía ese mismo pensamiento, Periandro estaba obsesionado con ocultar el lugar exacto de su sepultura. Cumpliendo con su enseñanza “se previsor con todas las cosas”, diseñó un macabro plan para lograrlo. Periandro pagó a dos hombres para que asesinaran y enterraran a un tercero, al que hallarían en un determinado lugar. Después mandó que cuatro hombres persiguieran a los dos primeros, los mataran y también los enterraran. Y luego dispuso que un grupo mayor diera caza a los cuatro. Tras estos preparativos salió al encuentro de aquellos dos, ya que él, Periandro, era el tercer hombre.
Mirar al viento
Noviembre 5, 2008 a 12:46 pm (08. La octava maravilla)
Con la victoria de Barack Hussein Obama se abre un período de esperanza para todo el mundo. Hace años, recuerdo haber escuchado una opinión del director de cine Lars von Trier que parecía algo radical: “todos deberíamos votar en las elecciones americanas”. Sin embargo, opino que tiene razón. Dada la enorme influencia que ese país ejerce en todo el mundo, a todos nos va mucho en las elecciones de ayer. Afortunadamente, los norteamericanos escogieron una opción de centro frente al conservadurismo más recalcitrante representado por John McCain. En realidad, del nuevo presidente poco sabemos, pero todo lo que he visto hasta ahora me gusta. Me gusta el estilo, casi poético, que imprime a sus mensajes. Me gustan sus gestos amables y su andar humilde al tiempo que cargado de determinación. Me gustan sus palabras y movimientos, ¿me gustarán sus hechos? Al menos este hombre parece mirar al mismo viento que agitaba el espíritu de los 60 para otro poeta como es Bob Dylan.
¿Cuántos caminos debe recorrer un hombre para que lo consideren un hombre? ¿Y cuántos mares debe una paloma blanca surcar antes de dormir en la arena? ¿Y cuántas veces deben las balas de cañón volar antes de que las prohíban para siempre? La respuesta, amigo mío, está flotando en el viento, la respuesta está flotando en el viento. ¿Cuántas veces debe un hombre mirar hacia arriba antes de poder ver el cielo? ¿Y cuantas orejas debe un hombre tener antes de poder oír a la gente llorar? ¿Y cuántas muertes más serán necesarias para que se sepa que ya murió demasiada gente? La respuesta, amigo mío, está flotando en el viento, la respuesta está flotando en el viento. ¿Cuántos años puede una montaña existir antes de que la borre el mar? ¿Y cuántas veces más puede un hombre volver la cabeza fingiendo que no ve? La respuesta, amigo mío, está flotando en el viento, la respuesta está flotando en el viento.

