Diciembre 16, 2008 a 11:49 am (04. Cuarto de las letras)
Tras un desagradable episodio con unas compañeras de trabajo, que desafortunadamente me afecta todavía, recordé al emperador romano Marco Aurelio y sus Meditaciones. No afirmo con ello que comparta plenamente esa fría búsqueda de la virtud frente a la inevitabilidad de prácticamente todo, que parece haberle caracterizado, así como a otros estoicos, mas observo sabiduría en sus palabras:
Cuando tropieces con la desvergüenza de alguno, pregúntate a ti mismo: “¿es que puede no haber en el mundo desvergonzados?” No puede. Por tanto, no pidas lo imposible. Ten presente esto mismo a propósito del malvado, el desleal y cualquiera que comete una falta. Pues tan pronto como recuerdes que es imposible que no exista una clase de gente así, serás más benévolo con cada uno de ellos. Es muy útil también pensar en la virtud que la naturaleza dio al hombre frente a este error. Pues le dio como antídoto frente al ingrato la indulgencia y frente a cada cual una facultad diferente. Si te es perfectamente posible cambiar con tu enseñanza al que anda extraviado, ¿por qué también te sientes dañado? Pues no encontrarás a ninguno de esos con los que te irritas que hayan hecho una cosa tal que por ella haya de hacerse peor tu inteligencia […] ¿Qué mal o cosa extraña se ha producido porque un iletrado haga lo propio de un iletrado? Mira no sea que más bien debas reprocharte a ti mismo por no haber previsto que iba errar en ese punto. Pues tú tenías también una base racional para haber pensado que es natural que fuese a errar en ese punto, y sin embargo te has olvidado, y te extrañas de que haya errado. Especialmente cuando censures a uno por desleal y desagradecido, recógete en ti. […] ¿Qué más quieres por hacer bien a un hombre? ¿No basta el hecho de haber obrado de acuerdo con tu naturaleza, sino que buscas el pago por ello? Como si el ojo reclamase una recompensa porque ve, o los pies porque caminan. Porque igual que estos están hechos para una función determinada, y si la llevan a cabo según su propia constitución obtiene lo que es suyo propio, así también el hombre que ha nacido para hacer el bien cada vez que realice alguna buena obra ha hecho aquello para lo que ha sido constituido, y tiene lo suyo.
Pero, Marco Aurelio, cada vez que ese hombre yerra se causa también daño, precisamente porque está en su naturaleza o le fue enseñado el esfuerzo de reconstrucción y el orgullo por la obra que hace de sí mismo.
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Diciembre 15, 2008 a 2:12 pm (07. El séptimo arte)
La segunda película de Ed Harris después de “Pollock”, dicho sea de paso es pintor que detesto, y sin embargo fue una obra suya la pintura más cara del año pasado, es un western muy digno. Como aquellas pinturas, tiene una estética particular que ciertamente la hace inusual. Los vestidos, las barbas y bigotes, los pañuelos raídos, las gruesas chaquetas, enormes también las escopetas…; todo es diferente, exagerado y agradable de ver. La historia es simple, los diálogos parcos mas certeros, las cosas que se dicen se cumplen. La película en su totalidad transmite veracidad a pesar de la desproporción en cañones y bigotes. La historia se dobla varias veces, de manera interesante con la llegada de “la dama”, de manera insustancial y poco convincente con la presencia de un grupo de Chiricauas, o la rápida e inesperada riqueza del ruin Jeremy Irons. El guión resulta para mí inconsistente tantas veces… Los personajes están desigualmente trabajados, pero resultan convenientemente complejos. “La dama”, Renée Zellweger, sólo permanece fiel a sus miedos e inseguridades, y es que la fidelidad parece que hay que buscarla en “la puta”, Ariadna Gil, la otra mujer superviviente en ese mundo de hombres y armas de fuego. Pero la verdadera fidelidad es ejemplificada por el personaje de Viggo Mortensen. Su trabajo es bueno y el personaje sencillamente admirable. Un hombre con sentimientos, como dirá su amigo, y así un hombre, como digo yo. El personaje que interpreta Ed Harris es también profundo y está bien logrado. Representa una existencia cercenada por la falta de afecto, aunque le sea ofrecida una verdadera amistad. Sin lugar a dudas, lo mejor de la película lo constituye este particular binomio en perfecta armonía con un conjunto arrugado y enjuto como los tallos viejos de la vid en verano o el cuerpo de un calibre ocho de doble cañón. De hecho, resulta tan seca como la vid o el disparo. (***)
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Diciembre 10, 2008 a 12:24 pm (13. Lo último)
Hojeando un libro de Hans Küng, al que puedo leer con agrado aun sin estar de acuerdo con él, hallé una versión teológicamente corregida de un poema de Berthold Brecht. He aquí ambas versiones, la original primero:
¡No os dejéis seducir! No hay más retorno. El día está a las puertas; el viento de la noche podéis ya sentir: no llega otra mañana. ¡No os dejéis engañar! Poco es la vida. ¡Saboreadla a rápidos sorbos! ¡No os resultará suficiente al tenerla que dejar! ¡No os dejéis esperanzar en vano! ¡Demasiado tiempo no tenéis! ¡Dejad a los redimidos el moho! La vida es lo más grande: no está dispuesta otra vez. ¡No os dejéis seducir a esclavitud y explotación! ¿Qué os puede infundir angustia? Morís con todos los animales. Y después no hay nada más.
¡No os dejéis seducir! Sí hay un retorno. El día está a las puertas; el viento de la noche podéis ya sentir; llega aún otra mañana. ¡No os dejéis engañar! Poco es la vida. ¡No la saboreéis a rápidos sorbos! ¡No os resultará suficiente al tenerla que dejar! ¡No os dejéis esperanzar en vano! ¡Harto tiempo no tenéis! ¿Coge a los redimidos el moho? La vida es lo más grande: sí está dispuesta otra vez. ¡No os dejéis seducir a esclavitud y explotación! ¿Qué os puede infundir angustia? No morís con los animales. La nada no viene después.
El ateo, que no nihilista, Compte-Sponville nos invita a vivir la felicidad desesperadamente. Al igual que otros, nos enseña que la felicidad es posible sin la esperanza de una vida ulterior. Teólogos como Küng nos recuerdan que la felicidad está ligada a la esperanza. Que la esperanza no implica necesariamente la espera dando la espalda a la vida. Ambas visiones estarían de acuerdo en afirmar la vida y por ende nuestra humanidad. Esto último es lo que me parece más importante. Sin embargo, las dos contienen un ingrediente dogmático, pues nadie puede saber con certeza si todo se agota en la materia o no. En cierto modo, ambas son ilusiones, por lo que su vivencia se me antoja una cuestión de voluntad. En mi opinión, y al contrario de lo que pueda parecer, lo más interesante de los dos poemas es lo que tienen en común. Y es que en el fondo este es un asunto personal e íntimo, por eso opino que es importante que no nos dejemos seducir.
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Diciembre 2, 2008 a 5:56 pm (13. Lo último)
Esta tarde escuchaba a una compañera de trabajo hablar sobre los pequeños sacrificios que se hacen por amor, cosas que sólo gustosamente se hacen al principio de una relación amorosa, pues “esa clase de amor no dura”. Opino que quien habla de esa manera no ha vuelto el amor lo suficientemente razonable para sí o simplemente no lo conoce. En su concepción del amor, que con cierta tristeza observo que es el de la mayoría de la gente, pienso que existen varias confusiones de importancia. La primera de ellas es considerar que amar es fundamentalmente recibir. La segunda es pensar que dar supone un renunciar a algo. La tercera es creer que dando uno traiciona su propia individualidad. Finalmente, se piensa que el amor empieza con un grado de máxima intensidad para luego morir paulatinamente con el tiempo. Sin embargo, lo que ocurre con el amor es exactamente lo contrario: es fundamentalmente dar, un dar que te enriquece como persona, en el que exploras y afirmas tu singularidad. Y el amor supone un continuo aprendizaje. En palabras de Fromm el amor maduro significa unión a condición de preservar la propia integridad y, paradójicamente, esto se consigue dando:
¿Qué es dar? […] El malentendido más común consiste en suponer que dar significa renunciar a algo, privarse de algo, sacrificarse. La persona cuyo carácter no se ha desarrollado más allá de la etapa correspondiente a la orientación receptiva, experimenta de esa manera el acto de dar […] vive el dar como un empobrecimiento. [Sin embargo] dar posee un significado totalmente distinto: constituye la más alta expresión de potencia. En el acto mismo de dar experimento mi fuerza, mi riqueza, mi poder. Tal experiencia de vitalidad y potencia exaltadas me llena de dicha. Me experimento a mí mismo como desbordante, pródigo, vivo, y, por tanto dichoso. Dar produce más felicidad que recibir, no porque sea una privación, sino porque en el acto de dar está la expresión de mi vitalidad.
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Diciembre 1, 2008 a 9:31 pm (13. Lo último)
En su justamente celebrada obra, “El arte de amar”, Erich Fromm nos recordaba que el amor no es una mera sensación placentera que nos encontramos en la vida por azar, como si fuera cuestión de suerte, sino una actividad que requiere atención, dedicación y esfuerzo. Uno no se tropieza con el amor, sino que el amor es algo que se obtiene mediante el cuidado, el respeto, y el conocimiento del otro. En virtud de su evolución cultural el hombre se desliga en buena medida de la naturaleza y hace uso de su libertad. El amor constituye una manifestación excelente de este ejercicio. Quienes pretenden explicar el amor en términos puramente bioquímicos o formando parte de una lógica de instintos que encuentra su reflejo en otros animales, particularmente en primates superiores, ignoran, en mi opinión, que la esencia de la naturaleza humana reside precisamente en su cultura. Es este extraordinario desarrollo el que tiñe al ser humano de una singularidad sin parangón en la naturaleza. Así por ejemplo, y parafraseando a Vargas Llosa, sólo entre nosotros reconocemos el erotismo como la dignificación del sexo a través de la imaginación, en último término de la cultura. El amor sólo tiene sentido en libertad, que lejos de implicar una vuelta a la naturaleza, no es posible sin la razón. Y es que el hombre está condenado a ser libre en cuanto hace uso de su razón. Sin embargo, se afana por renunciar a su libertad porque ser libre conlleva la conciencia de sí mismo como una entidad singular apartada de todo lo demás, des-integrada, lo que es causa de angustia. En su intento de evitar la visión de ese abismo que le rodea como individuo, da la espalda a su unicidad buscando la identificación con la masa y acaba borreguizado, convertido en un autómata. Es interesante la apreciación de freudomarxistas como Fromm o Marcuse indicando la posibilidad de que detrás del movimiento por la igualdad en la sociedad capitalista contemporánea exista un proceso semejante de identificación, de conformismo, en definitiva, de renuncia a las diferencias. Este proceso cobra especial importancia para el amor cuando nos referimos a la lucha por la igualdad entre el hombre y la mujer. Así, la identificación de la mujer con el hombre, su imitación de modos de comportamiento eminentemente masculinos, podría significar una renuncia a afirmar la propia feminidad y en este sentido erosiona la dimensión erótica del amor. Pero lo que quisiera destacar aquí es que la única forma que tiene el hombre de superar la soledad existencial a la que lo arroja su libertad es amando. Sólo en el amor interpersonal los sujetos realizan plenamente su propia singularidad al tiempo que se sienten integrados en el mundo. Sin razón no hay libertad, sin libertad no hay amor, y sin amor no hay sentido.
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