Sobre el altruismo biológico

Hubo un tiempo en el que no estaba de moda entre los biólogos referirse al altruismo biológico como un carácter que pudiera haber evolucionado mediante la selección de grupo. Fue una época, la de finales de los años 70 y principios de los 80, en la que se abría camino poderosamente la idea del gen egoísta gracias a la belicosa pluma de Richard Dawkins. Una idea brillantemente desarrollada por este autor, y más que sobradamente reconocida, heredada, sin embargo, de trabajos previos realizados principalmente por William D. Hamilton y George C. Williams. Este último, más que nadie, pretendió darle la puntilla definitiva a la selección de grupo que planteaba Vero C. Wynne-Edwards, entre otros, en virtud de una supuesta superioridad de la selección a favor del individuo dentro de grupos. Entonces se explicaba el altruismo, observado en tantas especies de invertebrados y vertebrados, dentro del contexto de la selección individual, de carácter necesariamente egoísta, apelando a la aptitud inclusiva o a la búsqueda de reciprocidad. Tuvieron que pasar décadas para reconocer que nuestra comprensión del proceso evolutivo se encuentra excesivamente centrada en el gen y que la selección de grupo puede dar lugar a un altruismo genuino. No obstante, la idea de la selección de grupo descansa sobre dos premisas fundamentales bien conocidas desde principios del siglo XX. De hecho, pienso que ya eran conocidas por el mismo Darwin. Por un lado, la naturaleza abstracta del principio de selección natural, de manera que esta puede actuar no sólo sobre los individuos sino sobre cualquier entidad que se copie con alta fidelidad, varíe y se reproduzca de manera diferencial de acuerdo con dicha variación. Por otro, la evidencia de la organización jerárquica de la biosfera. Así, por debajo del individuo la selección puede actuar sobre los genes y las células, y por encima sobre grupos, especies e incluso ecosistemas, en la medida en que tales entidades satisfagan las condiciones mencionadas. Ciertamente, lo que es ventajoso a un nivel jerárquico suele ser desventajoso a otro nivel causando un conflicto que se dirimirá dependiendo de la fuerza relativa de cada proceso selectivo. Luego el altruismo podrá evolucionar por selección de grupo allí donde se imponga a la selección a nivel individual, y cuando la presencia de individuos altruistas dentro de las poblaciones confiera a estas una mayor probabilidad de sobrevivir en un ambiente determinado, frente a otras poblaciones del entorno en la que sus integrantes se comportan de manera egoísta. En otras palabras, el altruismo biológico no es la mera consecuencia de una suerte de laissez faire evolutivo donde cada individuo busca su propio interés.

Selección natural no es reproducción diferencial

El insigne biólogo Ernst Mayr definió la selección natural como “la supervivencia no aleatoria y el éxito reproductivo de una pequeña fracción de los individuos de una población, debido a la posesión en un momento dado de caracteres que potencian su capacidad para sobrevivir y reproducirse”. Esta definición pretende desgranar las claves que conducen al principio de selección natural de manera precisa. Así, la apelación a un proceso no aleatorio significa la existencia de variación heredable en la capacidad reproductiva y de supervivencia de los individuos. De manera implícita, señala además las implicaciones derivadas de un incremento geométrico en el número de individuos de una población en contraste con una fuente de recursos limitada. En particular, este contraste conduce a una lucha por la existencia. Dado que el tamaño de población permanece más o menos constante a lo largo de sucesivas generaciones, sólo un porcentaje minoritario de la población habrá sobrevivido y dispondrá de la oportunidad de contribuir con sus genes a la génesis de la generación siguiente. Finalmente, se afirma que tal reproducción diferencial se debe en último término a propiedades intrínsecas de los individuos. Es decir, depende de su constitución genética y, más concretamente, de en qué medida dicha constitución le permite interaccionar eficazmente con un ambiente determinado. Recapitulando, digamos que una enorme capacidad de crecimiento poblacional en combinación con la limitación ambiental conduce a una lucha por la supervivencia en la que ciertos individuos están mejor dotados que otros, por lo que tendrán una mayor probabilidad de reproducirse. En la medida en que los genes sean los responsables de los rasgos que les otorgan dicha ventaja reproductiva, que tal variación genética sea heredable, y que el ambiente se mantenga relativamente constante, el acervo génico de la población cambiará con el tiempo de forma direccional, por lo que esta estará progresivamente mejor adaptada. Sin embargo, tal y como Brandon ha destacado, la reproducción diferencial y la selección natural son cosas distintas. Aunque la selección natural es con frecuencia definida como un mecanismo evolutivo, es útil establecer la distinción entre la reproducción diferencial como mecanismo y la selección natural como su explicación darwiniana. De hecho, es del todo posible que tenga lugar la reproducción diferencial de variación heredable sin que se produzca selección natural. Por ejemplo, mediante un proceso conocido como deriva genética, del cual trataremos más adelante.

Reduccionismo y análisis

En un texto anterior me refería a la desintegración de lo real a través de la razón o al aparente absurdo al que conduce el análisis llevado al extremo. Aun incorporando una crítica más o menos tácita del reduccionismo científico, aquel texto tenía un carácter metafísico que no adoptaré en esta ocasión. El análisis es un procedimiento utilísimo en el conocimiento de lo real y básico para la ciencia, que no debiera ser confundido con el reduccionismo. El análisis consiste en descomponer un sistema integrado y estudiar cada una de sus partes por separado para la obtención de una explicación del sistema en su totalidad. El análisis no presupone un reduccionismo duro porque su utilidad radica precisamente en saber dónde detenerse en el proceso de descomposición, en detectar aquel nivel jerárquico cuyo estudio particular permite recabar la información de relevancia a la hora de explicar el sistema. Esto es importante porque el todo siempre es más que la suma de sus partes. Es decir, el reduccionismo es falso. No es verdad que a medida que avancemos en la fragmentación de partes integrantes se incremente nuestra capacidad explicativa de la globalidad integrada, o al menos, esto casi nunca es así. En general, un proceder reduccionista conlleva ineluctablemente la pérdida de información, muchas veces esencial. Así por ejemplo, las partículas subatómicas de que está compuesto un gato no nos dicen nada del gato en cuestión, aunque este haya pertenecido a Schröedinger. Pero el analizar la anatomía de un gato, estudiando sus huesos y músculos, vísceras, etc., sin duda proporciona una información útil, aunque parcial, para la explicación de lo que es un gato. Pienso que tanto la debilidad del reduccionismo como la fortaleza del análisis residen en tres propiedades fundamentales: la naturaleza jerarquizada de lo real, su conectividad, y la emergencia. Lo real puede ser particularizado, pero al hacerlo se des-integra, y con ello se pierden las propiedades derivadas de la interrelación entre las partes. Estas propiedades emergentes, que no se explican con el estudio individualizado de aquellas, son con frecuencia del mayor interés. Y es que, en palabras de Ricard Solé, todo son redes. Pero una perspectiva holística del sistema a menudo tiene un poder explicativo muy limitado, de ahí que un análisis consciente de la debilidad del reduccionismo que en parte asume sea tan eficaz.

Razas humanas

El otro día, el 21 de marzo, fue el día internacional contra el racismo y contra la xenofobia. Al final de uno de los telediarios que se hacían eco de la noticia se emitió un breve reportaje donde se destacaban algunas iniciativas populares a propósito de la celebración. En una plaza de una ciudad que no recuerdo dispusieron un panel en blanco sobre el que la gente dejaba escrita una frase a modo de contribución a la causa. Sólo pude leer lo escrito por una persona: “una sola raza, la raza humana”. Esta frase se puede interpretar al menos de dos formas distintas. Puede expresar un pensamiento desiderativo, es decir, no importa si existen o no las razas, lo importante es que todos somos seres humanos; o bien puede significar que realmente no existen las razas dentro de la especie humana. Desde una perspectiva biológica existen dos formas de abordar la cuestión. Por un lado, uno puede considerar la idea de raza que tiene el hombre común y estudiar si tal concepto tiene un fundamento biológico. Por otro, uno puede considerar el concepto de raza en Biología y estudiar si puede aplicarse al caso de la especie humana. En mi opinión, la raza, tal y como se suele entender, digamos un concepto social de raza, no tiene ninguna base científica. Sabemos que la variación genética que existe entre grupos raciales es mucho menor que la que existe entre individuos de una misma raza. Es decir, la mayor diversidad genética se da dentro de grupos y no entre ellos. También sabemos que la mayoría de los rasgos que sirven para definir las razas, tales como la pigmentación de la piel, son meras adaptaciones climáticas. Sin embargo, se ha postulado razonablemente la existencia de distintos ecotipos dentro de la especie humana. Es decir, poblaciones más o menos aisladas que se adaptaron a diferentes condiciones ecológicas. La existencia de tales ecotipos ha sido principalmente defendida por Pigliucci y Kaplan, los cuales sugieren, por ejemplo, que cuando la gente reconoce “que los negros son más atléticos que los blancos” no se da cuenta de que la verdad está siendo eclipsada por una clasificación deficiente. En otras palabras, el concepto social y el concepto biológico de raza no tienen nada que ver. Una persona “negra” y otra “blanca” pueden pertenecer al mismo ecotipo, y los “negros”, “blancos”, “amarillos”…, podrían a su vez incluir distintos ecotipos. Por ejemplo, podría existir un ecotipo en el este de Africa especialmente adaptado a la resistencia atlética cuyos integrantes pueden ser “negros” kenianos, “no tan negros” etíopes, “blancos” bereberes… Pero lo importante es que si existiesen algo así como razas biológicas o ecotipos dentro de la especie humana, algo todavía controvertido, nada tienen que ver con nuestra clasificación racial, la cual está vacía de contenido científico.

Sexo y género

Hoy en día las posibilidades de comunicación de ideas son extraordinarias. Hay disponibles jugosas patrañas, paparruchas, chorradas, y toda suerte de comida basura para el cerebro bien formado y así mal informado. Recientemente, tuve noticia de un estudio “científico” que concluye que los hijos de hombres mayores tienen por término medio un coeficiente intelectual más bajo, no así en el caso de mujeres mayores, donde la tendencia es incluso la opuesta. No intentaré poner de manifiesto las debilidades de este tipo de estudios, lo cual se me antoja una tarea demasiado fácil. La noticia me llegó de la mano de una compañera de trabajo que aparentemente pretendía justificar la conveniencia de subvertir el tópico de hombre mayor emparejado con mujer joven. Parecía una actitud adoptada desde el feminismo contemporáneo en cuanto presuponía que el género, entendido como un patrón de conducta, es una imposición de tipo social, un asunto puramente cultural y por tanto flexible e independiente de la biología, de la condición sexual del individuo. Esta presunción se debía a que el emparejamiento hombre mayor-mujer joven constituye una de las tesis más conocidas de esa psicología evolutiva popular, hoy tan en boga, la cual asume la existencia de un estrecho vínculo entre sexo y género. Así, sobre la base de una inversión de recursos biológicos en la prole profundamente asimétrica entre el hombre y la mujer, y por tanto un menor compromiso del primero, se dice que el hombre es promiscuo por naturaleza, mientras que la mujer es esencialmente fiel. Que el hombre busca vírgenes con silueta de ánfora, mientras que la mujer beberá los vientos por un varón poderoso que garantice el cuidado de su progenie. La mujer óptima desde el punto de vista biológico sería aquella que está emparejada con uno de estos hombres, generalmente mayores, pero que tiene sus hijos con un joven genéticamente superior (sobre esta base se ha estimado que un 15% de los niños no tienen el padre biológico que creen tener). Debería estar claro que la evidencia empírica que sustenta este tipo de afirmaciones es muy endeble y que detrás de ellas podría haber la intención de justificar objetivamente el estado actual de las cosas, tan conveniente al sexo masculino. Por supuesto, uno puede albergar el prejuicio opuesto de que el género no está biológicamente determinado, como parecía ocurrir con mi colega, pero al defenderlo con estudios como aquel se incurre, en mi opinión, en una flagrante contradicción puesto que tales estudios asumen un papel preponderante de los genes a la hora de explicar rasgos tan complejos como la inteligencia o el comportamiento social. Pienso que la verdad al respecto constituye, una vez más, una cuestión de grado. Aunque opino que el margen de maniobra que proporciona la cultura es muy amplio, es evidente que el género se encuentra influenciado por el sexo. En mi opinión, el feminismo se equivoca al identificar la emancipación de la mujer con la asunción del género masculino, es decir, la imitación de patrones de conducta supuestamente masculinos. Verbigracia, calificar de valientes liberadas en sociedad a las féminas provisionalmente ligadas a jovenzuelos mientras llevan sus negocios con lucida agresividad. El verdadero desafío para el feminismo consiste, pienso yo, en definir y afirmar sin prejuicios la propia feminidad, en la que sin duda juega un papel básico la maternidad, y entonces redefinir el género a partir de ese viaje interior.

El sueño, la isla, el beso…

Hoy tuve un sueño. Vivía feliz en una isla del pacífico hasta que los japoneses decidieron invadirla. Tal vez estuviera en 1945, no lo se. Lo que percibí de manera extraordinariamente vívida fue que si no aprovechaba el plan de evacuación del Gobierno, que si no me iba con los demás, probablemente moriría. Por supuesto, en el sueño decido quedarme y lo hago por amor. Trato de convencer a la mujer en cuestión de que lo mejor para todos consiste en abandonar la isla. Dedico todos mis esfuerzos para hacerle comprender de que quedarse en ella constituye un suicidio. Sin embargo, mis razones resultan inútiles. Lo curioso es que ya antes de empezar a hablar tenía la sensación de que sería incapaz de convencerla y que, en el fondo, a pesar de lo dramático de la situación, no me importaba. Sentía que lo que tenía que decir no era importante, a pesar de que me iba la vida en ello. Tampoco me importaba no comprender sus motivos para quedarse. Lo cierto es que, de alguna manera, su estrella estaba unida a la isla y la mía a la suya, y todo lo demás era secundario. Lo único verdaderamente importante era mi decisión de permanecer a su lado, de serle leal a pesar de todo, incluso a pesar de la razón. Finalmente, en aquella isla nos quedamos solos, abrazados. Recuerdo que sequé sus lágrimas con una de mis mejillas al tiempo que bromeaba con el destino. Yo bromeaba, pero sólo ella pudo iluminar mi rostro con su sonrisa. Pronto llegarían los aviones, las bombas, el ruido que no escucharíamos… La moraleja de esta historia es que el ser humano, el animal racional por excelencia, el mismo que presume de neocórtex a lo largo y ancho del planeta, es capaz de hacer sacrificios por amor que no tienen parangón en la naturaleza. Se halla a su alcance un altruismo puro que se ríe de la aptitud inclusiva y de otras expresiones no tan horribles. Paradójicamente, aquello que resulta más específicamente humano no siempre reside en nuestras capacidades intelectuales, sino en decisiones a veces irracionales motivadas por el amor. Debo decir, sin embargo, que el sueño tuvo un final feliz, pues ambos teníamos un plan de fuga. Nuestro plan consistió en huir del tiempo a través de un beso. Nada pudo separar nuestro abrazo.

El gran azul

Galicia vuelve por sus fueros. Hasta los más fieles del gran azul se dieron cuenta hace cuatro años de que había que pasar página. Que era preferible el meteorito al dinosaurio, aunque no fuera más que un guijarro llamado Touriño. Pero la derecha de este país es misteriosa como el océano. Aparentemente homogénea, se mueve al unísono, en realidad desfila, resulta además monolítica. La pluralidad es cosa de izquierdas. El electorado de derechas se moviliza de forma casi militar, acrítica, masiva, disciplinada hasta el escalofrío. No importa si el tronco del partido está dividido de un hachazo o se revele corrompido hasta la raíz, no confundirán la papeleta. Sin embargo, en el mismo mar en el que se caga la gaviota encaminada como Dios manda vive una fauna dispar. En los abismos pululan especimenes oscuros que nadie quiere ver, algunos de los fascistas más recalcitrantes representando la herencia del pensamiento único, de la Grande y Libre, herencia de la que sería higiénico desprenderse. En tales profundidades se mueve con discreto camuflaje democrático la ultraderecha de este país, pues, ¿a quien se creen que votan? El voto de estas gentes de culo prieto no puede ser otra cosa que hipócrita, ya que en el fondo del mar se desprecia la democracia. Algo más arriba, cerca de la zona béntica del gran azul, pueden distinguirse los peces gordos, las clases más adineradas, los banqueros, empresarios, etc. En este caso, el voto por el Partido Popular me parece coherente, pues abogan por un modelo económico liberal que protege sus intereses, lo cual es perfectamente legítimo en democracia. En la zona pelágica, sin embargo, los peces se dejan arrastrar. No me entiendan mal, estoy seguro de que hay un montón de buena gente en contra de las políticas sociales tradicionalmente de izquierdas, por ejemplo, pero intuyo que muchos de los obreros, incluso jóvenes estudiantes que votan al Partido Popular, son presa de las corrientes marinas, algunas venidas de muy abajo. Un obrero votando a la derecha tiene algo de patético, ¿no les parece?, nadando divertido en la superficie hasta que llega la gaviota y se lo come.