Réquiem por un sueño

Por un instante imaginé una sociedad que no prime la satisfacción del deseo mediante el consumismo, inevitablemente fuente de frustración. Que valore a las personas por encima de las cosas, que no abandone la comunicación a través del diálogo personal y honesto en favor de frías máquinas de realidad virtual donde la mentira campa a sus anchas. Que valore el esfuerzo y no se pliegue al mero placer, que busque el placer en un saber que sirva a una mejor comprensión de lo que somos y de dónde venimos, y así ilumine nuestro futuro. Que forme en valores, donde cada individuo considere la realización de un proyecto personal construido sobre la base de valores humanistas como una finalidad fundamental en la vida. Una sociedad centrada en la educación que estimule el pensamiento crítico, que presente la verdad como una cuestión de honor y el honor como un principio irrenunciable de la persona. Que cada cual se honre a sí mismo siendo leal a la verdad y halle en semejante sentido del honor su sentido. Que cada cual permanezca fiel a un principio de solidaridad básico en una sociedad de iguales distintos, porque toda persona representa un nuevo mundo por ver la luz del mundo. Una sociedad ilustrada, que valore el conocimiento, la cultura, como un medio para hallar la libertad, pues en nuestra resistencia son mayores las lesiones que nos causamos por no ver las ataduras. Una sociedad que no se sienta seducida por la mediocridad, que no se disuelva en la masa manipulable y que entienda la diversidad como su mayor riqueza. Una sociedad que respete su entorno natural como parte de cada uno y lo perciba, tal y como dice un conocido dicho, no como una herencia de las generaciones pasadas, sino como un préstamo que nos hacen nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos. La naturaleza constituye así un vínculo con los desaparecidos y con los que habrán de venir. Una sociedad de individuos nobles y humildes, pero orgullos de llamarse por su nombre verdadero, que se miran a la cara y no se esconden por las esquinas como los desgraciados que hace tiempo renunciaron a descubrir quienes son y sólo han aprendido a estimar la imitación y sus máscaras. Por un instante imaginé una sociedad distinta.

El jardinero fiel

Pfizer negocia con Nigeria un acuerdo extrajudicial por la muerte de 11 niños en ensayos clínicos. La vida humana no tiene precio. Mucho más que dinero debemos exigir a esos miserables que en la mirada de un niño no alcanzan a ver otra cosa que un mercado. Cobardes asesinos detrás de sus grandes mesas de madera africana, a veces pienso que deberían permanecer colgados por sus corbatas en lo alto de los rascacielos para que todos viésemos sus rostros consumidos por la avaricia antes de entrar en el Hades. Sebosos cuerpos en sedosos tejidos, dejan caer sus Mont Blanc turgentes de sangre cuando son mecidos por el viento esparciendo por la ciudad el olor a muerte barata y caro perfume. Esta es la bandera de un capitalismo exacerbado que no respeta otra cosa que el dinero. Permitidme este desahogo tan visceral como paradójico, pues se hace en favor de la vida, antes de apresurarme a pedir con ingenua vehemencia la prisión sin concesiones para las ratas trajeadas y la garantía de que semejantes atrocidades no vuelvan a ocurrir. Si aceptamos su dinero por mirar hacia otro lado, ¿qué les impide volver a cometer sus crímenes? El dinero es importante, no es lo más importante, desde luego, pero tiene su importancia en la realización de una vida razonablemente feliz en sociedad, pero el dinero llega a corromper el alma humana hasta extirpar la misma humanidad. Esas almas cenicientas anidan en seres sin conciencia que ojalá fuesen tan reales como los villanos imaginados en las películas.