Lo han vuelto a hacer, aunque esta vez era previsible. Casi toda Europa ha girado a la derecha como corresponde a los tiempos de crisis, tiempos en los que conviene no moverse demasiado, y si se hace que sea para liberar lastres, aprovechemos la coyuntura, abaratemos el despido, recortemos derechos, sálvese el que pueda, o, mejor dicho, sálvense los más pudientes. Primera paradoja: hoy se confía en la misma derechona de ideales ultraliberales para superar una crisis que ha sido consecuencia de la codicia sin límites amparada por el ultraliberalismo. Y es que la mayoría de los 600.000 votos que el Partido Popular ha sacado de ventaja al PSOE provienen de Madrid, cuyo gobierno nunca ha ocultado su inclinación ultraliberal, y de Valencia, ¡Dios mío! Valencia. Segunda paradoja: Rajoy se jugaba mucho, buena parte de sus posibilidades para ser presentado como candidato en las próximas elecciones generales estaban sobre el tapete. Y le salió bien, en gran medida gracias a Madrid, hogar de sus principales rivales. Pero no olvidemos Valencia ¡Dios mío! Valencia. Tercera paradoja: el Partido Popular gana las elecciones europeas gracias al voto en dos comunidades que apestan a corrupción, lugares donde el azul está sin duda contaminado, liberando el pestilente hedor del caciquismo. Los trajes valencianos se compraban con chulería madrileña y a Rajoy le sientan tan bien… Si de la corrupción no nos podemos desprender, ¡llevémosla con estilo! Cuarta paradoja: el votante de derechas defensor de las normas, ferviente feligrés protector de la tradición, orgulloso cultivador de una imagen pública respetable, parece mostrar una especial tolerancia a los escándalos de corrupción de su partido, a las aguas sucias, infectas, causantes de esta cólera.

