Visiones, dudas, y algo más

De exquisita factura, “El curioso caso de Benjamin Button” nace de una gran idea, aunque desaprovechada. “Mi nombre es Harvey Milk” muestra con notable realismo un curioso ejemplo en el que se mezclan conservadurismo y homosexualidad. Transmite credibilidad y mantiene el interés incluso anticipando mucho desde el principio. Ahora pienso en “El crepúsculo de los dioses”, una de mis películas preferidas. Constituye el mejor ejemplo que se me ocurre de cómo se puede realizar una obra maestra empezando por contar el final. “My blueberry nights” es tan romántica como deliciosa, es más obvia que otros títulos de su director, pero sigue haciendo gala de su peculiar y sensible mirada. “Déjame entrar” no es tanto una película de terror como una inquietante historia de amistad, que revela con atractivo ese gélido dibujar la realidad en el que son consumados artistas los autores escandinavos, ahora tan en boga. Otro ejemplo de sobriedad nórdica, sin embargo traicionada conforme avanza la historia, constituye “Flame y Citron”. Si bien es la cenicienta de esta desordenada y variopinta reseña, tiene más momentos interesantes que decepcionantes. De interés es también “La duda”, en la que me explayaré a continuación porque toca en mí una fibra sensible, lo cual es de agradecer. Resulta, sin embargo, desagradable, pues la interpreto como un elogio del dogmatismo sirviendo de guía fiable en el mar de dudas en el que bracea la condición humana, lo cual se me antoja peligroso. Meryl Streep, en una interpretación notable, representaba para mí la fuerza de la fe, de una irracional defensa de la propia intuición, para la búsqueda de la verdad en un mundo sin certidumbres evidentes. No obstante, utilizando las palabras de Nietzsche, conviene no olvidar que “una creencia fuerte sólo demuestra su fuerza, no la verdad de lo que se cree con ella”. Sin duda (irónica sonrisa), una actitud escéptica supone un ejercicio de humildad y de fertilidad en la medida en que se valore la razón como medio para aproximarse a una verdad siempre escurridiza, siempre invitando a la resolución de nuevos interrogantes. Entonces la tolerancia y el aprecio a la diversidad devienen más facilmente, pero sin tener que renunciar a la verdad, en cuyo descubrimiento confiamos a través del respeto por determinados valores epistémicos, tales como la sencillez, la coherencia o la confluencia de evidencias independientes. Con frecuencia me repelen las tesis posmodernistas, y su renuncia a la verdad en una celebración relativista, donde todo vale, me parece una muestra de cinismo.

¡Esto es un atraco!

A riesgo de que se me interprete defendiendo una suerte de determinismo semántico, que me apresuro a calificar de obviamente falaz, diré que las palabras guardan secretos clarividentes. Un nombre como Stradivarius tenía que dar lugar a bellos instrumentos de cuerda liberando sonidos del cielo y otro como Dillinger, que suena como un fabricante de revólveres, mejor que Colt, demasiado breve, y tan bueno como Remington, tenía que liberar sonidos del infierno. “Enemigos públicos” es la película de Michael Mann que más me gusta y, sin embargo, adolece de defectos imperdonables, empezando por el final. Ver las palabras abrirse camino a través de la mejilla del héroe en un borboteo inteligible habría supuesto un brillante colofón, pero la plebe parece ansiar estropicios sensibleros. Esta frustrante sensación me acompañó a lo largo de la película en un tira y afloja que nunca llegó a vencer mi resistencia, ni siquiera al final. Escenas magníficas coqueteaban con tópicos del cine negro que ya hemos visto múltiples veces sin llegar a agotarnos. Ni siquiera me convenció del fracaso un pésimo Johnny. Porque la película tiene momentos de cine con mayúsculas, maravillosos, comenzando sin otra música que el escupir de unas armas perfectas, un moribundo arrastrado por una belleza de ocho cilindros fue un perfecto morir… La pulcritud y la proximidad con que está filmada prevalecen sobre un Johnny que, interpretando más que atracando, contribuía a la gran depresión; y la inteligencia narrativa lo hace sobre una historia simplona. Gracias a un superficial Johnny profundo la visión romántica del mito nunca llegó a mi corazón, apenas resulté herido en otra cosa que no fuera mi orgullo. Y es que después de ver “Enemigos públicos” me pregunté si el público no es el enemigo, enemigo de la obra maestra que pudo haber sido. (***)

La evolución de Isolino

Soy perezoso, indisciplinado e inconstante. Por supuesto, no me enorgullezco de tales miserias, si las reconozco aquí es para explicar mi larga ausencia. Vuelvo, aunque no se hasta cuando. Y como no podía ser de otra manera regreso mordiendo. Ayer replicaba a dos comentaristas del post anterior y mientras lo hacía me descubría nuevamente visitando viejas preocupaciones: la crítica al nacionalismo, al pensamiento grupal, la defensa, en cambio, del individuo desde principios humanistas. Esta mañana leía en “La voz de Galicia” la viñeta de Xaquín MarínO lecer de Isolino”. Contenía lo que me pareció una muestra paradigmática del prejuicio nacionalista. Isolino, tal vez a los pies de un carballo reflexionaba: “Normalmente temos moi bo concepto noso e moi malo dos demais, menos mal que aos demais lles pasa o mesmo”. Y es que el pensamiento nacionalista sólo puede definirse desde la oposición, desde el enfrentamiento a lo diferente. Y se regocija en una falacia booleana de la que toma alimento según la cual o se está conmigo o se está contra mí, o se es nacionalista, digamos gallego, o se es nacionalista español. Algunos biólogos, tales como Edward Wilson, piensan que el pensamiento del nosotros-o-ellos es instintivo en el ser humano y que habría evolucionado por selección natural para incrementar la cohesión del grupo. Como señala David Stamos, semejante instinto se reflejaría no solo en el nacionalismo sino también en el etnocentrismo, en la religión, en el racismo, en las pandillas callejeras, en los seguidores de equipos deportivos, en la xenofobia, en la guerra…, y contendría dos componentes fundamentales además del pensamiento dicotómico de nosotros y ellos, como son la producción de estereotipos y la agresividad territorial. Personalmente, encuentro muy discutibles este tipo de explicaciones evolucionistas y aunque reconozco que el comportamiento gregario, tantas veces aborregado, es probablemente un universal en la cultura humana esto no significa necesariamente que sea innato y mucho menos que haya evolucionado por selección natural. Creo más bien que estas formas de pensamiento o, mejor dicho, de boba mansedumbre ante una ideología esencialmente conservadora reflejan inseguridades y temores que brotan precisamente de la ignorancia.