La cola del Alakrana

Si has de coger un escorpión deberás hacerlo por la cola. Érase una vez un armador con uno de sus barcos faenando en uno de los lugares más peligrosos del planeta, la costa de Somalia, repleta de piratas armados hasta los dientes. Buena pesca, alto riesgo, buen sueldo. Pero un día los piratas asaltan el barco y lo secuestran con sus 36 marineros a bordo. Amenazan con matarlos a todos si no se paga un rescate. Los marineros son responsables de sus propias vidas, el armador es responsable de sus marineros, el Estado es responsable de velar por la seguridad de sus ciudadanos, particularmente si una organización armada extranjera lleva a cabo un secuestro en suelo español. Los marineros sabían del riesgo que corrían y aceptaron el trabajo, el armador asumió el riesgo a sabiendas de que podría costarle caro y el Estado, igualmente sabedor, dispuso una fragata militar en la zona porque más vale prevenir que curar. Nadie fue obligado al lugar y todos fueron informados, pero las peores expectativas se cumplieron. Con todo, el Estado obrará de acuerdo con la legalidad. Tuvo la oportunidad de capturar a dos de los secuestradores en flagrante delito y la aprovechó, aplicando la ley. Están ahora prisioneros, pero, como era previsible, los piratas los reclaman como parte del pago del rescate. El Estado media en el secuestro, tal y como es su obligación, lo que implica utilizar todas las medidas diplomáticas que estén disponibles de acuerdo a la ley, pero jamás pagaría un rescate, lo que no sería legal. Es más, si tuviese indicios de que el armador tiene la intención de pagar un rescate, estaría en la obligación de dar causa al poder judicial para actuar en contra de aquel. Afortunadamente, las negociaciones van por buen camino y el Estado no es consciente de pago alguno. Todo va bien. Tampoco los trámites judiciales se están acelerando con vistas a la devolución de los prisioneros, que ya no son secuestradores, sino cómplices de secuestro, pues algo así supondría participar en el pago del rescate y el Estado no hace eso, eso sería delito. Me siento afortunado por formar parte de una sociedad cuyo Gobierno se ve capaz de convencer a los piratas para que liberen a nuestros ciudadanos sin necesidad de pagar rescate alguno y así sufragar una actividad delictiva. Y es que la prensa miente cuando cita cifras, las familias mienten cuando exigen al Gobierno que intercambie a los prisioneros, el armador miente cuando dice que pagará, el capitán miente cuando afirma que hay acuerdo respecto al dinero… Todos mienten menos el Estado porque el Estado somos todos.

Vacaciones permanentes

Un jazzman camina por la vida titubeante, como los dedos inquietos obstruyen agujeros por los que circula el aire a través del metal, sin detenerse en ninguno demasiado tiempo, eso sería ahogarse. Allie es un turista de la existencia, un viajero condenado. Nos habla de las personas que pasan por su vida como habitaciones en las que pasa la vida. Al principio se acerca con curiosidad y cruza ese umbral de incertidumbre que hay detrás de cada sonrisa, pero una vez explorada siente la necesidad de salir a respirar, de ponerse en camino de nuevo. Una vez que observa el mismo frigorífico una y otra vez, desde una vieja silla mira al techo con la pintura agrietada y luego al cielo a través de sucias ventanas, con melancolía. Entonces le aqueja la angustia y sabe que ha llegado el momento de partir. Nada le seduce, nada más que el propio viaje le sabe. Condenado a viajar, así es como se descubre en vacaciones permanentes. Como la ninfómana esclavizada por la insatisfacción, busca la libertad en sus grilletes. Pero las personas parecen habitaciones de escaso mobiliario para quien siente que tiene poco que ofrecer. Y esta patología de nuestro tiempo tiene su origen en la ausencia de estar con uno mismo, pues nunca el hombre estuvo tan solo por estar permanentemente acompañado. Mientras no dedique tiempo a estar consigo mismo no descubrirá su infinitud de estancias, algunas de las cuales comprobará que no puede abrir si no es con la ayuda de otros. Únicamente el hombre sólo, que ha dedicado tiempo a sus flores, está en disposición de establecer una relación plena con el mundo. Al menos existen dos formas de huir de uno mismo. Por un lado, sin duda la más común, creyéndose por debajo de los demás, incapaz de sondear el propio calado, llena la breve habitación de cosas y la decora a la moda para luego mostrar a otros y gozar con su aceptación. En definitiva, se prostituye. Por otro, creyéndose por encima de los demás, proyecta su renuncia en un gesto de vanidad. Incapaz de vivir una relación esencial, se convierte entonces en un turista permanente a la búsqueda de su Babilonia, tal vez Paris.