Por la boca muere el pez

Está claro que quien tiene boca se equivoca y que en boca cerrada no entran moscas. Que una cosa es no tener nada que decir y otra demostrarlo diciendo cualquier cosa. En realidad, poco importa lo que sale por la boca, de ahí que importe mantenerla cerrada. No importa tanto lo que se dice como lo que se hace. Así por ejemplo, no puedo dejar de simpatizar con los amantes cuando se dicen “no me quieras tanto y quiéreme mejor” porque casi siempre sobran las palabras y son los hechos los que terminan por decirlo todo. En palabras de un político inglés, la mejor elocuencia es que se hagan cosas. En cierto modo, somos lo que hacemos. Y haremos de acuerdo con la valoración que hagamos de nosotros mismos. Hellboy me recordaba anoche algo parecido: que lo que hace de nosotros lo que somos no son nuestros orígenes, sino nuestras decisiones. Que lo relevante no es cómo comienza todo, sino cómo se decide acabarlo. Si, por ejemplo, pongo mi voluntad en no mentir no lo hago en primer lugar por los demás, tampoco porque considere que es lo más útil o piense que a la larga me reportaría un mayor beneficio, sino porque valoro la verdad en sí misma y la acepto como parte de mí. Según esto, no mentir es una elección personal coherente con una determinada concepción del honor. Pero estas pocas líneas no son sobre la mentira o la verdad, ni tampoco sobre si la naturaleza humana reside en nuestro genoma (nuestros orígenes) o en nuestra cultura (nuestras decisiones). No se refieren a ese falso dilema que ya agitara el alma de Shakespeare (“nature” versus “nurture”). En realidad, estas palabras son sobre lo no hablado cuando sirve para cuidar el pescado. Así, no mentir no significa exactamente decir la verdad, pues quien calla tampoco miente y a menudo se cuida tanto a sí mismo como a los demás. Callar es con frecuencia inteligente y generoso casi siempre. Pero callar constituye un arte, tal y como reconoció Dinouart, el abate, mucho más difícil de aprender que hablar. Hemingway observó que se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar, y Lope de Vega echó en falta cátedras universitarias en las que se enseñase el saber callar. No obstante, saber callar es necesario para saber hablar porque cualquier conversación resulta verdaderamente fecunda sólo en los silencios oportunos. Únicamente en el silencio es donde el pensamiento logra rebelarse frente a la vanidad. Así, Thomas Carlyle opinaba del hablar como el arte de interrumpir el pensamiento y con razón Maurois decía que lo más difícil en una discusión no es defender nuestro punto de vista sino descubrir cuál es. Para hacer este descubrimiento necesitamos escuchar, pensar y confiar en que nuestro interlocutor hará lo propio. Sin embargo, no puedo dejar de mostrarme de acuerdo con el genio irlandés en que mucha gente que ha aprendido a no hablar con la boca llena ignora cómo dejar de hacerlo con la cabeza vacía. Mas hallo cierto consuelo en pensar que todo irá bien para ellos y para los demás mientras no pasen a la acción. Mientras no dejen de ser peces agonizantes en lugar de hombres estúpidos.

Hoy quemamos brujas

En un espléndido y conmovedor alegato a favor de la ciencia y de la razón, el astrónomo Carl Sagan escribe lo siguiente:

La última ejecución por brujería en Holanda, cuna de la Ilustración, fue en 1610; en Inglaterra en 1684; en América en 1692; en Francia en 1745; en Alemania en 1775, y en Polonia en 1793. En Italia, la Inquisición condenó a muerte a gente hasta finales del siglo XVIII y la tortura inquisitorial no se abolió en la Iglesia Católica hasta 1816. El último bastión defensor de la realidad de la brujería y la necesidad de castigo han sido las Iglesias cristianas.

La persecución de brujas fue vergonzosa. ¿Cómo pudimos hacerlo?¿Cómo podíamos tener tanta ignorancia de nosotros mismos y nuestras debilidades?¿Cómo pudo ocurrir en las naciones más “avanzadas”, más “civilizadas” de la Tierra?¿Por qué la apoyaban resueltamente conservadores, monárquicos y fundamentalistas religiosos?¿Por qué se oponía a ella liberales, cuáqueros y seguidores de la Ilustración? Si estamos absolutamente seguros de que nuestras creencias son correctas y las de los demás erróneas, que a nosotros nos motiva el bien y a los otros el mal, que el rey del universo nos habla a nosotros y no a los fieles de fes muy diferentes, que es malo desafiar las doctrinas convencionales o hacer preguntas inquisitivas, que nuestro trabajo principal es creer y obedecer… la persecución de brujas se repetirá en sus infinitas variaciones hasta la época del último hombre.

¿Veremos el día en que prevalezca la dignidad humana sobre el irracionalismo y el miedo?¿el amor sobre el temor? Liberarse de supersticiones y aceptar humildemente los límites de la razón. Construir nuestro futuro con razón, confianza y honor.

La esperanza de Van Gogh

Una forma de pensamiento desiderativo es extremadamente tentadora, esto es considerar una cosa como verdadera simplemente porque sería bueno que fuese verdadera. Una variante más del razonamiento encaminado a buscar excusas para negar la evidencia. En este error incurren muchos de los que se creen artistas, a pesar de las náuseas generalizadas que despierta su obra. Tan genial fue la obra de Van Gogh que nadie le comprendía y terminó sus días en la miseria. Análogamente, si yo no vendo un cuadro es porque mi obra se eleva por encima de la mediocridad, pues sólo será comprendida por una exquisita sensibilidad poco común o por una época más madura. Si este blog tiene tan pocas visitas no será por su falta de atractivo, sino porque es extraordinario. Así razona quien es presa del autoengaño, quien se desploma en lo que Nigel Warburton ha llamado la falacia de Van Gogh. El razonamiento no es fiable, desde luego, pues confunde los deseos con la verdad. Sin embargo, existe un componente aleatorio más importante de lo que sospechamos, que contribuye explicar la ocasional confirmación de nuestras intuiciones. Así, no faltan ejemplos del éxito finalmente alcanzado con la perseverancia, con la confianza casi irracional en la propia empresa, a pesar del rechazo de los que supuestamente más saben del asunto. Reconocimiento tardío que, insisto, no significa necesariamente que estemos ante obras maestras. En un trabajo reciente, el físico Leonard Mlodinow destacaba algunos de ellos. “El diario de Ana Frank”, en un principio rechazado repetidamente por los editores y duramente criticado, se convirtió en uno de los libros más vendidos de la historia, superando los 30 millones de ejemplares. El primer manuscrito de Harry Potter fue rechazado por nueve editores. Nada menos que 26 rechazaron “Tiempo de matar”, el primer best-seller de John Grisham. Otro de sus manuscritos, “La tapadera”, no fue aceptado hasta que, gracias a una copia pirata que circulaba por Hollywood, se ofrecieron 600.000 dólares por los derechos de la película. Después de ver cómo la obra de su vida era rechazada una y otra vez, John Kennedy Toole perdió la esperanza y se suicidó. Su madre persistió en su empeño y logró la publicación de aquel libro titulado “La conjura de los necios”. Una novela que ganaría el premio Pulitzer y de la que se venderían más de un millón y medio de ejemplares. “El proyecto de la bruja de Blair” costó 60.000 dólares y recaudó 140 millones, tres veces más que “El exorcista”. Nadie confiaba en “Las aventuras de Luke Starkiller”, un proyecto inmediatamente rechazado por la Universal. La Fox accedió a producir la película pagando a George Lucas 100.000 dólares por escribirla y dirigirla. Casi riéndose de él le concedieron además los derechos de comercialización. Lo que finalmente se titularía “La guerra de las galaxias”, la primera película que vi en una sala de cine, costó 11 millones de dólares, pero dejaría en taquilla un total de 461. Lo que ocurrió con aquellos derechos de comercialización fue la génesis de todo un imperio. En resumen, es muy difícil prever si el vómito sobre tus pinturas no encandilará a las masas futuras.

La carta de Kindia

A comienzos de los años 80 los Estados Unidos llevan a cabo una serie de acciones terroristas en Libia. La mayoría de los medios de comunicación elogiaron aquellos ataques como una respuesta eficaz al terrorismo apoyado por Muammar el-Gaddafi. Entre los escombros de un edificio de la ciudad de Trípoli, que había sido derrumbado durante uno de los últimos bombardeos, se encuentra una carta manuscrita de una niña de siete años. La familia de la niña había sido educada en América. Aquella carta iba dirigida al presidente norteamericano y decía así:

Querido Sr. Reagan:

¿Por qué mató a mi única hermana Rafa y a mi amiga Racha, que tiene sólo nueve años, y a mi muñeca Strawberry? Es verdad que usted nos quiere matar a todos porque mi padre es palestino y usted quiere matar a Gaddafi porque él quiere ayudarnos a volver a la casa y al país de mi padre.

Me llamo Kindia.

El matrimonio Reagan acostumbraba a leer en público cartas infantiles, mas no acabamos de comprender por qué esta fue silenciada.

Gallitos de pelea

Los psicólogos Richard Nisbett y Dov Cohen postulan que los estadounidenses del sur del país son más violentos que los del norte en un sentido muy especial. Parece poco razonable que ello se deba a diferencias genéticas, pues los ancestros de la mayoría de la población son europeos, los cuales a su vez constituimos una población muy mezclada. Además, las diferencias genéticas entre individuos de un mismo grupo humano son, por lo general, considerablemente mayores que la diferencia media entre grupos. Su estudio descarta igualmente que la explicación se halle en alguna característica que diferencie a los ambientes del norte y del sur, tal y como es la mayor temperatura del último. Su hipótesis se basa en razones culturales. Concretamente, en su diferente concepción del honor. De hecho, las gentes del sur recurren a la violencia con más probabilidad que el resto de los americanos, sólo en situaciones en las que tiene lugar una afrenta al honor personal. Además de manejar una ingente cantidad de datos estadísticos, los autores realizaron una serie de interesantes experimentos etológicos. En uno de ellos, un gigante del equipo de fútbol americano de la Universidad de Michigan se utiliza como cómplice para provocar a diferentes sujetos cuyo origen geográfico se averiguará después. El experimento consistió en que el gigante pasaba con paso firme y arrogante por un pasillo estrecho obligando a desviarse a todo aquel que se interponía en su camino. Esto ocurría con individuos a los que días antes se había insultado y con otros que no fueron previamente provocados. Los resultados fueron elocuentes. Los oriundos del norte, insultados y no insultados, se echaban a un lado a casi dos metros de distancia. Sin embargo, los sureños no insultados fueron más prudentes, ya que desviaban su camino a una distancia de casi tres metros, probablemente porque atribuían al hombre de las hombreras un particular sentido del honor. Pero los sureños que habían sido ofendidos días atrás se acercaban a menos de un metro del titán, poniendo en grave riesgo su integridad personal. Los niveles de dos hormonas, el cortisol, que aumenta con el estrés, y la testosterona, que se dispara como respuesta a la preparación para la violencia, fueron significativamente más elevados en los sureños insultados que en los norteños insultados. Otros experimentos similares confirmaron los resultados. Nisbett y Cohen argumentan que el desarrollo de una particular cultura del honor, basada en el cultivo de una reputación, tiene un carácter adaptativo en pueblos tradicionalmente dedicados al cuidado del ganado disperso en grandes regiones a merced de los ladrones. Más te vale mantenerte alejado de mis tierras, forastero. Y el hombre de negro con la cicatriz en el rostro respondería con la más grave intimidación, embarcándose ambos en una suerte de carrera de armamentos cultural. Pueblos que históricamente se han mostrado especialmente resistentes a doblegarse ante la ley impuesta por el Estado, reclamando su derecho a defender personalmente lo que creen suyo. En mi opinión, el honor poco tiene que ver con todo esto, pero eso no importa ahora.

Pseudoprofundidad

Nada de lo que afirmo es nuevo. Si acaso es nuevo para mí, que al sentirlo o pensarlo lo exploro de nuevo con la escritura. Por supuesto, datos y acontecimientos, pero incluso las ideas toman forma a partir de lecturas y conversaciones. Unas veces las interpreto, las medito, las llevo a cierta profundidad para rescatarlas después agonizantes, otras veces simplemente las comparto y decido transmitirlas. En ocasiones, tengo la impresión de compartirlas antes incluso de conocerlas, en otras, soy consciente de que las pensé antes de haberlas leído. Cuando estoy en desacuerdo, procuro exponer mis razones. En cuanto a los sentimientos, en esencia serán los mismos que surgieron en cualquier momento de la historia que albergase un corazón humano. Así pues, no pretendo ser original más que, tal vez, en la forma, y en la medida en que soy único con todo ese espíritu compartido, pero sospecho que en más de una ocasión resulto opaco o innecesariamente críptico. Por supuesto, mi intención no es parecer profundo. La pseudoprofundidad es un recurso dialéctico que desprecio porque constituye un engaño. Decía Peter Medawar que aquellos que escriben oscuramente o no saben escribir o traman alguna canallada, y no le falta cierta razón. Al menos existen tres maneras de parecer profundo. La primera de ellas es apelar a paradojas. Por ejemplo, afirmar algo como “la sabiduría reside en no saber” o “conocer es ignorar”. Sin embargo, es evidente que el uso de paradojas o contradicciones no indica necesariamente pseudoprofundidad. Así, detrás de afirmaciones aparentemente contradictorias puede haber verdadera profundidad, aunque, ciertamente, debiera ser explicada. Una especie de pensamiento jánico, que es una constante en muchos de mis escritos, constituye un modo de razonar que trata de poner de manifiesto la fertilidad en la contradicción o la insuficiencia del lenguaje a la hora de describir lo real. Pienso que la realidad transciende al lenguaje. Digamos que hay una realidad inefable, que sólo puede mostrarse más que demostrarse o describirse racionalmente. La poesía y el mito apuntan a esa dimensión de la realidad no reducible lógicamente. La contradicción puede suponer un síntoma de esa impotencia y, por tanto, una puerta abierta, pero también señalar la mera superchería, es cierto. En segundo lugar, uno puede parecer profundo presentando afirmaciones banales como si fueran profundas. El filósofo Nigel Warburton señala que esta es una estrategia comúnmente adoptada por los psicólogos cuando, por ejemplo, dicen con severidad en el rostro: “cuando nacemos, todos somos niños” o “los adultos no siempre son amables con los demás”. Finalmente, una tercera forma de causar pseudoprofundidad consiste en la formulación de preguntas retóricas que no se tiene la intención de responder: ¿realmente podemos ser profundos?

Historia infumable

En 1992, Reynolds Tobacco Company, propietaria de las marcas Winston y Camel, contrató a un actor para una de sus campañas publicitarias. Este hombre observó que ninguno de los directivos de la compañía fumaba, así que se le ocurrió preguntar a uno de ellos el porqué. La respuesta que obtuvo fue la siguiente: “Porque es una mierda. Nosotros nos limitamos a venderla. Eso de fumar es cosa de jovenzuelos, pobres, negros y gilipollas”. No se trata únicamente de palabras. En los últimos años, las grandes tabacaleras norteamericanas han intensificado su negocio en los países en vías de desarrollo e invertido más dinero en publicidad dirigida a los jóvenes. Particularmente, parecen estar interesados en los adolescentes. Esto se debe que las tabacaleras explotan la adicción a la nicotina, y el mercado a largo plazo se halla en los no adictos. Un documento interno de 1978 perteneciente a H. D. Steele y Brown & Williamson Tobacco Corporation incluía la afirmación: “Una cantidad considerable de consumidores son conscientes de lo que es la nicotina, una sustancia adictiva y un veneno”. C. H. Teague Jr., director del departamento de investigación y desarrollo de Reynolds escribió en uno de sus informes: “En cierto sentido, la industria tabacalera es una rama sumamente refinada y especializada de la industria farmacológica. Sus productos se centran tan sólo en la administración de nicotina, una droga muy potente con una gran variedad de efectos psicológicos [...] el tabaco, de hecho, no es más que el vehículo empleado para suministrarla”. La nicotina es altamente adictiva y se ha demostrado que en los últimos treinta años desarrollaron investigaciones encaminadas a modificar la molécula con el fin de aumentar la adicción disminuyendo la dosis. Por otro lado, se sabe que han diversificado sus intereses económicos y se sospecha de alianzas entre las tabacaleras y las compañías farmacéuticas dedicadas al desarrollo de terapias contra la adicción. Un fumador inhala aproximadamente un miligramo de nicotina por cigarrillo y un 25% de esta cantidad alcanza el cerebro en menos de siete segundos. Pero el humo de un cigarrillo contiene más de 4.000 sustancias diferentes, incluyendo carcinógenos de varios tipos. Los más importantes son los hidrocarburos aromáticos policíclicos, las arilaminas y las N-nitrosaminas. La transformación de estas sustancias depende del organismo del fumador, de ahí que no todos sufran los mismos efectos. Sin embargo, se ha demostrado, fuera de toda duda, que hay una relación directa entre el tabaco y varios tipos de cáncer. Además, es un factor determinante en el desarrollo de enfermedad cardiovascular, lo que incluye al fumador pasivo. De hecho, varios estudios de la American Heart Association concluyeron que las personas que se encuentran habitualmente en lugares con altas concentraciones de humo procedente del tabaco tienen un riesgo de muerte, ocasionado por un trastorno coronario, un 30% mayor. Desde 1950 hasta el año 2000, se ha estimado que el número de muertes anuales en el mundo debidas al tabaco oscila entre los dos millones y medio y los cinco millones.

Datos publicados por Dan Agin, editor jefe de Science Week

Superfalacias

¿Nunca se preguntaron por qué Lois Lane no sospecha que el diligente Clark Kent sea Supermán? ¿De verdad piensan que unas simples gafas logran camuflar su identidad tan eficientemente? ¡Casi todos los superhéroes ocultan al menos la mitad del rostro! ¿Es que el estrés que sufre Lois la mantiene tan obnubilada? Pudiera ser, pero pienso que la explicación a su actitud radica en que es víctima de la falacia del enmascarado. Según un principio establecido por Leibniz, si dos objetos son idénticos deben tener las mismas propiedades, lo cual implica que bastaría encontrar una propiedad diferente para concluir que no estamos ante el mismo objeto. Luego, Clark no puede ser Supermán, ya que es imposible que alguien tan anodino sea el lozano seductor de la capa roja y el ricito en la frente. Lo cierto es que la ley de Leibniz no se aplica a propiedades que implican una actitud psicológica como la que acompaña a Lois. La atractiva periodista no ve a Supermán en Clark Kent, simplemente porque no podría creerlo. Cuántas veces no vemos otra cosa que lo que queremos ver, ignorando lo que es obvio debido a una falta de atención, a un interior excesivamente centrado en uno mismo. Pero Leibniz era extraordinariamente inteligente, así que Lois podría defenderse afirmando que Supermán y Clark son personas distintas porque lo dice Leibniz. En tal caso, la pobre Louis incurriría en una segunda falacia al apelar al principio de autoridad. Lois debería llevar cuidado, ya que al defender lo indefendible no puede dejar de pisar terreno resbaladizo. Y he aquí la manera en que yo mismo incurro en una nueva falacia, pues el argumento que acabo de esgrimir no va acompañado de ninguna prueba de que, ciertamente, las cosas sólo podrían ir a peor para Lois por el mero hecho de que discrepa conmigo. Una de las falacias más bonitas consiste en la afirmación del consecuente, según la cual se sigue el razonamiento: si A es cierto, entonces B; luego B es cierto. Si Clark miente se ruboriza; Clark se ruboriza, luego miente; pero tal vez haya dicho la verdad mientras se imaginaba a Lois en ropa interior. En ocasiones, argumentamos de manera falaz como consecuencia de un desconocimiento básico de la teoría de probabilidades. Por ejemplo, hay quien se lo juega todo al rojo pensando que la probabilidad de que salga rojo la próxima vez es mayor, simplemente porque lleva saliendo negro las últimas cinco veces seguidas. Y habrá quien me discuta la sinrazón del que incurre en la falacia del jugador diciendo algo así: “querido romo, puede que eso que dices sea verdad para ti, pero no lo es para mí”, en cuyo caso incurriría en la falacia relativista, algo que consiste en moverse rápidamente desde lo que una persona cree que es cierto a la verdad de lo que cree. Ni siquiera Supermán afirmaría seriamente que la verdad es siempre lo que él cree.

La bolsa y la muerte

Anoche escuchaba un noticiario que me interesa más que ningún otro, y que presenta el periodista Iñaki Gabilondo junto a una mujer que no puede ocultar en su expresión no sólo la admiración que siente por su compañero, sino también la nobleza necesaria para observar la virtud. Ambos me dieron a conocer una noticia asombrosa que deseo reproducir aquí. Permitidme que entre tanta miseria humana y sangre de inocentes derramada a diario, haya escogido, al menos por esta vez, una noticia que tiene que ver con nuestro más absoluto desprecio por el entorno en el que vivimos. Desprecio que, en mi opinión, no deja de ser otra variante del que mostramos hacia los demás y, tal vez, del escaso aprecio que sentimos por nosotros mismos. Resulta que las corrientes oceánicas han acumulado en el océano Pacífico una parte de la basura que todos los días arrojamos al mar. Por lo visto existen, casi inmediatamente por debajo de la superficie, dos grandes depósitos flotantes, uno de ellos cerca de las costas japonesas, el otro en las proximidades de las islas Hawaii. El 90% de los desperdicios acumulados son plásticos y el 70% de ellos son bolsas como las que se apresuran a darte en los grandes almacenes, o como esas realmente innecesarias que con tanta frecuencia esperas tener para llevarte cualquier cosa a casa. Se ha estimado que hay 100 millones de toneladas de bolsas de plástico ocupando un área total de 20 millones de kilómetros cuadrados. Esto es aproximadamente el doble de la superficie de los Estados Unidos, y para aquellos que no viajen mucho o no sepan lo que es un atlas, recordaré que semejante tamaño equivale a unas 35 veces España. Otra cifra aportada en el breve reportaje, que terminó por agrandar mis ojos y puso en evidencia mi falta de habilidad con los Spaghetti, fue que el inmenso continente de bolsas que flota en los bellos mares del Sur es la responsable de la muerte de un millón de aves cada año. Claro que mi espíritu parecía tranquilizarse y mi cuerpo continuó con la última ingesta del día, cuando un portavoz de Greenpeace nos informó de que las bolsas son perecederas. Sin embargo, cada una de ellas dura por término medio ¡cinco siglos!, así que, finalmente, y como suele ocurrir con los noticiarios, también mi espíritu hubo de tragar.

Fantasía que cuece la cruda realidad

Veamos los últimos proyectos de algunos de los cineastas americanos más influyentes, los mismos que nos hicieron disfrutar con la violencia de “Uno de los nuestros”, “El padrino”, “El precio del poder”, “La lista de Schindler” y “Platoon”. Martin Scorsese está trabajando en “Shutter Island”, de nuevo con Leonardo DiCaprio. En principio, la trama se ambienta en los años cincuenta, y lleva por título el nombre de la isla en la que presuntamente se ha escondido un asesino recién escapado de una institución mental. Francis Ford Coppola pronto llegará a nuestros cines con “Juventud sin juventud”, una misteriosa historia de amor basada en la novela del célebre historiador de las religiones Mircea Eliade. La película está protagonizada por un actor que me gusta mucho, el señor Tim Roth. Brian De Palma volverá con una de gánsters. A falta de ideas, ha decidido resucitar a los Intocables y, como no, a Alfonso Capone. Steven Spielberg trabaja en una película de ciencia ficción, “Interestelar”, basada en algunas especulaciones derivadas de la Teoría General de la Relatividad, tales como la existencia de agujeros de gusano, estructuras que implican a una cuarta dimensión que puede utilizarse para viajar en el espacio y en el tiempo. El comprometido Oliver Stone trabaja en una película sobre la masacre de My-Lai. Estará protagonizada por uno de los actores que menos me gustan, el señor Bruce Willis. Dejemos los proyectos de fantasía y, sólo por un instante, recordemos los hechos. Vietnam, 1963, los restos de la compañía Charlie avanzan a través de la selva comandados por el teniente William Calley del 20º batallón de infantería del ejército de los Estados Unidos. Buscando milicianos del Vietcong, llegan a la aldea de My-Lai, al sur de Da Nang, pero no encuentran más que ancianos, mujeres y niños. En un ataque de ira, este militar comienza a matar indiscriminadamente y ordena sacrificar al pueblo entero. Inmersos en una vorágine de locura los soldados violan y matan, y no se detienen hasta que atienden a las súplicas del piloto de helicóptero Hugh Thompson. Cuando esto ocurre, ya habían sido asesinados 504 civiles, incluidos 164 niños y 76 recién nacidos. Sólo William Calley llegó a ejecutar a 220 de ellos. Las autoridades americanas mantuvieron oculta la masacre hasta que un periodista dio a conocer las pruebas que permitieron en 1971 el procesamiento de la compañía por un tribunal militar. Los soldados no fueron considerados responsables, ya que obedecían órdenes. William Calley, que durante el juicio dijo “que no había sido para tanto” fue condenado a cadena perpetua, pero tres años después el presidente Nixon le conmutó la pena por un simple arresto domiciliario. Así fueron las cosas. Que les aproveche el cocido.

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