El cielo del mañana

En un interesante artículo los cosmólogos Lawrence M. Krauss y Robert J. Scherrer reconocen que el universo en el que vivimos, cuya expansión se está acelerando, está borrando las huellas de su propio origen. Es decir, que las evidencias del Big Bang, así como de la propia expansión, desaparecerán con el tiempo, por lo que los observadores en un futuro lejano estarán irremediablemente confundidos. La aceleración de la expansión está vaciando de contenido el universo visible, puesto que las galaxias más distantes terminan alejándose a una velocidad tal que impide que su luz llegue hasta nosotros. Se dice entonces que toda esa materia y energía que no puede alcanzarnos está allende del horizonte de sucesos. Ciertos estudios han concluido que las galaxias más próximas a la Vía Láctea constituirán un único y gigantesco cúmulo de estrellas, mientras que el resto de galaxias se perderán más allá del horizonte de sucesos. Dentro de unos 3.000 millones de años el cielo será maravilloso. Una vasta lengua multicolor llamada Andrómeda acariciará sobre la oscuridad más absoluta el imponente amanecer de la gigante roja en la que se estará transformando el Sol. Andrómeda y la Vía Láctea colisionarán, y para cuando el universo tenga 100.000 millones de años la utilidad del telescopio quedará limitada al imperdonable espionaje de las mutantes más sexys de la vecindad. Todo lo que podrá verse en el cielo, con o sin ayuda, será una infinidad de luciérnagas en una orgía de luz, una magnífica galaxia en forma de bola. El universo habrá perdido su homogeneidad y la teoría de la relatividad será incapaz de predecir un universo en expansión. No habrá desplazamiento al rojo de las galaxias lejanas porque ya no habrá galaxias lejanas para observar. La longitud de onda de la radiación de fondo se habrá estirado tanto con la expansión que se volverá imperceptible. Ni siquiera la cantidad relativa de deuterio y helio, sustancialmente modificadas por el paso del tiempo, podrá revelar la nucleosíntesis en un remoto Big Bang. En tales condiciones el cosmólogo asegurará que el universo es eterno, estático y probablemente infinito. Así pues, quizás nos hallemos en el breve momento de la historia del universo en el que es posible deducir su verdadera naturaleza. Como los propios autores reconocen, esto puede ser motivo de orgullo y un reflejo más del principio antrópico. Sin embargo, es también posible que a lo largo de la historia del universo se hayan borrado algunos aspectos fundamentales para conocer su verdadera naturaleza. Es como tratar de confiar en el amigo que te confía que mintió a un amigo para salirse con la suya. Y es que, parafraseando a Haldane, la realidad no sólo podría ser más extraña de lo que imaginamos sino más extraña de lo que podemos imaginar.

Final

Cada trocito de espacio lleva asociada una cantidad de energía oscura que se cree que es constante, la llamada fuerza lambda. Debido a esta energía, la expansión del universo se está acelerando. Debido a esta aceleración, el universo se nos vacía de contenido tan inexorablemente como le ocurre a un caldero de agua cuando es llevado por un niño calle abajo. El universo visible tiene un límite que viene dado por la distancia recorrida por la luz desde el Big Bang. Este volumen de espacio es todo lo que podemos ver, digamos que dibuja nuestro horizonte cósmico, y aumenta a la velocidad de la luz. Sin embargo, y puesto que el universo se expande cada vez más rápido, algunas regiones del mismo no podrán ser alcanzados por la burbuja de luz. No sólo las cosas estarán progresivamente más distanciadas entre sí, sino que cada vez habrá menos cosas para ver. El observador se irá quedando a oscuras a medida que la inmensa pompa luminosa se haga más inmensa. El exceso de claridad oscurece. Pero, ¿y si la intensidad de la energía oscura tampoco permanece constante? Si se incrementase, la expansión sería tan fuerte que vencería a la fuerza de la gravedad, y el universo terminaría desgarrándose como una sábana demasiadas veces blanqueada por la lejía. El exceso de oscuridad aclara. En el caso de que la energía oscura disminuyese en intensidad, el universo colapsaría sobre sí mismo. A la huida de uno se opondría el otro, que lo retiene con gravedad. Si el primero contuviese vitalidad suficiente nada le retendría, pero si la energía es menos que nada, la gravedad terminaría por atraerlo todo y el universo se acabaría en el crujir de un papel arrugado. Dicen los que saben que los observadores observarán durante mucho tiempo el final. Entonces las gentes se agolparán en la barandilla del mirador para escrutar fascinadas el rostro arrugado de un cosmos anciano. Antes de resultar devorados, recibirán de su boca desdentada el aliento pestilente del apocalipsis. Mas es posible un universo ekpyrótico, después de todo. Un libro mágico cuyas páginas son quemadas en la penúltima conflagración, para resurgir de sus cenizas como el pájaro rojo en un ciclo interminable de muerte y resurrección. Así es como una alternativa a la creciente obesidad, al reventar, o al arrugar, se halla en ver las hojas de un libro pasar. Big Bang, Big Rip, Big Crunch o Big Splat.

El principio rotiférico

En la última reunión de la Sociedad Filosófica, las mentes protozoarias más preclaras de Charco Pequeño formaron parte de un debate sobre el lugar que ocupan los rotíferos en el universo y el sentido de sus vidas. Más de un rotífero argumentó que la vida no sería posible fuera del charco, pues depende de una serie de características extraordinariamente precisas y afinadas. Así, la temperatura es aproximadamente constante, y los márgenes de variación de la acidez y la alcalinidad del agua permanecen convenientemente estrechos. Además, hay la cantidad justa de sulfatos disueltos, así como de otros componentes necesarios para la vida. Su variación, siquiera mínima, conllevaría ineludiblemente su extinción. Entonces, evidentemente, no habría rotíferos para cuestionar la misma existencia de Charco Pequeño. Aquel día, un rotífero particularmente lúcido dedujo de todas estas observaciones que el universo ha sido diseñado para asegurar la existencia de los rotíferos, un diseño del que sólo sería capaz una inteligencia infinita que transciende al Charco. Algo así sólo podría estar al alcance del Gran Rotífero. He aquí un extracto de la brillante exposición del protozoo:

Usando una nueva idea que llamo el principio rotiférico puedo demostrar que las leyes de la naturaleza son exactamente las que son y no diferentes. De otro modo no habría rotíferos aquí para conocerlas. Por ejemplo, si el calor necesario para vaporizar el agua fuera ligeramente inferior, entonces, después de que la Gran Lluvia lo crease, Charco Pequeño se habría evaporado antes de las muchas horas que se necesitaron para que la primera generación de rotíferos emergiera de sus huevos. Así, si no fuera por el valor providencialmente alto del calor de vaporización del agua, el universo estaría vacío de cualquier vida que pudiera filosofar sobre él”.

Tras escuchar estas palabras, todos los rotíferos que se habían reunido agitaron con excitación los cilios y celebraron aquel magnífico descubrimiento. Habían establecido un principio cuya extensión podría servir para dar sentido a la existencia, ya que justificaría su presencia en Charco Pequeño. Finalmente, todos volvieron a sus quehaceres cotidianos y a hincharse de paramecios, ignorantes de su vida en una maceta y de si Romo olvidará regar su planta durante estos días en los que se inquietaba por el fino ajuste para la vida de las características físicas del universo.

Modificado de una idea original de Feinberg y Shapiro, que tomé prestada de José Manuel Alonso, que a su vez la recogió de Finkbeiner.

La hipótesis de Dios

Las condiciones que el universo ha de tener para que sea posible nuestra existencia son muy particulares y no hay motivo para pensar que no pudieran haber sido diferentes, en cuyo caso no estaríamos aquí para contarlo. Algunos consideran que nada hay de misterioso en esto, que se trata de un asunto trivial que no merece explicación. El hecho es que estamos aquí y por eso el universo es como es, y punto. Otros opinan que el fino ajuste del cosmos que se necesita para permitir su observación, demanda una razón. Al menos hay dos tipos de respuestas al respecto, ambas especulativas y seguramente imposibles de refutar desde un punto de vista científico: (1) la existencia de un multiverso, una infinidad de universos cada uno con propiedades muy distintas, de manera que nosotros estamos en uno de los muchos posibles, aquel capaz de albergarnos; (2) que el universo haya sido diseñado por una inteligencia que deseaba nuestra presencia en él. La primera de ellas es matemáticamente expresable y es coherente con algunas de las teorías científicas más reputadas en cosmología, pero requiere un posicionamiento empíricamente infundado porque presupone la existencia de leyes físicas que intervienen a nivel cuántico. Digamos, por ejemplo, que el Big Bang surgió como consecuencia de fluctuaciones cuánticas del vacío, que tal vez se hallen en singularidades como las que pudieran ocurrir en el centro de los agujeros negros, entonces hemos de presuponer la existencia de tales leyes. Por otro lado, nos vemos obligados a creer que esa infinidad de universos realmente existe, cuando parece lógico pensar que no será posible demostrarlo, pues ¿cómo podríamos contactar con universos hostiles? Aunque se trata de un posicionamiento científico, lo cierto es que requiere un acto de fe similar al que es necesario para esgrimir, llamémoslo así, la hipótesis de Dios. En este último caso, uno cree en la existencia de una inteligencia antes del principio, y reconoce que las leyes físicas fueron ideas en la mente de semejante consciencia infinita. Pero con razón se podría argumentar que lo que uno llama consciencia bien pudiera el otro llamarlo vacío cuántico, y lo que, en una imagen antropocéntrica, para uno son pensamientos, las denomina el materialista fluctuaciones de estado. En cualquier caso se respetarían las leyes de la conservación de la materia-energía, y la creación a partir de la nada no se daría. Los opuestos convergerían una vez más. La principal diferencia no radicaría tanto en la explicación del origen, sino en una interpretación teleológica del universo. Así, sólo quienes dan fe de la hipótesis de Dios se ven en la necesidad de especular sobre cuáles podrían haber sido las motivaciones para convertirnos en testigos, ya que son tales especulaciones las que otorgarían un sentido a nuestra existencia y con ella a todo el universo. En el fondo, las razones para escoger me parecen razones del corazón que la propia razón desconoce, como dice la canción, pero si la hipótesis del multiverso no me parece bonita, la hipótesis de Dios no la encuentro divina.

Crítica del principio antrópico

El principio antrópico sirve para deducir a partir de la existencia de la vida en el universo una serie de propiedades del mismo que son condiciones necesarias para la existencia de la vida. Aparentemente, el principio no explica nada. Se trata de una mera tautología. Sin embargo, tal vez la apariencia oculte una posibilidad explicativa real, pues el principio antrópico se opone a un razonamiento alternativo según el cual nuestra ubicación espaciotemporal no tiene nada de particular. Según esta alternativa, nuestra ubicación no es en modo alguno especial, por lo que nada nos dice del universo. Soy de la opinión de que este es un prejuicio recomendable en todo proceder científico, ya que funciona como un antídoto frente al antropocentrismo, potencialmente contaminante. Sin embargo, el rechazo a la perspectiva antropocéntrica contribuye en este caso a explicar nuestra ignorancia de las condiciones necesarias para nuestra existencia, la misma ignorancia que hace que el principio antrópico sea explicativo. Es decir, el principio antrópico sirve para algo precisamente porque es antropocéntrico, ya que considerar nuestra existencia como observadores podría servir para descubrir propiedades del universo que no se habían relacionado con nuestra presencia en él. En este sentido, puede servir para la formulación de hipótesis. Dicho de otro modo, no considerar nuestro punto de vista como privilegiado puede llevarnos a pasar por alto características fundamentales del universo. El principio antrópico es así una tautología desde el punto de vista formal, pero tiene poder explicativo en cuanto es aplicado en el análisis de propiedades contingentes del universo que no se habían considerado a partir del hecho indudable de que estamos aquí, lo que sin duda implica una selección de las posibilidades. En cierto modo, el principio antrópico constituye una variante del teorema de Bayes, pues la probabilidad de que el universo tenga unas determinadas propiedades está condicionada por nuestra presencia en él. Así, lo que resulta sumamente improbable a priori, tiene una probabilidad mucho mayor a posteriori, es decir, después de que se tenga en cuenta una determinada evidencia, en este caso, nuestra existencia. Ignorar este hecho puede hacer que cometamos errores importantes en nuestra interpretación del universo. En resumen, conocernos a nosotros mismos puede servir para conocer mejor todo lo demás.

¿Qué es el principio antrópico?

Los razonamientos antrópicos habían estado presentes en cosmología, ya desde finales de los años cincuenta y principios de los 60. Por ejemplo, en ciertas reflexiones de G. Whitrow sobre la tridimensionalidad del mundo, en los comentarios de Robert H. Dicke a un controvertido artículo de Paul Dirac, publicado en 1938, y en la respuesta a Dicke por parte de Collins y Stephen Hawking. Sin embargo, no fue hasta 1974 que Brandon Carter lo define y formula explícitamente. Lo hizo así: “lo que podemos observar tiene que estar limitado por las condiciones necesarias para nuestra presencia como observadores”. Un principio que se oponía al copernicano, formulado en 1948 por Hermann Bondi, y años después extendido y reformulado como el principio de mediocridad, que sostenía que nuestra posición como observadores no es privilegiada ni distinta de otras posiciones. Carter define dos formas del principio antrópico. El principio antrópico débil según el cual “nuestra ubicación en el universo es necesariamente privilegiada hasta el punto de ser compatible con nuestra existencia como observadores” y el fuerte que dice que “el universo, y por consiguiente, los parámetros fundamentales de que depende, tiene que ser de tal modo que admita la presencia de observadores dentro de él en algún estadio”. La diferencia entre las dos variantes estriba en que la primera de ellas hace referencia al lugar que ocupamos en el universo, que no puede ser casual, sino que, lógicamente, está restringido por las condiciones que permiten la vida. La forma fuerte, sin embargo, hace referencia al universo entero, por lo que sugiere la realidad de múltiples universos de entre los cuales nuestra presencia ha seleccionado uno en particular. El principal análisis del principio antrópico procede del trabajo de John Barrow y Frank Tipler de 1986, pero, como ha señalado José Manuel Alonso en su obra “Introducción al principio antrópico“, estos autores cometen un error en su interpretación de Carter. Así, definen la forma débil como: “los valores observados de todas las cantidades físicas y cosmológicas no son igualmente probables, sino que toman valores restringidos por el requerimiento de que existen lugares donde puede evolucionar la vida basada en el carbono, y por el requerimiento de que el universo sea suficientemente viejo como para que ello haya ocurrido así”, lo cual es básicamente el principio fuerte de Carter, ya que se refiere al universo y no se limita a nuestra ubicación en él. La forma fuerte fue definida por estos autores de la siguiente manera: “el universo tiene que tener aquellas propiedades que permiten que la vida se desarrolle en él en algún estadio de su historia”. Definición que difiere sutilmente, pero en un aspecto crucial, del principio fuerte de Carter, pues afirmar que las características del universo deben de ser compatibles con la presencia de vida, es diferente a decir que las características del universo deben de ser las que permitan la vida. En el primer caso, el universo es como es porque admite la posibilidad de observadores, los cuales podrían no haber aparecido, mientras que en el segundo, el universo es como es precisamente porque hay observadores. En resumen, el principio antrópico fuerte de Carter es equivalente al débil de Barrow y Tipler, mientras que su interpretación del fuerte es todavía más fuerte y, por tanto, inesperadamente original.

¿Dónde se originó la vida?

En otro lugar manifestábamos nuestra sorpresa ante la rapidez con que surgió la vida en la Tierra. Aunque se sospecha que llegó a nuestro planeta desde Marte en el interior de meteoritos, investigaciones recientes sugieren que los componentes fundamentales para la vida ya se encontraban en el espacio exterior, de tal forma que pudo originarse a lo largo de miles de millones de años en los mismos lugares en los que actualmente se forman las estrellas y los planetas. Entonces la vida se habría originado con nuestro Sistema Solar. Estos lugares son nubes de polvo denominadas nubes moleculares gigantes o GMC. En ellas se han detectado hasta la fecha más de un centenar de moléculas orgánicas. La presencia de agua, amoníaco, y todos los reactivos necesarios para la síntesis de aminoácidos fue también inferida de sus emisiones espectrales, y se sospecha la existencia de al menos un aminoácido, la glicina. Las partículas sólidas que rodean a las estrellas en formación, asociadas a las GMC, muestran características espectrales consistentes con la presencia de compuestos aromáticos como el anillo de pirano, que es un componente fundamental de los polisacáridos, así como hidrocarburos aromáticos policíclicos. Ciertos experimentos han demostrado que granos de polvo hechos de moléculas detectadas en las GMC, y mantenidos a temperaturas cercanas al cero absoluto, generaban de manera espontánea vesículas parecidas a membranas cuando eran irradiados con luz ultravioleta y calentados en agua líquida. En el interior de tales vesículas se formaron diferentes moléculas orgánicas completamente nuevas. Se cree que buena parte los componentes fundamentales para la vida pudieron haber viajado desde el espacio exterior hasta la Tierra en cometas y meteoritos. De hecho, diferentes compuestos aromáticos ya se detectaron en el cometa Tempel-I, una vez que la sonda Deep Impact se hizo estrellar contra él en 2005; y en el interior de varios meteoritos se han encontrado aminoácidos, azúcares y ácido carboxílico. Además, muchos de ellos contienen schreibersita, un mineral que en contacto con el agua produce una variedad de compuestos de fósforo que incluyen algunos parecidos al que compone el ATP. En la actualidad, la Tierra recibe cada año unas 300 toneladas de material orgánico procedente de polvo cometario, así como unos 10 kilos de materia orgánica protegida en el interior de meteoritos. Lo cierto es que si las “semillas de la vida” empezaron a formarse en las GMC, prácticamente todos los planetas habrían sido sembrados con ellas, lo cual no sólo implica que la vida podría ser común en el Universo, sino que en todas partes estaría basada en los mismos componentes fundamentales.

Una bóveda ruinosa

A las ocho y media de hoy, hora del meridiano de Greenwich, un asteroide de unos 150 metros de diámetro recorre las proximidades de este planeta, que tanta paciencia demuestra con nosotros. Está pasando a unos 500.000 kilómetros de distancia, lo cual no es mucho más que la distancia que nos separa de la luna, unos 384.000. Sin embargo, sólo será visible durante un corto período de tiempo con la ayuda de un telescopio sencillo. Se ha estimado que existen unos 7.000 objetos similares en las proximidades de la Tierra, pasando cualquiera de ellos a una distancia relativamente cercana una vez cada cinco o diez años. El tiempo medio de separación entre impactos catastróficos por asteroides es de unos 37.000 años. No obstante, el asteroide que pasará más cerca de la Tierra será Apofis, y lo hará un viernes 13. Concretamente, el 13 de Abril de 2029. Se trata de una roca descomunal con unos 300 metros de diámetro y 46 millones de toneladas. Los científicos aseguran que no chocará contra la Tierra, lo cual es un alivio, ya que la energía del impacto sería comparable a la caída de 60.000 bombas atómicas como la arrojada sobre Hiroshima. Con todo, semejante guijarro pasará a poco más de 36.000 kilómetros de la Tierra, esto es tan cerca como se encuentran algunos de los satélites artificiales puestos en órbita. Pasará tan cerca que será visible a simple vista, al menos desde Europa, Africa y Asia. Se observará cruzando el cielo un punto tan brillante como la estrella de brillo más débil de la Osa Mayor, un espectáculo que no se ve en mil años. ¡Por Tutatis! que el cielo no caiga sobre nuestras cabezas ni hoy ni nunca.

Polvo de estrellas

La vida comenzó en las estrellas. Somos el resultado de polvo de estrellas, lo que no significa que nuestros padres fueron alguna vez famosos, aunque no los haya más célebres para nosotros, sino que los elementos de los que estamos hechos, incluido el abundante carbono, fueron forjados en el interior de estrellas masivas que, siendo raras, se extienden por todo el Universo. Polvo compactado, complicado de vida y conformado por el proceso evolutivo, eso es lo que somos. Al igual que nosotros, la totalidad del planeta es polvo compactado, también complicado de vida. Como nosotros, la Tierra está conformada por el proceso evolutivo, y con el resto del Universo puede afirmarse que somos entidades históricas. Durante miles de años vivimos en simbiosis con ella hasta que hemos terminado por convertirnos en su enfermedad, una especie de patología cutánea de etiología autoinmune caracterizada por el color ceniciento y la falta de flexibilidad del hormigón, que se extiende como un cáncer y que, finalmente, ha infectado su sistema respiratorio. El equilibrio simbiótico se ha roto para dar paso a una relación parasitaria, haciendo que el planeta se defienda en un desesperado intento de salvaguardar la homeostasis. Somos la conciencia envejecida del Universo, la parte herida, esclerotizada, de su sistema nervioso. Quiero, no obstante, observar al Sol para comprender de donde viene aquello de lo que estoy hecho. Tiene el 99,9% de la masa de todo el Sistema Solar y el 98% de la masa del Sol es hidrógeno y helio. Consume materia para generar la energía que me da la vida en un corazón que ocupa tan sólo el 1,5% de su volumen total. Este pequeño corazón es tan denso que contiene el 50% de su masa, dando lugar a una presión de trescientos mil millones de veces la presión atmosférica en la superficie terrestre y a una temperatura de quince millones de grados. En esas condiciones los protones se mueven con mucha rapidez colisionando entre sí. Sin embargo, por cada 2.000 millones de protones sólo un par de ellos al año superarán la repulsión electromagnética y se fusionarán generando un núcleo de hidrógeno. El hidrógeno asimilará un protón más rápidamente, dando lugar a helio. En estas fusiones el Sol pierde masa en forma de energía que libera al exterior. Concretamente, pierde 4,3 millones de toneladas cada segundo, y así ha sido durante los últimos 4.500 millones de años. A pesar de todo, hasta ahora sólo ha liberado menos del 1% de la cantidad de hidrógeno que contenía en el inicio del proceso. Así de inmenso es el Sol. Y sin embargo, no es suficiente. Tiene aproximadamente 1.038 veces la masa de Júpiter y aún así no es lo suficientemente masivo como para generar elementos más pesados que el carbono. Estos se gestan en estrellas mucho más grandes, cuya frecuencia en el Universo sólo es del 10%. Dentro de 4.000 millones de años nuestro Sol habrá consumido todo el hidrógeno y el helio disponible. Entonces quedará reducido a una roca de carbono. Irónicamente, y como atestiguando nuestra estupidez a la hora de valorar las cosas, el Sol dejará de tener valor cuando se convierta en un gigantesco diamante.

Inverso y anverso del multiverso

El universo en el que vivimos guarda una serie de características físicas extraordinariamente precisas para permitir nuestra presencia en él. Si varias constantes físicas, aparentemente arbitrarias, hubiesen sido siquiera infinitesimalmente diferentes, no habríamos estado aquí para contarlo. El catolicismo se siente cómodo no sólo con el Big Bang sino también con el Principio Antrópico, la idea de que el universo es como es para permitir nuestra existencia y, por ende, su conocimiento. Así, Dios estaría en el mismo origen de universo. Los físicos especulan con una alternativa, esto es, la existencia de un multiverso. Aquella desconcertante propiedad tendría sentido si en realidad existiese una infinidad de universos físicamente posibles, aunque completamente estériles. Obviamente, nosotros sólo habitaríamos aquel permisivo con nuestra presencia, lo cual nos parecería un hecho extraordinario, en la medida en que lo considerásemos el único universo existente. Muchos físicos opinan que el universo surgió de una fluctuación cuántica del vacío. Parece que fue posible evitar su casi inmediata extinción gracias a un proceso conocido como inflación, fenómeno sorprendentemente efímero, pues duró 10-35 segundos, que se alimentó de la energía liberada con la emancipación de la fuerza de la gravedad y de la interacción fuerte, y llegó a doblar el tamaño del universo unas 100 veces. A partir de aquí, la física actual es capaz de describir con cierto detalle la evolución posterior gracias a una combinación de teoría y resultados experimentales obtenidos en aceleradores de partículas. Los científicos creen que este tipo de fluctuaciones podrían estar ocurriendo en otros lugares de nuestro propio universo, y algunos opinan que singularidades semejantes tienen lugar en el seno de los agujeros negros. No obstante, las explosiones correspondientes no se producirían hacia nuestro universo, sino que generarían su propio conjunto de dimensiones, así como su espacio-tiempo particular. Esto implica la existencia de un multiverso eterno en el que existe un número infinito de universos burbuja interconectados entre sí. Algunos teólogos ven en estas ideas una amenaza al misterio del origen de todo y se refieren a ellas despectivamente como especulaciones absurdas. Sin duda, este inverso de la explicación divina no son más que especulaciones, pero lo que realmente lo distingue de la “hipótesis de Dios” es que es matemáticamente expresable. Los físicos confían en que el Gran Colisionador de Hadrones, ubicado en Ginebra, permita alcanzar las energías que tuvieron lugar tan sólo 10-15 segundos después del Big Bang. Quizás un día la tecnología sea suficiente para reproducir las condiciones en el tiempo Planck (10-45 segundos, dado que el tiempo está cuantizado no tiene sentido remontarse más allá). Ese día se reproducirá el origen del universo, planteándose la cuestión de si el universo que habitamos se encuentra en el “interior de una probeta”. Entonces encontraremos factible que hubiera sido creado por una inteligencia alienígena y nos preguntaremos por su creador. Tal vez ese día los teólogos abracen esta suerte de anverso de la “hipótesis de Dios” sin preocuparse de su naturaleza especulativa.

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