El niño que se aventuraba

Érase un niño que se lanzaba a la aventura todos los días, y en el primer objeto que miraba y aceptaba con asombro, piedad, amor o temor, en ese objeto se convertía, y ese objeto se hacía parte de él durante el día o una parte del día… o durante muchos años o largos ciclos de años. Las primeras lilas se hacían parte de este niño, y la hierba y el dondiego de día, blanco y rojo, y el trébol, blanco y rojo, y el canto del febe, y los corderos nacidos en marzo y los lechones sonrosados de la marrana, y el potro de la yegua y el ternero de la vaca y la pollada ruidosa en el corral o junto al fango del estanque, y los peces que se suspenden tan curiosamente allá abajo, y el hermoso y curioso líquido, y las plantas acuáticas con sus cabezas gráciles y planas… todo se hacía parte suya. Y los brotes de abril y de mayo se hacían parte suya… los retoños del grano en invierno, los del maíz amarillento y las raíces comestibles del huerto, y los manzanos floridos y el fruto después… y las bayas… y las hierbas más vulgares de los caminos; y el viejo borracho que se tambalea hacia casa desde el retrete exterior de la taberna, de donde acababa de levantarse, y la maestra que pasaba de camino a la escuela… y los afectuosos muchachos que pasaban… y los pendencieros… y las cuidadas muchachas de mejillas frescas… y el muchacho y la muchacha negros con los pies descalzos, y todos los cambios de la ciudad y del campo adondequiera que iba. Sus mismos padres, el que había impulsado la sustancia paterna durante la noche y lo había engendrado, y la que concibió en su útero y le dio a luz… ellos dieron a este niño más que eso, le dieron después cada uno de esos días… se hicieron parte suya. La madre en casa poniendo plácidamente los platos en la mesa para la cena, la madre de palabras dulces… el gorro y el camisón limpios… su persona y ropas exhalando un olor sano cuando pasa; el padre fuerte, seguro, viril, mezquino, colérico, injusto, el bofetón, la palabra rápida y violenta, el pacto estricto, la persuasión astuta, el trato familiar, el lenguaje, la compañía, los muebles… el corazón anhelante y henchido, el afecto que no será denegado… la sensación de lo que es real… la idea de si en definitiva todo será irreal, las dudas diurnas y las dudas nocturnas… el si y el cómo extraños, si lo que parece ser así es así… o no son más que destellos y manchas, […] los estratos de nubes multicolores… la larga franja de tinte castaño solitaria… la extensión de pureza en la que flota inmóvil, el filo del horizonte, el cuervo marino en vuelo, la fragancia de la marisma y el cieno de la playa, todas estas cosas se hicieron parte de aquel niño que se lanzaba a la aventura todos los días y que se lanza ahora y se lanzará a la aventura cada día, y todas estas cosas se hacen parte de aquel o de aquella que ahora las lee atentamente.

De Walt Whitman en “Hojas de hierba”

Vosotros, los zombies

Así se titula una novela de Robert Heinlein escrita en 1959, en la que relata una historia increíble, tal vez una de las mejores sobre viajes en el tiempo que se hayan escrito. John Richard Gott la presenta en uno de sus libros como un ejemplo de relato autoconsistente y maravilloso, a pesar de su extrañeza.

Un joven de veinticinco años, que se llama a sí mismo “Madre soltera”, se encuentra apoyado en la barra de un bar lamentando su suerte. Decide contar al barman su dolorosa historia. El hombre había nacido mujer y se crió en un orfanato. Siendo muy joven quedó embarazada de un hombre que la abandonó. Ella decidió tener el hijo. La niña nació por cesárea, pero durante la intervención el médico observó que la madre tenía genitales masculinos y femeninos en su interior, por lo que realizó la operación de cambio de sexo sin consultar con la paciente. Poco después, el bebé sería secuestrado por un desconocido en el hospital. Entonces el barman interrumpe la historia del joven y le dice cosas que le sorprenden: su nombre, cuando era una mujer, era Jane, ¿verdad?, y la matrona del orfanato era Mrs. Fetherbridge, ¿no? y usted no me había contado esto hasta ahora, ¿no es cierto? El barman pregunta entonces a aquel hombre perplejo si quiere conocer al padre de su hija. “Madre soltera” acepta y es conducido por el barman a la parte de atrás del bar donde oculta una máquina del tiempo. Viajan siete años y nueve meses al pasado. El barman deja allí al joven y avanza nueve meses, justo a tiempo para raptar a un bebé llamado Jane. Después transporta a la niña dieciocho años atrás en el tiempo y la deja a la puerta de un orfanato. A continuación, regresa junto al joven, que acaba de dejar embarazada a una muchacha llamada Jane. El barman aleja al hombre de la chica y le conduce al futuro para que estudie hostelería. Al final, mientras el barman reflexiona sobre la historia se mira una vieja cicatriz que tiene en el vientre y murmura: “Se de dónde vengo yo. Pero, ¿de dónde venís todos vosotros, los zombies?”

En este relato todos los personajes son la misma persona. El hombre que acude al bar se encuentra a sí mismo en el futuro que lo conduce al pasado a conocer a una mujer que, de nuevo, es él mismo antes de sufrir el cambio de sexo. Con ella tiene una hija que es la misma mujer en el futuro con la que tuvo relaciones sexuales. En esta historia una máquina del tiempo aprisiona a un hombre en la eternidad. El hijo es sus propios padres que lo engendrarán por siempre.

¿Para qué sirven las novelas?

Aunque mi propio nombre significa novela en la más sensual de las lenguas románicas, una de esas que, como “Los tres mosqueteros”, se publicaban por entregas, no puede decirse que sea un fiel amante de las novelas. Envidio a los que no paran de devorarlas y se transportan con frecuencia a mundos maravillosos gracias a ellas, pero a mí no suele ocurrirme. No me parece ausencia de imaginación, sino que no acabo de encontrar el autor adecuado, tal y como me pasa con otros amores. Con todo, he disfrutado muchas, novelas más que amores, y todavía lo hago hasta que la impaciencia me lleva a husmear en el ensayo, una vez más. Si en el amor ensayo cuanto puedo y me dejan, es a la novela a quien recurro cuando me siento deprimido, a su cálido abrazo, pero la traiciono en cuanto me siento con energías. Quizás porque soy un monógamo incurable. Entonces me alejo como de una madre, pretendiendo ignorar que un día regresaré a casa. Aun siendo un pobre lector de novelas, quiero elogiarlas aquí. He escogido un argumento, y la forma, del Marqués de Sade:

¿Para qué sirven las novelas? ¿Qué para que sirven las novelas? Hombres hipócritas y perversos, pues sólo vosotros planteáis tan ridícula pregunta: sirven para pintaros tal como sois, individuos orgullosos que queréis sustraeros al pincel porque teméis sus efectos. Ya que la novela, si uno puede expresarse así, es el cuadro de las costumbres del siglo, es tan esencial como la historia para el filósofo que quiere conocer al hombre, pues el buril de la historia sólo pinta al hombre cuando éste se deja ver, y entonces ya no es él. La ambición y el orgullo cubren su frente con una máscara que no representa más que a estas dos pasiones, y no al hombre. El pincel de la novela, por el contrario, atrapa su interior… lo toma cuando se quita su máscara y el esbozo, mucho más interesante, es al mismo tiempo mucho más verdadero. He aquí la utilidad de las novelas. Fríos censores que no las amáis os parecéis a aquel lisiado que también preguntaba: ¿y para qué se hacen los retratos?

Cuatro cuartetos

Un poema de Thomas S. Eliot

“No cesaremos en la exploración. Y el fin de todo nuestro explorar, será llegar a donde empezamos. Y conocer el lugar por primera vez. A través de la desconocida, recordada puerta. Cuando lo último que queda en la tierra por descubrir, sea lo que era al principio”

Sed de salado

Hace tiempo que las lágrimas en cantidad perdieron el interés por ver el mundo desde estas mejillas, que un día caerán flojas sobre el hueso con maneras postcoitales. Me miro al espejo y me imagino viejo, mas confieso. Que hace semanas me encontré sobre ellas una lágrima brevísima al final de un breve encuentro. No me pregunten por qué, en el estrambótico caso de que hubiera interés al respecto, simplemente ocurrió. Supongo que los dos cobardes me asaltaron a traición, sin tiempo de blandir una palabra soez, como acostumbro en tales casos. Incapaz de hallar improperios que acudieran en mi defensa, en estos días los ojos puñeteros se mojaron otra vez, y hasta una tercera. Debe ser la primavera. Ensombrecidos por catástrofes terribles se revolvieron en la húmeda higiene que tanto conviene a la esclerótica. Parecían un par de críos chapoteando en una de esas ridículas piscinas de verano. Pero quisieron hacerlo con la vida sobre la muerte, causando la reflexión en el espejo. Pienso que no estaba preparado para asistir al rescate de una mujer embarazada bajo las paredes desplomadas. Así, ¡de sopetón!, fue algo insoportable. Pienso que estaba preparado para verla muerta, lo cual es horrible, pero es la verdad. ¿Qué clase de espíritu me anima? A diario veo los muertos de Próximo Oriente y aún los de más acá, y por ellos no alcanzo a llorar. Esta mañana todavía reía el lloriqueo cuando tropezaba de nuevo. Una mujer de cuerpo capaz y policial, amamantaba a dos bebés desenterrados. Tomaban la vida de sus senos con ansia fuertemente abrazados. Y entonces los niños reventaron la piscina a este lado del LCD, ¡vaya mierda! Dulzura lisérgica inundando cuencas desérticas, ¡había que verlo! Dice la montaña que todas las pasiones que se dejan probar y digerir son sólo mediocres, y me muestro de acuerdo con ella no sólo en mi desprecio por la cursi sensiblería y el más estúpido sentimentalismo. Luego, ¿cómo explicar semejante incontinencia? Tal vez todo se arregle con una de esas compresas para las pérdidas leves, pero lo dudo. Acaso, ¿mereció la pena? En verdad te digo, viejo imaginado, que me hubiera deshidratado, secado, liofilizado, exprimido hasta la extenuación, por retener de la esperanza en el ser humano la más ínfima fracción.

Las 100 mejores novelas

Recientemente, la conocida revista Time publicó una lista de las 100 mejores novelas publicadas desde 1923. La mayoría de ellas se han editado en español. Por supuesto, a más de uno le escandalizán ciertas ausencias, pues prácticamente se limita a la novela escrita en lengua inglesa, pero si puede decirse que todas las citadas son grandes novelas, entonces el resultado podrá ser útil a más de uno:

Las aventuras de Augie March de Saul Bellow, Eds. De bolsillo; Herzog de S. Bellow, Eds. De bolsillo; Hijos de la media noche de Salman Rushdie, Alfaguara; Todos los hombres del rey de Robert P. Warren, Anagrama; Pastoral americana de Philip Roth, Suma de letras; El lamento de Portnoy de P. Roth, Alfaguara; Una tragedia americana de Theodore Dreiser. Luis de Caralt; Rebelión en la granja de George Orwell, Destino; 1984 de G. Orwell, Destino; Cita en Samarra de John O´Hara, Plaza y Janés; ¿Estas ahí Dios? Soy yo, Margaret de Judy Blume, Simon & Schuster; El dependiente de Bernard Malamud, Seix Barral; En nadar-dos-pájaros de Flann O´Brien, Edhasa; Expiación de Ian McEwan, Anagrama; Beloved de Toni Morrison, Plaza y Janés; Adiós a Berlin de Christopher Isherwood, Argos Vergara; Luz de Agosto de William Faulkner, Alfaguara; El sonido y la furia de W. Faulkner, Bruguera; El león, la bruja y el armario de C. S. Lewis, Destino; Lolita de Vladimir Nabokov, Anagrama; Pálido fuego de V. Nabokov, Bruguera; El señor de las moscas de William Golding, Alianza; El señor de los anillos de John R. R. Tolkien, Minotauro; Amor de Henry Green, Seix Barral; Dinero: carta de un suicida de Martin Amis, Anagrama; El cinéfilo de Walter Percy, Alfaguara; La señora Dalloway de Virginia Woolf, Cátedra; Al faro de V. Woolf, Planeta; Almuerzo desnudo de William J. Burroughs, Librerías Yenny; El sueño eterno de Raymond Chandler, Plaza y Janés; El asesino ciego de Margaret Atwood, Urano; Meridiano de sangre de Cormac McCarthy, Debate; Retorno a Brideshead de Evelyn Waugh, Tusquets; Un puñado de polvo de E. Waugh, Espasa Calpe; El puente de San Luis Rey de Thornton Wilder, Edhasa; Llámalo sueño de Henry Roth, Alfaguara; Trampa 22 de Joseph Heller, RBA; El guardián entre el centeno de J. D. Salinger, Alianza; La naranja mecánica de Anthony Burgess, Minotauro; Las confesiones de Nat Turner de William Styron, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes; Las correcciones de Jonathan Franzen, Seix Barral; La subasta del lote 49 de Thomas Pynchon, Tusquets; El arco iris de gravedad de T. Pynchon, Tusquets; Una danza para la música del tiempo de Anthony Powell, Anagrama; La plaga de la langosta de Nathanael West, Seix Barral; Hijo nativo de Richard Wright, Versal; Neuromante de William Gibson, Minotauro; Nunca me abandones de Kazuo Ishiguro, Anagrama; Alguien voló sobre el nido del cuco de Ken Kesey, Círculo de lectores; El pájaro pintado de Jerzy Kosisnki, Círculo de lectores; Pasaje a la India de E. M. Forster, Alianza; Según venga el juego de Joan Didion, Emecé; Posesión de A. S. Byatt, Anagrama; El poder y la gloria de Graham Greene, Seix Barral; Corre, conejo de John Updike, Tusquets; Una muerte en la familia de James Agee, Plaza y Janés; La muerte llama al arzobispo de Willa Cather, Cátedra; La muerte del corazón de Elizabeth Bowen, Javier Vergara; Liberación de James Dickey, Destino; En la cárcel de Falconer de John Cheever, Mundo actual de ediciones; La mujer del teniente francés de John Fowles, Anagrama; El cuaderno dorado de Doris M. Lessing, Noguer; Ve y dilo en la montaña de James Baldwin, Lumen; Lo que el viento se llevó de Margaret Mitchell, Suma de Letras; Las uvas de la ira de John Steinbeck, Alianza; El gran Gatsby de F. Scott Fitzgerald, Eds. De Bolsillo; El corazón es un cazador solitario de Carson McCullers, Seix Barral; Ragtime de E. L. Doctorow, Muchnik; Los reconocimientos de William Gaddis, Alfaguara; Cosecha roja de Dashiell Hammett, Alianza; Vía revolucionaria de Richard Yates; El cielo protector de Paul Bowles, Seix Barral; Matadero cinco o la cruzada de los niños de Kurt Vonnegut, Anagrama; Snow Crash de Neal Stephenson, Gigamesh; El periodista deportivo de Richard Ford, Anagrama; También sale el sol de Ernest Hemingway, Ediciones y libros; Sus ojos miraban a Dios de Zora N. Hurston, Círculo de Lectores; Las cosas se deshacen de Chinua Achebe, Instituto Cubano del Libro, Arte y Literatura; Matar un ruiseñor de Harper Lee, Ediciones B; Una casa para el señor Biswas de V. S. Naipaul, Debate; Yo, Claudio de Robert Graves, Alianza; La broma infinita de David F. Wallace, Mondadori; El hombre invisible de Ralph Ellison, Lumen; Trópico de Cáncer de Henry Miller, Edhasa; UBIK de Philip K. Dick, La factoría de ideas; Bajo la Red de Iris Murdoch, Espasa Calpe; Ruido de fondo de Don DeLillo, Planeta; Dientes blancos de Zadie Smith, Planeta; Ancho Mar de los Sargazos de Jean Rhys, Anagrama; El espía que surgió del frío de John Le Carre, Eds. De bolsillo; El cielo protector de Paul Bowles, MDS; En el camino de Jack Kerouac, Anagrama.

Al número Pi

Un poema de Wislawa Szmborska titulado “El número Pi”:

El admirable número Pi
tres coma uno cuatro uno.
Las cifras que siguen son también preliminares
cinco nueve dos porque jamás acaba.
No puede abarcarlo seis cinco tres cinco la mirada,
ocho nueve ni el cálculo
siete nueve ni la imaginación,
ni siquiera tres dos tres ocho un chiste, es decir, una comparación
cuatro seis con cualquier otra cosa
dos seis cuatro tres de este mundo.
La serpiente más larga de la tierra suma equis metros y se acaba.
Y lo mismo las serpientes míticas aunque tardan más.
El séquito de dígitos del número Pi
llega al final de la página y no se detiene,
sigue, recorre la mesa, el aire,
una pared, una hoja, un nido de pájaros, las nubes, hasta llegar
directo al cielo,
perderse en la insondable hinchazón del cielo.
¡Qué breve la cola de un cometa, cual la de un ratón!
¡Qué endeble el rayo de un astro si se curva en la insignificancia
del espacio!
Mientras aquí dos tres quince trescientos diecinueve
mi número de teléfono la talla de tu camisa
el año mil novecientos sesenta y tres sexto piso
el número de habitantes sesenta y cinco céntimos
dos pulgadas de cintura una charada y un mensaje cifrado
que dice vuela mi ruiseñor y canta
y también se ruega guardar silencio,
y se extinguirán cielo y tierra,
pero el número Pi no, jamás,
seguirá su camino con su nada despreciable cinco
con su en absoluto vulgar ocho
con su ni por asomo postrero siete
empujando ¡ay!, empujando a durar
a la perezosa eternidad.

A la divina proporción

Un poema de Rafael Alberti dedicado a la proporción áurea:

A ti, maravillosa disciplina,
media, extrema razón de la hermosura
que claramente acata la clausura
viva en la malla de tu ley divina.
A ti, cárcel feliz de la retina,
áurea sección, celeste cuadratura,
misteriosa fontana de mesura
que el Universo armónico origina.
A ti, mar de los sueños angulares,
flor de las cinco formas regulares,
dodecaedro azul, arco sonoro.
Luces por alas un compás ardiente.
Tu canto es una esfera transparente.
A ti, divina proporción de oro.

La tormenta

Me han dicho que has vuelto por fin a tu casa
¿Qué has visto en tu viaje por tierras lejanas?

Caí entre la bruma de doce montañas
Vagando por seis autopistas cortadas
En medio de siete bosques callados
Perdido en las costas de negros océanos
Subí a diez mil millas hasta un camposanto

Y llegará, llegará, llegará, llegará la tormenta
Que anuncia el cielo

Me han dicho que has vuelto por fin a tu casa
¿Qué oíste en tu viaje por tierras lejanas?

El ruido de un trueno preludio del miedo
La última ola al final de los tiempos
Tambores sonando en la linea de fuego
Y tantos susurros que no escucha nadie
Oí carcajadas y llantos de hambre
La triste canción del poeta en la calle
La voz de un payaso cubierto de sangre

Y llegará, llegará, llegará, llegará la tormenta
Que anuncia el cielo

Me han dicho que has vuelto por fin a tu casa
¿Y qué harás ahora que el viaje se acaba?

Volver antes de la lluvia de estrellas
A lo más profundo de lo desconocido
Donde hay multitudes sin nada en las manos
Allí donde el sol ha secado los ríos
Donde eres esclavo o un pobre fugitivo
Que ha visto los ojos de un hombre sin rostro
Donde todas las almas han sido olvidadas
Donde negro es el color y el número no existe
Gritaré hasta que quede grabado en el viento
Y mi voz se refleje desde esta montaña
Aunque tenga que andar encima de las aguas
Hasta que esta llamada sea escuchada

Y llegará, llegará, llegará, llegará la tormenta
Que anuncia el cielo
Y llegará, llegará, llegará, llegará la tormenta
Que anuncia el cielo.

Letra de la canción “Llegará la tormenta” de Amaral

Homenaje a Gödel

Un poema de Hans Magnus Enzensberger dedicado al lógico revolucionario:

Teorema de Münchhausen, caballo, tollo y trenza, es fascinante, pero no olvides: Münchhausen era un mentiroso. El teorema de Gödel parece a primera vista algo sencillo, pero piensa: Gödel tiene razón.

“En cada sistema suficientemente rico se pueden formular axiomas que dentro del sistema ni son demostrables ni refutables, a no ser que el sistema fuera él mismo inconsistente”.

Tú puedes describir tu propio lenguaje en tu propio lenguaje: pero no del todo. Tú puedes investigar tu propio cerebro con tu propio cerebro: pero no del todo. Etc. Para justificarse, cada sistema imaginable tiene que trascenderse, es decir, destruirse.

“Bastante rico” o no: libertad de contradicción es una manifestación carencial o una contradicción.

(Certeza = Inconsistencia)

Cada jinete imaginable, o sea también Münchhausen, o sea también tú eres un subsistema de un tollo suficientemente rico. Y un subsistema de este subsistema es la propia trenza, este aparato elevador para reformistas y mentirosos. En cada sistema suficientemente rico, o sea también en este tollo mismo, se pueden formular axiomas que dentro del sistema no son ni demostrables ni refutables.

¡Toma estos axiomas en la mano y tira!

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