Buscar vida extraterrestre

Es perfectamente posible que en nuestra exploración de otros planetas no identifiquemos formas de vida alienígena aún estando delante de nuestras mismas narices. Antes de que la nave Viking alcanzase la superficie de Marte en 1976, se pensó en incorporarle un artilugio que sirviese para estudiar la posibilidad de vida en la superficie del planeta. Se plantearon dos estrategias diferentes, cada cual más ingenua. Ambas consistían en instrumentos diseñados para la recolección de microbios, ya que las cabezas pensantes de la NASA pronto descartaron a los hombrecitos verdes de entre las múltiples posibilidades. El primero de ellos era una especie de lengua pegajosa que se desenrollaría sobre la superficie impregnándose de polvo marciano. Todo lo ingerido por aquella suerte de camaleón mecánico se analizaba después a través de un microscopio cuyas imágenes se transmitirían al planeta Tierra. Un equipo de sesudos microbiólogos abrigados por batas inmaculadas analizaría las imágenes buscando las bacterias marcianas. La estrategia alternativa, que finalmente se impuso, adoptaba un enfoque fisiológico en lugar de morfológico. La nave llevó entonces un pequeño recipiente con un caldito que, supuestamente, ni la célula más sibarita se atrevería a rechazar. Una disolución de carbohidratos cuyos átomos de carbono habían sido marcados radiactivamente. Sobre la sopa había un sensor que detectaría el dióxido de carbono radiactivo producto de la metabolización del mejunje. El mecanismo incorporaba además una especie de cuchara que sumergía en la sopa una muestra de la rojiza superficie. Sorprendentemente, poco después de que el material marciano entrara en contacto con la sopa se detectó un incremento exponencial de la señal. Esto era previsible en el caso de estar ante un verdadero crecimiento bacteriano, pero, repentinamente, la señal desapareció. Los pequeños marcianos se desintegraron como si de repente hubiesen sido atacados por armas venusianas. La comunidad científica estuvo de acuerdo en que aquel extraño fenómeno no indicaba la presencia de vida, sino que tenía causas fisicoquímicas bien conocidas. Posteriormente, así se comprobó en experimentos realizados en el laboratorio. Tal y como destacaron Lewontin y Levins, la lección que debiéramos extraer de este fracaso es que seguimos sin tener en consideración la naturaleza contingente de la vida. Aquel mismo experimento incluso hubiera fracasado a la hora de detectar muchas de las bacterias que existen sobre la Tierra. Pero una forma de vida surgida de un origen independiente podría no estar basada en el carbono, desde luego podría no consumir carbohidratos e incluso podría no tener la necesidad de reproducirse. Así, su supervivencia podría fundamentarse en mecanismos de reparación. Las formas de vida alienígenas tampoco tendrían por qué ser individuales. Es decir, podría tratarse de un único objeto físicamente continuo variable en el espacio y en el tiempo debido a cambios en sus constituyentes fundamentales. En su presencia, podríamos permanecer ignorantes de este insólito organismo hasta el mismo momento de ser devorados.

Respuesta creativa

Durante este curso académico que ya termina tuve que leer muchos exámenes. La lectura atenta de lo que escribieron los alumnos me causaba sensaciones diversas, incluyendo un extraño pesimismo. Algunos de ellos parecían mostrar graves limitaciones de expresión. Me refiero a estudiantes universitarios. Las dificultades eran particularmente evidentes cuando la pregunta no se refería explícitamente a un epígrafe del temario. Por ejemplo, cuando se trataba de una pregunta que exigía la reflexión, la síntesis de conocimientos, e incluso diese margen a su creatividad en la respuesta. Porque pocas veces los problemas tienen una única solución. Las principales limitaciones surgían precisamente con la libertad, que conlleva a la vez riesgo y responsabilidad. Alexander Calandra cuenta una anécdota sobre un estudiante de Física, que después aparecería publicada en varios libros, incluyendo uno muy conocido de Murray Gell-Mann. Yo la encontré en una obra posterior de David Perkins. El estudiante se encontró el siguiente problema en un examen: explique cómo puede emplear el barómetro para medir la talla de un rascacielos. La respuesta que el profesor esperaba consistía en calcular la altura a partir de la diferencia entre las presiones atmosféricas medidas en la calle y en la cima del edificio. Sin embargo, la respuesta que obtuvo fue la siguiente: “lleve el barómetro a lo alto del edificio, átelo a una larga cuerda, bájelo hasta el nivel de la calle y súbalo luego, midiendo la longitud de la cuerda. Ésta es la altura del edificio”. En lugar de rechazar la respuesta se dio una nueva oportunidad al alumno para asegurarse de que su respuesta revelaba algún conocimiento de la física. El alumno volvió a resolver el problema, esta vez proporcionando varias respuestas: (1) lleve el barómetro a lo alto del edificio. Arrójelo desde allí y mida el tiempo con un cronómetro. Después calcule la altura teniendo en cuenta que la distancia recorrida equivale a la mitad de la aceleración de la gravedad por el cuadrado del tiempo empleado; (2) en un día soleado, mida al aire libre la altura del barómetro, la longitud de su sombra, la longitud de la sombra del edificio y mediante el uso de una proporción simple determine la altura del rascacielos; (3) ate el barómetro al extremo de una cuerda, muévalo como si se tratara de un péndulo y determine con precisión el valor de la aceleración de la gravedad en el nivel de la calle y en lo alto del edificio. Calcule la altura a partir de esta diferencia; (4) Lleve el barómetro al sótano y llame a la puerta del portero. Cuando abra diga lo siguiente: “Querido portero, aquí tengo un excelente barómetro. Se lo entregaré si me dice cuál es la altura del edificio”. El estudiante sacó una buena calificación superando la presión en más de un sentido.

Un abrir y cerrar de ojos

Según las leyes de la física, la duración más breve posible es 10-43 segundos, el tiempo de Planck. Sin embargo, los fenómenos más fugaces que la ciencia puede cronometrar se miden en attosegundos, cada uno de los cuales constituye la trillonésima parte de un segundo (10-18 segundos). Por ejemplo, ciertos láseres emiten destellos que duran tan sólo 130 attosegundos. Un femtosegundo es la milésima parte de una billonésima de segundo (10-15 segundos). La interacción entre la luz y los pigmentos de la retina dura unos 200 femtosegundos. Un picosegundo es una billonésima de segundo (10-12 segundos). A temperatura ambiente, la vida media de un enlace de hidrógeno entre moléculas de agua es de tres picosegundos. Un nanosegundo son 10-9 segundos. El microprocesador de un ordenador personal tarda entre tres y cuatro nanosegundos en ejecutar una instrucción como la suma de dos números. Un microsegundo es una millonésima de segundo. Durante ese período de tiempo el sonido únicamente viaja un tercio de milímetro. Un milisegundo es la milésima parte de un segundo. Una mosca bate las alas cada tres milisegundos. Una décima de segundo es lo que dura un abrir y cerrar de ojos. Y un latido del corazón dura un segundo. La luz de la luna todavía no ha llegado a la Tierra en el tiempo que dura ese latido. En un minuto puedes pronunciar 150 palabras y leer unas 250. Una célula emplea una hora en dividirse por mitosis. En un día, una cría de ballena azul engorda 90 kilos. La Tierra completa su órbita alrededor del sol en un año. Un CD normal tarda en degradarse un siglo, aunque algunos pueden llegar a durar más de dos. Homo Sapiens tiene una historia de unos 100.000 años. Los dinosaurios se extinguieron hace 65 millones de años. El Universo tiene unos 13.000 millones de años. La vida del Universo es mucho tiempo, pero tan sólo un breve instante si se compara con la distancia que existe entre un attosegundo y el tiempo de Plank. El espacio de tiempo más pequeño imaginable es una eternidad.

Ligeramente modificado de una lista confeccionada por David Labrador

Tacto subliminal

Debo reconocer que no soy demasiado receptivo al contacto físico cuando procede de alguien a quien apenas conozco. Casi siempre me incomoda, aunque recibo mejor el tacto de una mujer que el de un hombre. Una amiga me recordaba que a ella le ocurre lo contrario, por lo que la explicación pudiera tener alguna connotación sexual. Sin embargo, conozco a otras mujeres que afirman sentir una mayor aversión al contacto no intencionado cuando el extraño es un hombre. Varios estudios demuestran que las mujeres tienden a tocar con más frecuencia el pelo y el rostro de otras mujeres que los hombres entre sí. También suelen tocar menos frecuentemente a los hombres. Por el contrario, la probabilidad de que un hombre contacte físicamente con un extraño es mayor si se trata de una mujer. Durante unos meses viví en Argentina y en Uruguay, y recuerdo que me llamaba la atención la asiduidad con la que los amigos se abrazaban e incluso se besaban públicamente en las mejillas. También he vivido en los Estados Unidos, donde acercarse mucho a tu interlocutor, ya sea hombre o mujer, es considerado una falta de respeto. Ciertos experimentos demuestran que, en general, el tacto delicado entre extraños contribuye a crear un sentimiento de aceptación. A una bibliotecaria de la Universidad de Purdue, cuyo trabajo básicamente consiste en recibir y entregar libros, se le pidió que durante la mitad de su jornada laboral tocase a la gente de la manera más imperceptible posible, un simple roce en la mano de los estudiantes. Al salir cubrirían un breve cuestionario sobre si la biblioteca le resultaba satisfactoria. También se les preguntaba si la empleada había sonreído o si les había tocado. Curiosamente, aquellos individuos que recibieron un contacto que no habían notado mostraron una mayor satisfacción. Otros, que también negaron el contacto, afirmaron que la bibliotecaria había sonreído cuando en realidad habían sido tocados por una mujer con el semblante serio. En otro experimento realizado en Oxford, Mississippi, las camareras de dos restaurantes tocaban discretamente a los clientes en la mano o en el hombro. Se demostró que los clientes tocados dejaban por término medio mayores propinas. En un tercer experimento, esta vez realizado en Boston, una investigadora deja dinero en una cabina telefónica para regresar cuando está ocupada por el siguiente usuario, que ya se había guardado el dinero en el bolsillo. La investigadora le pregunta cortésmente si halló su dinero. Pues bien, si en ese momento toca al extraño, aunque el contacto resulte tan ligero que después este no lo recuerde, la probabilidad de que le sea devuelto el dinero asciende del 63 al 96%. En su estilo agradablemente sensual, Diane Ackerman se refiere al tacto subliminal diciendo que, aunque no lo notemos, nos entibia el alma.

Rizos con gancho y medias de nylon

Cuántas veces no has vuelto del campo con esas bolitas (Arctium) tenazmente enganchadas a la ropa. Se trata de un eficaz mecanismo para la dispersión de las semillas, ya que se adhieren a todo y a todos, incluidos los animales que no van a la última. George de Mestral quiso saber el porqué. Cuando volvió de uno de sus paseos con la chaqueta plagada, decidió poner bajo su lupa algunas de ellas. Observó que estaban rodeadas de ganchos minúsculos que se enredaban con los rizos del tejido. Entonces se preguntó si podría diseñarse un sencillo sistema de cierre basado en el mismo principio. Había nacido el velcro, término que proviene de enganchar velvet (terciopelo) a crochet (enganche). En la actualidad, se usa una mezcla de poliéster y nylon para hacer los ganchos y los rizos, aunque algunas aplicaciones, que requieren una resistencia especial, exigen que sean de poliéster puro. Fue otra serendipia la que dio lugar al nylon. Wallace Hume Carothers trabajaba para la empresa Du Pont estudiando polímeros naturales, tales como la seda o el caucho. Pretendía la fabricación de una fibra sintética lo más parecida posible a la seda. Julian Hill, uno de sus compañeros, observó que algunos de los materiales que almacenaba Carothers se estiraban cuando se cogían con la ayuda de una varilla de vidrio. Haciendo el ganso con unos amigos, empezó a estirar y a estirar el material con la misma estúpida emoción que te empuja a hacer pompas de jabón cada vez más grandes. Sin embargo, pronto se dieron cuenta de que aquel estirado en frío aumentaba la resistencia del polímero, lo que les sugirió que podría tener aplicación en la industria textil. Fue el producto estrella de la Feria Mundial de Nueva York de 1939. Los químicos más inteligentes vistieron a una rubia de piernas quilométricas con medias elaboradas con la nueva fibra sintética. A continuación, metieron a la rubia en un gigantesco tubo de ensayo diseñado para la ocasión. Por supuesto, todos los hombres que pasaban por allí se detuvieron a contemplar lo grande que puede llegar a ser un tubo de ensayo. Las medias de nylon, que junto a los zapatos de tacón de aguja son elementos fundamentales del fetichismo moderno (a mí estas cosas me las cuentan), se pusieron a la venta por primera vez el 15 de mayo de 1940 en la ciudad de Nueva York. En sólo cinco horas se vendieron cuatro millones de pares. A pesar de la demanda tan extraordinaria la producción se detuvo al estallar la guerra, ya que el material se dedicaría a fines militares. De hecho, miles de patrióticas mujeres entregaron sus medias al ejército. La mayoría de ellas siempre creyeron que sus prendas sirvieron para fabricar paracaídas.

Leer el pensamiento

Es posible que un día no muy lejano exista una máquina capaz de leer el pensamiento. Personalmente, puedo conseguir una aproximación bastante buena en momentos puntuales y con personas muy concretas a las que creo conocer bien, si bien opino que nadie conoce a nadie profundamente. De hecho, la mayoría de las veces somos un misterio para nosotros mismos, por ejemplo, siendo incapaces de predecir nuestra conducta en situaciones extremas de las cuales no tenemos experiencia previa. Se de esta incertidumbre por propia experiencia, os lo aseguro. Esa conclusión clarividente a la que me refiero, a veces la infiero casi intuitivamente a partir de gestos concretos o del semblante general del rostro. A todos nos pasa. El grado de consciencia que podamos tener sobre el procesamiento racional que llevamos a cabo, el grado de explícita comprensión de nuestro análisis de signos de comunicación no verbal, es variable y marca la diferencia entre el análisis más controlado y la intuición aparentemente más irracional, casi mágica. Pero la máquina del pensamiento querrá ver el mismo pensamiento y lo vería, si el pensamiento pudiera ser reducido a un determinado estado físico del cerebro. Sospecho, sin embargo, que esto es una simplificación que raya en lo absurdo. No obstante, se está desarrollando una pequeña rama de las neurociencias conocida como “lectura cerebral” encaminada a averiguar lo que piensa un individuo únicamente a partir de los registros de actividad cerebral, y los avances son espectaculares. Utilizando técnicas de resonancia magnética funcional, hoy prácticamente es posible distinguir algunos pensamientos. Por ejemplo, tal y como afirma Francisco Mora, puede saberse si una persona está pensando en otras personas o si está pensando en edificios. Asimismo, es posible saber, con una aproximación altamente significativa, si esas personas o edificios le gustan o disgustan. Esto se debe a que hay algunas áreas del cerebro que funcionan de forma muy selectiva. Así, el área fusiforme del sistema visual y una pequeña parte del giro parahipocampal responden casi exclusivamente a la visión de caras y edificios, respectivamente. Asumiendo que la construcción de la máquina fuera posible, ¿estamos preparados para afrontar los problemas éticos que plantearía su uso? En mi opinión, ni siquiera somos capaces de plantearlos completamente. El desarrollo científico está sujeto a ciertos peligros potenciales como es el que sea monopolizado por intereses particulares, que no se ponga al servicio de la humanidad, sino que sirva para dominarla. Pero uno de los que percibo más amenazantes es la enorme diferencia que observo entre la velocidad del progreso científico y un supuesto avance moral.

Microquimerismo

Las circunstancias han querido que durante este último cuatrimestre haya impartido clases de genética. Una de las primeras cosas que dije a mis alumnos fue algo muy básico que aprendí de mis profesores. Que todas las células del organismo diploide, con excepción de algunos tipos anucleados, tales como los eritrocitos en los seres humanos, y los gametos, cuyos núcleos contienen un número haploide de cromosomas, tienen la misma información genética. Si el componente genético de la diferenciación celular y tisular es tan variable, se debe a la expresión diferencial de los mismos genes. Sin embargo, estaba equivocado. Las investigaciones del equipo de J. Lee Nelson, entre otros, han demostrado que el microquimerismo es relativamente común. Muy probablemente, cada uno de nosotros contiene unas pocas células de otros individuos genéticamente distintos, especialmente de nuestras madres. En este caso se habla de microquimerismo materno. Cuando se analizan un total de 100.000 células por individuo se lo detecta en un 20% de los sujetos, pero se cree que el porcentaje de “quimeras” es mucho mayor. Se trata de células que atravesaron la placenta y ahora circulan por nuestra sangre o se incorporaron a diferentes tejidos. Aunque la mayoría de las células no viven demasiado tiempo, se ha demostrado que algunas de estas células foráneas pueden persistir durante años. Esto se debe a que se trata de células madre, nunca mejor dicho, o bien células poco diferenciadas que han derivado recientemente de ellas. Tales células pueden dar lugar a otras sirviendo de semillas que arraigan en diferentes regiones de nuestro cuerpo. Durante el embarazo, el feto también puede transferir células a la madre (microquimerismo fetal). De hecho, se hallan células masculinas en mujeres que tuvieron niños. Aunque el microquimerismo parece estar implicado en varias enfermedades autoinmunes, tales como el lupus, escleroderma o la diabetes tipo 1, también se sabe que juega un papel beneficioso en la reparación de tejidos. Otras causas de microquimerismo son el intercambio de células entre gemelos y, aunque no se haya demostrado, es teóricamente posible la adquisición de células desde un hermano mayor a través de la madre. Se desconoce si el fenómeno es posible mediante relaciones sexuales. Por supuesto, tiene lugar durante ciertas intervenciones médicas, incluso en transfusiones sanguíneas a pesar de la irradiación a la que es sometida la sangre (microquimerismo iatrogénico). Es interesante que el microquimerismo materno se haya descubierto en el cerebro del ratón, ya que sugiere que las células maternas podrían influir en el desarrollo cerebral y plantea la cuestión acerca de si el cerebro realmente nos pertenece.

Viajar al futuro, otra vez

En teoría, existen al menos dos maneras de viajar al futuro. Quizás la percepción subjetiva del paso del tiempo esté relacionada con la alteración de la duración de nuestros procesos bioquímicos, de tal manera que su ralentización inducida en grado extremo, podría llevarnos al futuro sin ser conscientes de ello. Este viaje particular es el que se pretende con la crionización. Por otro lado, la Teoría de la relatividad especial afirma que el tiempo está ligado al movimiento, cosa que se suele ejemplificar con la paradoja de los gemelos. Que relojes de sistemas de referencia que se mueven a distinta velocidad registran diferentes intervalos de tiempo entre dos sucesos que ocurran en el mismo momento. Así, se ha demostrado experimentalmente que la velocidad permite viajar en el tiempo haciendo que transcurra más lentamente. Esto ha sido posible gracias al uso de relojes atómicos. Dado que la estructura atómica es universal, el segundo puede definirse con exactitud como “la duración de 9.192.631.770 períodos de la radiación correspondiente a la transición entre los dos niveles hiperfinos del estado fundamental del átomo de cesio”. Mediante relojes marcando estos segundos pudo comprobarse que viajando en un avión a 920 Km/h durante ocho horas se acumula un desfase temporal respecto al sistema de referencia inercial de 10 nanosegundos. Quiere esto decir que, de haber sido capaz de dormir en los aviones, la chica que me esperaba en el aeropuerto de Portland, Oregon, me habría visto algo más joven. Experimentos en aceleradores de partículas demostraron que el ritmo de desintegración de ciertas partículas subatómicas disminuye drásticamente a medida que su velocidad se aproxima a la de la luz. También se sabe que algunos rayos cósmicos atraviesan la galaxia en sólo unos minutos cuando, desde el punto de vista de la tierra, parece que emplean decenas de miles de años. A decir verdad, en el sistema de referencia de un fotón la distancia y el tiempo debe reducirse a nada, su movimiento resultaría tan instantáneo como el ColaCao Turbo. Análogamente, se ha demostrado la predicción einsteniana según la cual la gravedad también retarda el paso del tiempo. Por ejemplo, los soldados que permanecen en un submarino nuclear a 300 metros de profundidad durante seis meses regresan al nivel del mar 500 nanosegundos más jóvenes. Los relojes del vecino del quinto avanzan más rápido que los del friki del sótano, que parece no madurar nunca, simplemente porque se encuentran más alejados del centro del campo gravitatorio de la Tierra. Aunque todos estos desfases temporales son pequeños, lo cierto es que tuvieron que tenerse en cuenta en la elaboración del sistema GPS o los errores acumulados llegarían a ser del orden de kilómetros. Semejante precisión en la cuantificación temporal resulta esencial en otras aplicaciones tecnológicas, tales como el cobro exquisito del gasto en telefonía móvil y el correcto funcionamiento de Internet.

Pan y agua

Un calentamiento global puede ser causa de un enfriamiento local. El cambio climático al que estamos asistiendo, cuya evidencia ha sido reconocida con interesada parsimonia, podría causar el deshielo de gran parte de Groenlandia. Si esto llegase a ocurrir, una ingente cantidad de agua helada caería sobre la corriente cálida del Golfo interrumpiéndola. De esta manera, se vería abortado un fenómeno natural de calentamiento a través del globo, lo cual conllevaría el nacimiento de un período de glaciación en Europa y en el este de los Estados Unidos. La glaciación supondría un síntoma más del proceso autodestructivo al que tan diligentemente parece estar dedicada nuestra especie. Las especies se extinguen cuando son incapaces de adaptarse al medio, ya sea porque perdieron su variabilidad genética, bien porque los cambios son tan drásticos y acontecen tan súbitamente que fue inútil afrontarlos. No sin cierta ironía, podemos afirmar que la especie humana muestra signos evidentes de no poder adaptarse a cambios en su entorno, quizás demasiado rápidos, causados por él mismo. Opino que desequilibrio tan estúpido nace, en esencia, del olvido de lo que se es, de un humanismo olvidado. La falta de adaptación se manifiesta como una deshumanización, que contribuye a acelerar la destrucción de nuestra casa. Así es como el agua congelada señalará, una vez más, lo que no se adapta, lo inflexible, lo inmóvil, lo que muere. Pero lo que muere suele fertilizar la tierra, da lugar a la vida, y es causa de nuevas adaptaciones. De hecho, el agua congelada contribuyó a nuestra aparición. Aunque todavía no se han encontrado sus restos, hay quien ya ha denominado al ancestro común que compartimos con los chimpancés como Pan prior. Hace unos ocho millones de años una glaciación provocó la fragmentación de los extensos bosques que cubrían el valle del Rift, en África, el lugar en el que vivía este primate. La mayor parte de la humedad que los alimentaba fue literalmente retenida alrededor de los polos, y los bosques fueron diezmados por la sabana. Como consecuencia de ello, algunas poblaciones de P. prior se aventuraron en ella, mientras que otras permanecieron en la selva. Todavía hoy, algunos chimpancés (Pan troglodytes) “dan el salto”, a pesar del riesgo que ello implica. A merced de los depredadores, sin poder ver nada por causa de la hierba tan alta, se elevan sobre sus miembros posteriores para otear el horizonte a la búsqueda de un árbol aislado al que puedan correr en caso de peligro. Ya fuera por afán de nuevas emociones o por necesidad, aquel osado movimiento conduciría a una adaptación esencial, el bipedismo. No será hasta mucho más tarde cuando los descendientes de aquellos primeros valientes despierten en Gaia lágrimas de tristeza.

Alcohol hasta no poder levantarse

La bebida de 100 grados no es alcohol puro, aunque quien beba tal mejunje afirme, no sin cierta razón, que se trata de puro alcohol. Según el sistema métrico mediante el cual se mide el alcohol, discurrido por el químico francés Joseph-Louis Gay-Lussac, el grado 100 equivale a un 57% de alcohol, mientras que puede decirse que el alcohol tiene 175 grados. La determinación es posible mediante un hidrómetro, que mide la gravedad específica, es decir, la densidad relativa del líquido. Aunque el uso de este sencillo instrumental se generalizó desde principios del siglo XIX, la estimación de la cantidad de alcohol en la bebida fue algo que interesó prácticamente desde los comienzos de la civilización, de ahí que no tardasen en surgir métodos más prosaicos. En las islas británicas, por ejemplo, los inspectores oficiales de cerveza eran considerablemente respetados. Tan pronto como una destilería tenía una nueva producción, los representantes del gobierno establecerían el precio de la cerveza con su precioso culo. Tradicionalmente, cuando una destilería demandaba la presencia de los inspectores para evaluar la calidad de una nueva cerveza, colgaban en la puerta un trozo de la rama de algún arbusto, de ahí que, todavía hoy, muchos pubs ingleses lleven en su denominación la palabra “bush” (arbusto). Era la señal para recibir a estos dignos señores que, ataviados con pantalones cortos, llegaban al especificado local cervecero con gravedad en el rostro, y luego medían la gravedad específica con el trasero. Sobre un banco de madera derramaban una pequeña cantidad del líquido hasta formar una delgada película. A continuación, el correspondiente inspector se sentaba en el banco húmedo. Si le resultaba fácil levantarse, la cerveza valdría un penique, pero si se quedaba pegado el tiempo suficiente, aquella resistencia otorgaría un valor doble a la bebida. Después, tendría lugar la celebración entre el dueño del local, los clientes, y el hombre serio que enseñaba las rodillas y que parecía haberse meado encima. Quizás debido a irritaciones testiculares, los inspectores llegarían a utilizar otro método tradicional antes del celebrado hidrómetro. Consistía en mezclar una cierta cantidad del licor con pólvora y se intentaba inflamar la mezcla. Si prendía con rapidez se denunciaba el exceso, si lo hacía lentamente se le atribuía el grado 100, y si no encendía la bebida era tratada de “flojita”. Ante las críticas que despertaba lo inexacto de este método, todos los inspectores del país aclamaron con vehemencia la llegada del hidrómetro, pues nadie deseaba combinar pólvora y posaderas.