Un anarquismo diferente

Hace días escuché con perplejidad las declaraciones del célebre atracador de bancos conocido como “El solitario” en las que se enorgullecía de ser un expropiador de bancos en nombre de sus ideales anarquistas. El anarquismo nada tiene que ver con las motivaciones egoístas que seguramente guarda este hombre tan arrogante como violento. Hay mucha nobleza encerrada en el movimiento anarquista, que esencialmente es un movimiento por la libertad del individuo. En más de una ocasión me he referido a lo importante que me parece esta emancipación individual de los sutiles mecanismos de control social establecidos por la clase dominante. Si nunca has pensado en ello, tal vez esto te parezcan los delirios de un paranoico, pero confío en que no me juzgues prematuramente. Sin embargo, no es mi intención ahondar aquí en dicha afirmación, sino clarificar una aparente contradicción. Ciertamente, he defendido la libertad individual, el establecimiento de las condiciones que favorezcan el despliegue de la propia singularidad, en manifiesta oposición a la masificación que, en mi opinión, conviene al sistema. Por ejemplo, en “El hombre y la masa“. Por otro lado, he criticado explícitamente el nacionalismo y abogado por un Estado socialista, descentralizado y fuerte (véase “Por qué no soy nacionalista” y “Una victoria agridulce“). Desde la perspectiva del anarquismo tradicional este énfasis en el individualismo y en el poder del Estado es algo contradictorio. Precisamente, en este punto radicaba una de las principales diferencias de opinión que enfrentaron a Bakunin y a Marx. Para el primero, el socialismo no será libre mientras la democracia se halle estrangulada por la burocracia estatal, por lo que denominaba la burocracia roja, en referencia al socialismo de Estado. En otras palabras, opinaba que el poder debía fluir de abajo a arriba, que todo aquel que confiase la liberación del individuo en un poder estatal era un ingenuo respecto a la naturaleza humana, pues el poder corromperá a las élites gobernantes sean del color que sean. Bakunin tenía razón en esto, tal y como la historia ha demostrado sobradamente. Sin embargo, el mundo de hoy no es el de mediados del siglo XIX. Los peligros de una epidemia de conformismo ante la flagrante injusticia social me parecen incluso mayores que entonces, cada vez más deshumanizadas las gentes mediante el consumismo y los medios de masas. Los tiempos han cambiado y la historia abre nuevos caminos de transformación, por mucho que ultraliberales como Fukuyama hayan declarado su final. Creo que Chomsky está en lo cierto cuando afirma que “hoy día, proteger el Estado es dar un paso hacia su abolición”, puesto que al hacerlo más débil observamos que se pone más poder en fuerzas conservadoras, cuando no empresariales, y se favorece la desigualdad social. Comparto esta opinión que trasluce un anarquismo diferente, adaptado a estos tiempos de democracias maniatadas por la abundancia. Defender un socialismo de Estado descentralizado como plataforma básica desde la cual ir atendiendo las reivindicaciones de un pueblo cada vez más ilustrado, que inevitablemente se desperezará en una serie de movimientos sociales de índole pacífica y solidaria.

Entetanimiento

A finales de los 90, el politólogo norteamericano Zbigniew Brzezinsky acuñó la palabra tittytainment para referirse a una de las más graves enfermedades que aquejan a las sociedades acomodadas de nuestro tiempo. Término traducido al español como entetanimiento y que recientemente ha sido definido por Gabriel Sala de la siguiente manera:

El entetanimiento no es otra cosa que una mezcla de entretenimiento mediocre y vulgar, bazofia intelectual, propaganda, y elementos psicológica y físicamente nutritivos con el fin de satisfacer al ser humano y mantenerle convenientemente sedado, perpetuamente ansioso, sumiso y servil ante los dictados de la minoría que decide su destino sin permitirle siquiera opinar al respecto. El entetanimiento es el mejor proveedor de coartadas que haya existido, el prisma a través del cual podemos observar el mundo sin sentirnos culpables y sin vernos obligados a asumir la responsabilidad de nuestras acciones.

Por fea que resulte la palabra, ya disponemos de un concepto que defina esa alienación a la que somos sometidos sistemáticamente por los medios de comunicación. En mi opinión, deberíamos organizar un movimiento de resistencia. Los criterios que prevalezcan a la hora de diseñar los contenidos de una televisión pública no deberían ser puramente mercantiles. Tampoco estoy de acuerdo con aquellos que opinan que en nombre de la libertad tales contenidos deben estar determinados por los gustos de la audiencia. Esto que puede parecer democrático, no me lo parece, pues lo que se ve en televisión no es simplemente lo que quiere la mayoría, sino que lo que quiere la mayoría está muy influenciado por lo que se ve en televisión. Es decir, la interacción es en los dos sentidos. Doblegándose a intereses muy concretos, la televisión se utiliza precisamente para hacer menos libre al ciudadano obnubilando su capacidad crítica. Constituye un mecanismo de control social. La televisión debe cumplir un papel educativo que finalmente redunde en la crítica y la exigencia de entretenimiento de calidad, es decir, que sirva para transformar la propia televisión. Estamos hartos de basura televisiva, de publicidad abusiva y de tanto cinismo e hipocresía por parte de las autoridades responsables. Los medios de comunicación contribuyen a definir el ambiente en el que se desarrolla el individuo y, por consiguiente, participan en la conformación de nuestra sociedad. Su función me parece de gran importancia. Son una pieza fundamental en la formación de valores, por lo que deberían integrarse en un movimiento de cambio hacia un mundo mejor, respetuoso con la dignidad humana.

La persona desnuda

Quiso la casualidad que el otro día escuchase una reflexión de la modelo Martina Klein. ¿Qué dice de la persona la ropa que viste un individuo?, venía a ser la pregunta que le hacía el entrevistador. Y si no interpreto mal su respuesta, la simpática modelo insistía en que la vestimenta es otro aspecto en el que se refleja nuestra personalidad. Para ella, debería ser posible que todos pudiésemos vestir de acuerdo con nuestro estilo. No se trata de hacerlo necesariamente con determinadas marcas o de ir a la moda, sino de saber lo que a cada uno le gusta y vestir de acuerdo con nuestro carácter. Dejando al margen la cuestión del consumismo, que en este caso no me parece la menos importante, afirmo que la ropa no me define en absoluto. De hecho, no lo hace ninguna cosa. Generalmente, a través de la ropa se pretende transmitir un mensaje sobre nosotros mismos, sobre nuestro estatus social, gustos o ideas; se utiliza para señalar la pertenencia a un determinado grupo o simplemente manifestar una pose concreta en el mundo. En mi opinión, este mensaje suele reflejar la huída de uno mismo. No se quien soy, pero creo saber quien me gustaría ser, luego no tengo más que prestar oídos a la sociedad que me dirá incluso lo que debo sentir. Lejos de resultar original, la preocupación por el estilo (incluyendo la preocupación por el estilo despreocupado) acostumbra a revelarse como imitación. Por ejemplo, de la forma de vestir de nuestro grupo musical favorito, de personajes de televisión, de gentes a las que admiramos, o aquélla que asociamos con una ideología determinada. Admito que es esta una visión radicalmente pesimista del problema, pues habrá quien no se preocupa por otra cosa que por rodearse de cosas bonitas. Pero encuentro patético cómo tantas personas se sienten inseguras cuando se les despoja de tales objetos. Así, dicen no ser ellas mismas si no salen a la calle con los labios pintados o con una camiseta con la imagen del Che. No me refiero a que se vean ridículas o incómodas, sino al hecho de que su confianza en sí mismas se vea mermada por unos simples pantalones. Por supuesto, tales personas tienden a juzgar a otras por su apariencia. Aunque les parezca “políticamente incorrecto” y no lo hagan público, emiten tal juicio en su foro interno. Pero el que juzga al otro por su vestimenta está en realidad diagnosticando su propia miseria, pues lo que somos verdaderamente está desnudo. Paradójicamente, ir descubriendo la persona es sólo posible desde la desnudez. En este sentido, aquellos que hacían un slogan comercial de la frase “no es lo que tengo, es lo que soy” pervierten una verdad esencial. Sin embargo, en estos tiempos ya no sorprende que la televisión haga de la verdad mentira y de la mentira verdad, que presente como admirable lo frívolo, y que a base de repetición inmunice nuestra sensibilidad frente a la injusticia.

Elogio del ocio

Recientemente, cambiamos nuestro horario de trabajo. Ahora realizamos lo que se suele llamar una jornada intensiva. Casi no interrumpimos nuestra actividad para comer. El objetivo es salir pronto de entre estas cuatro paredes, entre las cinco y las seis de la tarde, para poder así dedicar el resto del día a lo que se quiera. Ayer, durante la comida, me decía un compañero que con el cambio todavía trabajaba más horas, lo cual es cierto, pues me consta que sigue quedándose hasta muy avanzada la tarde. ¿Y que vas a hacer, aburrirte en casa?, me decía. Entonces recordé las palabras de Oscar Wilde “el trabajo es el refugio de los que no tienen nada que hacer”. Tal vez tenga razón y nos falte creatividad incluso para ser felices. El trabajo podría servir de paradójico refugio para evitar la tarea más importante, que es personal. Al fin y al cabo, decía Flaubert, el trabajo constituye el mejor medio para pasar la vida sin ser visto, incluso por uno mismo, añadiría yo. Y es que, en cierto modo, el trabajo nos diluye en la masa y se nos recompensa por ello. No creáis que se nos paga por nuestro trabajo, se nos paga por nuestra sumisión, decía Baroja. Desde este punto de vista uno comprende mejor a quienes como Faulkner pensaban que es una vergüenza que en el mundo se trabaje tanto. Ciertamente, uno podría alegar que el trabajo forma parte de la realización de la persona, y estoy de acuerdo, pero, como ocurre con casi todo lo difícil, se trata de una cuestión de equilibrio. Mi crítica apunta a una determinada manera de entender el trabajo donde todo lo que que importa es el dinero que puedas ganar a cambio de él. Con las orejeras puestas, sin pensar en otra cosa, dedicamos la mayor parte de nuestro tiempo a ser unos burros. Así por ejemplo, Lawrence J. Peter, autor del famoso principio de Peter, se extrañaba de que dediquemos la mayor parte de nuestra vida a hacer cosas que no nos gustan con el fin de ganar dinero para comprar cosas que no necesitamos e impresionar a personas que no nos caen bien. Muchas veces, personas que no conocemos en absoluto, pero nos presentamos ante ellas a través de los objetos y, pretendiendo rodearnos de objetos bellos, cuando no simplemente caros, para que nos definan como personas no hacemos más que acrecentar nuestra fealdad. En cierta ocasión, mi jefe me hablaba de la dignidad del trabajo, de la cultura del trabajo, tan presente en los países anglosajones. ¿Y si Melville tenía razón? ¿Y si la dignidad está en el ocio? Cada día que pasa estoy más de acuerdo con Frederik Pohl cuando afirmaba que lo que distingue a un hombre no es tanto su manera de ganarse la vida como su manera de perder el tiempo. Bueno, ya va siendo hora de ponerme a trabajar…

Los pueblos y el tiempo

ETA asesina de nuevo. Los liberadores del pueblo vasco, subyugado por el pueblo español, han actuado de la mejor manera que saben. De nuevo, los patriotas han acabado con la vida de un hombre en nombre de la entelequia superior, y de paso afirman la violencia como medio para alcanzar tan nobles ideales. Sin duda, debe tratarse de héroes en este mundo del revés que fabulosamente describió Galeano. Aunque el asesinato sirve en este caso a la causa nacionalista, es evidente que el nacionalismo no está necesariamente ligado a la violencia. Sin embargo, creo que el nacionalista se alimenta de la oposición exterior, constituye su reflejo, y si no existiera la inventaría. De no haber nacionalistas al otro lado, en el lado oscuro, el nacionalismo se diluiría en el tiempo como un azucarillo en el café. Se alimenta también del pasado, de la historia, de una tradición que llega a tergiversar en su idolatría. Así, quisiera aislar a los oponentes, nacionalistas vascos y españoles porque los unos alimentan a los otros y, entremedias, nos duele a todos los demás. Insisto, si lo pienso no observo otra cosa que el absurdo, así que no debe ser cosa de pensar. España, o para el que todavía sea víctima de pringosos prejuicios digamos el Estado español, alberga una rica diversidad cultural. La cultura es parte fundamental de los pueblos y contribuye a definir una cierta identidad, pues hay una cultura gallega, que forma parte de una cultura occidental, que es expresión de la cultura humana. Los pueblos tienen derecho a escoger su destino, tienen derecho a la autodeterminación. Toda persona de bien admitiría esto. Pero la cultura no tiene fronteras, es un valor de las personas. No importa donde se haya nacido, la cultura es algo que se adquiere. El mestizaje es parte de la geografía cultural actual, al igual que el imperialismo, es cierto. Hace semanas, discutía con un amigo sobre esto y me recordaba la historia de violencia que suele estar detrás de la génesis nacional, pero tenía la impresión de que no comprendía que precisamente por todo eso la ideología nacionalista resulta conservadora. La identidad no se halla en el pasado, en la tradición, como piensa el nacionalista. En el pasado está la mezcla y la influencia, luego ahí no puede haber otra identidad que no sea ficticia, dogmática. La verdadera identidad de un pueblo está en su futuro. En los compromisos que adoptemos como colectivo, en la sociedad que decidamos construir, pues el futuro es construcción, como dijo Paul Valéry. Una alternativa integradora es la mejor salvaguarda de la diversidad y no el nacionalismo que en su endogamia cultural sólo puede ser homogenizador. Podemos mirar al pasado o mirar al futuro optando por vivir en el Estado que la historia arrimó a esta vera, pero construirlo libremente, en paz, descentralizado (o centralizado en el individuo, en lo que es común a todas las culturas), así respetuoso con la diversidad cultural, y abierto al mundo.

El hombre y la masa

Hace años tuve un profesor de Geografía al que una vez escuché decir que la mayoría de la gente que se declara comunista no tiene ni idea de lo que significa el comunismo. Entonces debí sentirme identificado con aquellas palabras, pues estimularon en mí cierta investigación. Tenía quince años y no ocultaba mi simpatía por el comunismo en un colegio de curas. Sorprendentemente, mi comunismo se nutría menos de Marx que de Jesús de Nazaret. Aunque nunca tuve un carácter belicoso, sino al contrario, sigo exhibiendo un ímpetu provocador que no siempre logro domar. Habrían de pasar varios años de agitación interior hasta que aquella persona, que zumbaba como una mosca cojonera, empezase a revelar su verdadero rostro, en vez de confundirlo en una colectividad por abstracta que fuese. Ahora pienso que aquel profesor estaba en lo cierto, y las cosas no han cambiado mucho. En palabras de Hermann Hesse, “la mayoría de los hombres no tienen credo político propio, sino el de su casta; tanto los capitalistas como los socialistas son, en su noventa y nueve por ciento, partidarios de opiniones para cuyo examen no les alcanza su inteligencia”. Comparto con este humanista la opinión de que todo hombre representa un universo único, potencialmente maravilloso, y que el primer paso hacia el totalitarismo, sea del color que sea, consiste precisamente en sustituir la conciencia personal por la colectiva. Un fenómeno que siempre me ha repelido, incluso siendo un adolescente. Pero el individuo inseguro se refugia en la masa para dejar de pensar, y renuncia a la libertad para evadir su responsabilidad y sentirse arropado por el número. De nuevo Hesse: “Muchas veces he visto cómo una sala llena de hombres, una ciudad llena de hombres, un país lleno de hombres caían en ese éxtasis y vértigo que convierten a una multitud de individuos en una sola unidad, una masa homogénea; he visto cómo todo lo individual se apaga y cómo el entusiasmo que provoca la conformidad de pareceres, la confluencia de todos los instintos en un instinto de masas, llena a cien, mil o millones de un sentimiento de superioridad, de un deseo de entrega, de un desprendimiento de la propia personalidad y de un heroísmo que en un principio se manifiesta en llamadas, gritos, escenas de confraternidad con emoción y lágrimas y finalmente acaba en guerra, locura y ríos de sangre. Mi instinto de individualista y artista me ha prevenido continuamente contra esta capacidad del hombre de embriagarse con el sufrimiento común, el orgullo común, el odio común, el honor común. Cuando en una sala, un pueblo, una ciudad o un país se hace patente este sofocante sentimiento de entusiasmo, me vuelvo frío y desconfiado; entonces me recorre un temblor y veo ya la sangre fluir, las ciudades en llamas, mientras la mayoría de mis conciudadanos, con lágrimas de entusiasmo y profunda emoción en los ojos están aún ocupados en aclamar y confraternizar”. Lo trágico es que sean inocentes.

El opio del pueblo

En mi opinión, el opio del pueblo es hoy el consumismo. Con la adquisición de una multitud de objetos innecesarios el hombre trata de llenar un vacío interior que cada vez es más voraz. El déficit existencial es sublimado con la acumulación, sometiéndose a falsas necesidades que le proporcionan las ataduras con las que pretende asirse al mundo. Cree que se aleja del abismo que avanza desde el corazón, pero en realidad lo alimenta. Tales ataduras son paradójicas, pues sin sujetarlo firmemente le impiden adquirir la libertad y la fuerza necesaria para afrontar la ausencia. Aunque estoy de acuerdo con Ernesto Sábato cuando afirma que en la actualidad la televisión es el opio del pueblo, que el hombre apenas se comunica realmente, que se emboba sumergiéndose en la mediocridad a la que nos condena la caja tonta, y que de forma patética vuelca sus afectos en la pantalla del ordenador, pienso que la adquisición, casi compulsiva, de cosas como un televisor juega un papel similar, anestesiante. Tengo una amiga que oculta el horrendo cuadrado negro con un tapiz, temerosa de que absorba su sensibilidad. Ya casi no veo la televisión, pero en ocasiones atiendo a las noticias o a un evento deportivo; a veces, como el otro día, presto atención a algún reportaje ocasional. Pero encuentro la publicidad insoportable, tremendamente agresiva, así que, la mayor parte del poco tiempo que permanece encendida la hago enmudecer. Qué gran invento que el mando lleve incorporado el botón del silencio, ¡qué alivio! Lo que extingue el vacío, sin embargo, no son cosas materiales, por muy pesadas que nos parezcan. Lo que acaba con el vacío son los mismos valores que aparentemente nos han arrebatado o hemos olvidado. Un sentido del honor, de la dignidad personal, del respeto por uno mismo. Para el que adopta una ética basada en el honor, las cosas cobran el sentido que les corresponde, no son más que cosas, y las personas sólo pueden ocupar el primer lugar porque nada hay más digno de respeto. Si las personas no se comunican es porque los interlocutores se han diluido, han desaparecido, y ellos mismos no se encuentran. En la ética del honor la confianza se convierte casi en una necesidad. Es algo que se ofrece porque otra cosa sería fabricar desde el principio una miseria común. En cambio, la confianza perfila tu interior porque es transformadora. Hay quien opina que desconfiar es inteligente, yo creo que traicionar la confianza es una necedad, y ejercitarse en la desconfianza es dañino para uno mismo y para los demás. Pero la televisión entroniza la vulgaridad, y hace de la traición y la mentira el pan de cada día. Las gentes terminan admirando a unos patéticos personajes que no dejan de dar bandazos como una gallina recién decapitada. Y se olvida el honor o se percibe como un valor anacrónico de individuos ridículos que se enfrentan en un duelo. ¡Qué error más ingenuo! Y que triste resulta el maltrato al que nos sometemos una y otra vez, sin acabar de ver lo más sencillo, lo que tenemos más cerca.

La revolución femenina

Generalmente, diferenciamos un tiempo para ganarnos la vida y un tiempo de ocio. Cuando se dice que el tiempo es oro, insistimos en lo valioso que es el tiempo intercambiable por dinero, habitualmente empleado para el acaparamiento de más dinero o en incrementar nuestras posibilidades de ocio. Ese tiempo productivo sirve además para obtener prestigio y reconocimiento social, pues nada valoramos tanto como la riqueza material. Tradicionalmente, la mujer accedía al prestigio social a través de su marido, ya que un buen marido entregaría el producto de su trabajo, el dinero del que disfrutaría la familia. Y si podía dedicarse plenamente al trabajo era porque había una mujer esperándole para cuidar de los suyos. La contribución de la mujer no consistiría en incrementar el tiempo productivo de la familia, sino en dedicarse al cuidado y educación de los hijos, esto es, a lo que se denomina a veces como un tiempo reproductivo. Un tiempo que no se valora. Una buena mujer era la que se dedicaba gratuitamente a la familia, pues había una función esencial que realizar, imposible para el hombre ocupado en ganar dinero. Es evidente que las cosas han cambiado mucho, y aunque todavía queda camino por recorrer hacia una situación de igualdad que implicaría un reparto equitativo de los tiempos productivo y reproductivo para hombres y mujeres, sin duda, se han logrado avances sustanciales. Sin embargo, las cosas han alcanzado un estado en el que todos, especialmente las mujeres, podemos permitirnos ser incluso más ambiciosos. En mi opinión, las feministas se equivocan cuando entienden la liberación de la mujer como una especie de imitación o reflejo de patrones masculinos, en lugar de identificar lo que es específicamente femenino y afirmar esa feminidad sin complejos. Porque hombres y mujeres no somos iguales. Pero el mundo está construido desde una visión esencialmente masculina, y por ello está desequilibrado. Necesita más que nunca de esa contribución femenina, más dialogante, menos belicosa, que implique una verdadera revolución. El éxito social no debe ser identificado con la acumulación de objetos, ni el ocio con el gasto de dinero. Pienso que lo productivo, lo útil, lo mercantil, está sobrevalorado e impregna las relaciones humanas corrompiéndolas hasta la raíz. No todo tiene un precio ni se puede comprar con dinero. Es tiempo de que la mujer nos ayude a liberarnos del yugo capitalista, pues sabe mejor que nadie de la importancia en sociedad de la actividad gratuita, de la solidaridad y de la dedicación a los más débiles. Sabe mejor que nadie que lo más valioso no es lo que más vale, y que si el tiempo reproductivo es tan valioso es precisamente porque es gratuito. No quisiera que las mujeres vengan simplemente a competir con los hombres en el mundo tan deficitario que hemos construido, sino que nos ayuden a desembarazarnos de él con la restauración de un equilibrio perdido. Las mujeres siempre han tenido la llave por haberse quedado en casa. Ahora, que felizmente salen de ella, que sea para, entre todos, utilizar esa clave que lo cambia todo, en lugar de ocultarla bajo el felpudo.

Una victoria agridulce

Durante estos días he estado conteniendo mi decepción pero ¿qué diablos?, lo dejaré salir, ahora que el señor Rajoy ha declarado que se presentará como candidato a las elecciones del 2012. Como sabéis, las elecciones celebradas el pasado domingo fueron especiales, nunca se planteó una bipolaridad tan brutal, y eso lo han notado los dos partidos mayoritarios, pero muy especialmente los partidos que suelen tener menos votantes. Y lo siento, especialmente por el señor Llamazares, que me parece un político digno, lo cual es más de lo que se puede decir de otros muchos, demasiados, que no dejan de contaminar nuestra vida en sociedad. Todos sabemos quienes son, mas no tardaré en liberar la lengua. Lo que ha ocurrido con Izquierda Unida me parece triplemente injusto: es injusto porque la bipolaridad impuesta desde los medios de comunicación ha pervertido un sistema democrático que no es bipartidista; es injusto porque el sistema electoral castiga con excesiva dureza a los partidos minoritarios de ámbito estatal; y es injusto porque el señor Llamazares se atrevió a hacer durante la pasada legislatura lo que debería haber hecho el principal partido de la oposición, esto es, una oposición responsable y juiciosa, pensando en el bien general por encima de intereses partidistas. Desde aquí expreso mi reconocimiento a este hombre y mis mejores deseos para el futuro. La percibí como una victoria agridulce porque el Partido Popular ha incrementado su número de votos de manera sustancial después de haber realizado la que quizás haya sido la oposición más miserable de la que he sido testigo en este país. Auguro tiempos difíciles para el gobierno de Zapatero después de que, incomprensiblemente para mí, buena parte de la sociedad haya recompensado la actitud rastrera e interesada que demostraron Rajoy y su séquito de irresponsables. Los Aguirre, Zaplana, Acebes…, y los que estén por venir con otros apellidos pero el mismo espíritu les digo: ¡no os necesitamos!, ¡dejadnos en paz! Diré también que observo con una mezcla de curiosidad e ilusión la entrada de UPyD en el escenario político, lo admito, a pesar de que creo discrepar con algunos de sus planteamientos fundamentales, particularmente en relación con la lucha antiterrorista. En cuanto a los partidos nacionalistas, debo decir que es un error pensar que no puedan contribuir a la mejora del conjunto del Estado, de hecho, es muy posible que esto haya quedado demostrado en el pasado, pero intuyo que su perspectiva no puede dejar de estar deformada en cualquier caso. En mi opinión, nuestro marco de convivencia debería contar con una verdadera cámara de los territorios, así como con una nueva ley electoral que consolide el multipartidismo, pero que haga más probables las alianzas de gobierno entre partidos no nacionalistas. No me avergüenza reconocer que sueño con un Estado fuerte, culturalmente diverso y descentralizado, que vele por los intereses de todos, especialmente de aquellos que menos tienen, menos saben y menos pueden.

Por qué no soy nacionalista

Soy gallego de nacimiento y celebro la cultura gallega como un exponente más de la extraordinaria diversidad cultural del género humano. Me siento con el deber y el derecho a exigir la protección debida al patrimonio cultural de mi país, que fue tan maltratado en el pasado precisamente por un dictador nacido en el norte de Galicia. Sin embargo, no me tengo por un nacionalista político. Considerar la diversidad como uno de los valores fundamentales de la humanidad y, al mismo tiempo, abogar por la unión de los pueblos y el mestizaje, son actitudes que compatibilizo sin problema. Por eso encuentro maliciosa la identificación que a menudo se hace de la cultura con el nacionalismo político. La verdad es que uno puede defender su cultura desde un proyecto político común que integre a todo un mosaico de tradiciones culturales. Lo importante no es el lugar de origen de uno, sino hasta qué punto está dispuesto a comprometerse con los demás. Como ha dicho un personaje cinematográfico que recuerdo: “mi patria no es un lugar, son las personas”. Cuando uno comprende esto, rápidamente observa que hay algo desagradable en el nacionalismo, al menos, eso es lo que me ocurre a mí. Consiste en una afirmación de las gentes que habitan un territorio particular que únicamente puede ser definida mediante la exclusión del otro. Exclusión que se realiza sobre la base de una supuesta identidad étnica que en realidad no existe. Además de gallego, soy un biólogo especializado en genética de poblaciones, y por lo tanto muy consciente de la escasa diferencia genética entre grupos humanos cuando es comparada con la variación dentro de grupos. Desde el punto de vista biológico ser gallego, vasco o catalán no significa nada. Los gallegos no somos genéticamente singulares, aunque sí lo seamos culturalmente. Pero esto quiere decir que será gallego aquel que participe de la cultura gallega, venga de donde venga, por lo que en democracia no tiene razón de ser levantar una frontera alrededor de cualquier territorio. En mi opinión, el nacionalismo es una forma de pensamiento conservadora porque se aferra a unos ideales anacrónicos y sin fundamento real. Además de conservador es potencialmente nocivo porque al identificar cultura y política se apropia ilegítimamente de la cultura, y con ello menosprecia al gallego, vasco, catalán o español que no es nacionalista. Luego, resulta intrigante que todavía haya quien se defina como nacionalista de izquierdas. Sospecho que la razón de este malentendido reside en el estentóreo eco que ha dejado en nuestra memoria colectiva un pasado reciente caracterizado por un nacionalismo de extrema derecha. No deseo finalizar este escrito con una mirada atrás y menos aún con una referencia al fascismo, así que añadiré para terminar que, como gallego, biólogo y políticamente de izquierdas, no puedo dejar de simpatizar con el inmigrante al que espero con ilusión y curiosidad.

« Artículos anteriores