El primer encuentro

Dice Vinicius que la amistad es el arte del encuentro. Como en cualquier arte, su pleno disfrute demanda el relegar la razón a un segundo plano. Nuestra implicación ha de ser fundamentalmente emocional, espontánea, confiada. Pero sugiero que, una vez más, cometamos una estupidez. Que analicemos un primer encuentro. Más concretamente, que estudiemos el papel que en él desempeña el contacto visual. Algunos investigadores sostienen que la respuesta humana a la mirada es innata, pues la primera imagen a la que reaccionan los bebés recién nacidos es la de un par de ojos, o bien algo similar como dos puntos oscuros sobre una cartulina blanca. Y es que la mirada conlleva un primer reconocimiento del otro como semejante. Una ligera dilatación de la pupila cuando miramos a nuestro acompañante indica agrado, aceptación. Recuerdo que los desconocidos que se cruzaban conmigo por las calles de una pequeña ciudad norteamericana a menudo me saludaban con un breve ademán o una sonrisa. Nos mirábamos a los ojos hasta que estaba próximo el momento de cruzarnos, entonces bajaban la mirada cortésmente. Cuando regresé a España, hubo un tiempo en que me entristecía pasear por la calle y observar que casi no nos miramos, incluso animados por un corazón latino. Pero, ¿qué ocurre en ese primer encuentro?, cuando dos personas cuyos destinos se cruzan deciden sentarse a hablar. Algunos experimentos sugieren que la mirada funciona como un sistema que regula la conversación. Es algo interesante, ya que no somos del todo conscientes de ello. Sin embargo, a través de la mirada establecemos las pausas y detectamos cuándo nos corresponde hablar. Con frecuencia, cuando el que escucha mira mucho hacia un lado significa que no está de acuerdo con su interlocutor. Hacer esto mientras se habla suele indicar inseguridad respecto a lo que se dice. Si mientras le escucha mira al otro, está indicando acuerdo o una especial atención. Suele denotar seguridad en lo que se dice o interés en la reacción ajena si el que habla mira directamente a los ojos. En teoría, una persona puede ejercer cierto control sobre la conversación a través de su comportamiento ocular. Por ejemplo, impidiendo una interrupción al evitar la mirada o interpelarla insistentemente al mirarla con más frecuencia. Porque con la mirada buscamos complicidad, en cierto modo afecto. Debido a la lateralización cerebral, incluso se ha sugerido que la desviación refleja de la mirada ante una pregunta significa diferentes cosas según el lado hacia el que se mire. Así, si la persona mira hacia la derecha significa que está tratando de recordar, pero hacerlo hacia la izquierda indica que está creando, es decir, mintiendo. Si esto funcionase, también lo haría en el caso de la mayoría de los zurdos. Pero todo esto no es importante. Es como tratar de gozar de una pintura mediante el análisis de infrarrojos, de los rayos X, y toda esa parafernalia científica encaminada a ponerle precio. Pero lo cierto es que, en ese primer encuentro, el valor de la experiencia subjetiva es incalculable. Es esa experiencia la que imprime el verdadero sello de autenticidad a la belleza.

Bibliofilia

En alguna ocasión he admitido que llevando los pantalones puestos nada me gusta tanto como leer. Pero confieso que mi gusto por los libros va más allá que la simple lectura. Aprecio de manera especial el objeto en sí mismo. Un libro me parece algo hermoso. A menudo me siento acogido por ellos, me acompañan, y hacen que me encuentre confortable con independencia del lugar en el que nos hallemos. A veces me siento llamado por un ejemplar en particular. Como el otro día, que adquirí con emoción una cuidada edición de un debate entre dos autores extraordinarios: Bertrand Russell y J. B. S. Haldane. Otras veces me embargan los celos y ansío su posesión para leerlos con voracidad. La sinrazón despertada por la razón, supongo. Mi biblioteca personal contiene unos 1.000 títulos, sin contar novelas, poesía, ni otros géneros diferentes al ensayo. De ellos he leído hasta la fecha una fracción minoritaria, aunque de prácticamente todos ya he disfrutado extractos. Por supuesto, esta pasión por los libros no es singular. Ni esta especie de fetichismo que despierta el libro en algunas personas. Recuerdo haber leído que Mircea Eliade, admirado por su gran erudición, tenía una colección de 100.000 volúmenes, y no puedo dejar de sentirme identificado con la determinación que acompañaba a Fray Guillermo de Baskerville en El nombre de la rosa, salvando de la hoguera, prendida por el dogmatismo y la intolerancia, las obras de Aristóteles, entre otros. Hermann Hesse escribió sobre esta extraña relación:

Quien se ha familiarizado un poco con el mundo imperecedero de los libros pronto entrará en una nueva relación, no sólo con el contenido, sino con el libro mismo. Se nos predica con frecuencia el deber de leer libros y de comprarlos, y yo, como viejo amigo de los libros y poseedor de una pequeña biblioteca, puedo asegurar por experiencia que la compra de libros no sirve únicamente para dar de comer a libreros y autores, sino que la posesión de libros (a parte de su lectura) ofrece sus propias alegrías y comporta su moral específica. Un goce, por ejemplo, y un deporte delicioso puede ser el ir creando, con muy escaso presupuesto, a base de utilizar las ediciones más baratas y con el repaso constante de numerosos catálogos, paulatinamente y con vista, tenacidad y astucia, una pequeña pero bonita biblioteca.

Siendo una debilidad materialista, me apresuro a declarar que ningún objeto vale lo que la persona más deleznable.

Libros, coincidencias y cintas de video

Este sábado pasado los gallegos celebramos el “Día das letras galegas”. Un día en el que rendimos homenaje a la palabra escrita en este bello idioma que es el gallego, antaño ampliamente extendido por la península, y desde siempre hermanado con el portugués. El pregón fue dado en la plaza del ayuntamiento por el escritor lugués Miguel Anxo Murado. Resultó un discurso ágil, ocurrente y con referencias autobiográficas que hallé interesantes. Al alcalde de la ciudad le llamó especialmente la atención la frase “libros para ser libres”, que varios pronunciaron aquella mañana con pomposidad. Creo que esta expresión contiene una verdad esencial, pues en cuanto el libro sirva para remover nuestro espíritu y dárnoslo a conocer, revelándolo como si fuera un espejito mágico, contribuirá a nuestra libertad. Esta es una experiencia que proporciona la obra de arte en general, y es en este sentido como interpreto las palabras de Jesús de Nazaret cuando dijo que la verdad nos haría libres. Después de las personas, nada me gusta tanto como los libros. La noche anterior al pregón hojeaba algunos de los que guardo en habitaciones, gracias a ellos convertidas en parte de mi hogar. Me detuve ante un pequeño ejemplar de “Ensayos de un biólogo” de Julian Huxley, que adquirí hace años en Montevideo. El libro es de 1967 y sus páginas están muy envejecidas. En el prólogo hay una frase subrayada con bolígrafo de tinta azul por su antiguo dueño. La línea fue dibujada, en apariencia con pulso tembloroso, bajo las palabras: “las personas están ocupadas en ganarse la vida más que en vivir”. Tengo la certeza irracional de que se trataba de una persona anciana recuperando su tiempo. Poco después de la cita con mis libros, acudí puntual al encuentro con otro de mis placeres, el cine. Últimamente estoy volviendo a ver las obras de Capra, sólo para darme cuenta de que no me gustan gran cosa. Aquella noche tocaba “El secreto de vivir”. En una escena nocturna, Gary Cooper le dice a Jean Arthur exactamente la misma frase que está subrayada en mi libro y que había leído horas antes. ¿No les parece una coincidencia asombrosa? Sin embargo, de las frases que se dijeron la mañana que seguiría a la coincidencia, llamó mi atención sobre todas las demás “el libro te da más tiempo del que empleas en su lectura”, especialmente dedicada a todos aquellos que creen que la lectura es una pérdida de tiempo y que el tiempo es oro. Afirmarían que la noche anterior había perdido el tiempo de dos maneras distintas, participando en la lectura del biólogo y en la conversación ideada por Capra. Lectura y conversación. Si fuera un paranoico sospecharía que Julian Huxley, Gary Cooper y Miguel Anxo Murado se confabularon este fin de semana para recordarme que sólo perdiendo el tiempo es como se gana la vida.

La Europa virgen

El último reducto de bosque virgen en Europa se encuentra en la frontera entre Polonia y Bielorrusia. Se trata del bosque de Białowieża, una región de unas 200.000 hectáreas que se ha mantenido prácticamente inalterada por el hombre gracias a la miseria del hombre. Y es que cuando más amenazado estuvo el edén europeo fue cuando su destino estuvo más influenciado por la voluntad popular. Mientras reyes y dictadores se apropiaron caprichosamente de este bosque maravilloso, se mantuvo protegido. En la descripción que Alan Weisman hace de él, se destacan fresnos y tilos de más de cuarenta metros de altura cubriendo un monte bajo húmedo caracterizado por abundantes criptógamas, incluyendo a miles de especies de setas, algunas de ellas enormes. Muchos de los robles rondan el medio milenio de edad y exhiben una corteza de 10 centímetros de espesor. Cada hectárea de suelo contiene unos 80 metros cúbicos de ramas y troncos en putrefacción que sirven de alimento a una vida bulliciosa que se abre camino en cada rincón. Hubo un tiempo en que este bosque se extendía por toda Europa, desde Irlanda a Siberia, y era cruzado por manadas de bisontes acosados por lobos. En la actualidad, prácticamente constituye el último reducto de los 600 bisontes europeos que quedan en este sufrido planeta. En realidad, el tamaño de la población es todavía menor desde el punto de vista evolutivo debido a una verja de miedo y acero que cruza el bosque para separar la Comunidad Europea de la antigua Unión Soviética. Este telón de acero, que parecen desgarrar los lobos por debajo y por encima los corzos y los alces, secciona por la yugular el acervo génico del bisonte aumentando con ello la endogamia que lo desangrará definitivamente. Cuando el hombre se retire del camino dejando su rastro de sangre, la belleza volverá a él porque la belleza se abre camino ineluctablemente. De hecho, el bosque está creciendo, tanto en Polonia como en Bielorrusia, debido al despoblamiento rural. Así, lo que fueron campos cultivados se ven progresivamente invadidos por abedules y álamos que dejarán paso a los arces, robles, piceas, tilos y olmos. Se estima que en 500 años, la edad de uno de esos robles, los espíritus del bosque volverán a los campos abandonados revelando la magia de la foresta de antaño.

De cómo R encontró a G

Aunque no puede decirse que fuera un niño precoz en lo sexual, fui ávido de experiencias de una forma que se me antoja inconvenientemente rápida. Así, mi bioquímica terminó por desbocarse como un caballo asustado ante la vista de los acantilados. Hasta el momento de compartir un aula con una mujer en edad de ovular, lo que ocurrió tan tarde como el año en el que cumpliría los 18, estudié en un colegio de frailes católicos. La enseñanza de la anatomía femenina y de los asuntos relacionados con la sexualidad debieron de resultar difíciles para el Hermano responsable de la clase de Biología. Luego no extrañará que entre Hermanos y hormonas nos sintiésemos perdidos. Pero un buen día, alguien tuvo la buena idea de invitar a un ginecólogo para impartir una conferencia sobre sexualidad humana, nada menos que en el Salón Teatro. Cientos de chicos de manos hábiles y plagados de acné estuvieron allí para cerciorarse de que todo aquello que habían visto en fotos era real como la vida misma. Recuerdo la cháchara del doctor como decepcionantemente limpia y repleta de nombres horribles para cosas, a veces bellas y a veces no, pero siempre atractivas. ¿Alguna pregunta? Aunque la gente que me conoce no suele estar de acuerdo conmigo, me tengo por una persona tímida. Sin embargo, y contra todo pronóstico, de entre la muchedumbre asomó el firme brazo de R que significaba: ¿Qué es y dónde está el punto G? La respuesta que obtuve no pasará a los anales de la pedagogía contemporánea, por lo que he decidido proporcionarte otra, querido R, tantos años después. Ella descansa sobre su espalda con las piernas ligeramente flexionadas y el pecho agitado, con sus mejillas sonrosadas se la ve tan hermosa… En esta posición, el punto G se oculta en la superficie interna de la vagina, concretamente en su pared anterior, hacia las doce en punto. Dile amablemente “ven aquí”, acariciando esa zona profunda en las proximidades de la uretra y, mientras la besas, quizás quiera regalarte un orgasmo. Se llama así en honor del Dr. Gräfenberg, que lo descubrió para la ciencia tras arduas e insistentes investigaciones.

El árbol de la vida

Hace unos días, la administración tuvo a bien indemnizar a un paisano por la tala de un árbol centenario que habitaba en sus tierras. El daño colateral, la desaparición de uno de los árboles más antiguos de la región, el llamado Carballo das Lagas, se debió a las obras necesarias para la realización de una de las más maravillosas construcciones de la humanidad, la carretera Nadela-Sarria, en Lugo. Por supuesto, el pago estuvo a la altura del sacrificio. Las autoridades consideraron que aquel árbol, que durante cientos de años había dado cobijo y fuerza de espíritu a quien pasara por allí, valía 25 €. Esto es sólo un poco menos de lo que cuesta un libro sobre cómo mantenerse en forma escrito por la mismísima Jane Fonda. El árbol más viejo del mundo se llamaba Prometeo y al parecer fue talado por otra lumbrera, un becario que trabajaba para un especialista en dendrocronología. A este extraño ser de neuronas ermitañas se le concedió el permiso de asesinato con el fin de llegar a conocer la edad de la víctima con la mayor exactitud posible. La muerte era inevitable para garantizar el rigor científico, ya que de otra forma ¡la criatura aumentaría su edad después de la datación! Dicen que tenía 4.862 años cuando ocurrió. Se trataba de un pino de Bristlecone que habitaba las Montañas Blancas en California. Actualmente, se cree que el más viejo de los árboles es otro miembro de la misma especie que se halla en la misma región. Un pino denominado Matusalén. Afortunadamente, esta fantástica naturaleza no se matado todavía, a pesar de que su edad se ha estimado precisamente en 4.789 años. Con un poco de suerte a nadie se le ocurrirá talarlo aunque se sospeche que podría batir el récord. Así, su localización exacta se mantiene en secreto, quizás protegido de becarios cuya contribución al país debiera quedar restringida a mantener la boca ocupada en el despacho oval. De entre las experiencias más bellas que he tenido en mis escasísimos viajes, se encuentra la visita a un bosque de secuoyas milenarias en el norte de California. A riesgo de parecer estúpido, añadiré que supuso para mí un encuentro casi místico. Hubo un tiempo en que esas tierras de Big Foot tenían más de 700.000 hectáreas. Los bosques fueron diezmados por las compañías madereras, pero todavía hoy albergan ejemplares magníficos como el General Sherman, una secuoya de más de 2.000 años de antigüedad, 83 metros de altura y un perímetro de más de 30 metros. Pesa más de 2.000 toneladas y su volumen alcanza los 1.485 metros cúbicos, por lo que está considerado el ser vivo más grande del mundo. El árbol más alto del mundo forma parte de tales bosques y mide 113 metros. Es una secuoya roja, llamada Gigante de la estratosfera, descubierta en el año 2000. Hace poco más de un año se han descubierto, también en California, tres secuoyas que podrían ser incluso más altas. La más elevada de ellas se llama Hiperión con una altura estimada en algo más de 115 metros. Hasta semejantes alturas ascendió una bella mariposa de 23 años, Julia Hill, que se encaramó a una secuoya de 1.800 años llamada Luna. Vivió en la luna con los pies lejos del suelo, es decir, verdaderamente, durante un total de 738 días. No se bajó hasta conseguir la renuncia de la compañía maderera que amenazaba con talar aquel bosque milenario. Mientras algunos continúan negándose la vida por la bolsa, otros, como Julia, han sentido siempre que somos sostenidos por las ramas del árbol de la vida.

Volcanes

Platón se refiere a la Atlántida en el Timeo y en el Critias. Según los datos que proporciona, la isla se ubicaría en el Mar Mediterráneo, quizás hacia el siglo XVI a.c. Concretamente, estaría situada próxima al estrecho de Gibraltar, que antiguamente se conocía como los “Los Pilares de Hércules”. Dice la leyenda que la civilización atlántida se hundió como consecuencia de una erupción volcánica, y algunos ven en la desaparición de la isla de Tera, hacia el año 1500 a.c., el acontecimiento que la inspiró. Esta isla estaba situada en el Egeo, al norte de Creta, y desapareció por completo después de una violentísima explosión del volcán que guardaba en su interior. Se dice que la nube de cenizas que causó fue tan densa y duradera que resultó determinante en el declive de la civilización que a la sazón había en Creta, así como en la decadencia que padecería el Imperio Egipcio. Otras erupciones habidas con posterioridad son también tristemente célebres por su enorme poder destructivo. Es famosa la destrucción de Pompeya y Herculano en el año 79, enterrando bajo ceniza y lava a unas 4.000 personas. En 1669 el Etna mató en Sicilia a 20.000 personas. En 1815 entró en erupción el volcán Tambora, en la isla de Sumbawa, en Indonesia. La montaña tenía 4.330 m antes de la explosión, pero después de ella sólo medía 2.850. Literalmente, media montaña saltó por los aires. Las cenizas llegaron a caer a más de 600 km de distancia del volcán, y la nube generada sumió en la penumbra durante dos días a toda la zona. Los vientos arrastraron las cenizas hasta Europa donde se registraron depósitos de hasta 1 cm de espesor. Por supuesto, la isla quedó enterrada bajo metros de cenizas. El clima se vio afectado de forma que las temperaturas globales descendieron y al año siguiente no hubo verano. En Indonesia murieron 12.000 personas por efecto directo del volcán, pero decenas de miles murieron de hambre debido a la destrucción de las cosechas. Otra erupción volcánica, también en Indonesia, hundió la isla de Krakatoa en 1883. La explosión, que fue equivalente a 500 bombas atómicas como la caída en Hiroshima, hizo un agujero de casi 300 m de profundidad. El sonido se oyó en Madagascar, situada a 6.000 km de distancia. El hundimiento causó olas de 40 m de altura que se desplazaban a 1.120 km por hora y mataron a casi 40.000 personas. El cielo parecía sangre y la luna se tornó azul. En 1902 en la isla de la Martinica, en las Indias occidentales, fue el monte Peleé el que escupió toneladas de lava. En tres minutos murieron todos los habitantes de la isla, unos 38.000. Sólo se salvó un condenado a muerte que había estado prisionero en una cárcel subterránea. Paradojas del destino.