El roble
Julio 3, 2008 en 7:58 am (10. Diezmito)
Siempre he sentido una predilección especial por los árboles, siendo el roble mi preferido. El roble llamado fuerte, Quercus robur, mucho más bonito que el roble americano. De niño me gustaba abrazarlos, casi respirarlos. Más tarde, disfruté examinando la pequeña fauna que alberga su hojarasca. Uno de mis profesores de Zoología me permitía hacer uso de un sencillo material de laboratorio fuera de las horas de clase. Recolectaba muestras de hojarasca provenientes de distintas arboledas, que disponía en una especie de embudo que a su vez desembocaba en una placa con alcohol. Al cabo de cierto tiempo examinaba lo que había caído en ella. Coleópteros, pseudoescorpiones, colémbolos, hemípteros…, toda clase de maravillas invertebradas ahogaban sus penas para mi estudio, y encontraba fascinante observar las diferencias asociadas a los distintos tipos de árbol. De entre todos los árboles de nuestro entorno que pude estudiar, la diversidad biológica que alberga el roble, el “carballo” de mis amores, no tiene parangón. Ningún otro daba lugar a un suelo tan generoso. Así es como la visión del niño, que es la visión del poeta, dio paso al joven y su impaciente análisis científico. A los 35 años, su mirada de aquel extraordinario ser vuelve a cambiar. El roble es sagrado para muchos pueblos, incluyendo a rusos y escandinavos, para los que es símbolo de fuerza tanto física como moral, esto es, sabiduría. La cruz del calvario es de roble. Para los celtas simbolizaba además la hospitalidad, genial intuición de aquellos modestos hallazgos científicos. La corona de hojas de roble se concedía por la victoria en los juegos Píticos, pero también por salvar la vida. De nuevo, el roble es la fuerza que sostiene la vida y quien salva la vida es extensión de su follaje y ejemplo de fortaleza. La debilidad invade a quien no respeta la vida. Me pregunto si aquel niño habrá olvidado su aspiración de convertirse algún día en un hombre de roble, como los druidas que siempre fueron viejos. Si habrá dejado de observar la danza de las dríadas, y de sufrir sus celos. Me pregunto si llegará a enamorarse bajo su sombra. Si finalmente un día será el árbol quien abrace al anciano.
