Julio 29, 2008 en 8:27 am (11. Oncestontería)
No es un hombre de tez oscura y mejillas sonrosadas haciendo estiramientos o, si lo es, no importa. Sea quien sea, los médicos le recomendarán una exposición directa al sol de unos 15 minutos diarios, ya sea por la mañana o por la tarde. Este es el tiempo necesario para que el cuerpo humano produzca una cantidad óptima de vitamina D, esencial para la formación del tejido óseo. La síntesis de esta vitamina precisa de luz ultravioleta, de ahí que sea tan importante tomar el sol. Pero esos 15 minutos pueden ser suficientes para causar una quemadura. Una vez, hace varios años, me quedé dormido en la playa como si fuera un crío. Eso hizo que me quemase la mitad del rostro. En un alarde de inteligencia, al llegar a casa me apliqué una crema para quemados de lo más discreta. Pero al salir a la calle pronto reparé en que la gente me lanzaba miradas a discreción. No me preocupé demasiado, pues atribuí tantas atenciones a mi extraordinario sex appeal. Sin embargo, la explicación era muy diferente. Cuando llegué al lugar de trabajo mis compañeros no hallaron reparos en hacerme ver que tenía la mitad de la cara llena de un polvo negruzco y pegajoso, como si acabase de salir de la mina sin apenas tiempo de lavarme. La crema se había oxidado. Nunca debió de haber sido expuesta al sol. La situación resultó de lo más embarazosa. Desde entonces, insisto en recordarme que hay que tomar las debidas precauciones para evitar embarazos no deseados. Los antiguos griegos ya pretendían protegerse del sol con aceite de oliva, si bien este método sólo se recomienda cuando hay intención de almorzar sobre el dorso ajeno. Una de las primeras protecciones fiables fue la “crema de glaciar”, un compuesto que sintetizó en 1938 un estudiante de química que se había quemado haciendo escalada. Muestras actuales revelaron que tiene un factor de protección igual a 2. Esto significa que la persona puede exponerse el doble de tiempo antes de quemarse. Durante la Segunda Guerra Mundial muchos soldados se aplicaron un preparado a base de petróleo de notable glamour. Hoy en día, los protectores solares contienen dos principios activos: un filtro químico, como las benzofenonas, que absorbe la radiación ultravioleta y un filtro físico, como el dióxido de titanio o el óxido de zinc, que la refleja. Un factor de protección 30 indica que la persona que generalmente se quema a los 15 minutos puede estar, bajo tal protección, hasta 30 x 15 minutos. Es decir, más de 7 horas exponiéndose directamente al sol. Factores de protección superiores parecen ser poco realistas. Por supuesto, la regla de los 15 minutos es una aproximación. En realidad, son muchas las variables que intervienen, pues no todas las pieles son iguales. El tiempo de protección depende también del tipo de actividad que realicemos ese día. Por ejemplo, parte de la crema se perderá al nadar. Tampoco es recomendable hacer el amor por muchas precauciones que se tomen y ardiente se sienta la piel. En su lugar, uno puede jugar al ajedrez. (Ahora es cuando se escuchan abucheos y gritos: ¡fuera!, los tomates vuelan por doquier, y el moreno se escabulle como puede).
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Junio 19, 2008 en 11:00 am (11. Oncestontería)
James, alias Diógenes, me contó una historia que encuentro edificante. Tuvo lugar en Europa, durante una época asolada por la enfermedad, cuando la posesión de un caballo suponía un tesoro valiosísimo. Tiempos que nos señalan ahora con el dedo recordándonos que la mayoría de las cosas que creemos necesitar no son más que espejismos de la necesidad. Que nuestras sociedades viven del consumo, y el capital nos hace frágiles como el cristal e insustanciales como el humo. En aquellos tiempos, un señor vivía amurallado sobre una colina acumulando el esfuerzo del pueblo a sus pies, en la forma de grano y otras mercancías. Bajaron los soldados una vez, seguidos de burros y caballos en una sola fila. Visitaban las casas donde residían mujeres, buscando recompensar la hombría. Allí donde mandaba ella dejaban un burro, pero si era él quien llevaba los leotardos regalaban un caballo seguro. La comitiva iba abandonando burros por doquier, cuando alcanzaron la casa del herrero. ¿Quién manda en la casa?, hombre o mujer, bramó el caballero. Yo, por supuesto, exclamó el gigante mientras forjaba la espada. Serena, que así se llamaba, presenciaba la escena, y no dijo nada. ¡Caballo pues!, dijo el soldado, harto de cabalgar por un pueblo de afeminados. ¿Blanco o negro?, el animal. Sin duda blanco, hermoso y puro como ninguna otra cosa. Y abrió la boca la esposa: cariño, blanco se manchará entre tanta hoguera. Captó el hombre la señal, y se revolvió como una fiera: ¡déme burro como a cualquier otra nena!
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Junio 16, 2008 en 8:07 am (11. Oncestontería)
Creo que fue Ortega quien se refirió al enamoramiento como un estado de estupidez transitoria. Ciertamente, la merma severa en las aptitudes cognitivas del paciente que causa el enamoramiento es algo que, como la juventud, se cura con el tiempo. Aunque es evidente que los síntomas varían con el individuo, existen ciertos signos inequívocos. La etiología siempre es fantástica. Como decía Chamfort, el amor es el intercambio de dos fantasías y el contacto de dos epidermis. Si el último tiene a los niños como principal efecto secundario, el primero explica esa ilusión que te empuja a seguir un régimen de adelgazamiento o a descubrir una olvidada afición a las flexiones. Esta ilusión baja en calorías es lo que se llama una miopía integral. Ciertos síntomas son comunes a ambos fenómenos. Así, tanto el enamoramiento como los niños causan quebraderos de cabeza, pérdida de baba, y una insistente tendencia a ponerse en ridículo. Un afecto desengañado tras un instante de baba, era el amor para Cioran, el deprimente; y ponerse en ridículo el primer deber del enamorado según Chesterton. Sin embargo, son propias del enamoramiento las taquicardias y las mariposas en el estómago. Cuando se afirma que el amor es ciego se está haciendo hincapié en las lesiones de retina. El daño puede llegar a ser devastador. John Barrymore se refería al amor como aquel delicioso intervalo que pasa entre que se conoce a una chica bonita y se da uno cuenta de que parece un bacalao. Luego el daño es reversible, y hasta los amantes más bajitos acaban por aficionarse a la pesca de altura. Algunos individuos manifiestan, sin embargo, una hipertrofia de conos y bastones, y pueden llegar a ver en su novia lo imposible. Esto es algo que también se pasa con el tiempo. Tales enfermos capaces de ver en la oscuridad acaban por hablar del amor como Clarasó, que lo entendía como un deporte, el único que no se suspende por falta de luz. Precisamente, una combinación de ilusiones y molestias gástricas explican la analogía del investigador Tristan Bernard, que pronto se percató de que los amores son como las setas, que no sabe uno si son venenosas hasta que ya se han comido y es demasiado tarde. Sin embargo, para Gabriel García Márquez, doctor donde los haya, el amor, más que nada, es un disturbio del sistema digestivo. Supongo que tantas mariposas hacen pupa y uno termina por cagar gusanos. Las primeras fases de este cuadro intestinal, que no es una obra de Manzoni, pueden generar confusión. Así, Groucho Marx opinaba que lo malo del amor es que muchos lo confunden con la gastritis, y cuando se han curado de la indisposición, se encuentran con que se han casado. Es entonces cuando realmente descubren el pescado, y no durante aquel primer encuentro sexual, pues aquello más que pescado era pecado. Aunque las taquicardias se encuentran entre los síntomas más alarmantes, es un alivio saber que el corazón es un músculo muy, pero que muy elástico (Woody Allen). Cabeza, ojos, vientre, corazón…, en los casos más graves fallo multiorgásmico. Tan malo es el enamoramiento que nos morimos por sentirlo.
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Junio 4, 2008 en 7:11 am (11. Oncestontería)
Me llaman romo y soy cafetómano. Hace tiempo que me prohíbo el café más tarde de las cinco, pero hasta entonces pude haber ingerido un litro. Me gusta su sabor, y mi hogar, esté donde esté, seguro que huele a café. Estará recién hecho, su olor alrededor de las gentes que me saludan con un beso. La estimulación que me causa me es tan cómplice como la libido insatisfecha, lo confieso. De todos mis vicios confesables tal vez sea el café el más nocivo. Mas otros excesos exhibo, tales como la lectura, pero semejante desajuste no lo llamaré vicio, que no me saca de quicio si en eso me falta mesura. En cambio, por más que apetece, el café sí me lo parece. Según lenguas expertas, algunas secadas por toda suerte de húmedas sustancias, una taza de café contiene 100 miligramos de cafeína, quizá 150, además de alquitranes cancerígenos. Mejor una ruina de absenta. Bastarían dos de ellas para poner eléctrico al neófito haciendo el indio, que hallaría coma y punto, Dios sabe si seguido, en caso de absorber poco más de un gramo de cafeína de una sola sentada. Esto es aproximadamente lo que contiene una décima parte de un litro de café concentrado. Asimismo, dice Escohotado, produce un síndrome de abstinencia más rápidamente que los opiáceos de la peor calaña. Un estudio de 1943, al parecer confirmado en los años 60, demuestra que la absorción de un gramo diario de cafeína induce un cuadro carencial, similar a la reacción que provocan ciertas chácharas dirigidas a acabar con nuestras carencias: nauseas, vómitos, tensión muscular, ansiedad, incapacidad laboral, desasosiego y letargia. Aletargado como un oso en invierno me quedé sin café en más de un salón de actos imaginando que la conferencia es una pera. Esperando los rayos de luz filtrándose cuando se abren las puertas y al fin dejan entrar la primavera. Todavía confiando en la ciencia todo esto de la abstinencia y los peligros del café se me hace algo difícil de creer. Por si acaso no pienso dejarlo. ¡Si tanto café solo es tan solo café! No quiero ni hablarlo, ¡qué le voy a hacer! Si por más que tomo mi nombre no deja de ser… romo.
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Abril 17, 2008 en 8:04 am (11. Oncestontería)
Verano del 2001, Kerala, la India. Aseguran que llovió sangre. Durante aquellos meses cayeron intermitentemente precipitaciones de color rojo sobre la región. La hemorragia fue abundante, aunque extraordinariamente local. Así, unos pocos metros en los que llovía rojo pudieron estar rodeados de lluvia vulgar. Además, se informó de un ruido, similar al causado por una explosión, que precedió a la primera de las lluvias. Nadie supo la causa del fenómeno, si bien se barajan varias hipótesis. No parece probable que la lluvia estuviese coloreada por arenas traídas de otras partes, del desierto, por ejemplo, debido a la localización arbitraria y al hecho contrastado de que la lluvia contiene células rojas. ¡Uhmm! células rojas… ¿y si se trata de sangre? Algún experto en la materia postuló que un gran objeto habría impactado con una nube de murciélagos a gran altura, pero, a no ser que fuesen vampiros colisionando con un enorme crucifijo, no parece una gran hipótesis. Los científicos parecen haber acordado que las células son esporas de un alga, pues eso fue lo que creció del cultivo de las células rojas halladas en la lluvia. La explicación al origen de las toneladas de esporas en las nubes se reservó para las gentes más imaginativas. No obstante, los científicos Godfrey Louis y A. Santhosh Kumar sugirieron que las células en cuestión eran alienígenas debido a que no lograron encontrar ADN en su interior. Pero, ¡si mis glóbulos rojos no tienen núcleo! Ciertamente, que mi sangre sea alienígena explica muchas cosas. Todo ese rollo de la contradicción interior, para no ir más lejos. Ahora comprendo las palabras del poeta cuando decía albergar multitudes, el vivo sin vivir en mí de los místicos, o las quejas de la niña del exorcista, y no me refiero a Rajoy, por mucho que ansíe extirpar el mal en sociedad. Louis y Kumar publicaron su hipótesis en una importante revista científica, que se presentó como la primera evidencia de la panspermia universal. El meteorito con las semillas de la vida habría explotado en su contacto con la atmósfera. Otros científicos dicen haber encontrado evidencias de ADN en tales células, por lo que no tardarán en salir a la palestra los más perspicaces, los exploradores del ADN alienígena. Y en un laboratorio abandonado, un becario habrá descuidado el cultivo, y aquello crecerá como el miembro de un cura en verano. Chu Li, un operario encargado de la limpieza, aprovechará el descuido para hacerse una ensalada, que comerá en el avión de vuelta a casa durante las vacaciones de verano. Y una diarrea incontenible seguirá al estruendo que recordarán de por vida las bellas azafatas del vuelo 6702 de Asia Pacific Airlines.
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Marzo 12, 2008 en 9:19 am (11. Oncestontería)
Un porcentaje considerable de personas se casan con su primera pareja sexual. Por ejemplo, se ha calculado que un tercio de los norteamericanos nacidos durante la década de 1960 y principios de los 70, época hippie supuestamente de sexualidad liberada, se casaron con su primera pareja. La primera dama de aquel país, Barbara Bush, declaró públicamente que se había casado con el primer hombre que había besado, y así parecen haberlo hecho muchas más damas y caballeros. ¿Se puede justificar la irracionalidad en la elección de pareja? ¿Le habría ido mejor a la señora Bush si antes de casarse hubiera, siquiera discretamente, explorado algunas alternativas más sexy? Sin tener el gusto de conocer las aptitudes íntimas del señor asesino, permítanme aventurar mis sospechas de que, muy probablemente, la dama saldría ganando. Recientemente, una aproximación matemática rigurosa se aplicó en la búsqueda de pautas que pudieran predecir el fracaso de una relación sentimental. A partir del análisis de un elevado número de parejas, un estudio concluyó que aquellas que hablan más claro, poniendo las cartas sobre la mesa, sin temor a plantear los problemas, tienden a durar más que las que se comunican con mayor discreción. Según este estudio, las parejas cuyos integrantes manifiestan sus intereses abiertamente y despliegan con naturalidad sus personalidades individuales desde el principio, eran las más estables. Pero, arriesgándonos a estabilizar nuestra primera relación, por muy sincera que la hagamos, ¿no es mayor la probabilidad de equivocarnos? En opinión de la matemática Clio Cresswell, así es. Según sus cálculos, más o menos sofisticados, el número óptimo de relaciones que una persona ha de mantener antes de decidirse por la mejor son doce. Claro que, para entonces, la persona escogida podría no haber cumplido su cupo. El método de Benjamin Franklin es más primitivo, pero está al alcance de cualquier persona inteligente. Consiste en anotar sobre un papel las parejas en potencia, así como las posibles consecuencias de acuerdo con el carácter de cada una de ellas. A continuación, analizaba las utilidades posibles de cada consecuencia y realizaba una estimación de la probabilidad de que, de hecho, se cumpliesen. Finalmente, multiplicaba las probabilidades por las utilidades y realizaba la suma correspondiente. La mujer que alcanzaba el valor más alto sería la elegida. El psicólogo Gerd Gigerenzer afirma que un economista conocido suyo, ahora divorciado, aplicó este método. Sin duda, el estudioso del dinero no está solo en su genial empresa, pues vivimos rodeados de gente de gran inteligencia que, convenientemente guiados por la razón, van a la búsqueda de los algoritmos del amor. Gente tan brillante que motiva nuestra protección para no acabar deslumbrados, cegados por la razón.
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Marzo 9, 2008 en 2:36 pm (11. Oncestontería)
Edward M. Murphy fue un capitán del ejército del aire americano que desconfiaba de uno de sus mecánicos. Un día de 1949 dijo de aquel hombre ejemplar: “si hay una manera de hacerlo mal, él la encontrará”. En realidad, aquel colaborador era un hombre extraordinario, pues solía sortear grandes dificultades en su realización de lo altamente improbable. La primera vez que oí hablar de la ley de Murphy fue hace años, siendo yo un niño, y se refería al modo en que cae al suelo una tostada. Gracias a ella, a lo largo de mi vida siempre tuve muy presente que no hay manera de determinar a priori el lado sobre el que debe untarse la mejor parte del desayuno. Sin embargo, la ley es mucho más que una inteligente síntesis de conocimientos sobre dinámica espacial de la mantequilla con mermelada. Se trata de una evidente expresión de desconfianza, una digna manifestación del carácter irremediablemente pesimista. De hecho, aquella percepción particular pronto fue elevada a una suerte de principio nomológico general por John Paul Stapp, quien formuló la ley de Murphy como: “si algo puede ir mal, irá mal”. Sin duda, esgrimir este principio a posteriori resultará más elegante que su equivalente: “¡joder!¡menuda mierda!”, y quizás tenga un efecto análogo sobre la psicología personal. Entonces, no reflejará tanto una debilidad como un tímido gesto de entereza, aquella que se exhibe al encajar los golpes con humor. Paradójicamente, estas cosas ocurren cuando se tuvo mucha menos mierda de la que a uno se le suele desear. Una variante de la ley, aparentemente más precisa, dice que si algo puede ir mal, irá mal en el momento más inoportuno; sentencia que pretende contener más información, pero ocurre con frecuencia que no reservamos buenas oportunidades para que las cosas salgan mal. En ocasiones, incluso algo irá bien o mal dependiendo del momento. Así por ejemplo, el teorema de Bell nos recuerda que cuando un cuerpo se sumerge en agua, suena el teléfono. Con todo, es la ley de Cheshire la que llega más lejos, al afirmar que las cosas siempre van de mal en peor. En palabras de Bob Dylan, “el Titanic parte al amanecer”. Esta ley, más que ninguna otra, me parece que capta el verdadero espíritu pesimista. En ella descansa la creencia generalizada de que cualquier tiempo pasado fue mejor, y el mal principio de que nada jkjpuede hacvbar binenjkk.
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Diciembre 19, 2007 en 9:41 am (11. Oncestontería)
No podía ser a otro sino aquel al que mi memoria no olvida, solamente a vos, mi Manuel, dirijo esta misiva. A pesar del tiempo transcurrido desde que os vi por primera vez, llevo vuestra foto conmigo para así sentirme arder en estos días de frío. Ahora que se que guardáis las prisiones por veros me he hecho prisionero, y por fin me atrevo, con dos cojones, a decirte lo mucho que te quiero. Pero acepta antes estos presentes sin importar lo que piensen las gentes, que mi amor es de verdad sincero y yo no puedo estar más caliente ni Cupido tan certero. Brújula para no perder el norte, dos pistolas para tu protección, “walkitolki” por si te da corte; las esposas y un reloj bonito complementan al hombre de acción, no olvides nuestro jueguecito, y mándame un besito ¡campeón! No te ofenda este equipamiento, que os doy por amor, no miento, que es a mi hermoso carcelero, de tan abundante pelo y rostro tan fiero, el funcionario al que espero. Y es que tanto si soy señora o marinero sólo para vos son mi agujero y mi exclamación al cielo: ¡te quiero!, ¡te quiero!, ¡te quiero!
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Octubre 22, 2007 en 8:01 am (11. Oncestontería)
El célebre charlatán Uri Geller interpretó la tragedia del 11 de septiembre según las supuestas propiedades mágicas del número 11, “una puerta de entrada hacia los misterios del más allá”. Para ilustrar esta fantasía destacó algunas coincidencias sorprendentes que paso a relatarles a continuación. La fecha del atentado es el 11/9 y 1+1+9 = 11. El 11 de septiembre es el día número 254 del año y 2+5+4 = 11. En aquel 11 de septiembre, al año le restaban 111 días para terminar. El prefijo telefónico de Irak es 119 y, de nuevo, 1+1+9 = 11. El primer vuelo que impactó con las torres gemelas era el vuelo 11 de American Aerlines (AA). Dado que la A es la primera letra del alfabeto se puede identificar a la compañía como 11. Ese avión llevaba 92 personas a bordo y 9+2 = 11. El segundo vuelo tenía 65 pasajeros y 6+5 = 11. El Estado de Nueva York fue el 11º en sumarse a la Unión. El número de letras que contiene New York City y “The Pentagon” son 11, las mismas que los nombres Mohamed Atta, el terrorista que pilotaba uno de los aviones y George W. Bush, el terrorista que posteriormente invadirá Irak. Once letras también tiene el nombre Ramzi Yousef, el hombre que organizó el atentado de 1993 contra el World Trade Center. Si se considera que el cero es nada y, por consiguiente, no es una cifra, sino ausencia de cifra, entonces los edificios tenían 11 pisos y, puesto que los secuestradores vivían en la dirección 10.001, obtendríamos de nuevo el 11. Finalmente, el número de identificación del buque de la Armada Americana que estaba en el Golfo Pérsico durante el atentado es 65N y 6+5 = 11. Podríamos continuar abriendo puertas al más allá de manera casi indefinida, dependiendo del aprecio que dediquemos a nuestro tiempo. Esto se debe a la existencia de una infinidad de sucesos, vagamente o no, relacionados con el 11S expresables de forma numérica. Después realizaríamos la selección conveniente, aquella que represente la coincidencia mágica. Sin embargo, cuando se tienen en cuenta las leyes de los grandes números la probabilidad de tales coincidencias es mucho mayor de lo que podría parecer a primera vista. El presentarlos todos juntos dará la impresión de una confluencia casi milagrosa, evidencia racional de la capacidad clarividente del avispado profeta, mas no me resisto a recordarles que 11 es también la organización nacional de los que no ven.
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Agosto 7, 2007 en 3:17 pm (11. Oncestontería)
En el número de hoy de la edición digital de “El País” pueden admirarse algunas prendas de ropa que llevan incorporados ciertos detalles de alta tecnología, digamos. Entre los trajes escogidos destaca uno con un gran culo inflado de aire, que resulta sumamente cómodo, y sobre el que te puedes sentar después de una agotadora jornada soportando las burlas de los demás. Lo que no se especifica es la procedencia del aire. También se muestra un bikini con células solares y conexión USB. Las primeras transforman la energía solar para dar sentido a la segunda. Por ejemplo, uno podría enchufar su “thumbdrive” y transmitir la fórmula de Newton, quedando entonces despejadas las irregularidades del torso femenino sobre las que se desea conducir no sólo el pulgar. En el artículo puede observarse el sombrero del silencio, para el cual, una vez visto, sobran las palabras. De particular interés es el vestido grabado. Se trata de un sugerente diseño realizado con la cinta de la película en la que se grabó la construcción del traje. Esto permitirá al caballero admitir sin ambages que la curiosidad, sólo satisfecha con un exhaustivo visionado, estuvo detrás de la iniciativa de despojar del vestido a la dama. Acto seguido la pareja puede buscar entretenimiento en el acto seguido. Hay chaquetas cuyas espaldas se iluminan con el contacto humano, ideales para ver a cierta distancia si nuestros hijos se encienden con sus respectivas parejas, y así poder intervenir a modo de cuerpos especiales. Finalmente, una mochila que te inunda de confetti con el asesinato en tu nombre.
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