Hace un año…

Fui a un Congreso en Madrid. La última vez que había visto la ciudad fue desde el impecable interior de un carricoche para bebés, así que aproveché para pasear por sus calles y ponerme al corriente de los cambios producidos en los últimos 35 años. Escribí un texto quizás algo técnico, sobre la heredabilidad, un concepto genético difícil que se ha malinterpretado muchas veces, especialmente por quienes pretenden encontrar en los genes la explicación fundamental a lo que somos. Pero si existe una naturaleza humana, esta reside, pienso yo, en nuestra cultura, la cual no puede reducirse al genoma de la especie. En realidad, intuyo que cada persona es un pequeño universo cuyo rostro se va dibujando en el tiempo en la medida en que se afronte la vida con coraje. Es decir, honestamente. En este sentido, interpretaba de manera muy particular una obra de Magritte relacionándola con la enorme riqueza interior que contiene cada individuo. Lástima que a lo largo de la vida renunciemos a esos tesoros, que, como decía Carl Jung, nazcamos originales para morir siendo copias. Me refería más tarde a algunos consejos ecologistas propuestos por el Grupo de trabajo a favor de la Tierra. Miguel Delibes diría que la relación de la humanidad con la Tierra se parece a la del pájaro que se caga en su propio nido. Supone cometer un perjuicio contra los demás y al mismo tiempo salir perjudicado, ¿puede haber algo más estúpido? Sin embargo, la curiosa historia del gato loco podría no ser una estupidez, sino un pequeño misterio. Desde luego, no me lo parece el reconocer la importancia de la experiencia subjetiva y al mismo tiempo los problemas que conlleva su transmisión. En el momento en que la propia experiencia se pretenda interpersonal se desvirtúa. Golpe que sólo encaja razonablemente bien lo razonable. Pero hay cosas que se viven y se resisten a ser etiquetadas, atomizadas, reducidas a conceptos, esclavizadas por la lógica del discurso. El sufrimiento tal vez sea una de ellas, pero probablemente las mejores cosas de la vida también. En relación con esto, recuerdo otra vez a Jung: “vivir una vida que no se vive es una enfermedad de la que se puede morir”.

Hace un año…

Explicaba cierta clarividencia, y con ello una suerte de conocimiento intuitivo, como una forma semiinconsciente de procesamiento racional. Destacaba el papel de la pareja en la relación sexual desmitificando al amante tipo Casanova o Don Juan. A fin de cuentas, lo que hay son parejas sexuales que funcionan bien y otras que juntas necesitan mejorar, punto y pelota. Aprovechaba el club de la lucha para criticar, una vez más, el sistema capitalista, pero también cualquier forma de procedimiento fascista. Dejaba de ver las rocas rompiendo las olas para no ser testigo de la bondad maltratada. En su lugar, me maravillaba de saber que rocas y mar somos polvo de estrellas. Encontraba fascinante observar cómo el alma que son las arañas llega a mover miembros mecánicos. Que la clarividencia, el amor, la empatía con el que menos tiene, con el que sufre; la admiración por lo que nos rodea, por la ciencia y el mito, tienen que ver con una inexistente inteligencia general. La misma que se demuestra cuando se la utiliza como instrumento de dominio.

Hace un año…

Relataba un antiguo culebrón de planetas homenajeando el mito como visión del mundo que tiene el hombre de su tiempo y lugar. Esa cosmovisión se me antoja reveladora de verdad, de las inquietudes que aquejan al espíritu humano. Pero no puede dejar de ser una burda aproximación a una verdad quizás inalcanzable en su plenitud. Desde luego, semejante escepticismo es incompatible con los temores de algunos que, como John Horgan, declaraban el fin de la ciencia. En nuestro camino hacia el conocimiento todavía hemos de equivocarnos mucho más. Un equívoco que entonces recordaba es la identificación de la selección natural con la evolución. Paradójicamente, las raíces de este error se encuentran en la concepción de aquellos que mejor conocen el proceso evolutivo. A través de un seleccionismo ingenuo cruzaron la confusa frontera entre su propia cosmovisión, sus prejuicios respecto al mundo, y los hechos experimentalmente confirmados. Así como reconozco un valor positivo del prejuicio, particularmente en el descubrimiento científico, resulta evidente cómo a menudo constituye un lastre. Hace un año asistí a una conferencia con Chao y Ramonet en la que observaba cómo una lucha admirable por aspiraciones legítimas parecía descansar en prejuicios que anteponían las ideas en detrimento del individuo. Considero a la nación un mal de los últimos tiempos y me repugna toda forma de patriotismo, del color que sea, descuidando al individuo. Cada hombre constituye para mí un microcosmos, una visión única del mundo, un universo único en cierto modo realizado mediante “la propia visión”. Cosas, ideales, dogmas o sueños no valen lo que el niño más ignorado. Aquel prisionero que sobrevivió a una devastadora erupción volcánica albergaba en su interior el universo en el que podría llegar a ser libre. El multiverso que supone la humanidad poco tiene que ver con el que imaginan los físicos, igualmente fascinante, o quizás el multiverso físico no sea más que la expresión de un universo humano prácticamente infinito, mas contenido en esa ínfima diferencia que nos separa del chimpancé.

Hace un año…

Elogiaba el error, la imperfección, el prejuicio. Decía Gadamer que, al menos en ciencia, el prejuicio recomendable es la ausencia de prejuicios. Con frecuencia suponen un estrecho corsé limitador, pero también pueden servir de caldo de cultivo de nuevas ideas. De hecho, cualquier hipótesis suele estar impregnada de ellos, y la refutación de la hipótesis, más que su confirmación, implica en mi opinión un cierto progreso hacia la verdad. Ese saber el error, ese saber que no se sabe, constituye para mí el mayor acierto. Si la verdad está al alcance, lo estará para el humilde. Luego yerra duro, pues acierta el blando. Y si no estás dispuesto a errar, guarda silencio. Porque nuestra aproximación a la verdad sólo puede ser asintótica, nuestro conocimiento de la realidad imperfecto, mejorable. Nuestra ciencia es modélica, pero no porque sea ideal en el sentido de perfecta, sino ideal en el sentido de inevitablemente distanciada de la realidad, quizás más extraña de lo que podamos concebir. En este sentido, decía Pessoa, no hay ciencia más verdadera que la de las cosas sin ciencia. Esto es la vivencia de las cosas, la afirmación de lo subjetivo. Si la ciencia de la experimentación revelando lo inter-subjetivo representa una imponente forma de conocimiento, la experiencia personal, íntima, no me parece desdeñable. Precisamente hace un año, sería gracias a la ciencia que descubriría un veneno patatero de cuya intoxicación me salvó una fantástica pechugona, con la que habría querido compartir la más íntima de las experiencias.

Hace un año…

Retrataba la maldad de un hombre y de las naciones. La falacia maltusiana me recuerda ahora a una película de los 70 protagonizada por Charlton Heston en la que el gran problema de la humanidad era de carácter demográfico. Los alimentos escaseaban, los cuerpos abundaban, los alimentos. En la actualidad, el desequilibrio es claramente interesado, de ahí nuestra responsabilidad. Si la gente se muere de hambre no es porque haya demasiados a la mesa. Los alimentos se tiran o se dejan de producir, y la demanda se reduce porque sobran los hambrientos. Porque lo que importa no es el derecho o la dignidad humana, sino el bolsillo con el que comprar. Y si importa tu bolsillo es porque los cerdos no dejarán de engordar. Por supuesto, nuestros políticos y, especialmente, los poderes económicos subyugando a los pueblos, son responsables. El desequilibrio resulta evidente incluso a nivel del organismo, también desde el punto de vista físico. Nuestra salud es mucho menos frágil de lo que pretenden hacernos creer y, lo que es más importante, nuestro margen de actuación sobre ella con independencia de las drogas es mayor de lo que sospechamos. En estos tiempos donde sobrevive un mundo enfermo por la imposición de lo económico, la supuesta fragilidad de nuestro cuerpo es un mensaje interesado, y nunca hubo tantos nombres para las enfermedades. En parte por nuevos descubrimientos y en parte por nuevas invenciones. Oriente siguió un camino diferente y su reencuentro nos ofrece la posibilidad de un equilibrio sin oposición. Liberarnos del precio para ver lo precioso. Dispuestos a abrazar al mundo cueste lo que cueste. Aquel día pensaba la enfermedad desde la mirada hastiada de Paul compartiendo historia con los demás. “Yo no soy los demás”, afirmaba el maestro Dogen. ¿Cuánta razón encuentro en estas palabras no razonadas? y, sin embargo, nuestra plena singularidad sólo puede realizarse en relación con el otro. Si cada corazón humano estuviese vinculado al resto, si cada historia individual no pudiera ser contada a tus espaldas, sólo entonces cada espíritu serviría de entrada al propio en un diálogo esencial y este mundo de hambrientos se volvería insoportable.

Hace un año…

Deliraba entre números y números en un malicioso ejercicio de selección para dar razón de la superstición. Denunciaba en la sombra de los poderosos su asociación. Reflejo fugaz del poder económico dominando al poder político, a todos subyugando más que un poquito. Un poder económico que anestesia la voluntad con el consumo, que inventa la enfermedad y desprecia el ayuno. Hasta la transgénesis de una inmensa fortuna afirma acabar con la hambruna, y los tentáculos manosean el alimento, no miento. ¡Hipócritas! Monstruos sacrificando seres humanos engordan y engordan, manchadas de sangre sus manos, pero no explotan. Mas llegará el día en el que salve al mundo la poesía. Asistirá su respiración una poesía ilustrada, una razón poética, mirar directamente a la nada, dejar la sinrazón patética. Entonces todos podrán elegir y de las cosas que piensa esta cabeza no me dolerá reír mientras tomo una cerveza.

Hace un año…

reconocía por un segundo que en nuestros cerebros tiene lugar una ingente cantidad de procesamiento inconsciente de la información sensorial. Muy probablemente, el filtrado de esta información implicó importantes ventajas evolutivas en el pasado, pero quizás hoy nos vuelva particularmente vulnerables a múltiples condicionamientos. El engaño al que nos somete nuestro propio cerebro, eliminando de la conciencia el desfase existente entre la percepción del estímulo y nuestro reconocimiento del mismo, resulta fundamental para nuestra supervivencia como especie. Sin embargo, toda esa actividad cerebral que escapa a la conciencia podría jugar un papel importante en la intuición y, a través de ella, en la capacidad creativa del individuo, lo cual incluye su influencia en el proceso de descubrimiento científico. Todo esto tiene profundas implicaciones en nuestra concepción del libre albedrío y supondrá para más de uno un trago difícil de digerir. Hasta tres días tardé en permitirme el siguiente, y en un intento de adquirir la inmortalidad del guerrero resultó ser de cerveza. Beodamente me explayé en la fama inmortal del espartano, guerrero por antonomasia. Por fin, tal día como el de hoy, destacaba lo que me pareció un disparate de disparos dirigidos al cielo y dedicados a extinguir la enfermedad de Gaia herida de muerte: Homo sapiens pensando por un segundo, pleno de vida, y extinguiendo a su paso la enfermedad y todo lo demás.

Hace un año…

Puse mi atención en un pueblo de perros, insistiendo sobre todo en las muchas veces en que exigimos de manera tan injusta, precisamente a quienes afirmamos amar. Que antes de decir cualquier cosa merece la pena evaluar el impacto que nuestras palabras tendrán sobre los demás, de ahí cierta crítica de la franqueza. Por ejemplo, con palabras mayores como es decir “te quiero”, pocas veces hay una manifestación gratuita de amor, sino que aun inconscientemente sirve de medio para conseguir algo. Es entonces un amor manoseado que nace de la propia miseria. Quiero decir, que la expresión muchas veces aflora con espontaneidad cuando nos sentimos inseguros ante un momento de dicha. Y entonces se trata de expulsar nuestro temor a perderla, a perder el objeto de nuestra felicidad, asiéndolo con graves palabras. Este amor que encadena no es amor al otro, sino puro egoísmo. Porque el amor sólo puede ser liberador, sólo quien aprende a renunciar a su pareja puede estar en disposición de amarla verdaderamente. De alguna manera, cada vez que decimos “te quiero” debería ir acompañado de su contrapartida antiposesiva, “te quiero libre”, por ejemplo, porque lo relevante no es lo que cada uno tenga, sino lo que se es. Y porque la quiero, quiero que ella sea. Pero lo común es observar en los amantes un decir “te quiero” cuando son conscientes de que la necesitan. Cuando perciben en su interior un vacío que sienten que sólo puede ser ocupado por la pareja correspondiente. La expresión de amor surge así del déficit personal y en lugar de compartir algo positivo se la hace partícipe de algo negativo, y responsable también. Sin embargo, la expresión de amor es positiva cuando es silenciosa, cuando son los hechos los que integran el mensaje. Primero es el amor y luego el descubrir que ella es parte de uno. Te quiero porque te necesito y te necesito porque te quiero son cosas distintas. En la medida en que ambos confíen en su amor, el uno en el otro, en que se mantengan fieles a él, las dos palabras no serán tan importantes. Las palabras no serán tan importantes. Decantarán como en una sopa de letras hasta adquirir la transparencia necesaria para convertir lo que parecía un amor ciego en un amor clarividente. Hace un año presentaba además las causas de un fracaso como otro reflejo de una actitud en el mundo centrada en el ser, en lugar de en el tener.

Hace un año…

… hacía un particular, y algo velado, alegato pacifista en una tierra de abundancia. Decía, amor mío, que la superación del rencor a lo largo de una transformación individual, señala el camino hacia la paz. En definitiva, que la transformación del mundo ha de hacerse primariamente, al menos así lo creo yo, en nuestro interior extinguiendo el miedo con confianza. Poco después, insistía en lo mismo relatando el camino inverso, al tiempo que experimentaba un escalofrío: cómo la pérdida de la confianza da lugar al miedo y éste a la violencia. Sin embargo, la falta de violencia en mi interior fue precisamente lo que me faltó en cierta declaración de intenciones. Aquella vehemente intervención apuntaría algunas otras constantes en estos escritos, tales como la exaltación de la conciencia individual en detrimento de la masa descerebrada, que se mueve de acuerdo con una inercia desencadenada por unos pocos, tal vez parásitos; o la búsqueda incesante de la verdad no detenida por el dogma. En esta búsqueda resulta esencial nuestra capacidad de asombro, la que nos conquistó una vez y nunca debimos perder bajo el cielo estrellado que despertaba la pregunta. Así, explicando la magia con la ciencia revelamos la magia de la ciencia. Cariño, hace un año, también escribía sobre lo conveniente de descansar de películas sesudas cometiendo pequeñas infidelidades con otras más ligeras, lo cual, mira por dónde, me recuerda algo que no te he dicho…

Hace un año…

Me preguntaba hasta qué punto las diferencias anatómicas que se han observado entre el cerebro de hombres y mujeres pueden justificar diferencias en capacidades cognitivas y de comportamiento. Quise dar a conocer algunas conclusiones al respecto que llamaron mi atención, y puse como contraejemplo a la persona que mejor conozco. Ciertamente, romo, que sin duda es un pequeño pervertido, no se ajustaba al patrón esperado. Tiempo después de aquella sonrisa retomé el asunto con mayor gravedad para hacer hincapié en la falta de evidencia de una relación directa entre la variación cerebral y el comportamiento, lo que suponía otra manera de insistir en la importancia del entorno. Admito que mis prejuicios pueden llegar a obnubilar mi entendimiento de una forma parecida a la que denuncio, pues, esencialmente, todo esto me parece una variante más del tan sobado dilema entre el determinismo y la libertad. El tema siguió preocupándome y, recientemente, destaqué algunas características de la relación genotipo-fenotipo. Es de esperar que esta cuestión continúe asaltándome en el futuro vestida según la moda. En aquellos días escribí además una crítica, tan personal como pedante, de una de las películas del maestro Hitchcock que más me gustan. Por suerte, podemos disfrutar de su obra e ignorar escritos sobre ella que pretenden ser reveladores del fondo, y es que, en estos casos, pienso que arrojar luz sólo merece la pena si atraviesa el celuloide. Con todo, decidí contribuir a la diversidad de la selva virtual con la enésima pieza de vanidad. Y sigo en ello. Muy probablemente, también la vanidad se cruzó en la senda de Kammerer, el desafortunado. Como para contradecirme en lo dicho al principio, adopté un enfoque reduccionista para aproximarme al zazen. Esta postura es tan cobarde como cualquier otra que esquive la vivencia, pues sobran las palabras para referirse a lo mejor de la vida, pero en mi defensa debo presumir de los cientos de libros que contiene mi biblioteca y de mi soportable soledad. Esta prisión de letras es el único lugar en el que me siento libre, y en el ejercicio de mi libertad señalé la naturaleza contradictoria con la afirmación de lo negativo. Al igual que Heráclito y tantos otros, quizás antes y, desde luego, después de él, reconozco la fuerza de la contradicción por doquier. El fantasma en la máquina es el de Jano, después de todo, y la mecánica de sus engranajes se abre, se vuelve cuántica, y el arrastrar de cadenas incierto.

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