Todo saber es un no saber

Durante un tiempo, mientras estudiaba en la Facultad de Biología, se puso de moda entre algunos de mis compañeros de clase el hablar afirmando exactamente lo contrario de lo que se quería decir. El mensaje solía ser comprensible porque la práctica sólo involucraba a un puñado de “elegidos” que nos conocíamos bastante bien. Además, casi siempre se alteraba la sintaxis de manera tan peculiar que no resultaba difícil identificar cuándo tenía lugar el juego. Supongo que los demás percibían aquello simplemente como una payasada, que algunos de mis compañeros llamaban ironía. Pero se parecía más a esos juegos en los que los interlocutores hablan al revés o con una única vocal, y es que la ironía poco tiene que ver con ese tipo de manifestaciones infantiles. No es un divertimento. No es un placer. Es un arma para utilizar en un combate. Aunque la lucha a la que me refiero compromete la vida con la menor seriedad, no se trata de un juego. Etimológicamente, significa disimular la propia ignorancia, pero no con ánimo de aparentar saber, al menos no en un primer término, sino de hacer hablar al otro para ponerlo en evidencia más tarde. Es desvelar un engaño invisible ensalzando la pregunta en lugar de la respuesta. Es fingir ignorar lo que se sabe para, en nuestra relación con los demás, descubrir lo que ignoramos o no podemos saber. En esto consistía la ironía socrática, en una especie de falsa modestia. La ironía es pues una forma de burlarse de los demás riéndose de uno mismo. Es reírse del saber de uno para prestar oídos a la ignorancia de los demás, que viene a ser la de todos. Como dice Compte-Sponville se trata de una forma de hacerse valer, aunque a propia costa. Entonces caerá el velo de los que creen saber y observarán su ignorancia reflejada en el disimulo del irónico, cuyo saber reside precisamente en ser conocedor de la propia ignorancia. Porque no hay mayor ignorancia que ignorar que se ignora, presumir de este saber es vanidad. Se trata de una vanidad sutil, como reconocía Tomás de Aquino, que se impone a la vanidad del jactancioso que cree saberlo todo. Aunque en esencia la entiendo como un instrumento, comparto con Jankélévitch la visión de la ironía como forma de vida, como actitud ante el mundo. Pero con razón señala Ferrater Mora que puede adoptar formas distintas. Así puede servir de denuncia de un mundo miserable, de negación a formar parte de él, mas ello no implica necesariamente un desprecio resignado. No es necesariamente un reír amargado. Puede significar una actitud resuelta a comprender el mundo, en cierto modo a transformarlo, cercenando con su filo brillante la cabeza de cualquier forma de dogmatismo.

Nosce te ipsum

Habla Erich Fromm:

Me acuerdo aquí de una historia hasídica. El estudiante encuentra al rabino en un estado de ánimo triste y le pregunta: “Maestro, ¿por qué estás tan triste? ¿estás triste porque no has llegado al máximo conocimiento y no has alcanzado las máximas virtudes? El maestro respondió: “No, no estoy triste por ello. Estoy triste porque no me he convertido totalmente en yo mismo”. La historia quiere decir que en todo ser humano… hay un óptimo de lo que puede llegar a ser y hay cosas que este ser humano no podrá ser nunca. Muchos hombres malgastan su vida en querer convertirse en lo que no pueden ser y en rechazar lo que pueden ser… Por esta razón hay que tener en primer lugar una idea clara de lo que puede y no puede llegar a ser alguien, cuáles son los propios límites y cuáles las posibilidades.

Interpreto a Sartre afirmando la libertad individual hasta negar tales límites. No estoy de acuerdo. Lo importante no es quien se quiere ser, ni si quiera quien se es, porque el ser no es estático ni puede desligarse del tiempo. Conocerse a sí mismo implica descubrirse inacabado, pero también limitado. Conocerse a sí mismo es mantenerse fiel a ese esbozo que uno mejorará con el tiempo. Pero no se puede construir sobre un andamiaje endeble, por falso. Ni pintar un rostro bello sobre un boceto ajeno. Esa verdad imperfecta, potencialidad objetiva que subyace en cada uno de nosotros, es lo que a veces denomino el nombre o el niño. Un niño que resulta de nuestra herencia biológica y cultural, y que desea crecer como un árbol que un día extenderá sus ramas, exhuberante. Y en los tiempos que corren ya no me parece evidente para casi nadie. Cegados por fuegos de artificio le traicionamos. El nombre, la estatua interior, por utilizar una expresión de François Jacob, es reducido a una mercancía que ofrecemos a los demás a cambio de aceptación. Precisamente entonces sacrificamos nuestra libertad, que sólo halla sentido en el reconocimiento de la limitación. El único camino posible para acabar con esta traición a lo que podemos ser, que es lo que somos; para recuperar el honor, es la verdad. Pero la honestidad con nosotros mismos sólo servirá de algo si es compartida, si hacemos de la sinceridad la única moneda de cambio que verdaderamente se cotice en nuestra vecindad. Esto es importante, porque una parte esencial de nosotros mismos sólo puede definirse en relación con los demás. Semejante llamada a participar de la propia realización personal es la confianza.

Diálogo bajo el agua

Si el cielo fuese el mar este sería un diálogo sobre el fondo del océano. Hugo: tú crees en Dios y yo sólo en su anhelo. Tú crees en el Libro y yo en las erratas. Beth: creo que está inspirado por Dios. Pienso que ha de interpretarse de forma alegórica, ya que su verdad es inagotable. En cuanto a lo que te preocupa, Hugo, no dudo de que proporciona una respuesta esencialmente verdadera, aunque es evidente que no se trata de una explicación. Hugo: entonces, ¿crees que el universo surgió de la nada? Beth: sí. Y los hombres de ciencia como tú han observado algo similar a través la razón, ¿no es cierto? Hugo: nadie sabe qué ocurrió antes del Big Bang, pudo haberse producido en un universo eterno. Beth: yo creo que eso que llamas universo eterno es Dios y que si estamos aquí interrogándonos es porque El quiso. Hugo: ¿insinúas que somos el capricho de Dios? Beth: creo que somos expresión de su voluntad. Hugo: ¿Por qué? Beth: tal vez porque quiso conocerse a sí mismo. Hugo: ¿y qué tenemos nosotros que ver con eso? acaso, ¿vamos a decirle quién es Dios? Beth: verás, Hugo, nada que sea todo lo mismo puede conocerse a sí mismo. La única manera de que lo mismo descubra algo de sí mismo es introduciendo una diferencia, una oposición, es limitarse. Es por eso que la oposición de contrarios está en la raíz de todo, de otra forma todo y nada serían lo mismo. Hugo: ¿quieres decir que Dios quiso saber hasta dónde podía llegar? Beth: sí, en cierto modo. Hugo: y siendo infinito, ¿por qué habría de querer nada? Beth: yo imagino que simplemente se movió. Tal vez no quiso evitar la diferencia, al igual que tú al despertar por la mañana. Hugo: y su despertar fue precisamente en nuestro universo, ¿así explicas el principio antrópico? Beth: tu explicación del multiverso, de una infinidad de universos paralelos, también es atractiva para mí. Si Dios quiso realizar un potencial infinito entonces es posible que haya infinitos mundos, el nuestro entre ellos. Hugo: es precisamente esa clase de atractivo la que me huele a chamusquina, Beth. No puedo evitarlo, si algo me hace desconfiar de la existencia de Dios es que sea tan deseable. Y cuanto menos deseable me parece, más alejado del hombre, más frío en la distancia, menos parecido a un pastor y más similar a un campo electromagnético, más probable me parece. Beth: y sin embargo, lo primero fue la luz.

La mirada artística

Característica básica de la unidad viva: dividirse, unirse, diluirse en lo universal, persistir en lo particular, transformarse, definirse y, como lo vivo gusta de producirse bajo mil condiciones, surgir y desaparecer, solidificarse y fundirse, congelarse y licuarse, dilatarse y contraerse. […] Génesis y decadencia, creación y destrucción, nacimiento y muerte, alegría y dolor, todo actúa en confusión, en el mismo sentido y en la misma medida; de ahí que también lo más particular de lo que ocurre se presente siempre como imagen y metáfora de lo más universal. […] Lo que se forma se transforma al instante, y si queremos alcanzar en alguna medida una percepción viva de la Naturaleza, tenemos que mantenernos igual de ágiles y flexibles, siguiendo el ejemplo que ella nos da.

Johann Wolfgang von Goethe se refería con estas palabras al estudio de las ciencias naturales. Destacaba el carácter dinámico de lo vivo, así como la limitación de nuestro entendimiento en cuanto hacemos encajar la realidad en la rigidez conceptual. Pienso que el autor de Fausto reservaba un papel para la poesía, del que era indiscutible maestro, en el conocimiento de lo real. Su enfoque holístico y sensible nunca pareció tan ajeno como a los supervivientes de estos tiempos donde todo se petrifica para ser utilizado, se descompone para ser estudiado, y a través de la palabra se insufla vida al artefacto. Tiempos en los que se pretende hallar los límites de la razón, de la misma realidad, en el lenguaje, y nunca más allá.

Utopía jazz

Si no recuerdo mal, hace años leí en una biografía de Alexander von Humboldt que el explorador detestaba la música. Aquello me extrañó sobremanera, pues nunca pensé que hubiera alguien realmente capaz de odiarla en general, al menos sin ser víctima de raros condicionamientos de tipo psicológico. Por ejemplo, siempre me incomodó escuchar a mi madre cantar, ya que sentía que cantaba cuando no era feliz. Por otro lado, no canta como los ángeles, precisamente. A decir verdad, ustedes también se sentirían incómodos si la escuchasen. En lugar de oído, puede decirse que heredé de esta extraordinaria mujer su oreja musical. Mi habilidad matemática, que es más bien deprimente, resulta fantástica cuando se la compara con mi capacidad para reproducir una melodía. Sin embargo, aprecio la belleza en la música y llega a transformar mi interior como la creación artística más delicada. Aquella ineptitud unida a tanta posibilidad emotiva contribuyen a explicar mi particular admiración por el músico. En relación con esto, permítanme evocar aquí una travesura que me atormenta desde que tengo memoria. Se trata de la imagen del cuerpo desnudo de la mujer confundiéndose con el sinuoso violonchelo mientras interpreta a Vivaldi. ¡Qué puede haber tan admirable! De entre todos los géneros además del femenino tengo debilidad por el jazz, quizás porque la rigidez matemática se sacrifica en favor de la libertad creativa como en ningún otro. Como es sabido, la improvisación es fundamental en la composición de jazz, pero si resulta hermosa es porque cada integrante de la orquesta se expresa de acuerdo con la sensibilidad de los demás. Terry Eagleton hizo uso de esta metáfora para referirse a una aspiración utópica, un tipo de comunidad que ofrezca sentido a la vida de los participantes de manera recíproca. Como en el jazz, pienso que la expresión de la propia belleza logra ser plena cuando tiene lugar en relación con la de los demás, pues es en el encuentro, en la amistad, donde alcanza a realizarse. Es esa parte de uno mismo que realizan los demás lo que constituye el amor. Lo que significa la expresión de la belleza es la realización de la persona en armonía con la verdad, por inagotable que resulte. El término persona proviene del griego prosopon, que quiere decir máscara, pero la belleza está detrás de las máscaras. La belleza está en tu soledad, cuando nadie te mira. Se halla en tu frágil desnudez, con o sin violonchelo, y es que, en cierto modo, observar tu rostro, descubrir tu nombre, hoy está más cerca de deshacer que de construir. Jankélévitch se refiere al pecado de prosopolepsia como el error de priorizar cualquiera de las máscaras humanas, o todas ellas en su conjunto, en lugar de reconocer lo verdaderamente humano. Con la expresión sincera de la propia singularidad entiendo el rescatar del olvido al niño que una vez se fue, para luego permitirle madurar al margen de artificios e hipocresías, sin otro alimento que lo que resulta específicamente humano. Poner en el centro de su vida valores que antepongan la dignidad humana sobre cualquier otra cosa. Se da la paradoja de que compartir estos mismos valores, una misma partitura, constituye el mejor antídoto contra la masificación, la clonación, la replicación, la borreguización…

Materialismo espiritual

Póngase entre paréntesis la cuestión de Dios o cualquier otra respuesta, quizás demasiado humana, dirigida a disipar la certeza del final. Tal y como haría el agnóstico, supongo, pero al que podría llamársele ateo con tapujos, digo yo, pues ningún ateo puede saber que Dios no existe. Todo lo más que puede el ateo, por mucho ruido que arme, es creer que no existe y tratar luego de vivir de acuerdo con esa creencia. El hombre es víctima de un imperativo metafísico ineludible en libertad, gritar la pregunta cuya respuesta no puede ser comprendida, por lo que el ateo manifiesta en realidad una creencia, tal y como hace el creyente, la creencia de que Dios no existe. Estos días pasados los vientos han acabado con la vida de decenas de miles de personas en Myanmar, gentes que ya vivían miserablemente gracias a otro régimen dictatorial. La razón parece exclamar a los mismos cuatro vientos que el Dios que imaginamos no existe más que como una sublimación de nuestros deseos. Ojalá Dios exista, pero si así no es, no todo estaría perdido. El ateo no es necesariamente un nihilista, pues bien puede hallar el sentido en el hombre y reconocer el valor de su espíritu. ¿Espíritu? Te dirá que a la vista de este mundo no puede creer en la existencia de un Dios que nos ame, que todo lo pueda, y que al mismo tiempo no se equivoque. Pero todavía logra creer en el hombre tropezando varias veces en la misma piedra mientras sea capaz de creer en si mismo. El espíritu al que me refiero nace de una tarea personal de acuerdo con valores que se centran en el respeto a la dignidad humana. El espíritu representa así el resultado más noble de nuestra evolución cultural. Nace con la realización sincera de la propia singularidad. Me desagradan esas actitudes posmodernistas que basándose en la diversidad cultural declaran la verdad relativa. ¿Por qué ha de ser la cultura entendida como una prisión? Muy al contrario, la siento como el espacio en el que la libertad es posible. La materia podría subyacer en el espíritu y, sin embargo, éste permanecer libre y no reducirse a aquella aprisionada en sus mecanismos. La física y la química son parte de mí y tan determinadas como en los confines del Universo, pero lo que soy no se reduce a ellas. En mi soledad nada observo tan evidente. Fabrican la ciudad de bajos fondos y cimientos de piedra y otras sustancias, interpretan una melodía de cuerdas subatómicas, expresan un programa concupiscente, una infinidad de sinapsis entretejidas… Lo mismo que tú y el otro, y tristemente piensan que hacer algo al respecto es disfrazarse. Sin embargo, no es de lo que estoy hecho lo que soy. La ciudad mira al cielo, y la luz cayendo sobre los más altos edificios me revela mi rostro verdadero. Como las nubes no son H2O en estado gaseoso o la misma cosa que una vez arañó las rojas laderas de Marte, sino bellas formas en movimiento, irrepetibles.

La fe del escéptico

El escéptico afirma que no podemos inferir de nuestras observaciones ninguna razón en favor de lo no observado, ya que nuestra presunción acerca de la fiabilidad de la experiencia no se puede justificar porque todas nuestras posibles justificaciones asumirán precisamente aquello que se trata de demostrar, esto es, que la experiencia es fiable. Para el escéptico no es posible el conocimiento. Que estemos en lo cierto no significa que sepamos algo, pues nuestras creencias deberán estar suficientemente justificadas, cosa que para el escéptico es imposible. Por ejemplo, supongamos que según mi experiencia previa afirmo que hoy habrá un terremoto, pero tal cosa no sucede; y que, basándome en los mismos principios, al día siguiente hago idéntica predicción, “eppur si muove“. En opinión del escéptico no puedo afirmar que cuando se produjo el movimiento sísmico sabía lo que iba a ocurrir, pues los conocimientos que apliqué fueron los mismos que me llevaron al error en el día anterior. El escéptico afirma que el conocimiento no es posible porque para saber algo es preciso estar seguro, pero, en su opinión, no podemos estar seguros de nada. Uno podría reprocharle que su razonamiento no deja de ser paradójico, ya que si tiene razón entonces está equivocado. Es decir, si no es posible el conocimiento, no puede saber que no es posible el conocimiento. Pero el escéptico no observará amenaza alguna en crítica semejante, pues no tendría más que añadir que tal vez estés en lo cierto o tal vez no, pero que ambos somos incapaces de saberlo. Gilbert Ryle sugirió que cuando el escéptico afirma nuestra ignorancia está reconociendo que sí sabemos en algún momento, pues la misma idea de error carece de sentido si no existe la posibilidad de corrección. Sin embargo, parece evidente que la afirmación de la posibilidad de error no implica necesariamente que podamos saber algunas cosas. Es decir, que exista la verdad como alternativa al error no conlleva que lleguemos a alcanzarla. Una de las respuestas al escepticismo más interesantes es la que proporcionó el genio de Wittgenstein. Sugirió que el escéptico se equivoca cuando duda del mundo aparente, ya que no sólo es incapaz de saber sino que tampoco puede dudar. Por ejemplo, ante la pregunta ¿cómo se yo que lo que estoy viendo es realmente un árbol?, la duda carecería de sentido para Wittgenstein porque la afirmación que se pone en duda, “esto es un árbol” no significa que se conozca lo que se tiene delante, sino que lo que se tiene delante significa la palabra “árbol”. En mi opinión, el lenguaje constituye un entramado imperfecto que hacemos descansar sobre el mundo, en cuya existencia en último término no podemos sino confiar. Así mismo, confiamos que las apariencias sirven en nuestra indagación de la verdad. En otras palabras, se da la paradoja de que en la base de nuestro conocimiento se encuentra la misma incertidumbre. Luego, tales presupuestos metafísicos debieran motivar cierta humildad intelectual, pues nuestra aproximación a la verdad muy probablemente no pueda llegar a ser más que asintótica. Y así que el final del camino se halle en el principio. Descartes puso a Dios en la base del conocimiento, como garantía de la razón. Pienso que nada podría ejemplificar mejor la incertidumbre, pues nada con sentido puede decirse de Dios. Como ya supo Moisés de primera mano, Su nombre es desconocido.

Ser lo que se es

El maestro y su discípulo estaban haciendo una excursión. El discípulo preguntó de repente: ¿cómo hallar la armonía que pone fin a la ignorancia y a la pesadumbre? El maestro no respondió y siguieron caminando. ¿Cómo encontrar esa armonía que nos libera de la ignorancia y de la pesadumbre? Pero el maestro volvió a guardar silencio. Poco después, el discípulo dio un traspié y cayó al suelo.

Durante años, un guardia fronterizo estuvo obsesionado con un supuesto contrabandista que cruzaba la frontera cada semana montado en su burro. El guardia estaba seguro de que aquel hombre trasladaba mercancías de un lado a otro de manera ilegal. Sin embargo, nunca logró demostrarlo. Después de muchos años, cuando los dos eran ancianos y ninguno se preocupaba ya por el otro, se volvieron a encontrar. Entonces, el que había sido guardia expresó al otro su convencimiento y le preguntó: dime, ¿qué mercancía pasabas? A lo que el hombre respondió: burros.

Pienso que la tarea fundamental en la vida consiste en el conocimiento de uno mismo que anticipa su realización. Paradójicamente, nuestra libertad se halla en protagonizar nuestro destino, en conocer nuestro nombre. Si la inteligencia significa algo, la vida inteligente es una vida ética establecida de acuerdo con lo que se es. Una vida centrada en la dignidad personal. De nuevo, todo lo grande empieza por lo pequeño. Si eres incapaz de ser sincero contigo mismo, ¿cómo esperas encontrar la verdad? ¿Cómo puede aspirar a la armonía que disipe la ignorancia y la pesadumbre quien no es capaz de armonizar sus piernas?¿Cómo puede observar nada quien no observa primero su propia agitación?

Sous le pavés, la plague

Los estudiantes parisinos escribían sobre las paredes “Bajo los adoquines, la playa” durante el mayo del 68, vistiendo de esperanza los viejos edificios. Bajo la prisión gris del capitalismo vislumbraban la playa, una valiosa humanidad capaz de realizar la utopía multicolor. En el interior de un hombre ceniciento alienado por el sistema había una naturaleza generosa que reclamaba a gritos su despliegue. La afirmación de los valores humanos suponía la existencia de una naturaleza humana esencialmente buena, pero que había sido corrompida por un sistema controlador. La libertad individual es tan importante…., pero en su afirmación causamos un grave desequilibrio al perder de vista nuestra interdependencia, la solidaridad, nuestra relación con la naturaleza. Extinguimos nuestra capacidad de empatía, arrinconamos nuestra sensibilidad, la imaginación, renunciamos a comunicarnos verdaderamente…. Nada de esto merecía nuestra atención, dado que nada de esto era rentable, productivo, útil. Era necesaria una revolución humanista que hiciera hincapié en nuevos valores, pero que son inherentes a nuestra condición. Valores que alberga nuestro musculoso corazón. De acuerdo con el sistema, la ciencia se apresurará a presentar un determinismo biológico que reduce nuestra naturaleza al egoísmo reproductivo de nuestros genes, lo que se ajusta como anillo al dedo a los ideales liberales sobre los que se pretendía justificar el abuso. Un rostro apenas diferente del mostrado por la piedra en la que ya habían tropezado Spencer y el darwinismo social. Pronto surgieron voces negando la existencia de una naturaleza humana. Ortega, por ejemplo, afirmaba que el hombre no tiene naturaleza, sino historia. En la misma línea, Foucault sostenía que nada de lo que somos es inamovible, debido a que todo lo que somos es resultado de la historia. Es evidente que lo que somos y lo que podemos ser está limitado por nuestro genoma, lo cual no significa que la naturaleza humana venga dada por él. No creo que todos seamos intrínsecamente “buenos” o “malos”, pero nuestro margen de actuación es inmenso. Pienso que lo que nos hace humanos no reside en esa pequeña fracción de ADN que nos diferencia del chimpancé, sino en nuestra cultura extraordinaria, que básicamente resulta de la historia. Lo que nos hace humanos es una ética particular que no se reduce a la física de las moléculas. Una vez más, de la mezcla de extremos aparentemente irreconciliables emerge algo que es original en varios sentidos. Original porque se encuentra en la raíz del desarrollo personal. Original porque es algo cualitativamente nuevo, que nos trae la libertad. Original porque sirve de modelo para la construcción de un mundo mejor.

El sentido de la vida

La pregunta por el sentido de la vida podría no tener sentido, en la medida en que no refleje otra cosa que un espejismo producto de un lenguaje que hasta de lo irreal hace concepto. También es posible que una sucesión de fragmentos con sentido aparente o sin él tenga algún sentido global, incluso puede que exista un sentido de la vida que integre hasta la última historia particular, aunque no lo explique todo. Una explicación inteligible de todo lo que existe podría resultar cómicamente absurda. Es posible que exista un sentido, pero que no se halle a nuestro alcance. Quizás sea un sentido que sea mejor no alcanzar, de ahí que discurramos mitos que den alguna coherencia a nuestra existencia. El sentido de la vida podría venir de un Dios trascendente a través de nuestra fe, que consista precisamente en confiar en que haya un sentido fundamental. Por el contrario, el sentido podría hallarse en el hombre. Luego, necesariamente surgiría dentro del contexto creado por nuestra dependencia mutua, así como con el resto de la naturaleza, por lo que el sentido residiría entonces en el descubrimiento de tal interconexión. Quizás el sentido ni venga de Dios ni venga del hombre, sino de un diálogo entre ambos, o de algún tipo de relación esencial entre el hombre y el resto de la realidad. Es posible que el sentido de la vida consista en la búsqueda del sentido, que el destino del camino consista en el propio camino, que lo relevante sea la pregunta, en lugar de la respuesta. Tal vez la vida tenga un sentido muy diferente al camino que seguimos individual y colectivamente. Podríamos estar completamente errados, todavía llevando la dichosa respuesta con nosotros, porque no sabríamos qué preguntar. ¿Y si el sentido de la vida y la vida misma son incompatibles?, ¿tener que vivir con una ilusión del sentido porque descubrirlo sería morir? Que la vida sólo sea posible en la incertidumbre porque nada más que lo último alberga la Verdad. Que la fuente de la vida sea el vacío y se agote en la plenitud. Así, el sentido de la vida podría estar en la esperanza, en la incertidumbre sobre el sentido, en cuanto dicha esperanza es transformadora. El sentido de la vida podría descansar en la misma contradicción, pues no habría sentido sin su contraste con el absurdo, y sin contradicción no existiría la esperanza de su resolución. Quizás nada de lo que estás leyendo tenga sentido para ti, quizás no te importe si lo tiene, pero después de tantas dudas e interpretaciones observo que contengo una extraña certeza, y es que, si mi vida tiene algún sentido, formas parte de él.

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