La esperanza de Van Gogh

Una forma de pensamiento desiderativo es extremadamente tentadora, esto es considerar una cosa como verdadera simplemente porque sería bueno que fuese verdadera. Una variante más del razonamiento encaminado a buscar excusas para negar la evidencia. En este error incurren muchos de los que se creen artistas, a pesar de las náuseas generalizadas que despierta su obra. Tan genial fue la obra de Van Gogh que nadie le comprendía y terminó sus días en la miseria. Análogamente, si yo no vendo un cuadro es porque mi obra se eleva por encima de la mediocridad, pues sólo será comprendida por una exquisita sensibilidad poco común o por una época más madura. Si este blog tiene tan pocas visitas no será por su falta de atractivo, sino porque es extraordinario. Así razona quien es presa del autoengaño, quien se desploma en lo que Nigel Warburton ha llamado la falacia de Van Gogh. El razonamiento no es fiable, desde luego, pues confunde los deseos con la verdad. Sin embargo, existe un componente aleatorio más importante de lo que sospechamos, que contribuye explicar la ocasional confirmación de nuestras intuiciones. Así, no faltan ejemplos del éxito finalmente alcanzado con la perseverancia, con la confianza casi irracional en la propia empresa, a pesar del rechazo de los que supuestamente más saben del asunto. Reconocimiento tardío que, insisto, no significa necesariamente que estemos ante obras maestras. En un trabajo reciente, el físico Leonard Mlodinow destacaba algunos de ellos. “El diario de Ana Frank”, en un principio rechazado repetidamente por los editores y duramente criticado, se convirtió en uno de los libros más vendidos de la historia, superando los 30 millones de ejemplares. El primer manuscrito de Harry Potter fue rechazado por nueve editores. Nada menos que 26 rechazaron “Tiempo de matar”, el primer best-seller de John Grisham. Otro de sus manuscritos, “La tapadera”, no fue aceptado hasta que, gracias a una copia pirata que circulaba por Hollywood, se ofrecieron 600.000 dólares por los derechos de la película. Después de ver cómo la obra de su vida era rechazada una y otra vez, John Kennedy Toole perdió la esperanza y se suicidó. Su madre persistió en su empeño y logró la publicación de aquel libro titulado “La conjura de los necios”. Una novela que ganaría el premio Pulitzer y de la que se venderían más de un millón y medio de ejemplares. “El proyecto de la bruja de Blair” costó 60.000 dólares y recaudó 140 millones, tres veces más que “El exorcista”. Nadie confiaba en “Las aventuras de Luke Starkiller”, un proyecto inmediatamente rechazado por la Universal. La Fox accedió a producir la película pagando a George Lucas 100.000 dólares por escribirla y dirigirla. Casi riéndose de él le concedieron además los derechos de comercialización. Lo que finalmente se titularía “La guerra de las galaxias”, la primera película que vi en una sala de cine, costó 11 millones de dólares, pero dejaría en taquilla un total de 461. Lo que ocurrió con aquellos derechos de comercialización fue la génesis de todo un imperio. En resumen, es muy difícil prever si el vómito sobre tus pinturas no encandilará a las masas futuras.

Entetanimiento

A finales de los 90, el politólogo norteamericano Zbigniew Brzezinsky acuñó la palabra tittytainment para referirse a una de las más graves enfermedades que aquejan a las sociedades acomodadas de nuestro tiempo. Término traducido al español como entetanimiento y que recientemente ha sido definido por Gabriel Sala de la siguiente manera:

El entetanimiento no es otra cosa que una mezcla de entretenimiento mediocre y vulgar, bazofia intelectual, propaganda, y elementos psicológica y físicamente nutritivos con el fin de satisfacer al ser humano y mantenerle convenientemente sedado, perpetuamente ansioso, sumiso y servil ante los dictados de la minoría que decide su destino sin permitirle siquiera opinar al respecto. El entetanimiento es el mejor proveedor de coartadas que haya existido, el prisma a través del cual podemos observar el mundo sin sentirnos culpables y sin vernos obligados a asumir la responsabilidad de nuestras acciones.

Por fea que resulte la palabra, ya disponemos de un concepto que defina esa alienación a la que somos sometidos sistemáticamente por los medios de comunicación. En mi opinión, deberíamos organizar un movimiento de resistencia. Los criterios que prevalezcan a la hora de diseñar los contenidos de una televisión pública no deberían ser puramente mercantiles. Tampoco estoy de acuerdo con aquellos que opinan que en nombre de la libertad tales contenidos deben estar determinados por los gustos de la audiencia. Esto que puede parecer democrático, no me lo parece, pues lo que se ve en televisión no es simplemente lo que quiere la mayoría, sino que lo que quiere la mayoría está muy influenciado por lo que se ve en televisión. Es decir, la interacción es en los dos sentidos. Doblegándose a intereses muy concretos, la televisión se utiliza precisamente para hacer menos libre al ciudadano obnubilando su capacidad crítica. Constituye un mecanismo de control social. La televisión debe cumplir un papel educativo que finalmente redunde en la crítica y la exigencia de entretenimiento de calidad, es decir, que sirva para transformar la propia televisión. Estamos hartos de basura televisiva, de publicidad abusiva y de tanto cinismo e hipocresía por parte de las autoridades responsables. Los medios de comunicación contribuyen a definir el ambiente en el que se desarrolla el individuo y, por consiguiente, participan en la conformación de nuestra sociedad. Su función me parece de gran importancia. Son una pieza fundamental en la formación de valores, por lo que deberían integrarse en un movimiento de cambio hacia un mundo mejor, respetuoso con la dignidad humana.

La vida abriéndose camino

El eminente evolucionista Stephen Jay Gould solía decir que si rebobinásemos la “cinta de la vida” para reproducirla de nuevo, la melodía resultante sería muy diferente a todo lo que conocemos. Si la vida se volviera a abrir camino desde sus orígenes, tal y como se expresaba aquel personaje encarnado por Jeff Goldblum en “Parque Jurásico” (creo que se llamaba Malcom), la diversidad biológica resultante, en caso de existir más de tres mil millones de años después, habría sido imposible de concebir. Insistía entonces en el carácter contingente de la vida. En la indeterminación asociada a la vida como proceso histórico. Incluso si se admite que la selección natural es el mecanismo evolutivo por excelencia, lo cual es discutible, y se reconoce que ciertamente se trata de un mecanismo direccional, la aleatoriedad como propiedad esencial del proceso evolutivo resulta más que patente. Así se encuentran en el camino el azar y la necesidad confundiéndose en un danzar interminable, cosa que intuye el hombre de todos los tiempos desde Demócrito a Monod. Y es precisamente en ese componente aleatorio que implica una relación dialéctica entre lo vivo y lo inerte donde reside el enorme potencial creativo que acompaña a la vida. Incluso si las condiciones iniciales del proceso fueran determinadas con precisión matemática, el resultado final, y por ende nuestra presencia en él, hubiera sido impredecible. Y es que no hay leyes que determinen el devenir histórico de la vida. De nada servirán la teoría del caos, la teoría de catástrofes, ni otros modelos deterministas. A la luz de nuestra comprensión de la dinámica evolutiva, la presencia de la especie humana está lejos de haber sido necesaria, así como la de cualquier otra especie. La contingencia alcanza incluso al nivel molecular, donde las constricciones físicas son mucho más importantes. De hecho, la principal razón en favor de la tesis que afirma que toda la vida que conocemos tuvo un único origen radica en la evidencia de una bioquímica común. Sin embargo, la contingencia de la vida es algo que muchos se resisten todavía a aceptar, quizás bajo la influencia de considerar a la física como la ciencia por antonomasia, y el lenguaje matemático como el único verdaderamente científico, o al peso que sobre muchos ejerce todavía el prejuicio metafísico de considerar al hombre el fin de la creación. En cierto modo, el centro del universo. Mas no deja de ser paradójico que fueran científicos simpatizantes con la ideología marxista, tales como Lewontin, Levins o incluso Gould, es decir, pensadores familiarizados con la creencia en la existencia de leyes de desarrollo histórico, semejantes en rigor y universalidad a las leyes físicas, creencia que fuera tan severamente criticada por Popper, los que hayan insistido más que nadie en la incertidumbre inherente a la historia de la vida.

La carta de Kindia

A comienzos de los años 80 los Estados Unidos llevan a cabo una serie de acciones terroristas en Libia. La mayoría de los medios de comunicación elogiaron aquellos ataques como una respuesta eficaz al terrorismo apoyado por Muammar el-Gaddafi. Entre los escombros de un edificio de la ciudad de Trípoli, que había sido derrumbado durante uno de los últimos bombardeos, se encuentra una carta manuscrita de una niña de siete años. La familia de la niña había sido educada en América. Aquella carta iba dirigida al presidente norteamericano y decía así:

Querido Sr. Reagan:

¿Por qué mató a mi única hermana Rafa y a mi amiga Racha, que tiene sólo nueve años, y a mi muñeca Strawberry? Es verdad que usted nos quiere matar a todos porque mi padre es palestino y usted quiere matar a Gaddafi porque él quiere ayudarnos a volver a la casa y al país de mi padre.

Me llamo Kindia.

El matrimonio Reagan acostumbraba a leer en público cartas infantiles, mas no acabamos de comprender por qué esta fue silenciada.

El niño que se aventuraba

Érase un niño que se lanzaba a la aventura todos los días, y en el primer objeto que miraba y aceptaba con asombro, piedad, amor o temor, en ese objeto se convertía, y ese objeto se hacía parte de él durante el día o una parte del día… o durante muchos años o largos ciclos de años. Las primeras lilas se hacían parte de este niño, y la hierba y el dondiego de día, blanco y rojo, y el trébol, blanco y rojo, y el canto del febe, y los corderos nacidos en marzo y los lechones sonrosados de la marrana, y el potro de la yegua y el ternero de la vaca y la pollada ruidosa en el corral o junto al fango del estanque, y los peces que se suspenden tan curiosamente allá abajo, y el hermoso y curioso líquido, y las plantas acuáticas con sus cabezas gráciles y planas… todo se hacía parte suya. Y los brotes de abril y de mayo se hacían parte suya… los retoños del grano en invierno, los del maíz amarillento y las raíces comestibles del huerto, y los manzanos floridos y el fruto después… y las bayas… y las hierbas más vulgares de los caminos; y el viejo borracho que se tambalea hacia casa desde el retrete exterior de la taberna, de donde acababa de levantarse, y la maestra que pasaba de camino a la escuela… y los afectuosos muchachos que pasaban… y los pendencieros… y las cuidadas muchachas de mejillas frescas… y el muchacho y la muchacha negros con los pies descalzos, y todos los cambios de la ciudad y del campo adondequiera que iba. Sus mismos padres, el que había impulsado la sustancia paterna durante la noche y lo había engendrado, y la que concibió en su útero y le dio a luz… ellos dieron a este niño más que eso, le dieron después cada uno de esos días… se hicieron parte suya. La madre en casa poniendo plácidamente los platos en la mesa para la cena, la madre de palabras dulces… el gorro y el camisón limpios… su persona y ropas exhalando un olor sano cuando pasa; el padre fuerte, seguro, viril, mezquino, colérico, injusto, el bofetón, la palabra rápida y violenta, el pacto estricto, la persuasión astuta, el trato familiar, el lenguaje, la compañía, los muebles… el corazón anhelante y henchido, el afecto que no será denegado… la sensación de lo que es real… la idea de si en definitiva todo será irreal, las dudas diurnas y las dudas nocturnas… el si y el cómo extraños, si lo que parece ser así es así… o no son más que destellos y manchas, […] los estratos de nubes multicolores… la larga franja de tinte castaño solitaria… la extensión de pureza en la que flota inmóvil, el filo del horizonte, el cuervo marino en vuelo, la fragancia de la marisma y el cieno de la playa, todas estas cosas se hicieron parte de aquel niño que se lanzaba a la aventura todos los días y que se lanza ahora y se lanzará a la aventura cada día, y todas estas cosas se hacen parte de aquel o de aquella que ahora las lee atentamente.

De Walt Whitman en “Hojas de hierba”

El roble

Siempre he sentido una predilección especial por los árboles, siendo el roble mi preferido. El roble llamado fuerte, Quercus robur, mucho más bonito que el roble americano. De niño me gustaba abrazarlos, casi respirarlos. Más tarde, disfruté examinando la pequeña fauna que alberga su hojarasca. Uno de mis profesores de Zoología me permitía hacer uso de un sencillo material de laboratorio fuera de las horas de clase. Recolectaba muestras de hojarasca provenientes de distintas arboledas, que disponía en una especie de embudo que a su vez desembocaba en una placa con alcohol. Al cabo de cierto tiempo examinaba lo que había caído en ella. Coleópteros, pseudoescorpiones, colémbolos, hemípteros…, toda clase de maravillas invertebradas ahogaban sus penas para mi estudio, y encontraba fascinante observar las diferencias asociadas a los distintos tipos de árbol. De entre todos los árboles de nuestro entorno que pude estudiar, la diversidad biológica que alberga el roble, el “carballo” de mis amores, no tiene parangón. Ningún otro daba lugar a un suelo tan generoso. Así es como la visión del niño, que es la visión del poeta, dio paso al joven y su impaciente análisis científico. A los 35 años, su mirada de aquel extraordinario ser vuelve a cambiar. El roble es sagrado para muchos pueblos, incluyendo a rusos y escandinavos, para los que es símbolo de fuerza tanto física como moral, esto es, sabiduría. La cruz del calvario es de roble. Para los celtas simbolizaba además la hospitalidad, genial intuición de aquellos modestos hallazgos científicos. La corona de hojas de roble se concedía por la victoria en los juegos Píticos, pero también por salvar la vida. De nuevo, el roble es la fuerza que sostiene la vida y quien salva la vida es extensión de su follaje y ejemplo de fortaleza. La debilidad invade a quien no respeta la vida. Me pregunto si aquel niño habrá olvidado su aspiración de convertirse algún día en un hombre de roble, como los druidas que siempre fueron viejos. Si habrá dejado de observar la danza de las dríadas, y de sufrir sus celos. Me pregunto si llegará a enamorarse bajo su sombra. Si finalmente un día será el árbol quien abrace al anciano.

Hace un año…

Relataba un antiguo culebrón de planetas homenajeando el mito como visión del mundo que tiene el hombre de su tiempo y lugar. Esa cosmovisión se me antoja reveladora de verdad, de las inquietudes que aquejan al espíritu humano. Pero no puede dejar de ser una burda aproximación a una verdad quizás inalcanzable en su plenitud. Desde luego, semejante escepticismo es incompatible con los temores de algunos que, como John Horgan, declaraban el fin de la ciencia. En nuestro camino hacia el conocimiento todavía hemos de equivocarnos mucho más. Un equívoco que entonces recordaba es la identificación de la selección natural con la evolución. Paradójicamente, las raíces de este error se encuentran en la concepción de aquellos que mejor conocen el proceso evolutivo. A través de un seleccionismo ingenuo cruzaron la confusa frontera entre su propia cosmovisión, sus prejuicios respecto al mundo, y los hechos experimentalmente confirmados. Así como reconozco un valor positivo del prejuicio, particularmente en el descubrimiento científico, resulta evidente cómo a menudo constituye un lastre. Hace un año asistí a una conferencia con Chao y Ramonet en la que observaba cómo una lucha admirable por aspiraciones legítimas parecía descansar en prejuicios que anteponían las ideas en detrimento del individuo. Considero a la nación un mal de los últimos tiempos y me repugna toda forma de patriotismo, del color que sea, descuidando al individuo. Cada hombre constituye para mí un microcosmos, una visión única del mundo, un universo único en cierto modo realizado mediante “la propia visión”. Cosas, ideales, dogmas o sueños no valen lo que el niño más ignorado. Aquel prisionero que sobrevivió a una devastadora erupción volcánica albergaba en su interior el universo en el que podría llegar a ser libre. El multiverso que supone la humanidad poco tiene que ver con el que imaginan los físicos, igualmente fascinante, o quizás el multiverso físico no sea más que la expresión de un universo humano prácticamente infinito, mas contenido en esa ínfima diferencia que nos separa del chimpancé.

Nosce te ipsum

Habla Erich Fromm:

Me acuerdo aquí de una historia hasídica. El estudiante encuentra al rabino en un estado de ánimo triste y le pregunta: “Maestro, ¿por qué estás tan triste? ¿estás triste porque no has llegado al máximo conocimiento y no has alcanzado las máximas virtudes? El maestro respondió: “No, no estoy triste por ello. Estoy triste porque no me he convertido totalmente en yo mismo”. La historia quiere decir que en todo ser humano… hay un óptimo de lo que puede llegar a ser y hay cosas que este ser humano no podrá ser nunca. Muchos hombres malgastan su vida en querer convertirse en lo que no pueden ser y en rechazar lo que pueden ser… Por esta razón hay que tener en primer lugar una idea clara de lo que puede y no puede llegar a ser alguien, cuáles son los propios límites y cuáles las posibilidades.

Interpreto a Sartre afirmando la libertad individual hasta negar tales límites. No estoy de acuerdo. Lo importante no es quien se quiere ser, ni si quiera quien se es, porque el ser no es estático ni puede desligarse del tiempo. Conocerse a sí mismo implica descubrirse inacabado, pero también limitado. Conocerse a sí mismo es mantenerse fiel a ese esbozo que uno mejorará con el tiempo. Pero no se puede construir sobre un andamiaje endeble, por falso. Ni pintar un rostro bello sobre un boceto ajeno. Esa verdad imperfecta, potencialidad objetiva que subyace en cada uno de nosotros, es lo que a veces denomino el nombre o el niño. Un niño que resulta de nuestra herencia biológica y cultural, y que desea crecer como un árbol que un día extenderá sus ramas, exhuberante. Y en los tiempos que corren ya no me parece evidente para casi nadie. Cegados por fuegos de artificio le traicionamos. El nombre, la estatua interior, por utilizar una expresión de François Jacob, es reducido a una mercancía que ofrecemos a los demás a cambio de aceptación. Precisamente entonces sacrificamos nuestra libertad, que sólo halla sentido en el reconocimiento de la limitación. El único camino posible para acabar con esta traición a lo que podemos ser, que es lo que somos; para recuperar el honor, es la verdad. Pero la honestidad con nosotros mismos sólo servirá de algo si es compartida, si hacemos de la sinceridad la única moneda de cambio que verdaderamente se cotice en nuestra vecindad. Esto es importante, porque una parte esencial de nosotros mismos sólo puede definirse en relación con los demás. Semejante llamada a participar de la propia realización personal es la confianza.

Respuesta creativa

Durante este curso académico que ya termina tuve que leer muchos exámenes. La lectura atenta de lo que escribieron los alumnos me causaba sensaciones diversas, incluyendo un extraño pesimismo. Algunos de ellos parecían mostrar graves limitaciones de expresión. Me refiero a estudiantes universitarios. Las dificultades eran particularmente evidentes cuando la pregunta no se refería explícitamente a un epígrafe del temario. Por ejemplo, cuando se trataba de una pregunta que exigía la reflexión, la síntesis de conocimientos, e incluso diese margen a su creatividad en la respuesta. Porque pocas veces los problemas tienen una única solución. Las principales limitaciones surgían precisamente con la libertad, que conlleva a la vez riesgo y responsabilidad. Alexander Calandra cuenta una anécdota sobre un estudiante de Física, que después aparecería publicada en varios libros, incluyendo uno muy conocido de Murray Gell-Mann. Yo la encontré en una obra posterior de David Perkins. El estudiante se encontró el siguiente problema en un examen: explique cómo puede emplear el barómetro para medir la talla de un rascacielos. La respuesta que el profesor esperaba consistía en calcular la altura a partir de la diferencia entre las presiones atmosféricas medidas en la calle y en la cima del edificio. Sin embargo, la respuesta que obtuvo fue la siguiente: “lleve el barómetro a lo alto del edificio, átelo a una larga cuerda, bájelo hasta el nivel de la calle y súbalo luego, midiendo la longitud de la cuerda. Ésta es la altura del edificio”. En lugar de rechazar la respuesta se dio una nueva oportunidad al alumno para asegurarse de que su respuesta revelaba algún conocimiento de la física. El alumno volvió a resolver el problema, esta vez proporcionando varias respuestas: (1) lleve el barómetro a lo alto del edificio. Arrójelo desde allí y mida el tiempo con un cronómetro. Después calcule la altura teniendo en cuenta que la distancia recorrida equivale a la mitad de la aceleración de la gravedad por el cuadrado del tiempo empleado; (2) en un día soleado, mida al aire libre la altura del barómetro, la longitud de su sombra, la longitud de la sombra del edificio y mediante el uso de una proporción simple determine la altura del rascacielos; (3) ate el barómetro al extremo de una cuerda, muévalo como si se tratara de un péndulo y determine con precisión el valor de la aceleración de la gravedad en el nivel de la calle y en lo alto del edificio. Calcule la altura a partir de esta diferencia; (4) Lleve el barómetro al sótano y llame a la puerta del portero. Cuando abra diga lo siguiente: “Querido portero, aquí tengo un excelente barómetro. Se lo entregaré si me dice cuál es la altura del edificio”. El estudiante sacó una buena calificación superando la presión en más de un sentido.

Un abrir y cerrar de ojos

Según las leyes de la física, la duración más breve posible es 10-43 segundos, el tiempo de Planck. Sin embargo, los fenómenos más fugaces que la ciencia puede cronometrar se miden en attosegundos, cada uno de los cuales constituye la trillonésima parte de un segundo (10-18 segundos). Por ejemplo, ciertos láseres emiten destellos que duran tan sólo 130 attosegundos. Un femtosegundo es la milésima parte de una billonésima de segundo (10-15 segundos). La interacción entre la luz y los pigmentos de la retina dura unos 200 femtosegundos. Un picosegundo es una billonésima de segundo (10-12 segundos). A temperatura ambiente, la vida media de un enlace de hidrógeno entre moléculas de agua es de tres picosegundos. Un nanosegundo son 10-9 segundos. El microprocesador de un ordenador personal tarda entre tres y cuatro nanosegundos en ejecutar una instrucción como la suma de dos números. Un microsegundo es una millonésima de segundo. Durante ese período de tiempo el sonido únicamente viaja un tercio de milímetro. Un milisegundo es la milésima parte de un segundo. Una mosca bate las alas cada tres milisegundos. Una décima de segundo es lo que dura un abrir y cerrar de ojos. Y un latido del corazón dura un segundo. La luz de la luna todavía no ha llegado a la Tierra en el tiempo que dura ese latido. En un minuto puedes pronunciar 150 palabras y leer unas 250. Una célula emplea una hora en dividirse por mitosis. En un día, una cría de ballena azul engorda 90 kilos. La Tierra completa su órbita alrededor del sol en un año. Un CD normal tarda en degradarse un siglo, aunque algunos pueden llegar a durar más de dos. Homo Sapiens tiene una historia de unos 100.000 años. Los dinosaurios se extinguieron hace 65 millones de años. El Universo tiene unos 13.000 millones de años. La vida del Universo es mucho tiempo, pero tan sólo un breve instante si se compara con la distancia que existe entre un attosegundo y el tiempo de Plank. El espacio de tiempo más pequeño imaginable es una eternidad.

Ligeramente modificado de una lista confeccionada por David Labrador

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