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El hombre llamado cementerio

marzo 22, 2007

Sören Kierkegaard nació en un sitio relativamente poco soleado. Esto fue una suerte para él, pues sentía aversión por la luz del sol. Tanto es así que durante los días más iluminados se protegía con un paraguas. El niño delgaducho y enfermizo que fue se convirtió con el tiempo en una persona popular en su Copenhague natal, un filósofo muy especial, con un inmenso corazón de poeta y un talento inusual. En apariencia era alegre y dado a los placeres mundanos, pero de puertas para adentro fue una persona extraordinariamente triste y atormentada. Con su vestir elegante cubría un físico marcadamente asimétrico y una joroba que contenía una fértil angustia existencial. Detestaba los espacios abiertos, a ser posible caminaba próximo a las paredes, y solía llevar un recipiente de agua para apagar los cigarros, pues el fuego le inquietaba. Su aspecto frágil y desgarbado fue compensado con una lengua certera e irónica y una capacidad dialéctica superior. De su padre heredó su locuacidad, una profunda melancolía y una considerable fortuna, que le permitió vivir sin trabajar, además de publicar sus escritos. El padre era un comerciante muy religioso y severo. Con él cruzaban el umbral de su casa a diario el pecado y la justicia de un Dios cruel. Aquel hombre vivió ahogándose en un sentimiento tan destructivo como la culpa, porque en su juventud maldijo a Dios debido a las duras circunstancias que puso en su camino. Los tiempos cambiaron y se hizo rico, pero siempre intuyó que se le había condenado por su blasfemia a un horrible castigo: ver la muerte de sus siete hijos, incluido Sören. Padre e hijo vieron morir primero al pequeño Michael. A los 25 murió su hermana Maren, a los 33 su otra hermana, Nicoline. Su hermano Niels muere a la edad de 24. En el mismo año de 1834 mueren su madre y su hermana Petra. Sören estaba tan seguro de morirse en cualquier momento, pues era conocedor de la profecía, que tras un desmayo en la calle y su posterior traslado al hospital, dice al personal que allí le atiende que acude para morir. En 1837 ya sólo quedan Sören y su hermano Peter, que se casa y enviuda ese mismo año. Por lo visto, la muerte no estuvo certera aquel día. Al año siguiente morirá su padre, lo que debió de sorprender al genio, todavía vivo. Con todo, estaba convencido de que moriría pronto. La dama oscura le dio alcance por fin a los 41 años, estando en la miseria y agotado de sin vivir. Su lápida se apoya hoy sobre la de su padre. La muerte en ese alambique retorcido destiló una creación profunda e íntima, afirmadora del individuo y de su paradójica existencia, en claro contraste con el pensamiento abstracto dominante de la época. Fue un hombre que brilló bajo la sombra de su negro paraguas y cuyo apellido significa en danés, cementerio.

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2 comentarios
  1. Indeværende menneskene var en sand lunefuld

  2. luciernagas permalink

    Sí señor, hablando (o escribiendo) con claridad es como se entiende la gente. Admiro la delicadeza de tu danés. Ese uso de las consonantes no tiene rival, desde luego. Pero, ¿quién no es un poco lunefuld o menneskene, o …? Esa carga que causa la ausencia bajo los pies me parece lo más característicamente humano. Cosa que podemos encarar o no.

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